Jesús Mauleón, poeta y cura

El viejo que sonreía

20.04.17 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad

Este era un viejo que siempre sonreía. Si hablaba con los grandes mandatarios del país, sonreía. Si hablaba con los altos mitrados de la nación o de Roma, sonreía. Aunque hablara de asuntos serios, sonreía. Si bromeaba, sonreía doblemente. Cuando visitaba a los niños más pobres a los que había procurado casa, mesa y escuela, había que ver cómo sonreía... Si acudía a un lejano país asolado por una guerra, un terremoto u otra catástrofe natural, se retrataba con un fondo de ruinas junto a sus amigos supervivientes y sonreía igualmente. Si acudía a una escuela de niños africanos fundada con a los dineros que pedía a la gente, sonreía. Si jugaba, si cantaba con ellos, si los acariciaba, sonreía. Si se encontraba en un albergue nuevo con sus antiguos amigos sin techo, sonreía. Multiplicaba sus viajes por todo el mundo. Pedía, pedía en todas partes para ayudar a los enfermos de soledad, a los pobres de todas las pobrezas. Se le veía en fotografías, en vídeos con colaboradores del mundo entero. Y sonreía. Sonreía siempre. Algunos lo criticaban. Lo acusaban de que, a veces, andaba con pecadores o con gentes de mal vivir o de dudoso pensar. Él le restaba importancia y sonreía.

¿Había nacido sonriendo o había aprendido después a sonreír sin descanso? ¿Sonreía solamente cuando aparecía en público, cuando hablaba con los pobres o de los pobres, de sus amigos, de sus obras o sus proyectos, cuando pedía ayuda y colaboración a la gente o cuando les mostraba su agradecimiento, cuando bromeaba con los niños o con los mayores?

Nadie se lo preguntaba, pero aquel viejo sonreía y miraba continuamente dónde pudiera haber nuevos pobres o tristes a los que remediar la necesidad o la tristeza. En eso se le había pasado, desde su juventud, la vida entera. Quienes le conocían de cerca decían que era un viejo feliz.

El Reino de Dios se parece a un viejo que sonreía.


Parábola del publicano crecido

23.02.17 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad,

Aquel hombre entró después de varios años en el templo. Nadie recuerda si la última vez había sido en un funeral, en una boda o en una Primera Comunión. Y ante la iglesia llena de conocidos y desconocidos, levantó los ojos al cielo y dijo:

Gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente: beatos, meapilas, hipócritas... Vienen a misa todos los domingos y se tragan al año sacos de obleas en comuniones. No desaprovechan la ocasión de hablar con los curas y hacerles el rendibú. Andan metidos en grupitos y reuniones de tres al cuarto: que si el consejo de tal o de cual, que si liturgias y otras monsergas, que si Cáritas, que si el voluntariado de esto o de lo otro... Ganas de figurar. Al final, casi siempre los mismos. Y, lo peor de todo: se creen superiores a los demás. Aunque lo disimulen... Se pasan las horas amén, amén, del coro al caño y del caño al coro; pero luego, en la vida, son de largo los peores.

Yo, Señor, no me ando con estas zarandajas. Al pan pan y al vino vino. Voy siempre por derecho y a cara descubierta. A franco no me gana nadie. Algunos problemillas me han creado en el trabajo. Envidia pura. Los jefes no consienten debajo de ellos a quien hable claro y, si se descuidan, valga cien veces más que ellos. Por ahí anduvieron propagando de mí que había tenido alguna pequeña escaramuza extramatrimonial. No soy un santo. Soy un hombre normal. No mato, no robo, no le he hago mal a nadie.

Gracias, Señor, porque no soy como éstos. Si hoy he venido aquí, Tu sabes por qué. Hay cosas de cosas, y circunstancias que mandan, ¿qué te voy a decir que te coja de nuevas? Hace muchos años que, si no me obliga, no piso una iglesia. ¿Para qué? ¿No te digo que son los peores...? A un vejete rancio, santurrón y algo retorcido que prefiero no nombrar le oí una copla hipócrita que también repetía mi abuela:

En casa del rezador
no pongas el trigo al sol.
Y del que no reza nada,
ni el trigo ni la cebada”.

