Sí, confieso, soy catalán, diputado del PP por Barcelona y castellano parlante. Técnicamente no soy un charnego, pero si sirve para algo estoy dispuesto a declararme como tal. Para muchos en mi tierra soy un catalán incompleto e imperfecto que rompe la idea de pureza que anida en todo nacionalismo. Como tantos otros, soy un catalán que no fue debidamente normalizado. Ellos nos consideran anormales aunque lo cierto es que somos piezas fuera de serie condenadas a la marginación y a vivir en las orillas de la catalanidad pura.
Muchos piensan que es mejor no meterse en problemas pero uno no está en política para transitar. Ya me dan igual los insultos pero lo que no aceptaré nunca es que unos políticos profesionales en nombre de una ensoñación identitaria excluyente penetren en lo más recóndito de nuestra identidad y arrasen con la pluralidad de la sociedad catalana.
Cataluña no se lo merece. Hay que plantear una resistencia cívica y constitucionalista para evitar que los que se han erigido en jefes de la tribu y practican un despotismo iletrado (Estatut) consigan borrar del mapa de Cataluña la cultura catalana en castellano y el bilinguismo del que tan orgullosos nos sentíamos muchos catalanes. Como se apuntaba en una campaña de Nuevas Generaciones de Barcelona, con dos lenguas es mucho mejor.
Yo en este tema me pienso plantar como un ciprés del Ampurdá en aparente soledad. Estoy dispuesto a que la tramontana nacionalista me azote sin misericordia sabiendo que las raíces de mi árbol se entrelazan bajo nuestra tierra con miles de cipreses que sufren en soledad la intolerancia del mismo vendaval.
Hay que detener el péndulo de la historia que por un exceso del efecto de compensación ha pasado del hostigamiento franquista al catalán al hostigamiento nacionalista al castellano. La realidad catalana coquetea peligrosamente con el absurdo: Hoy es posible en Cataluña recibir educación en catalán, en inglés, en francés, en alemán e incluso en italiano pero resulta imposible recibir educación en castellano.
Uno que se dedica a lo internacional desde hace más de diez años siente vergüenza cuando más allá de los Pirineos tiene que explicar que en la bella Barcelona no se puede recibir educación pública ni privada en castellano.
Mucha gente de gran valía de todo el mundo ha dejado de instalarse en Cataluña por esta razón y este lucro cesante es objetivamente malo para el principado. Claro que para muchos de mis interlocutores extranjeros lo del castellano no les dice nada ya que para la inmensa mayoría de la humanidad la lengua de Cervantes es sencillamente el español. De hecho, cuando he tenido la oportunidad de estar en la ONU en Nueva York o en Ginebra, las cabinas de intérpretes disponen de un rótulo muy clarito que dice “Español” o “Spanish”.
Eduardo Mendoza o Rosa Regás que han sido catalanes que han trabajado de interpretes en la ONU lo pueden atestiguar. La razón es muy sencilla y es que el español es la lengua que hablan centenares de millones de personas de más de 22 países de todo el mundo. No olvidemos un dato. Hay más hispanohablantes en EEUU que en nuestra España de diván.
Qué algunos en nuestro país hayan decidido estirarse en el diván de Zapatero, no quiere decir que el resto de españoles estemos dispuestos a pagar con nuestra pasta esta sesión interminable de psicoanálisis nacional. Qué se entere el aprendiz de brujo que habita la Moncloa: Hoy España no es la razón de ser del Español, sino el mundo entero.
Martes, 10 de noviembre
Jorge Moragas
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Javier Vicente Gil
Carlos Ruiz Miguel
JUAN JULIO ALFAYA
José Luis Palomera Ruiz
Juan Fernandez Krohn
Miguel Torres Galera
Vicente A. C. M.
Francisco Rubiales
Julio César Izquierdo