Jesús Mauleón, poeta y cura

No es de este mundo

22.06.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad,

Cuando salieron los médicos, entré en aquella habitación del hospital.

La paciente –perdóneseme la ingenua redundancia- padecía. Padecía indeciblemente, desde hacía muchos años, una enfermedad que la roía por dentro y la empujaba poco a poco hacia la muerte. Una de esas enfermedades que desgarran más y más cada día y señalan indefectiblemente un punto final.

La paciente me recibió con una sonrisa. O no me sonrió a mí, pues su sonrisa era suya y de siempre. Hubiera sonreído del mismo modo ante cualquier visitante querido o cercano. Incluso en la soledad de su cama cuando nadie la observara. Llevaba más de veinte años sonriendo, especialmente desde el día en que sus huesos -todo su cuerpo retorcido- se contrajeron o se desencajaron y se dejó caer por primera vez sobre la silla de ruedas.

¿Se redobló quizá su sonrisa al percatarse de mi presencia? La saludé con afecto por su nombre. Eran días de Semana Santa, Jesús ante Pilato, recordé, “¿luego tú eres rey?”. Ella adivinó mi intención y respondió sin dejar de sonreír: “Tú lo has dicho… Aquí, donde me ves, soy reina del dolor… Mi reino tampoco es de este mundo”.

-Bueno, tú reinas ya -añadí algo confuso.
-Reino, sufro, espero, amo… A menudo, sin querer, también lloro.

Pero ahora no lloraba. Su sonrisa agrandaba y redondeaba su cara, ya algo deforme, angulosos su mentón, sus maxilares.

Le tomé la mano huesuda, que ella apretó contra la mía.

-Qué cerca estás del reino de Dios –le dije estremecido.

(De Parábolas para sabios sin nombre).


Hoy no te digo más

06.04.17 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad,

Hoy no te digo más. Me quedo en tu silencio,
ese lenguaje inmenso cuando Tú estás conmigo.
No me hables con tu sol ni con palabras.
Habla con tu presencia cuando calla la noche.
Muy quedamente
abrázame de amor mi vida y mi horizonte.
Cuando amanezca, ya gritarán los montes, ya bramarán los mares
lo que Tú les mandaste para tratar conmigo.
Deslumbrará tu sol cuando pongas el día.
Que ahora suavemente parpadeen
las galaxias lejanas
tu mensaje de amor en esta noche.

Cuando amanezca me hablarán los pájaros,
la hierba humilde, el alboroto
primero de los niños o la luz que guía
los pasos del anciano,
los ruidos, los motores.
Cuando amanezca me hablará la vida.

Pero ahora sólo importa tu silencio
inmenso como Tú. Llenas con él mis ojos, mis oídos,
el cielo de mi casa.

(19 de octubre de 2015).


No era de este mundo

30.03.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Nunca hizo dinero. Jamás alcanzó poder. Vivió embarcado sobre un mar de pobreza echando una mano a quienes se hundían. Salvó a muchos. Amó a todos los que se ahogaban entre las olas. No tuvo tiempo para sí mismo. O lo tuvo todo, como nadie, al regalárselo a los demás. Algunos lo admiraron. Otros lo llamaron ingenuo, blando, de puro bueno tonto… Su reino tampoco era de este mundo.


¿De verdad que triunfan los malvados?

23.03.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad

¿De verdad que en este mundo triunfan los malvados? La Biblia y las literaturas de la antigüedad se han ocupado de ponerlo de manifiesto desde el dolor injusto del inocente. Aunque ingenuos sin remedio, no se nos ocurrirá enmendar la plana a la verdad obvia y a la sabiduría antigua. El mundo ha sido siempre injusto. Y parece que lo será por los siglos de los siglos. Pero no todo lo que reluce es triunfo, ni el único triunfo, ni el más deseable. A veces, que algo se perciba a simple vista como triunfo se debe sólo a la simpleza del que mira. Muchos conocen, es un ejemplo, a un famoso empresario que disfraza su falta de escrúpulos con un ropaje de principios tan ajenos a él como a los arrimados que le arropan. Si su verdad ha de medirse en millones de euros, la suya es aplastante. El ingenuo cierra los ojos y la inicial simpleza de su mirada. Que nadie se ría, pero en su dorada pobreza no se ve inferior, ni menos rico, ni menos presentable, ni su imagen peor trajeada. Mira luego a su alrededor y ve a buenas gentes que, sin tener idea de quién fue Creso ni de cómo se amasan los millones, además de no carecer de nada esencial, pueden mostrar su cara en público con el aspecto inconfundible de la limpieza moral y de esa interior nobleza de raza que es imposible afectar por largo tiempo.

¿Ignoran estos ciudadanos que han triunfado en la vida? Seguramente. El triunfo sobre la depravación les es tan connatural, tan cotidianamente conquistado y poseído, que ni siquiera se consideran triunfadores. Lo cual aún vuelve más hermoso el triunfo verdadero.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p. 174-5).


El viejo y el ocaso

09.02.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

El reino de los cielos se parece a un anciano que, después de una vida llena de trabajos y horas felices o adversas, luchaba por su bien y el de los suyos sin olvidar el de sus prójimos. Llegó a un punto en que advirtió que sus fuerzas decrecían y flaqueaban. Temblando salió a la puesta del sol. Hizo recuento de su vida, y oró: “Señor, Dios mío: siempre supe que el sol había de declinar. También mi vida, aunque el instinto irresistible que en mí pusiste me empujaba más a creer en la luz que en la oscuridad, en la vida que en la muerte. Gracias, Señor. Acuérdate de mí desde tu Reino. En tus manos, Padre, pongo mi vida y mi muerte. Pongo mi amor y mi esperanza”.

Cuando acabó la oración, el sol había culminado su ocaso.


El poeta cumple sus ochenta años

02.02.17 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad

Siéntate, escribe, canta, goza, inventa
un soneto sonoro y entonado
donde estén el presente y el pasado
de tu vida que hoy cumple los ochenta.

Tira de gratitud, mima y asienta
un segundo cuarteto esperanzado
en el que quede a muerte bien grabado
el afán de vivir que te alimenta.

Pasan los años, vuelan en huída,
pasa el tiempo y la edad, y ya en tu vida
casi anochece, el corazón alerta.

Con la esperanza en alto y encendida,
vayan tu fe y tu amor siempre en crecida,
que Dios te espera con su casa abierta.

(21 de diciembre de 2016)


Dede lo alto del Padre

26.01.17 | 07:00. Archivado en Familia, Espiritualidad

El reino de los cielos se parece también a una gran fiesta antigua en la plaza del pueblo. Los jóvenes, los niños, los mayores…, todos bailan al son de la banda de música que toca en el quiosco, justo en el centro de la plaza. Todos se visten de colores alegres. Hasta hay unos abuelos y abuelas que se marcan bailando un ritmo popular. Muchos les hacen corro y les aplauden.

Un niño chico palmea alegre sobre los hombros de su padre. No andan lejos su madre y su hermana mayor. El padre se mueve cautelosamente, guiado por la música, y el niño chico levanta los brazos y se deja llevar del ritmo que lo aúpa.

Es una mañana de sol. Todo en el pueblo resplandece. Nadie nombra a Dios, pero Dios está en el sol, en el pueblo, en la danza, en la música. Y el niño, que llama Padre a Dios cuando reza, alzado ahora sobre los hombros de su padre, se siente para siempre alto y feliz. Para siempre seguro.


Muerto se quedó en la acera

12.01.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad,

Nunca hizo dinero. Jamás tocó poder. Vivió embarcado sobre un mar de pobreza arrojando cables a quienes se hundían. Salvó a muchos. Amó a todos los que se ahogaban entre las olas. No tuvo tiempo para sí mismo. O lo tuvo todo, y como nadie, al regalárselo a los demás. Algunos lo admiraron. Otros lo llamaron ingenuo, blando, de puro bueno tonto… Su reino tampoco era de este mundo.