Encima se creen mejores que los demás. ¿No te digo...?


Oración de Nochevieja

29.12.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Oración

Aquí estamos, Señor, como en vilo entre un año que viene y otro que se va, temblando y sacudidos por este implacable vendaval del tiempo que huye.

En los primeros instantes de 2017 acudimos a ti, que estás por encima del tiempo. Nos refugiamos en ti, que eres Padre de todo y de todos y vives desde siempre y para siempre, ajeno a la vejez, libre de cualquier sobresalto de nocheviejas y calendarios.

Pero a la vez, Señor estamos ciertos de que este tiempo fugitivo y provisional que nos das es, a su manera, moneda preciosa y adelanto de eternidad regalada.

Gracias, Señor, porque el 2016 nos ha dado la oportunidad de irnos comprando –bien barata, gratuita- tu eternidad y tu gloria.

Desde que en esta vida nuestra, tan precaria y en marcha, tu Hijo se hizo tiempo y acampó entre nosotros, nos crece y se nos aviva la esperanza, la indecible nostalgia de ser y de ser sin final…

Perdón, Señor por nuestros fallos, por nuestra pobreza en el año que acaba. Perdón por todos las trabas que hemos puesto a tu Reino que “no tendrá fin”.

Al comenzar el año, nos sale al paso la incertidumbre del futuro. Podemos sentir la curiosidad y aun la inquietud de quienes no somos dueños de nuestro propio destino. Lo ponemos en tus manos, completamente seguros de acogernos al único seguro.

Tuyo es nuestro Año Nuevo. Tuyos son, Señor, todos los hermanos que sufren entre nosotros, en tu Iglesia, en el mundo entero. Tuyas son las víctimas de la guerra, del terrorismo, del hambre, de todas las miserias que los hombres hemos amontonado en este mundo que pide a gritos la limpieza, la justicia y la paz.

Tuya es nuestra familia, nuestra salud, nuestro mínimo bienestar. Tuya nuestra lucha por la vida. Tuyo nuestro amor a la verdad, a la justicia, nuestro respeto a la vida. Tuya también nuestra pobreza, nuestra escasa capacidad, nuestros miedos, nuestra falta de fuerzas.

Tuyos nosotros para este año y para siempre.

Amén.

(De Cien oraciones para la familia, Madrid, San Pablo, 1995).


Reza y calla el papa en Auschwitz

04.08.16 | 07:00. Archivado en poesía, Iglesia,

Reza y calla el papa en Auschwitz. No me importa volver a recordarlo aquí con el poema que escribí tras mi visita a aquellos espacios innombrables, malditos.

A veces un viaje puede llevarte a las tinieblas. La historia de la humanidad, aun la más reciente, guarda rincones oscuros donde se casan y cohabitan el hedor y la muerte. Viajar a Polonia y no ver Auschwitz es no haber estado en ese bello país ni haber conocido una de las páginas más negras de su atormentada historia y de la reciente historia del pueblo judío y de Europa. El campo de concentración nazi queda aún en pie con todo el horror de sus recuerdos.

Este pobre poeta se detuvo también y rezó en la celda del mártir Maximiliano Kolbe. Vio allí la placa que recordaba su muerte elegida al intercambiarse en la diezma con un esposo y padre de familia. Más tarde, en Czestochowa, vio se fotografía de presidiario, en taje de rayas, como retablo del altar dedicado a su memoria.

El poeta recorrió los barracones y reparó en los restos que se muestran tras las vitrinas. Pero su dolor le crece cuando contempla la serie de fotografías de los prisioneros que cuelgan en una de las paredes. Son fotos de carné, para el registro oficioso de los burócratas del crimen. Son fotos iguales y diferentes en las que cada uno abre los ojos desorbitados y mira como puede a su desolación y a su propia muerte cercana.

AUSCHWITZ

Son pozos y pezuñas del recuerdo, y tantos
que apestan salas lúgubres, barrados barracones,
sótanos del hedor (...).

