En la fría mañana del 25 de diciembre de 1886, un joven de 18 años, que luego llegaría a ser gran poeta y dramaturgo, se dirigió a la catedral de Notre Dame de París. Había hecho la primera comunión, pero había sido también la última. El mundo no era para él más que un inmenso engranaje material sin corazón y sin rumbo. Fría materia y ciego azar: no hay más.
El miércoles, 21 de diciembre, celebramos, aunque no se nombre, el quinto centenario de la primera proclamación de los derechos humanos. Hace 500 años no existía la ONU, que se fundó con muy buena intención, para no permitir que cometieran atrocidades unos pueblos contra otros, y proclamó la Carta Universal de los Derechos Humanos, pero luego apenas se ha notado. Hace 500 años también había atrocidades, y algunas de las más horribles tenían lugar en los pueblos de América, de la mano de cristianos y en nombre de Dios.
Hace unos días, la Diputación de Gipuzkoa concedió el Premio al Voluntario 2011 al Teléfono de la Esperanza. Os lo merecéis, amigas y amigos anónimos. No lo hacéis para ganar ningún premio ni en este mundo ni en el otro. Nunca aparecéis en los telediarios, y nunca se habla de vosotros en los periódicos. Pero ¿qué sería de nuestro mundo sin gente como vosotras/os? ¡Gracias!
Sería raro que este nombre evocara algo a los lectores fuera de nuestro pequeño País Vasco. Pero ahí está el nombre, y él decía, en una de sus muchas sentencias lapidarias, que “todo lo que tiene nombre existe”. ¿Será verdad? ¿Existen, pues, Mari, la diosa suprema de los primitivos vascos, y su consorte Sugaar? ¿Existe Urtzi, el Júpiter vasco? ¿Existen las sirenas, ninfas o hadas llamadas aquí lamiak? ¿Existen los fornidos gigantes llamados jentilak o mairuak, constructores de numerosos dólmenes y cromlechs en nuestras pequeños montes? ¿Y todos los seres que pueblan los mitos de todos los pueblos?
Si son nombrados, es que existen de alguna manera, aunque fuera solamente en la imaginación de quien habla. Ningún nombre está vacío en la intención del que lo pronuncia. Primero es la realidad, luego el nombre. Primero es algo, y luego la conciencia, o la palabra que pretende decir algo sobre algo, aunque nunca llega a decirlo del todo.
¿Por qué dice, pues, el evangelio de Juan que “en el principio existía la palabra”? Juan no habla del principio del tiempo, sino del principio y fundamento del ser, que es a la vez realidad y palabra, existencia y relación, invocación y gracia: “DIOS”. La palabra primera es la palabra hecha carne desde siempre, palabra y a la vez: materia, matriz y carne del mundo. Pero nosotros nos sentimos escindidos entre la palabra y la carne, lo que decimos y lo que somos. Somos humildes nombres en busca del ser, humilde carne en busca de la palabra.
Perdóneme el lector este enredado arranque, si ha tenido el ánimo de seguirlo hasta aquí. Venía a propósito de una sentencia llamativa de un hombre discreto que nunca quiso llamar la atención y que sigue siendo desconocido de la gran mayoría: José Miguel de Barandiarán. Un hombre poco común, nacido en un humilde caserío de Ataun, que vivió ciento dos años (de 1889 a 1991) y aún sigue vivo entre nosotros al igual que su nombre. Con ocasión del vigésimo aniversario de su muerte, acaba de celebrarse un ciclo de conferencias en torno a su figura, y quiero sumarme a su memoria y homenaje.
Fue un hombre sabio y, como todos los sabios, humilde, muy humilde. Nunca olvidó lo que una tarde de otoño, ante un manzano con las ramas inclinadas por el peso, le dijo su madre (de ella le vendría el arte de las sentencias): “Cuanto más fruto, más bajo”. Ella murió dos meses después. Él era muy austero, pero feliz, porque, como le he oído estos días a Jesús Altuna –sabio y humilde también él, y el discípulo más aventajado de José Miguel Barandiarán–, “es feliz no el que tiene mucho, sino el que se conforma con lo que tiene, y él se conformaba del todo”.
Fue un investigador eminente de la cultura vasca antigua, paleolítica y neolítica. Recorrió a pie toda la geografía vasca, al norte y al sur de los Pirineos, excavando dólmenes y túmulos, explorando cuevas con maravillosos bisontes y caballos pintados, recogiendo mitos y dichos, indagando costumbres, examinando con rigor científico y veneración espiritual cráneos y huesos de gentes que vivieron en esta tierra hace miles de años.
Debió su primer hallazgo a la labor previa de un topo, incomparable excavador, aunque anónimo. Un día, caminando por la sierra de Aralar al paraje donde, según le había asegurado un casero de Ataun, se hallaban enterrados “los últimos paganos” vascos, se sentó a descansar sobre unas piedras y, mientras comía el bocadillo, con su bastón removió un montículo de tierra de una topera, y de pronto vio un molar humano, y fue como una revelación: adivinó que se encontraba sentado sobre un dolmen neolítico que guardaba vivos a sus muertos. Así era, y así empezó. Dice Jesús Altuna que su maestro y amigo Barandiarán “robó muchas cosas a la muerte”: no en vano, más del 90% de lo que sabemos acerca de los antiguos vascos –muertos, pero vivos– se lo debemos a él. ¿No consiste en eso la vida: en robar vida a la muerte del olvido, de la indiferencia, de la inmisericordia?
