Jesús Mauleón, poeta y cura

¿De verdad que triunfan los malvados?

23.03.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad

¿De verdad que en este mundo triunfan los malvados? La Biblia y las literaturas de la antigüedad se han ocupado de ponerlo de manifiesto desde el dolor injusto del inocente. Aunque ingenuos sin remedio, no se nos ocurrirá enmendar la plana a la verdad obvia y a la sabiduría antigua. El mundo ha sido siempre injusto. Y parece que lo será por los siglos de los siglos. Pero no todo lo que reluce es triunfo, ni el único triunfo, ni el más deseable. A veces, que algo se perciba a simple vista como triunfo se debe sólo a la simpleza del que mira. Muchos conocen, es un ejemplo, a un famoso empresario que disfraza su falta de escrúpulos con un ropaje de principios tan ajenos a él como a los arrimados que le arropan. Si su verdad ha de medirse en millones de euros, la suya es aplastante. El ingenuo cierra los ojos y la inicial simpleza de su mirada. Que nadie se ría, pero en su dorada pobreza no se ve inferior, ni menos rico, ni menos presentable, ni su imagen peor trajeada. Mira luego a su alrededor y ve a buenas gentes que, sin tener idea de quién fue Creso ni de cómo se amasan los millones, además de no carecer de nada esencial, pueden mostrar su cara en público con el aspecto inconfundible de la limpieza moral y de esa interior nobleza de raza que es imposible afectar por largo tiempo.

¿Ignoran estos ciudadanos que han triunfado en la vida? Seguramente. El triunfo sobre la depravación les es tan connatural, tan cotidianamente conquistado y poseído, que ni siquiera se consideran triunfadores. Lo cual aún vuelve más hermoso el triunfo verdadero.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p. 174-5).


Samaritano soy (Jn 4,5-42). Domingo III de Cuaresma

16.03.17 | 07:00. Archivado en Oración,

Dime, Señor, quién eres, tú que te sientas cansado junto al manantial de Sicar. Samaritano soy, maravillado y confuso. Dime quién eres y por qué te rebajas a decirme: “Dame de beber”. Dime quién soy yo para escuchar tu voz, tu ruego junto al pozo de Jacob. Suenan tan misteriosas tus palabras cuando me ofreces “agua viva”… Samaritano soy, pobre y mortal, y tú me hablas de un “agua que salta hasta la vida eterna”. ¿De verdad que quien la beba nunca más tendrá sed? Pronto, Señor, dame de ese altísimo surtidor de agua que sacia para siempre y nos hace inmortales.

Sí, adorar a Dios en un templo o en otro no tiene importancia mayor, porque Él está, crea, da vida, ama en todas partes. En todas lo he llamado alguna vez a gritos. En no pocas ocasiones, y esto me hace feliz, con palabras de entregada ternura.

Acabas de adivinar a esa mujer sus cinco maridos, y el sexto, que no es el suyo. Y, a lo que se ve, la has dejado maravillada y temblando. Samaritano soy. Tú me sondeas y me conoces, y adivinas hasta el fondo mi vida sin que precise contártela. Tantas, tantas veces crecieron dentro de mí la confusión y el desorden. Tantas la soledad que me aviva hasta el extremo la sed del agua que tú ofreces.

Junto al pozo de Jacob, espero y espero al Mesías sin saber acaso quién es ni cuándo vendrá. O acaso está hace ya mucho tiempo junto a mí pidiéndome de beber. O lo estoy ya amando con toda la abrasada impaciencia de mi sed. Te estoy amando, Señor, y esperando, como esa mujer, a que vengas por fin un día y “nos lo digas todo”.

Y ahora, Señor, que te he ofrecido un poco de agua abriéndote el pozo de mi alma, ahora que tú me abres el pozo de tu amor sin límites, dejaré mi cántaro e iré corriendo a la ciudad a gritarle a la gente quién eres tú y a contarles todo lo que me has adivinado.

Seguro que muchos vendrán a conocerte y a oír tu voz. Seguro que creerán en ti. No por lo que yo les diga, sino por lo que ellos mismos oigan de ti. Y porque sabrán que tú “eres en verdad el Salvador del mundo”.