Al visitante se le irguió el asombro
ante el pelo arrancado a los cautivos,
olió el aire ya parado en el tiempo.
Cómo hubiera besado uno por uno
los cacharros humildes que tocaron sus manos;
hubiera recompuesto, relimpiado
y vuelto transparentes
las arrancadas gafas que los dejaron ciegos.
Tanta presencia aún, tanto dolido bulto
para la vista, el olor y el tacto
hacen vivo el tormento, nueva la llamarada.
Fuera perdura, truena
alzado el paredón, crepita y se remuerde
la conciencia del horno crematorio.

Pero ¿dónde están ellos?,
¿dónde sus limpios huesos?,
¿dónde el olor de holocausto de su carne abrasada?,
¿qué ciega dirección señalaron los vientos
que barrieron gimiendo sus cenizas?

Ellos están aquí. Y no están.
Está el olor. Está el horror... Y están también sus ojos.
Fijos están mirando como entonces
cuando el esbirro los enfrentó a la cámara,
con látigo de flash y fogonazo dijo: “Ábrelos bien, esclavo”.
Y de ahí ahora esta inmóvil colección onírica
de los ojos sin órbitas, abiertos para siempre.

Hay ojos tristes, como ya caídos
hasta el último agujero de la muerte.
Y hay ojos asombrados como soles de espanto.
Ojos abiertos en retadora furia
que acaso sólo pudo estallar un instante
convertido por la fotografía
en adelanto de la furia eterna.
En otros ojos cae la luz en la fatiga
de un astro que va muerto hacia el ocaso.
Pero todos los ojos
ciegan de dignidad a quien los mira
y juntos forman
una constelación acusadora, altiva,
vía de luz para la noche caminante del hombre.
Aún se pregunta el visitante
cómo la obcecación de los verdugos
les pudo perdonar estos ojos
dejar en ellos, en mirada póstuma,
este cielo de soles que en las tinieblas deja
el espacio glacial de quienes pretendieron
exterminar la luz, romper sus huesos, descoyuntar
la ternura del alba.

Queda el horror. Quedan también los ojos.

(Julio 2004)

(Obra poética, p. 550).


San Fermín, "que todo lo ve", en la calle

07.07.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad,

Escribo desde mi Pamplona, a 7 de julio. Y puedo decir que estos días, aquí, pasa de todo. O de casi todo. En mis viajes fuera de España me ha ocurrido repetidamente la misma experiencia. Si me preguntan “de dónde eres”, yo –con el nombre de mi pueblo, Arróniz, en el corazón- respondo que de Pamplona. A la gran mayoría de foráneos no les suena. Trato de aproximarme. Norte de España... Nada. Límite con Francia..., junto a los Prineos... Nada. País Vasco, o junto al País Vasco... Nada. Digo por fin: esa ciudad donde los toros corren detrás de los mozos por la calle... No falla. Todo el mundo lo ha visto. Algunos exclaman: “¡Brutal!”, “¡Horrible!”, o una expresión similar, cada cual en su propio idioma. Cientos y cientos de millones de telespectadores han visto y ven cada año imágenes del encierro.

Pero, dejando esa privativa rareza nuestra que sobrecoge a medio mundo, hoy, fiesta del santo, antes de la misa con coro y orquesta en la iglesia de San Lorenzo, hay un acto entrañable que los extranjeros no tienen por qué conocer. Es la procesión multitudinaria con la imagen del santo por el casco viejo de la ciudad. Somos como todo el mundo. Hemos metido a san Fermín en las fiestas del verano como lo hacen todos los pueblos y ciudades de tradición católica con sus Vírgenes y sus santos. Sabia astucia la de esta Iglesia de tantos siglos: ligar la necesidad y la legitimidad de la fiesta a las más básicas creencias. ¿Ha perdido actualidad semejante criterio? Cualquiera que llegue hoy a la procesión de San Fermín, se convencerá de que el acierto, con todos los peros y los contras que se quiera, sigue vivo y pujante.

A las diez saldrá la procesión de la capilla del santo. Desfile en la frescura en sombras de la calle Mayor. Cada año es más alto el número de los que participan. Hay que ir con alguna hora de adelanto para ver pasar la comitiva desde un lugar estratégico. Va san Fermín muy alto sobre el amor de las cabezas; los mozos y las mozas de blanco, la banda de la ciudad de gala, gigantes y cabezudos, txistus, gaitas, rojos arzobispales, jotas, pendones, danzas... Y, como un florón sonoro, las formas todas de la música.

No me resisto a reproducir unos breves fragmentos de mi “Oración para la calle”, escrita para este paso del programa sanferminero:

“Salve, Fermín, obispo, pastor de frescas sombras en la calle Mayor. Salve, mártir de las flores rojas, que empuñas el báculo para guiar el rebaño de los navarros festivos. Tuyo el cruento clamor de los claveles, tuyo el murmullo de la calle, tuya la delgadez del txistu, la danza lenta y la humildad de los gigantes; tuyo, Fermín, el reino de esta paz mañanera, tuyo el honor y la gloria del verano (...).

“Si a tu paso de doblan los talles de las mozas y al pie de tus claveles enrojecen los cuellos, en ti el poder, en ti la roja luz de tus heridas famosas, de ti el temblor que hierve en las gargantas cuando gritan que vivas (...).

“Ea, pues, Fermín, abogado nuestro, muestra tu luz de patria a quienes tercamente nos negamos a ver en este sol de julio una luz desterrada. Muestra tu luz de cielo y la verdad terrestre de tu sangre encendida...”.

La oración continúa en el tono vibrante de la devoción y la fiesta. Oración desde lo particular, pero dentro de la fe universal. Junto con todos los creyentes que, en medio de no pocas contradicciones y en el entrecruce de algunas confusas fronteras, aún saben unir la fiesta con sus más hondas raíces de fe.


El Corpus y el "poeta" Tomás de Aquino

26.05.16 | 07:00. Archivado en poesía, Iglesia

Es un fenómeno curioso éste de los versos de Santo Tomás. Al gran teólogo y filósofo medieval difícilmente lo situaríamos entre los poetas. Chesterton lo ensalzó como tal con un entusiasmo y unos elogios que, modestamente, nos parecen desmedidos. Comentaba el inglés los textos litúrgicos compuestos para la introducción de la fiesta del Corpus (1264), entre los que se incluyen varios conocidos “poemas”. ¿Poesía? En todo caso se trataría de poesía predominantemente didáctica. El de Aquino puso allí su mucho talento. Las ricas melodías gregorianas pusieron lo demás. Ahora bien, hablar de poesía parece cosa algo distinta.

Pero afirmemos lo obvio: 1º) Asombra en esas piezas la perfección y la ductilidad con que maneja el latín, la lengua usada en la liturgia. 2º) Versifica divinamente según la práctica medieval, con rimas y estrofas que no entraban en la métrica de los clásicos de Roma. 3º) En la concisión acierta siempre con las palabras y las formas justas para meter en ellas toda la teología, la Escritura, la tradición y la espiritualidad del Sacramento. 4º) Por eso mismo, a menudo sus estrofas resultan relativamente frías por muy conceptuales. Y 5º) El pueblo, que sin saber latín cantaba, por ejemplo, el “Pange lingua-Tantum ergo”, difícilmente podía comprender su significado sin una aplicada y adecuada catequesis.

En este breve apunte no entro en detalles. Pero quiero señalar que los versos del sabio dominico nos ofrecen estimulantes sorpresas. Llevado de la memoria elijo a modo de ejemplo dos “delicadezas” que siempre me han parecido especialmente bellas y emotivas desde una perspectiva poética:

1ª) La estrofa tercera del Pange lingua, en su final (Cibum turbae duodenae se dat suis manibus) presenta Jesús en la Cena “dándose como alimento a sus discípulas con sus propias manos”.

2ª) En la secuencia de la Misa “Lauda Sion Salvatorem”, me toca invariablemente la sensibilidad la estrofa 23 (“Bone Pastor, panis vere”), que, sin la rima que la adorna y enmarca, podríamos traducir: “Buen Pastor, pan verdadero, Jesús, apiádate de nosotros. Apaciéntanos, guárdanos, haznos ver lo bienes (eternos) en la tierra de los vivos”. Repetimos que la música, en algunos casos popular a fuerza de repetida y aceptada, realza muy notablemente lo que ya la letra expresa.

