Cuando la economía iba como un tiro, muchos más ciudadanos de lo habitual descubrieron la cara amable del milagro español. Así etiquetaron las agencias de calificación internacionales hoy desprestigiadas y semanarios como The Economist el fenómeno de barra libre que vivía nuestro país en la entrada del nuevo milenio. Por fin el genio español producía riqueza y empleo a granel. La caja estaba llena, el urbanismo era el nuevo Potosí, los bancos prestaban dinero gratis y ya nadie ahorraba para comprar nada. Los jóvenes más aguerridos hacían realidad sus sueños materiales con una llamada de móvil al director de la sucursal de turno.!Qué gozada! era la satisfacción inmediata y el que no difrutaba de la oferta total era un amargado y un resentido que no entendía la velocidad del nuevo tiempo. Aquí en mi tierra catalana proliferó como bolets una nueva especie social forjada en el espejismo del crecimiento infinito. El símbolo tontorrón de ese éxito fácil era el Porsche Cayenne y algunos sucedaneos. No se trataba de un fenómeno exclusivamente catalán sino tan español como el jamón de bellota. Un 4x4 de 10 millones +- de las antiguas pelas de fino diseño y presencia imponente. Hay quien dice que el Porsche Cayenne quedará ligado al boom urbanístico como el 600 al despegue económico de los españoles o las diligencias a la conquista del Oeste. Lo importante entonces era la capacidad de acumulación, emulación y confianza en un futuro de crecimiento sostenido que pagaría todos los plazos, hipotecas y créditos al consumo que fuesen necesarios. Pisos amplios, segundas residencias en Ampurdan y Cerdanya, esquí sí o sí, cochazos y viajes al Serenguetti para una nueva clase de triunfadores a los que el mercado hacía justicia reconociendo su talento desbordante. Ellos eran los eslabones de platino que necesitaba la cadena del milagro español. El fenómeno llegó a tal extremo que surgió un nuevo negocio en Barcelona que consistía en alquilar Cayennes para subir el fin de semana a Esquiar. Los clientes que querían emular a los que habían adquirido el símbolo del éxito en propiedad llegaban incluso a demandar, cuando repetían subida a los Pirineos, el mismo vehiculo con su misma matrícula para que sus conocidos habituales en las pistas y los restaurantes de postín no se percatasen del simulacro de su triunfo material. Y hoy...¿quién se apiada de esta nueva clase social descabalgada de golpe de su Cayenne? Algunos han tenido que afrontar de paso un divorcio, un concursito de acreedores o la humillante devolución de recibos del colegio de los niños en colegios ingleses. Un drama minoritario pero un drama al fin y al cabo. Nadie les explicó que ese orgasmo no era infinito, bien al contrario, en nuestro país se institucionalizó un discurso político antropológicamente optimista. El velo del buen rollito se extendió como un manto sedoso sobre una sociedad narcotizada por la socialización de la abundancia desde las más altas magistraturas del poder. Algunos bramaron, me incluyo, desde las trincheras de la derrota y no obtuvimos más que el sanbenito de crispadores. Seguramente nuestro grito estaba desenfocado por el dolor torcido de aquellos que se ven descabalgados de repente del olimpo ganado con lo que creen que es el sudor de su frente. En fin, leyendo estos días "El Laberinto español" (Ediciones El Cobre) de Gerald Brenan, el literato e hispanista británico nos recuerda lo siguiente: " El mayor vicio nacional español ha sido siempre un exceso de confianza y de optimismo".¿Y si el escritor inglés hoy desaparecido que se enhamoró de España y se retiró a las Alpujarrás tuviese razón? Yo me mojo y en mi opinión allí reside la clave de la gran tontería española.
Miércoles, 30 de mayo
Jorge Moragas
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez
Antonio Cabrera