Al padre en su día

09.03.17 | 07:00. Archivado en Familia

Ya empiezan a repetir que el día 19 es tu día, padre. Pero, bien mirado, tuyo es el año entero, todos los días, todas las horas. La madre suele ser quizá la más obsequiada, la más festejada. Pero cómo nos damos cuenta cada día de lo que ella te quiere a ti. Son mil pequeños detalles que nos dicen hasta qué punto está pendiente de ti, de tus gustos en la mesa y en la vida diaria, de cómo te vas a vestir en cada ocasión, de tu salud, de ti mismo… No hace falta que lo jure: está enamorada. Como tampoco hace falta que nos jures tú, padre, cómo la sigues queriendo… No te lo hemos dicho nunca. Estas cosas dan un poco de corte y no se habla de ellas, pero, con la madre y contigo, nos hemos sentido también nosotros queridos y seguros.

Gracias, padre por el amor que os tenéis. Gracias por el amor que, los dos juntos, nos dais. Las pequeñas discusiones entre vosotros, los disgustos pasajeros se olvidan, terminan siempre bien y son seguramente una prueba más de vuestro cariño. Lo peor sería la indiferencia y el silencio. Sabemos lo que sufren otros chicos cuando los padres viven en una agria y permanente discusión. O se odian. O ni siquiera se dirigen la palabra… Sabemos también del sufrimiento de los hijos de matrimonios separados, rotos.

Dios os conceda quereros hasta el final y cada día más.

No se nos ha ocurrido pensar en lo que podáis dejarnos en herencia. Ni nos importa. Ahora la mejor herencia y lo que más nos importa es el amor que os tenéis y el que nos dais, sin arrumacos ni tonterías, los dos juntos. Importa también, y mucho, lo que nosotros os queremos.

Dios te bendiga, padre, y te haga feliz hoy y siempre, con la madre y con tus hijos.

Amén.


Oración de Cuaresma: El modelo de Jesús

02.03.17 | 07:00. Archivado en Oración,

Señor Jesús: Tú eres el modelo de nuestra cuaresma y de nuestra vida entera. Y tu cuaresma –la del desierto, la oración, el ayuno, las tentaciones- no se entiende como un episodio triste y confuso, sino como una batalla librada con armas de luz y acabada en la victoria y el autodominio soberano. “No tentarás al Señor tu Dios”, te pone el evangelista en los labios… No, Señor Jesús. Nada en ti puede ser confuso ni triste. Tú eres la claridad y “la luz verdadera”. Tú el que “vendas los corazones desgarrados” y anuncias la “buena noticia”, la noticia feliz “a los pobres”…

Tres tentaciones y para algunos expertos comentaristas una única tentación, prolongada en el tiempo: abandonar tu sacrificada Misión de Salvador, buscar tu interés y hacer tu propia vida.

Haznos entender, Señor, que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Ayúdanos a cuidar nuestra salud y a respetar nuestro cuerpo sin adorarlo, sin vivir pendientes de él como si únicamente fuera verdad lo que se ve y se toca… Danos tu gracia para sabernos espirituales, barro echado a soñar (y a volar) por el soplo creador, carne y espíritu encendidos en la llama divina… Mete, Señor, en nosotros el deseo de tender a la altura, de purificarnos más y más, de ascender como tú y hacia ti. Haznos tan humanos –y tan divinos- como tú ante la pobreza, la enfermedad y la desgracia ajenas.

Ayúdanos, Señor, a arrepentirnos y a creer y a entrar cada día más en el evangelio que tú predicaste y viviste, a recibirte a ti y a tu palabra como la más alta sabiduría, a meternos hasta el fondo como en un agua profunda en el misterio salvador y feliz de tu muerte y tu resurrección, a sumergirnos de alma y cuerpo en tu Pascua-alta mar de vida nueva.

Ven, Señor a nuestra cuaresma. Acompáñanos. Llévanos de tu mano. Danos tu fuerza para vencer las tentaciones que nos llegan de fuera y las que siempre van con nosotros. Sé tú nuestro modelo, nuestra alegría y nuestra luz. Sé tú nuestra verdad, nuestro camino seguro y único en el desierto de la vida.