Esto sólo ha sido un apunte apresurado. Quedemos en que la condición de “poeta” o versificador del de Aquino es una muy interesante curiosidad. Revela en sus estrofas lo acendrado de su lenguaje teológico y la versatilidad de quien lleva su genio a unos textos, exquisitamente cuidados, para el alimento litúrgico del pueblo. Todo ello, naturalmente desde la cultura y la pastoral de su tiempo.


El hombre vestido de blanco

14.04.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Espiritualidad,

El Reino de los cielos se parece a un viejecito vestido de blanco, que dijo: “Pongámoslo todo del revés y hagamos un mundo nuevo”.

Los jóvenes y mayores de todo el mundo se llenaron de asombro ante estas palabras. Muchos las hallaron llenas de osadía.

El viejecito vestido de blanco, rodeado de una multitud que le seguía, no desaprovechaba ocasión para repetir de mil maneras el mismo mensaje: “Hagamos un mundo nuevo”.

Hubo quienes se rieron de su audacia y de lo que consideraban palabras llenas de arrogancia. Algunos lo vieron como el pregonero de una nueva y desconocida revolución llena de peligros. Pero él no hablaba por sí mismo, ni de sí mismo. En el peor de los casos, se trataba de una revolución muy antigua. Cuando alzaba la voz ponía los ojos en aquel Hombre que vivió y murió hace más de dos mil años, del que se dijo: “Pasó haciendo el bien”. O “todo lo hizo bien”. Aquel en cuyos labios se pusieron estas doradas, ardientes y poderosas palabras: “Fuego he venido a traer a la tierra…”.

El viejecito vestido de blanco se esforzaba por imitar a aquel Hombre, por ser pobre y humilde, por llevar su corazón y sus manos al dolor de los pobres y los enfermos, por repetir cada día su mensaje de la paz, la justicia, la compasión, el perdón, el amor a todos los hombres y mujeres de la tierra habitada.

No sabemos aún cómo terminó la historia del viejecito vestido de blanco. Ni hasta dónde alcanzó su voluntad de transformar el mundo. Porque en este planeta quedaba aún una negra herencia de guerras, hambres, injusticias, y toda clase de desórdenes y maldades. Pero muchos dirigían hacia él una mirada feliz entre la sorpresa y la esperanza.

(De Parábolas para sabios sin nombre).


Ha muerto Jesús Mª Hernández Basurko. A su Pasión de Aras acudían cada Viernes Santo unas tres mil personas

15.10.15 | 07:00. Archivado en Iglesia, Espiritualidad,

Ha muerto Jesús Mª Hernández Basurko, a los 60 años. ¿Quién era? Buena pregunta. La muerte de los que son como él no deja apenas huella ni en los medios más caseros. Era un monje cisterciense del Monasterio de la OIiva en Navarra. No hubo esquela en los periódicos. Los monjes acostumbran a morir en silencio y como en el anonimato. En este caso el anonimato quedó ligeramente mitigado por tratarse de un monje que había sido cura diocesano con anterioridad. Una nota de la Vicaría General de Pamplona nos dio por Internet la noticia de su fallecimiento el 20 de septiembre. Posteriormente apareció una breve noticia de su muerte con un parco resumen de su trayectoria y su personalidad en Diario de Navarra.

Tres mil personas en la Pasión de Aras

Fue un hombre de muy variados talentos. En Aras, un pueblecito que no alcanza los 200 habitantes, donde trabajó unos años como párroco, ponía en escena todos los Viernes Santos una pasión en la que participaban artistas locales y a la que llegaron a acudir más de 3.000 personas.

De Aras fue llamado a Pamplona para estudiar Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra y hacerse luego cargo de la dirección de La Verdad, el órgano de información diocesana, que dirigió de 1989 a 1992, cerca de cuatro años, con un excelente nivel periodístico. Al mismo tiempo trabajaba como formador y profesor del Seminario.