Esa fue su vocación. Amó la tierra, su tierra, la Madre Tierra de todos. Pasó su larga vida palpando con sus manos desnudas la tierra desnuda, rastreando en la tierra las huellas de la vida, caminando a pie en montes y bosques, pues –como dijo también– “hay que discurrir primero con los pies y después con la cabeza”. ¡Cuánto razón tenía el gran sabio que nunca dejó de ser un casero de Ataun! ¡Cómo lo hemos olvidado en nuestras ciudades, en nuestras universidades y también en nuestros templos! Cada fósil, cada piedra, cada puñado de tierra contiene entera la memoria de todos los seres vivos en este u otros planetas, y la ciencia primera debiera consistir en saber tocar y mirar con inmensa admiración, y que el pensamiento se inspire en los pies, las manos, los ojos, la tierra.
José Miguel de Barandiarán fue sacerdote católico, un sacerdote que hizo de la investigación científica vocación sagrada, como el agustino Gregor Mendel (precursor de la genética), el jesuita Angelo Secchi (fundador de la astrofísica), el sacerdote Georges Lamaître (inspirador de la teoría del Big Bang) o el jesuita Teilhard de Chardin (paleoantropólogo visionario de una nueva teología en clave evolutiva, hoy todavía pendiente), a quien llegó a saludar en París en 1936.
Sacerdote católico: eso es lo que él se sentía ante todo y por encima de todo. Y, sin embargo, de sacerdotes católicos (y de su propio obispo Zacarías Martínez) le llegaron sus mayores sinsabores. Por amar a su tierra y su cultura, o por investigarla, fue acusado de ser nacionalista, e incluso judeo-masón, él que nunca quiso saber nada de política, hasta el punto de no haber votado nunca a ningún partido, según dicen. El rector del Seminario de Vitoria tachó de “mamarrachadas” los anuarios etnográficos que iba componiendo y que llegaron a constituir una grandiosa obra reconocida por los grandes especialistas del mundo. Nunca se le permitió ubicar su museo etnográfico dentro del Seminario. Y en 1936, de noche y por mar, tuvo que huir al exilio, hasta el año 1953.
Digamos también que fue un sacerdote de teología preconciliar, incluso después del concilio. Conservó casi intactas las ideas teológicas que le enseñaron en el Seminario entre 1910 y 1915, época de cerrado antimodernismo católico. Nos hubiera gustado que también su teología hubiera evolucionado como evolucionan la vida y la ciencia. Pero es que a él no le importaba la teología, sino la vida misma, y la ciencia de la vida, la memoria viva de la tierra y de su pueblo.
Muy al final de su vida, una vez declaró: “Yo desearía que me recordaran como una persona que ha amado. El amor entre las personas es lo más importante”. El amor que es Dios y en el que es el prójimo. El amor primero en el que somos. Pues primero, antes de hablar, hemos sido creados y amados. De boca de un casero oyó una vez Don José Miguel una frase que tantas veces repetía luego y que no tiene fácil traducción: “Ez gara geure baitan”. Algo así como “no somos creadores y dueños de nosotros mismos”. Eso es.
José Arregi
Para orar
Enséñame cómo ir a este país
que está más allá de las palabras y más allá de los nombres.
Enséñame a orar a este lado de la frontera, aquí, donde están estos bosques.
Necesito que me guíes.
Necesito que conmuevas mi corazón.
Necesito que mi alma se purifique por medio de tu oración.
Necesito que fortalezcas mi voluntad.
Necesito que salves y cambies el mundo.
Te necesito para todos los que sufren,
para los encarcelados, para los que están en peligro y en el dolor.
Te necesito para toda la gente enloquecida.
Necesito que tus manos sanadoras actúen constantemente en mi vida.
Necesito que hagas de mí, como hiciste de tu Hijo, un sanador, un consolador, un salvador.
Necesito que des nombre a los muertos.
Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar cada cual su río.
Te necesito, tanto vivo como muerto. Amen. (Thomas Merton)
Enséñame cómo ir a este país que está más allá de las palabras y más allá de los nombres.
Enséñane a orar a este lado de la frontera, aquí, donde están estos bosques.
Necesito que me guíes.
Necesito que conmuevas mi corazón.
Necesito que mi alma se purifique por medio de tu oración.
Necesito que fortalezcas mi voluntad.
Necesito que salves y cambies el mundo.
Te necesito para todos los que sufren, para los encarcelados, para los que están en peligro y en el dolor.
Te necesito para toda la gente enloquecida.
Necesito que tus manos sanadoras actúen constantemente en mi vida.
Necesito que hagas de mí, como hiciste de tu Hijo, un sanador, un consolador, un salvador.
Necesito que des nombre a los muertos.
Necesito que ayudes a los moribundos a cruzar cada cual su río.
Te necesito, tanto vivo como muerto. Amen.
(Thomas Merton)
Un hermano franciscano, que tiene de socarrón cuanto tiene de bondadoso –y es mucho–, me soltó hace unos días con su sonrisa traviesa: “Ya te vale de hablar de pajaritos en el aire y de nubes en el cielo. Escribe de economía”. ¡Caramba, Toño! Tan listo como eres, ¿piensas acaso que los pájaros y las nubes no forman parte de nuestra economía? ¿Crees que no son los mismos los males que nos afligen a ellos y a nosotros, pues somos carne común?
Pero bien, no me saldré por la tangente, cosa imposible contigo, y hoy escribiré de economía. Aunque no sé cómo puedo yo escribir de economía, si apenas hace un año que me enteré de cómo funcionan la hipoteca y el euríbor, y además estoy seguro de que la próxima semana, con la misma sorna mansa y con la misma razón, me dirás: “Zapatero, a tus zapatos”.
Miércoles, 30 de mayo
José Arregi
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas