(publicado en ABC 26.OCT.06)Zapatero ha cometido un error que nos costará muy caro a los demócratas españoles. Su obsesión por internacionalizar la negociación con ETA sin el respaldo del principal partido de la oposición, además de una temeridad, es un acto de exhibicionismo que no atenta ya contra el pudor y las buenas costumbres sino contra el valor mismo de la democracia española.
Veamos algunos argumentos que van más allá del lamentable espectáculo de Estrasburgo.
Reclamar un marco internacional para auspiciar una negociación entre el gobierno y ETA supone reducir la posición del Estado a la mera condición de “parte”. Y que nadie se engañe, ser parte supone siempre asumir una cierta paridad en régimen de equivalencia con el otro, en este caso, con una banda terrorista.
ETA siempre ha buscado la internacionalización porque mediante la apelación por elevación a una autoritas internacional obtendría el reconocimiento a la legitimidad política de su lucha por la independencia. Este anclaje internacional con forceps hace que la negociación se convierta en un objetivo que trascenderá a la voluntad de los ciudadanos españoles. La instancia internacional se convertirá en un plano superior desde donde será más fácil forzar la digestión de un acuerdo político que de otro modo se le atragantaría a la opinión pública española. Seamos claros, lo que estará en juego ya no será sólo la posición del Estado sino la de la institución, autoridad o personalidad internacional que haya sido invitada a desempeñar una labor de buenos oficios, arbitraje o mediación. Como en otros órdenes de la vida, ya no será la razón de las partes lo que estará en juego sino el fuero del que a petición de las mismas se ha visto empujado a terciar en la controversia.
Otro de los inconvenientes de este tipo de internacionalización es aquel que se derive del fracaso de la negociación política. Pues la experiencia indica que si la negociación fracasa ante los ojos de todo el mundo, la opinión pública internacional tiende a prorratear las responsabilidades de ese fracaso entre las partes implicadas, es decir, entre el Reino de España y ETA. De se modo se produce la paradoja más truculenta: ETA gana también con el fracaso de la negociación. Es lo que en la teoría de los juegos se conoce como una win-win situation, es decir, ETA gana sí o sí.
Trasladar la división española al ámbito europeo supone transferir el problema con todas sus pliegues e implicaciones . Si la mayoría en España considera lamentable el disenso entre los dos grandes partidos políticos sobre este asunto es evidente que al trasladar el debate al exterior deberíamos asumir que también estamos dispuestos a exhibir fuera de casa nuestra división interna y nuestras vergüenzas. En definitiva, este striptease nacional extramuros nos debilita como nación.
Otro peligro evidente que acecha reside en que sectores importantes de la sociedad española que hoy contemplan con entusiasmo el proyecto europeo podrían sentir una novedosa desafección hacia el mismo si sus opiniones fuesen orilladas. No solo pienso en la víctimas sino también en sectores representativos del socialismo español democrático que se debate entre la depresión y la insumisión. Flaco favor hace Zapatero al europeismo español colocando a la Unión Europea en la tesitura de dividirse por nuestra culpa. Más pronto que tarde se demostrará que Rodríguez es un político que vive de la división y que sus impulsos más auténticos son aquellos que siembran la discordia, en España y fuera de ella.
Si el amo del calabozo pretende ser el príncipe de la paz debería tener el cuajo de mantener la capacidad de desafío con los terroristas y no con los demócratas. Si Zapatero no corrige su exceso de vanidad, en Europa van a ganar los terroristas y vamos a perder todos los demócratas españoles. El asunto no tiene ninguna gracia pero al final la pregunta siempre es la misma ¿quién paga la sonrisa de plástico de Zapatero?
Viernes, 17 de febrero
Jorge Moragas
Cesar Sinde
Toni García Arias
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Pedro Fernández Barbadillo
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Carlos Ruiz Miguel