Jesús Mauleón, poeta y cura

De servilleta a mantel

27.07.17 | 07:00. Archivado en

Alguien me lo cuenta con la sonrisa de la decepción. Tenía un amigo. O creía tenerlo. Lo había sido de verdad, y hubiera podido aducir recuerdos, hechos y circunstancias que probaban fehacientemente y con creces lo que la gente común entiende por amistad. Tiempo atrás, el amigo mostró alguna incipiente inclinación a la carrera política, ese atletismo peculiar donde rara vez se corre en la modalidad de metros lisos y abundan, en cambio, las pruebas de obstáculos. Tras algún titubeo, probó con éxito primero y se adentró luego de lleno en las pistas imprevisibles de la acción pública. Ganó cargos y perdió amigos, para que fuera suya la soledad del corredor de fondo. Veía a su lado la oficiosidad de sus edecanes, oía los pasos y sentía acaso en su nuca la envidia, el abrasador aliento de sus competidores. Las gentes del común lo contemplaban desde la lejanía de la grada.

Transcurrieron meses, años, sin que a mi ingenuo confidente se le pasase por la imaginación acercarse siquiera al prócer sudoroso, sin ocasión apenas de cruzar una palabra con el ya coronado o lastrado de poderes. Con todo, para el ingenuo la supuesta y nunca negada amistad seguía siendo un hecho incontrovertible.

Hasta que las escamas, o el velo, o el sudario se le cayeron de los ojos. Una circunstancia que no hace al caso le movió a comunicarse por teléfono con él. Llamó. Repitió una, dos, tres, cuatro veces la llamada. Pero el ya importante no se puso al aparato, ni a la memoria, ni a la antigua y supuesta amistad. El campeón atleta se hallaba, como es de rigor, muy concentrado. Temía quizá de su antiguo amigo una prueba de confianza impertinente... Se tropezaba ya, sin duda, con muchos nuevos amigos, moscas ocasionales, ciegas sobre el dulzor de las prebendas. O ya no disponía de tiempo ni de forma física o mental para andar hacia atrás en la memoria. O quizá, en la fogata de paja húmeda de su cargo, se le habían subido los humos a la cabeza. O a lo mejor –y sólo planteárselo le resultaba doloroso al ingenuo- el estirón sufrido en la figura pública por su amigo hacía que su yo se hubiera estirado también, y ya lo miraba desde arriba. O, llanamente, había caído sobre la amistad de su ex la losa implacable de aquel pareado que la sabia y decepcionada ingenuidad popular se inventó: “El que pasa de servilleta a mantel / ni Dios puede con él”.

Pero a mi confidente su aquilatada ingenuidad le inclina a no hacer juicios tajantes ni a sentenciar por guillotinas. Quizá las cosas tienen que ser así. Quizá lo han sido siempre, o lo son para muchos gobernantes y sin remedio. Quizá algunos hayan de pagarlo hasta el último céntimo en cruel moneda de soledad. En todo caso, sobre su última decepción el ingenuo me confiesa que no ha podido aún hacerse un diagnóstico concluyente. Por eso es ingenuo. Pero, de momento, añade en términos entre líricos y de vulgar y cotidiana informática, no ha tenido más remedio que volver al archivo de su corazón y eliminar el nombre de su amigo de la lista dorada.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p.135-36).


Viajar hacia dentro

20.07.17 | 07:00. Archivado en poesía,

Presento aquí unos versos de viaje. Los países bálticos siguen estando de moda. Yo los visité hace unos años y, entre otros vestigios, me queda este dolido poema. Es una vieja manía de la que nunca me he arrepentido. La fotografía nunca ha sido mi fuerte. Mientras mis compañeros de expedición se volcaban afanosos en tomar imágenes con sus cámaras o sus móviles, yo, pobre de mí, observaba inactivo, pero apuntaba por dentro lo que más me interesaba o conmovía. Así me nacieron poemas vividos en Atenas, Roma, Jerusalén, Auschwitz, Leipzig (en la tumba de J.S. Bach), Nueva York, etc… Éste lo inicié ante las aguas del Dvina, el río que parte en dos la ciudad de Riga, en Letonia. Me vino súbitamente a la memoria la muerte del diplomático y escritor del 98 Ángel Ganivet (1865-1898), autor de Idearium español, Granada la bella, Cartas finlandesas, etc… Nos acompañaba una guía nativa muy culta, que hablaba el español divinamente y conocía a fondo la historia y la literatura española. Naturalmente recordaba las circunstancias del suicidio de Ángel Ganivet en noviembre del 1898. Le pregunté si en Riga se guardaba memoria. Ninguna, me contestó, fuera de unos pocos hispanistas. Y, sin embargo, Ganivet, del que muchos de nuestros estudiantes tienen, en el mejor de los casos, una vaga idea, fue altamente valorado como precursor o miembro de la generación del 98. Nuestra guía me recordó que Ángel Ganivet, bajo una fuerte depresión, se arrojó a las aguas heladas del río y cuando lo sacaron logró desembarazarse de quienes lo salvaban para lanzarse de nuevo a la muerte por ahogamiento o hipotermia.

MORIR TAN JOVEN (Ángel Ganivet)

Morir tan joven fue morir dos veces.
El cielo se cayó contra tu frente
hasta arrasar tus ojos de las aguas del Dvina.
Arrojarte a la indiferencia de la corriente gélida
fue como más morir.
Multiplicando
la muerte por el frío, buscabas desnacerte y redoblabas
tu furiosa querencia del vientre de la nada.
¿Qué cielo se te hundió para que dieras
tu espalda desdeñosa
a los que te sacaron
del agua helada y tu primera muerte?
¿Qué se rompió en tus manos, en tu pluma
que a tus papeles daban
tan pulcra equidistancia entre razón y fuego?
Tanta luz en tus letras, tanta
precisión en la palabra y tanta
tu pasión, tu lucidez de una España
que a la vez escribías y adorabas,
para entregarlo todo a un río extraño
y abandonar tus ojos, en las aguas abiertos
a la final ceguera...

Aquí, Ángel Ganivet, a la orilla del Dvina,
te diré que en Letonia ya nada te recuerda.
Riga vive sin ti. Corren las aguas
de un río ya ignorante de tu nombre.
El tiempo es más cruel en sus olvidos
cuando se aleja de la ajena muerte.

Vive tu muerte en paz, oh maestro olvidado.
Las aguas otras son, nietas de aquellas
en cuyo vientre navegó tu cuerpo,
al cuello dos suicidios
y veinte piedras-muertes más que te lastraron
de locura hasta el fondo.

Morir tan desterrado y en tan ajenas aguas,
tan lejos de la tierra y de los ríos,
carne y venas de una España dolida y requebrada,
fue morir de una furia que te estrelló en los brazos
engañosos del frío, de las brumas,
que te acostó en el pecho
del infinito desamparo.

(Riga, junio de 2005)

(De Apasionado adiós, Madrid, Vitruvio, 2013, p. 121-22).


Demagogos

13.07.17 | 07:00. Archivado en

Me encuentro con una famosa sentencia del mundo clásico, atribuida por algunos al trágico griego Eurípides (s. V a. C.), repetida en todo caso en textos de otros autores helénicos con distinta literalidad: “A quien los dioses quieren destruir lo enloquecen”. Instintivamente se me va la atención al panorama de nuestros políticos y nuestros partidos.

La afirmación contiene toda la carga del fatalismo que trataba de explicar la conducta errada de los seres humanos, empujados al mal, como juguetes, por el destino y los propios dioses. El cristianismo modificó muy considerablemente esta visión del hombre y lo considera libre frente a cualquier fuerza ciega superior. Pero ¿no es verdad que, en determinados comportamientos y expresiones de arrogancia y desmesura (“Hybris”), nuestros personajes públicos aparecen con frecuencia como enloquecidos y a punto de hundirse, ellos con sus proyectos?

No por casualidad doy con otra célebre frase, en este caso del poeta, historiador y político británico del s. XIX, Thomas B. Macaulay (1800 – 1859): “En cualquier época, los ejemplares más viles del género humano se dan entre los demagogos”. La demagogia, etimológicamente, tiene todo que ver con el arte de conducir, de dirigir a los pueblos. Ahora bien, cuando degenera en el arte de halagar los sentimientos elementales de los ciudadanos para conseguir o mantener el poder, la historia enseña que un hábil y apasionado hombre público, no especialmente dotado de racionalidad, puede seducir y arrastrar a un considerable número de partidarios. ¿Se entenderá así por qué, también en nuestros días, los más extraños experimentos políticos cuentan a veces con un cierto rebaño de seguidores?

El mundo está inventado hace muchos siglos. Algunos, recién nacidos a la vida pública, parecen tener la pretensión de estar estrenándolo. Les falta la memoria. ¿Admitirán un consejo? Recurran a la de sus mayores. Y, si la cultura no les ofende, acudan a las hemerotecas y a los libros.


Adulación

06.07.17 | 07:00. Archivado en Sociedad,

Antes y después de llegar a sus siempre relativas alturas, más de cuatro le oyeron chancear sobre la adulación. Parecía conocer bien la teoría sobre el arte del halago y citaba algún escritor autorizado de la antigüedad y el testimonio de un famoso personaje del momento.

Pero él no se libró de esta plaga placentera. ¿Tan arduo es el ejercicio del poder? ¿Tan arraigada puede llegar a estar en quienes mandan la necesidad del halago? ¿Tan candorosa o tan espesa llegó a tornarse la mente de quien hasta entonces pasaba por hombre avisado? ¿Tan laborioso es para algunos gobernar sin el aplauso cerrado?

Nuestro personaje fue empujando y alejando de sí a quienes se inclinaban al discernimiento y la crítica incómoda hasta quedarse con un grupo de embelesados incondicionales. Y como el embeleso del adulador es difícil de soportar en silencio, los homúnculos hallaban con frecuencia la ocasión de proclamar ante el mundo los motivos de su éxtasis y pregonar sin pudor las glorias del egregio. Nada importaba que los juegos y los fuegos, que los perfumes de incensario produjeran en los demás una mezcla de atufamiento y afrenta, acaso sólo recias somatizaciones de un sentimiento de vergüenza ajena.

¿Era una suerte de ingenuidad la que guiaba al aupado mandatario? ¿Guiaba parecida ingenuidad, aunque de polo opuesto, a sus turiferarios entusiastas?

Son preguntas de ingenuo. Pues, por lo visto y oído, la adulación, en determinadas circunstancias, sabe aportar refinados o torpes placeres al que la recibe e incomparables delicias a quienes la practican. Y a los aduladores más reflexivos y menos embotados aceptar la odiosidad y hasta la indecencia de una sumisión degradante puede reportarles sabrosas ventajas.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p.155-56).


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