Aquella tarde salió de casa en busca de su gente. Un infarto lo abatió sobre la acera. Tenía su DNI, su edad, su nombre y apellidos. ¿Fama? Nuca la buscó ni se saludó con ella. Sólo lo conocían en el círculo más intimo de sus parientes y allegados. Recordando la famosa soleá de García Lorca ("Muerto se quedó en la calle..."), alguien podía haber escrito de él:

Muerto se quedó en la acera
herido de amor, herido.
Nadie sabía quién era.


El hombre que nació casi niño para siempre

05.01.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Los días de Navidad nos han podido servir para hacernos un poco más niños. ¿Por qué no, si el propio Hijo de Dios se hizo niño? A los mayores, que tenemos a menudo la tentación de ir de crecidos por el mundo, no nos vendría mal un baño de infancia. Bueno, la que pidió Jesús para entrar en el Reino de los Cielos. Y, según se mire, incluso, la que ayuda para ser más felices en la tierra.

El Reino de los cielos se parece a un hombre que nació casi niño para siempre. Creció algo más lento que los demás, y como perezoso. Le costó más tiempo romper a hablar. Y cuando fue un poco mayor, lo hacía más despacio y, a veces, se le enredaba una palabra, se frenaba en una frase y había que estar muy atento para entenderle bien. Pero miraba a todos con una mirada limpia, confiada, y su sonrisa se abría en más luz que la de cualquier otro ser humano.

Parecía tener las ideas algo más confusas que los otros, como si su cabeza estuviera rodeada o ligeramente atravesada por la niebla, o acariciada por ella. Mas su corazón le ardía cálido y luminoso, y se le iba y volaba a los demás como en una mañana de sol. Si recibía un gesto, un gramo de amor, su sonrisa, su gratitud se multiplicaban sin límites.

Decían que por causa de aquel hombre niño bajaba el arroyo de la montaña y pasaba al pie de su casa. Que por él iban las aguas frescas y claras. Pero él lo había conocido así desde su infancia y siempre creyó que era algo tan natural como los árboles vecinos o como las nubes, que a veces se quedaban quietas y suspendidas por encima del tejado.

Un día, le leyó su madre, ya casi anciana, en un librito pequeño: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.

-¿Has dicho en el Rrrreino... de los cielos..., mamá?

-Sí, hijo. En el Reino de los cielos...

El hombre todavía niño se le quedó mirando. Sonrió a su madre y le dijo:

-Me gusta, mamá... Me pido ese Rrrreino para siempre.

(Del libro en preparación Parábolas para sabios sin nombre).


¿De qué te quejas si te asiste el aire?

21.07.16 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad,

En medio de la vorágine de estos días, con atentados, golpes y contragolpes de estado, Brexit, circo de incertidumbres políticas en el interior, me aparto un instante del mundo y escribo este sencillo poema con Dios al fondo y a la vista.

No me quejo de nada. ¿Qué derecho tengo a ello? Me ha dado Dios muchas, muchas cosas a partir de la vida. Incluida esta obligada y feliz manía de trabajar con las palabras e intentar hacer saltar en ellas un punto de belleza. Se me reveló en la adolescencia y se resiste a morir del todo en la vejez.

¿De qué te quejas si te asiste el aire
y cómo sonreír no has olvidado?
Aún tienes luz y voz, miras, caminas,
es aún tuyo
el don de amanecer
dueño de tus palabras.
De vez en cuando
te apoya aún el bastón de un buen poema
o, al menos,
es bueno para ti, como una medicina
que te anima y entona
este frágil tesoro de tus años.

¿Qué más puedes pedir si Dios está contigo,
poderoso, invisible,
y te regala sin alarde alguno
su amor de cada día, su belleza?


