Hace unos meses, los franciscanos de Washington abrieron allí un “Albergue para ermitaños de la ciudad”, una casa de retiro sin tinte confesional ni religioso, para gente que simplemente busca silencio. No una mera ausencia de ruidos, sino el silencio interior en el silencio exterior, la serenidad del espíritu en la serenidad del espacio, la paz del corazón en la paz del lugar. El inconveniente es que cuesta 70 $ al día (unos 50 €), una suma considerable para los tiempos de crisis que corren también por allí. El caso es que la casa –como otras muchas de este estilo en Estados Unidos– está permanentemente solicitada.
Déjame que te hable de la misa. No, déjame que te hable de algo más simple, de la simple comida. Y déjame decirte que cada vez que comes y bebes, comulgas con el otro, con la Tierra, con todo el Universo. Y que cada bocado que masticas y cada gota que sorbes es un gesto sagrado: comulgas con el Todo o el Ser o la Vida. Comulgas con la gran Comunión o el Misterio de Dios. Vivir es convivir. Ser es interser.
A la misma hora en que el presidente español Mariano Rajoy era recibido en el Vaticano por el papa Francisco, el presidente de la Conferencia Episcopal Española Monseñor Rouco Varela, con su habitual aspereza, reprendía al Gobierno del Estado por su falta de iniciativas destinadas a reformar las leyes del aborto y del matrimonio homosexual.
Cuando miramos al cielo estrellado, vemos el pasado. Cuando miro al sol, lo veo como era hace 8 minutos, el tiempo que ha tardado en llegar su luz hasta aquí, a trescientos mil kilómetros por segundo. Cuando miramos la estrella más lejana visible a simple vista, la vemos como era hace 12.000 años; dicen incluso que se pueden observar supernovas o explosiones de estrellas de la Galaxia del Triángulo que tuvieron lugar hace 3 millones de años. Mirar al cielo es como asistir al pasado. Y si pudiéramos viajar más rápido que la luz –cosa imposible según la física de Einstein, aún vigente–, podríamos ir a una estrella lejana y, desde allí, ver en directo cómo viven y mueren los hombres de Atapuerca, o cómo mira, habla y cura Jesús de Nazaret (¡o cómo nacemos!).
Hace más de dos siglos desde que se instauró el actual sistema carcelario y, aunque las cárceles de hoy no sean las de hace doscientos años ni las de hace 50, salta a la vista que no ha cumplido sus objetivos. Espero que antes de otros dos siglos, la humanidad se avergüence de nuestras cárceles. Si fuera verdad que sirven para lo que se dice que sirven –para prevenir, disuadir y reinsertar–, hace tiempo que debían haber desaparecido, o al menos disminuido, pues habrían desaparecido los criminales, o disminuido cuando menos. Pero los criminales no solo no han desaparecido y ni siquiera disminuido, sino que han aumentado (y eso sin contar los delincuentes de guante blanco, pues éstos, como se sabe, casi nunca van a la cárcel). Si después de dos siglos, las cárceles siguen aumentando y ni aun así dan abasto, es que han fracasado. Hay que pensar en otra cosa.
Pascua significa “paso”, el paso de la vida a la Vida. Como otras sociedades de agricultores y pastores, los antiguos hebreos celebraban la primera luna llena de primavera: los agricultores comían pan nuevo sin levadura; los pastores, carne de los primeros corderos. La vida revivía, y había que agradecerla. La vida es inmortal, sí, pero frágil, y hay que cuidarla. Eso es la Pascua.
Querido hermano Francisco: Me alegré como un niño cuando supe que Ud., un jesuita hecho y derecho, había adoptado ese nombre: Francisco. ¡Perfecta combinación!, me dije. Si ha de haber reformas profundas en la Iglesia y el papado –y salta a la vista que ha de haberlas–, aquí tenemos el hombre y el nombre.
Es una tarde preciosa de marzo, entreverada de sol y de lluvia, vuelvo de Bilbao por la autopista. Todos los colores florecen en el campo, y entre el cielo y la tierra se levanta un arcoíris, milagro de pura belleza, tangible e inasible. ¡Dios mío! La luz arqueada en colores ciñe el cielo, corona la tierra. El cielo se curva abrazando a la tierra, la tierra se abre acogiendo al cielo. ¿Cómo extrañarse de que en el libro bíblico del Génesis, tras el desastre del diluvio universal, el arcoíris sea el signo de la alianza universal a favor de la vida, y de se pongan en labios de Dios, Presencia Real, estas palabras: “Cuando en las nubes aparezca el arco, me acordaré de mi alianza con vosotros y con todos los vivientes de la tierra”?
“Busca la paz y corre tras ella”, reza el salmo bíblico. ¿Qué otra cosa busca y desea la vida en nosotros, sino la paz? Pero muy a menudo corremos en dirección errada. Y no es por maldad, ni por una decisión libre y cabal. Sucede más bien que aún no somos libres, que somos radicalmente incapaces todavía de secundar nuestro mejor deseo, de seguir el impulso de nuestro ser más profundo, que la confusión envuelve la luz de nuestro espíritu, apenas todavía emergente. Pero no desistamos. Si caes, que caerás, levántate y camina. Y di cada día, con otro bello salmo: “Alma mía, recobra tu calma”. Busca la paz y corre tras ella.
Sirvan estas líneas de humilde homenaje a un gran hombre y pensador que hace poco franqueó el umbral de esta vida hacia la Vida: Eugenio Trías. Ha sido el pensador del límite. El ser humano percibe y piensa la realidad en general y a sí mismo en particular como límite. Al decir “límite”, no se refiere en primer lugar a la limitación –tan obvia– que caracteriza a todos los seres y de la que nosotros –en quienes el espíritu apenas aún está empezando a despertar– tenemos una dolorosa conciencia. Claro que somos limitados, condicionados y contingentes. Esa es nuestra percepción inmediata y tal vez solo aparente.
La Iglesia vuelve a ser espectáculo, no buena noticia. Y así seguiremos en los próximos meses. ¡Qué pena en un mundo tan necesitado de consuelo y esperanza! Que un papa, a los 85 años y enfermo, se despoje de la tiara y descienda del trono, renunciando al poder religioso más arbitrario y absoluto jamás imaginado, ¿qué tiene de extraño en los tiempos que corren? Tiene de extraño que se limite a eso: a una renuncia personal. Y, sin embargo, ha sido celebrada por clérigos y laicos bien intencionados como un gesto de libertad, valentía y dignidad, e incluso de humildad.
¿Qué queda del Vaticano II 50 años después? La pregunta ha sido formulada y respondida muchas veces, y no volveré sobre ella. O sí, volveré sobre ella, pero desde un enfoque muy particular: cómo se cita el Vaticano II en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Domingo, 19 de mayo
José Arregi
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Pedro Tarquis
Juan Jáuregui Castelo
Andrés Ortíz-Osés
Emma Martínez
Peio Sánchez Rodríguez
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Francisco Baena Calvo