Amén.


Parábola del publicano crecido

23.02.17 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad,

Aquel hombre entró después de varios años en el templo. Nadie recuerda si la última vez había sido en un funeral, en una boda o en una Primera Comunión. Y ante la iglesia llena de conocidos y desconocidos, levantó los ojos al cielo y dijo:

Gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente: beatos, meapilas, hipócritas... Vienen a misa todos los domingos y se tragan al año sacos de obleas en comuniones. No desaprovechan la ocasión de hablar con los curas y hacerles el rendibú. Andan metidos en grupitos y reuniones de tres al cuarto: que si el consejo de tal o de cual, que si liturgias y otras monsergas, que si Cáritas, que si el voluntariado de esto o de lo otro... Ganas de figurar. Al final, casi siempre los mismos. Y, lo peor de todo: se creen superiores a los demás. Aunque lo disimulen... Se pasan las horas amén, amén, del coro al caño y del caño al coro; pero luego, en la vida, son de largo los peores.

Yo, Señor, no me ando con estas zarandajas. Al pan pan y al vino vino. Voy siempre por derecho y a cara descubierta. A franco no me gana nadie. Algunos problemillas me han creado en el trabajo. Envidia pura. Los jefes no consienten debajo de ellos a quien hable claro y, si se descuidan, valga cien veces más que ellos. Por ahí anduvieron propagando de mí que había tenido alguna pequeña escaramuza extramatrimonial. No soy un santo. Soy un hombre normal. No mato, no robo, no le he hago mal a nadie.

Gracias, Señor, porque no soy como éstos. Si hoy he venido aquí, Tu sabes por qué. Hay cosas de cosas, y circunstancias que mandan, ¿qué te voy a decir que te coja de nuevas? Hace muchos años que, si no me obliga, no piso una iglesia. ¿Para qué? ¿No te digo que son los peores...? A un vejete rancio, santurrón y algo retorcido que prefiero no nombrar le oí una copla hipócrita que también repetía mi abuela:

En casa del rezador
no pongas el trigo al sol.
Y del que no reza nada,
ni el trigo ni la cebada”.

Encima se creen mejores que los demás. ¿No te digo...?


El parque que atraviesas

16.02.17 | 07:00. Archivado en Autor,

Lo vi muy viejecito, muy cercano a la muerte, agarrado, abrazado a la música.

El parque que atraviesas va cerrando los ojos,
las hojas de la fronda.
Cerca está ya la hora en que la noche
acueste para siempre la altura de los árboles.
Pero en tanto caminas
ves a ese viejecito recostado en el banco.
Baja también sus párpados, abrazando a su pecho
en su cassete romanzas de zarzuela.

Los ojos entornados, viejo su pelo blanco
como de nieve muerta, con devoción escucha
el ocaso de un coro y un aria de tenor
alta como los montes que al sol matan.
Tan embebido niega sus postrimerías
que igual te ignora a ti como a los gatos
que sin desmayo mayan y le rondan. “Prohibido
echarles de comer”. Y prohibido
abrir los ojos al besar la música.

Tú sigues caminando. Rozas
la balconada. Casi póstumo
te despide el paisaje: cielos, montes
y un recio caserío conturbando la vega.
“Nada de esto te daré
aunque te postres y me adores”.

Vuelves sobre tus pasos. Todavía el anciano
se anuda a la zarzuela con el último
hilito de su vida.
¿Duerme?
¿O es su postrer ensayo
del arte de morir?


quedas para contarlo y aun cantarlo, porque vivo
has cruzado hoy el parque.

(Agosto de 2008)

(De Apasionado adiós, Madrid, Vitruvio, 2013).