Si eres una persona sensible

30.06.16 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Si eres una persona sensible y no aciertas a hacerte el duro, si a veces te domina la compasión y te anuda la garganta el sufrimiento ajeno, si no sabes dominar un dolor para pasar sin transición al siguiente punto de tu agenda, si a veces te traiciona la ternura ante la debilidad o la belleza y tienes que parpadear para espantar las lágrimas, si piensas repetidamente las palabras que has de decir en la visita a una persona relativamente importante, si te llena de alegría el saludo de un niño desconocido, si te espanta que alguien de bien pueda temblar en tu presencia, si preferirías que te rompieran los dientes antes de traicionar a un amigo, si no eres capaz de callar cuando la sinrazón o el desbarajuste piden la voz y el grito, si no puedes decir cuando el sentimiento y la razón piden el no, si no has aprendido a halagar, a mentir, a callar, a esperar la ocasión, si eres tan torpe que te atas como con cien maromas a la palabra dada, si tiemblas ante la sola idea de ser cruel con un indefenso, si nada te daría tanta vergüenza como que te pillaran en manifiesta ingratitud, si prefieres la paz contigo mismo a la mayor fortuna, si no te encandila el brillo del dinero ni remueve tu libido el cuerpo del poder..., tú nunca serás importante.

Si no sabes ser frío, si no aciertas a ahogar tus emociones antes de que aparezcan, si no has aprendido a no mover un músculo ante el suceso atroz o repugnante, si eres incapaz de aplazar tus reacciones hasta el momento oportuno, si no eres paciente ante lo que no admite espera, si a tus años no has aprendido a ser calculador y a ponderar las ventajas de anularte a ti mismo, si supera tus fuerzas violentar tu conciencia para subir dos peldaños en la escalera establecida, si la arbitrariedad te subleva, si no te da todo igual cuando proviene del jefe ni encuentras todo bien cuando lo hace quien manda, si te aferras a tu idea del bien y del mal, de lo bello y lo honesto, si te metes hasta el cuello en las causas perdidas, si casi cada día te ves nadar contra corriente..., con toda probabilidad, para muchos, nunca serás alguien importante. Nunca. Pero serás tú. Tú mismo. Y eso te sentará pero que muy bien… Y te sabrá a gloria.


Se van muriendo

09.06.16 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad

Sí, se van muriendo. Se van muriendo los cercanos, con nuestra misma edad, a veces con edades más jóvenes. Murieron ya quienes antes dieron su tiempo y su vida por nosotros. Con frecuencia, ay, llega la gratitud tardía. O no llegó nunca a expresarse a tiempo. Ese tópico bobo, tan repetido a veces, “No debo nada a nadie, todo lo que tengo me lo debo a mí mismo”, no pasará jamás el más bajo listón de la sabiduría. Debemos tanto a tantos… Va hoy este homenaje sencillo a quienes, acaso sin esperar nada a cambio, vivieron y se desvivieron por nosotros.

Todos fueron muriendo
los que me enseñaron a vivir.
Cómo los amo aún en mi cercana muerte.
Jamás ninguno de ellos me negó
que fuésemos mortales.
Pero tampoco me enseñó ninguno
a despreciar la vida.
Me dieron carne, sangre, voz, me dieron
como un tesoro la palabra.
Sin saberlo o sabiendo, me afirmaron
este instinto de amar
y esta nunca buscada, irrefrenable,
pasión por la Belleza.

Todos estáis conmigo
a pesar de mis gestos distraídos,
de mi mirada no siempre agradecida..

Os amo y os deseo
una inmortalidad a la que nunca
quisisteis renunciar,
tal vez porque instintivamente sospechabais
que tanto amor, tan elevada
generosidad
sólo se sostenía en el soporte
de nuestro firme Origen, Meta, Padre generoso,
siempre inmortal, aupando nuestra nada.


Sábado, 15 de diciembre

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