Monje todoterreno y escritor

Todo cambió cuando, avanzados los años 90, sus más cercanos supimos por él mismo que ingresaba como cisterciense en La Oliva. Allí se tomó muy en serio su vocación de monje. Nos impresionaba a quienes le visitábamos por su honda y aparentemente sencilla espiritualidad, siempre presente la serenidad y la sonrisa. Se le encomendaron en la abadía los oficios más diversos: reorganizador de la biblioteca, vicemaestro de novicios, encargado de la liturgia… Y seguramente el más duro y dificultoso: el de bodeguero. Tuvo que aprender aceleradamente enología y organización técnica y comercial de su bodega, que culminaba los trabajos de los monjes en las viñas del monasterio y era una de las principales fuentes de subsistencia de la casa. Jesús Mari -bromeábamos algunos de sus amigos- era “polivalente”, como el bachillerato de entonces. Podía realizar cualquier tarea que se propusiera y tenía una inclinación innata a decir que sí y aceptar cualquier oficio que los superiores le sugirieran.

Pero Dios le había reservado otros planes. Se le declaró un grave tumor cerebral del que fue operado repetidamente en la Clínica Universitaria de Pamplona y sometido luego a severas sesiones de quimioterapia. De su monasterio raíz pasó a vivir unos años en el de Santa María de Zenarruza ( Vizcaya), filial de La Oliva. Y más tarde, avanzada su enfermedad, se trasladó como capellán al monasterio canario de monjas cistercienses de La Santísima Trinidad de Breña alta (La Palma).

En sus años de monje ha publicado varios libros y trabajos de historia y espiritualidad relacionados con el monacato. Y en su etapa canaria aún le quedaba tiempo y un resto de energía para colaborar en la diócesis, entre otras tareas, como Consiliario del movimiento “Vida ascendente”. El abad Isaac Totorika, en el emotivo funeral que presidió en La Oliva, rodeado de su comunidad, de un grupo de curas diocesanos amigos, familiares de Jesús Mari y un buen número de fieles, recordó su “buena pluma” y leyó con emoción la última plegaria que Jesús Mari había publicado en la web de Zenarruza poco antes de su muerte.

Un hombre bueno. Un gran creyente

Recuerdo mi último encuentro con él en la clínica San Miguel de Pamplona, acompañado por un hermano de la orden, con las huellas del duro tratamiento en el rostro y una voz entre la debilidad y la dulzura, sonriendo y asegurando feliz que estaba en las manos de Dios.

En las últimas Navidades, casi temblando por temor a que pudiera haberse apagado su móvil y su vida, le llamé a Canarias. Confieso que tuve un sobresalto de alegría cuando oí su voz, aun más avanzada en dulzura y debilidad. La misma fe. La misma esperanza. La misma seguridad de la presencia y el amor de Dios.

En la página Web del Monasterio de Zenarruza, al alcance de visitantes, hay una entrada, Espiritualidad>Contemplación, donde puede verse y rezarse la larga serie de oraciones escritas por Jesús Mari, en las que deja la huella de una fe y una espiritualidad profundas.

Ha muerto un hombre bueno. Un gran creyente. Como tantos otros monjes, dedicados a orar por los demás, ha muerto en silencio. Probablemente, en pura técnica periodística su muerte apenas sería noticia. Pero seguro que es Buena Noticia.


¿Hay muchos "jóvenes ricos"? (Domingo 28 B)

08.10.15 | 07:00. Archivado en Iglesia, Espiritualidad

El título parece una provocación en estos tiempos de incertidumbre en el empleo, especialmente en el primer empleo. Pero quienes han vivido y sufrido como misioneros en el mundo de los más pobres saben muy bien que aquí, comparados con ellos, somos millonarios. Por otra parte hace tiempo que se viene señalando como una característica de la juventud actual el recelo o el miedo ante compromisos para toda la vida. Lo recordaba recientemente Francisco a los jóvenes en relación con el matrimonio.

El chico del que escribe el evangelio de Marcos del próximo domingo no se decidió. Se le hizo muy difícil, en su vida de rico, dejarlo todo y seguir al Maestro. Parece que había sido una buena persona, un buen judío. Pero esto de comprometerse hasta el final se ve que siempre ha podido representar un serio problema. Para jóvenes y para no tan jóvenes…

SE FUE EN LA LENTITUD DE SU TRISTEZA

¡Qué joven bien plantado!¡Qué aspecto saludable! Pulcra y bien peinada su cabellera negra. Limpia y aseada su cara y su barba incipiente. Por sus ojos vivos, por su piel lustrosa parece fino y bien alimentado. No es uno más de aquella chusma devota pero un tanto desharrapada que sigue al Maestro… Al revés, su túnica impecable, sus sandalias nuevas avisan que pertenece a una familia pudiente.

Es joven, más que el Rabí, posiblemente más que los discípulos que él recluta. Se siente contagiado por el entusiasmo de la turba y se atreve a abordar a Jesús con una pregunta: “Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Mc 10). Jesús le refresca la memoria y le recuerda los mandamientos. El muchacho se anima: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde joven”. El Maestro sonríe y fija en él aquella famosa mirada con que miraba a sus mejores amigos… Y ahora viene el anzuelo del pescador de pescadores, el lazo delicado pero apremiante en el que han caído ya unos cuantos discípulos: “Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí”.

Al oír esta palabras, algo rechina en la cabeza del muchacho. Acaso coincide en el día oscurecido con un relámpago, con un trueno súbito y un amago de tormenta.

El joven frunce el ceño, baja abatido los ojos, le vuelve la espalda al Maestro y se aleja en la lentitud de su tristeza.

Pudo ser un apóstol, el número trece, uno más en la Última Cena. Pudo ser un pilar de lo que se irá llamando Iglesia como Pedro, Juan, Santiago, el hijo del trueno… Pudo alzar la voz del Evangelio, como el trueno mismo, con la potencia anunciadora de Pablo… Pudo… Pero se alejó lentamente de Jesús con su cobardía y su tristeza… Y todo “porque tenía muchas posesiones”… Y porque no acertó a entender que merecía la pena dejar una riqueza por otra mayor…

Nunca más se supo. Nunca más se sabrá de él en la historia de los elegidos (…).

(De Feliz cumpleaños / La fiesta de la vida, Madrid, San Pablo, 2001, p. 69-71).


¿Bienaventurados los ricos? Las bienaventuranzas del revés

01.10.15 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad

Estos días, oyendo los discursos de Francisco en su viaje por Cuba y Estados Unidos, no puedo menos de sentirme entre incómodo y feliz. Incómodo porque, no sólo ahora sino en toda su trayectoria, pone el dedo en las llagas más enconadas y visibles que duelen al mundo. Feliz porque, de una u otra manera, con gestos personales de acercamiento a los pobres, a los que sufren, o con su palabra incisiva, certera, está recordando continuamente la persona de Jesús y el núcleo del Evangelio.

Simplificando, el mensaje cristiano está en buena parte resumido en las Bienaventuranzas. Pero hete aquí que este famoso código de sabiduría dice cosas asombrosas, a contrapelo del instinto humano y de la pura racionalidad. Y lo admirable es que el papa Bergoglio las suelta, aplicadas a cada problema y a cada situación, con llamativa osadía. Sabe de antemano que sus palabras no van a ser bien recibidas por todos. Pero tampoco le importan las críticas. Cuanta con ellas de antemano como contó Jesús, para sí y para sus seguidores. Me hacía esta consideración ante el discurso de Francisco en el Congreso de los Estados Unidos, donde señalaba problemas y heridas que no son precisamente las más atendidas en las políticas al uso.

Sin señalar los focos de inhumanidad a los que el papa apunta cada día desde el Jesús del amor, la misericordia y el perdón, desde el Jesús de los enfermos y los pobres, me atrevo a ofrecer algo así como las bienaventuranzas del revés, las de la sabiduría del mundo y de los propios cristianos, si no espabilamos.

Bienaventurados los ricos, porque tienen pasta, manteca y tela marinera para pagarse todas sus necesidades y todos sus caprichos.

Bienaventurados los ricos, porque mucha gente cree que son más respetables que los pobres.

Bienaventurados los ricos, porque se pueden permitir tener a su alrededor gente que les sirva y les recuerde que lo son.

Bienaventurados los ricos, porque, aunque en este mundo no puede comprarse todo con dinero, se pueden comprar tantas cosas y a tantas personas…

Bienaventurados los ricos, porque cuanto más dinero acumulan, aunque no esté muy claro cómo, más listos parecen.

Dichosos los que ríen, porque eso relaja y es señal de buena salud, de cuentas saneadas en el banco y, acaso, de alguna bajeza para subir al éxito…

Dichosos cuando todo el mundo os dé palmaditas en la espalda, os pase la mano y os sonría, cuando os llamen don Fulano o señor Mengano y os abran de par en par las puertas de los círculos más selectos o, como ahora se dice, más exclusivos…

Bueno, ésas y otras parecidas serían las bienaventuranza de la sabiduría humana, donde la limpieza de corazón, el hambre y sed de justicia, la paz verdadera, la misericordia… son términos ajenos al lenguaje más común, muy escasamente registrados… Pero Jesús ha vuelto el código mundano del revés como si se tratara de un calcetín…

Este Jesús es un caso perdido. Y Francisco, en lo que se parece a Él, tampoco tiene remedio. Apuestan impasibles por el caballo perdedor. Son cosas del gran chiflado de Nazaret, pobre voluntario, con una debilidad irreprimible por los pobres. Son cosas de su discípulo Francisco que, como el propio Jesús, nos mete a menudo el desasosiego en el cuerpo.


Corpus Christi: Pan, presencia, amor

04.06.15 | 07:00. Archivado en poesía, Iglesia, Oración

Muchos creyentes siguen celebrando el Corpus Christi en iglesias y procesiones. Sacramento del Cuerpo, del Pan, de la presencia. Sacramento del amor recibido y compartido. Día de la Caridad que obliga a quienes creen. Colecta especial de Cáritas en nuestras parroquias. “Juntos conseguiremos un mundo más justo”.

Aprovecho para ofrecer estos versillos al Pan de vida, que recuerdan lo solidario y lo eterno.

EUCARISTÍA, PAN DE VIDA

Señor, que eres pan de vida,
pan del cielo y pan de casa,
pan abundante y sin tasa
y comida
de la vida que no pasa:

Tenemos la puerta abierta
y la mesa preparada.
Entra, pues eres la entrada
y la puerta
de nuestra esperanza cierta.

Tú, verdad, vida y camino
de esta familia cristiana:
dale de beber tu vino
tan divino
y hazla divina y humana.

Danos a comer tu pan
y tu propio Cuerpo danos.
Danos en ti y con tus manos
el afán
de querernos como hermanos.

Buen pastor, pan verdadero,
Jesús, trigo de María,
balido de Eucaristía
y cordero
muerto por el mundo entero:

Pues tu mesa está servida
y tu amor no cabe en sí,
nos quedaremos aquí,
Pan de vida,
para vivir siempre en ti.

Amén. Aleluya.

(De “Feliz cumpleaños”,
Madrid, San Pablo, 2001,
Obra poética, p. 400).


Vida, pasión y muerte en Paquistán

25.03.15 | 07:00. Archivado en Iglesia,

Tengo delante la fotografía de Akash Bashir, el muchacho paquistaní que murió hace unos días en el asalto talibán a la iglesia católica de San Juan en Lahore. Había estudiado en la escuela profesional de los Salesianos. En la foto mira a la cámara vivo, con toda la vida de su primera juventud. Colaboraba como voluntario en el servicio de vigilancia de su iglesia ante el peligro de los monstruos de la muerte.

Aquel mediodía de domingo, con el templo lleno de fieles, Bashir vio a un kamikaze que parecía ocultar un regalo de muerte bajo su cazadora. Intentó inútilmente alejarlo. Sin pensárselo más se abalanzó sobre él y lo abrazó para detenerlo. Al instante estalló el artefacto oculto y Bashir murió en el acto con su cuerpo destrozado. En el asalto fallecieron más de diez personas y hubo muchas decenas de heridos. Pero el joven héroe consiguió reducir considerablemente el número de víctimas previsto por los asesinos.

Tiempo litúrgico de Pasión y Muerte. De dolor y de esperanza.Tiempo siempre de Vida.

Bashir se abrazó a la muerte
para que la vida siga.
Ha muerto el grano de trigo
para el triunfo de la espiga.

Amén. Aleluya.


Domingo, 16 de diciembre

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