El viejo y el ocaso

09.02.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

El reino de los cielos se parece a un anciano que, después de una vida llena de trabajos y horas felices o adversas, luchaba por su bien y el de los suyos sin olvidar el de sus prójimos. Llegó a un punto en que advirtió que sus fuerzas decrecían y flaqueaban. Temblando salió a la puesta del sol. Hizo recuento de su vida, y oró: “Señor, Dios mío: siempre supe que el sol había de declinar. También mi vida, aunque el instinto irresistible que en mí pusiste me empujaba más a creer en la luz que en la oscuridad, en la vida que en la muerte. Gracias, Señor. Acuérdate de mí desde tu Reino. En tus manos, Padre, pongo mi vida y mi muerte. Pongo mi amor y mi esperanza”.

Cuando acabó la oración, el sol había culminado su ocaso.


El poeta cumple sus ochenta años

02.02.17 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad

Siéntate, escribe, canta, goza, inventa
un soneto sonoro y entonado
donde estén el presente y el pasado
de tu vida que hoy cumple los ochenta.

Tira de gratitud, mima y asienta
un segundo cuarteto esperanzado
en el que quede a muerte bien grabado
el afán de vivir que te alimenta.

Pasan los años, vuelan en huída,
pasa el tiempo y la edad, y ya en tu vida
casi anochece, el corazón alerta.

Con la esperanza en alto y encendida,
vayan tu fe y tu amor siempre en crecida,
que Dios te espera con su casa abierta.

(21 de diciembre de 2016)


Dede lo alto del Padre

26.01.17 | 07:00. Archivado en Familia, Espiritualidad

El reino de los cielos se parece también a una gran fiesta antigua en la plaza del pueblo. Los jóvenes, los niños, los mayores…, todos bailan al son de la banda de música que toca en el quiosco, justo en el centro de la plaza. Todos se visten de colores alegres. Hasta hay unos abuelos y abuelas que se marcan bailando un ritmo popular. Muchos les hacen corro y les aplauden.

Un niño chico palmea alegre sobre los hombros de su padre. No andan lejos su madre y su hermana mayor. El padre se mueve cautelosamente, guiado por la música, y el niño chico levanta los brazos y se deja llevar del ritmo que lo aúpa.

Es una mañana de sol. Todo en el pueblo resplandece. Nadie nombra a Dios, pero Dios está en el sol, en el pueblo, en la danza, en la música. Y el niño, que llama Padre a Dios cuando reza, alzado ahora sobre los hombros de su padre, se siente para siempre alto y feliz. Para siempre seguro.


Salmo responsorial del próximo domingo

19.01.17 | 07:00. Archivado en poesía, Oración,

Tiempos recios los que nos toca vivir. Guerras, terrorismo, grandes masas humanas de desplazados y de refugiados sin refugio, graves incertidumbres en la política internacional y algunas muy importantes en nuestra propia casa. Desigualdad y pobreza extrema de muchos cientos de millones de hermanos. Se añade a ello la ola de frío y de descreimiento en este viejo continente nuestro.

El miedo y la incertidumbre son como una ropa pegada a la historia del hombre. Nos da una respuesta de oración el autor del salmo bíblico, que libre y modestamente recreo.

EL SEÑOR ES MI LUZ
(Salmo 26)

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

La enfermedad, el paro,
la apretura económica,
el dolor y la angustia,
hasta la muerte misma
no podrán con nosotros.

Por más que el mundo entero
nos proponga otros dioses,
aunque se vuelva todo del revés
y de pronto aparezca
el mundo cielo abajo y tierra arriba,
aunque la fe nos llene de enemigos
poderosos y a muerte,
o de falsos amigos que nos vengan
a vendernos sus lotes placenteros
como dioses más ciertos y visibles:
lo tomamos con calma.

Si nos maltratan enconadamente
o nos toman por tontos o apocados
y si condescendientemente nos dedican
la conmiseración de una sonrisa,
no nos quitan la paz.

No nos consideramos
más puros que los otros
ni mejores que nadie,
pero sí bien seguros
de tener su verdad
y el valor de su brazo a nuestro alcance.

Aunque un ejército de ateos y descreídos o de falsos creyentes
acampe contra nosotros,
nuestro corazón no tiembla.

Aunque en nuestros días
no esté de moda pronunciar su nombre
y pudorosamente lo silencien
incluso
quienes lo reconocen como dueño,
nosotros lo invocamos
y qué amorosamente lo nombramos.

Una cosa pedimos al Señor
y la buscaremos
en casa y en la calle, día y noche,
siempre y en todas partes,
en los instantes todos y de todas
las maneras posibles:

habitar por siempre en su casa,
habitar en el mundo, que es su casa,
amarlo a todo trance y, ante todo,
en el templo del hombre que Él habita,

gozar de la dulzura del Señor,
de su paz, de su vida en nuestra vida,
de su energía para nuestra lucha,
tenerlo siempre aquí como una fiesta
y como una presencia que no falla.

Él nos protegerá en su tienda del mundo
mientras la vida en el peligro dura.

Él nos esconderá sin que metamos
la cabeza y los ojos bajo el ala
y, sin hurtarnos a la diaria lucha,
sabrá alzarnos seguros
a la roca feliz de su firmeza.

(De Salmos de ayer y hoy, Estella, EVD, 2008).


Muerto se quedó en la acera

12.01.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad,

Nunca hizo dinero. Jamás tocó poder. Vivió embarcado sobre un mar de pobreza arrojando cables a quienes se hundían. Salvó a muchos. Amó a todos los que se ahogaban entre las olas. No tuvo tiempo para sí mismo. O lo tuvo todo, y como nadie, al regalárselo a los demás. Algunos lo admiraron. Otros lo llamaron ingenuo, blando, de puro bueno tonto… Su reino tampoco era de este mundo.

Aquella tarde salió de casa en busca de su gente. Un infarto lo abatió sobre la acera. Tenía su DNI, su edad, su nombre y apellidos. ¿Fama? Nuca la buscó ni se saludó con ella. Sólo lo conocían en el círculo más intimo de sus parientes y allegados. Recordando la famosa soleá de García Lorca ("Muerto se quedó en la calle..."), alguien podía haber escrito de él:

Muerto se quedó en la acera
herido de amor, herido.
Nadie sabía quién era.


El hombre que nació casi niño para siempre

05.01.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Los días de Navidad nos han podido servir para hacernos un poco más niños. ¿Por qué no, si el propio Hijo de Dios se hizo niño? A los mayores, que tenemos a menudo la tentación de ir de crecidos por el mundo, no nos vendría mal un baño de infancia. Bueno, la que pidió Jesús para entrar en el Reino de los Cielos. Y, según se mire, incluso, la que ayuda para ser más felices en la tierra.

El Reino de los cielos se parece a un hombre que nació casi niño para siempre. Creció algo más lento que los demás, y como perezoso. Le costó más tiempo romper a hablar. Y cuando fue un poco mayor, lo hacía más despacio y, a veces, se le enredaba una palabra, se frenaba en una frase y había que estar muy atento para entenderle bien. Pero miraba a todos con una mirada limpia, confiada, y su sonrisa se abría en más luz que la de cualquier otro ser humano.

Parecía tener las ideas algo más confusas que los otros, como si su cabeza estuviera rodeada o ligeramente atravesada por la niebla, o acariciada por ella. Mas su corazón le ardía cálido y luminoso, y se le iba y volaba a los demás como en una mañana de sol. Si recibía un gesto, un gramo de amor, su sonrisa, su gratitud se multiplicaban sin límites.

Decían que por causa de aquel hombre niño bajaba el arroyo de la montaña y pasaba al pie de su casa. Que por él iban las aguas frescas y claras. Pero él lo había conocido así desde su infancia y siempre creyó que era algo tan natural como los árboles vecinos o como las nubes, que a veces se quedaban quietas y suspendidas por encima del tejado.

Un día, le leyó su madre, ya casi anciana, en un librito pequeño: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.

-¿Has dicho en el Rrrreino... de los cielos..., mamá?

-Sí, hijo. En el Reino de los cielos...

El hombre todavía niño se le quedó mirando. Sonrió a su madre y le dijo:

-Me gusta, mamá... Me pido ese Rrrreino para siempre.

(Del libro en preparación Parábolas para sabios sin nombre).


Viernes, 24 de marzo

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