Hoy ha amanecido como todos los días, un milagro cada vez. ¡Oh mañana, yo te saludo! Sobre el horizonte del Andutz, el cielo ha pasado del oscuro al rosado, al violeta, al azul, un azul muy suave y limpio. En la pradera soleada que baja hasta la estación de Arroa pastan las vacas plácidamente. Las niñas y los niños juegan en el patio de la guardería, como si toda la vida no fuera más que eso, y tal vez no lo es, aunque esa visión aún se nos escapa a los mayores y pronto la perderán también ellos, los niños. El petirrojo que canta en los matorrales del riachuelo Narrondo, justo aquí debajo, no dejará, sin embargo, de cantar mientras queden petirrojos. Y la hoja del chopo seguirá temblando hasta que un día se desprenda y caiga suavemente, buscando la tierra de la que brotó. ¡Oh Dios, oh Misterio de paz en tanta belleza, oh Belleza de la Paz que anhelamos!
¡Zorionak, Igoin e Hilargi! ¡Felicidades! Quiero empezar felicitando a vuestros padres, no solo por haberos hecho a los dos –¡cosa asombrosa!–, sino también por haberos puesto el nombre: Hilargi llamaban los vascos a la luna ya hace muchos miles de años, por ejemplo los habitantes de un pequeño monte guipuzcoano llamado Igoin; allí construían dólmenes y adoraban a Hilargi cuando aparecía de noche detrás de los montes. Los nombres que llevamos están llenos de misterio. Somos el nombre que llevamos. Pero somos llevados también por el nombre desde más allá hasta más allá del horizonte.
No es un plural mayestático. El vasco que aprendimos con la leche materna nos enseñó a decirlo así, en plural: “nuestra madre”, “nuestro padre”, aunque uno fuera hijo único; “nuestro hermano”, aunque uno fuera hermano único de su único hermano; “nuestra casa”, aunque uno viviera solo en su casa, sin compañero ni compañera. Las lenguas son más sabias que todas las filosofías y teologías juntas, pues contienen todas las palabras, y en las palabras está todo lo que se puede decir, e incluso lo indecible. El vasco, lengua multimilenaria y en peligro de extinción, sabe que toda madre es madre de muchos. Que todos los hijos son hermanos de todos. Y que todos debieran tener una casa, y que nadie debiera ser desahuciado y puesto en la calle por no poder pagar la hipoteca, y que nadie debiera tampoco pensar que su casa solo es suya. ¿El misterio que llamamos “Dios” no es acaso la comunión universal y la casa común de todas las criaturas? Esas cosas y otras muchas nos enseñaba ya la lengua, sin saberlo nosotros, en el pecho de la madre.
Vuelve el otoño con su belleza dorada, con su paz y melancolía. Yo vuelvo con estos escritos, testigos de dudas, mucho más que de certezas. Pero es el signo de los tiempos complejos que nos toca vivir, y debemos amar este tiempo de tantos peligros, y habitarlo de paz. Amiga lectora, amigo lector: que tengas paz. ¿Has oído hablar del lobo de Gubbio? Es una deliciosa florecilla de Francisco de Asís, aquel hombre de paz que murió un sábado de otoño, el 3 de octubre de 1226, en su querida “Porciúncula”, porcioncita de tierra del valle dorado de Umbría. Hoy quiero honrar su memoria, la de un hombre que fue tan pobre que no tuvo enemigos. Tan pobre que todos fueron para él hermanas y hermanos, incluso el hermano lobo, y perdón por ese “incluso” que está de sobra.
Miércoles, 30 de mayo
José Arregi
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas