Jesús Mauleón, poeta y cura

Mediodía (Banquete)

03.08.17 | 07:00. Archivado en poesía

(NOTA: Con esta pequeña entrega inicio una pausa estival. Felices vacaciones a quienes puedan disfrutarlas. Y la bendición de Dios para todos).

Fue un banquete feliz: exquisitas verduras.
tras un breve adelanto de frutos
del mar y de la tierra,
creo
que un medallón de carne, supongo que jugosa.
(Es un dato menor, me borra la memoria
la sombra de Platón y su Simposio,
trocada ya la mesa en un festín
de verdad y belleza).

Prontos a dialogar
se alzó el tono regado
con un sencillo
vino del pueblo, seguro y de confianza.
Como postre supongo que elegí
la cima del sabor con los primores
de una naranja reina.

No me preguntes más, sólo recuerdo
que el más alto sabor lo aseguraban
la sonrisa en los rostros, las palabras,
-luz y saber, sabor, sabiduría-
de aquel pequeño círculo amistoso
de luces y de voces
que se sentaban a la misma mesa,
disertando
del aquí y el allá, del universo
aún indescifrado, del tiempo, la esperanza,
el amor y el dolor,
los arcanos del hombre y de la vida.

No es otra la razón de este poema
y de que estos pobres versos, a su modo,
canten aquí un banquete memorable.

(6 de mayo de 2017).


De servilleta a mantel

27.07.17 | 07:00. Archivado en

Alguien me lo cuenta con la sonrisa de la decepción. Tenía un amigo. O creía tenerlo. Lo había sido de verdad, y hubiera podido aducir recuerdos, hechos y circunstancias que probaban fehacientemente y con creces lo que la gente común entiende por amistad. Tiempo atrás, el amigo mostró alguna incipiente inclinación a la carrera política, ese atletismo peculiar donde rara vez se corre en la modalidad de metros lisos y abundan, en cambio, las pruebas de obstáculos. Tras algún titubeo, probó con éxito primero y se adentró luego de lleno en las pistas imprevisibles de la acción pública. Ganó cargos y perdió amigos, para que fuera suya la soledad del corredor de fondo. Veía a su lado la oficiosidad de sus edecanes, oía los pasos y sentía acaso en su nuca la envidia, el abrasador aliento de sus competidores. Las gentes del común lo contemplaban desde la lejanía de la grada.

Transcurrieron meses, años, sin que a mi ingenuo confidente se le pasase por la imaginación acercarse siquiera al prócer sudoroso, sin ocasión apenas de cruzar una palabra con el ya coronado o lastrado de poderes. Con todo, para el ingenuo la supuesta y nunca negada amistad seguía siendo un hecho incontrovertible.

Hasta que las escamas, o el velo, o el sudario se le cayeron de los ojos. Una circunstancia que no hace al caso le movió a comunicarse por teléfono con él. Llamó. Repitió una, dos, tres, cuatro veces la llamada. Pero el ya importante no se puso al aparato, ni a la memoria, ni a la antigua y supuesta amistad. El campeón atleta se hallaba, como es de rigor, muy concentrado. Temía quizá de su antiguo amigo una prueba de confianza impertinente... Se tropezaba ya, sin duda, con muchos nuevos amigos, moscas ocasionales, ciegas sobre el dulzor de las prebendas. O ya no disponía de tiempo ni de forma física o mental para andar hacia atrás en la memoria. O quizá, en la fogata de paja húmeda de su cargo, se le habían subido los humos a la cabeza. O a lo mejor –y sólo planteárselo le resultaba doloroso al ingenuo- el estirón sufrido en la figura pública por su amigo hacía que su yo se hubiera estirado también, y ya lo miraba desde arriba. O, llanamente, había caído sobre la amistad de su ex la losa implacable de aquel pareado que la sabia y decepcionada ingenuidad popular se inventó: “El que pasa de servilleta a mantel / ni Dios puede con él”.

Pero a mi confidente su aquilatada ingenuidad le inclina a no hacer juicios tajantes ni a sentenciar por guillotinas. Quizá las cosas tienen que ser así. Quizá lo han sido siempre, o lo son para muchos gobernantes y sin remedio. Quizá algunos hayan de pagarlo hasta el último céntimo en cruel moneda de soledad. En todo caso, sobre su última decepción el ingenuo me confiesa que no ha podido aún hacerse un diagnóstico concluyente. Por eso es ingenuo. Pero, de momento, añade en términos entre líricos y de vulgar y cotidiana informática, no ha tenido más remedio que volver al archivo de su corazón y eliminar el nombre de su amigo de la lista dorada.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p.135-36).


Viajar hacia dentro

20.07.17 | 07:00. Archivado en poesía,

Presento aquí unos versos de viaje. Los países bálticos siguen estando de moda. Yo los visité hace unos años y, entre otros vestigios, me queda este dolido poema. Es una vieja manía de la que nunca me he arrepentido. La fotografía nunca ha sido mi fuerte. Mientras mis compañeros de expedición se volcaban afanosos en tomar imágenes con sus cámaras o sus móviles, yo, pobre de mí, observaba inactivo, pero apuntaba por dentro lo que más me interesaba o conmovía. Así me nacieron poemas vividos en Atenas, Roma, Jerusalén, Auschwitz, Leipzig (en la tumba de J.S. Bach), Nueva York, etc… Éste lo inicié ante las aguas del Dvina, el río que parte en dos la ciudad de Riga, en Letonia. Me vino súbitamente a la memoria la muerte del diplomático y escritor del 98 Ángel Ganivet (1865-1898), autor de Idearium español, Granada la bella, Cartas finlandesas, etc… Nos acompañaba una guía nativa muy culta, que hablaba el español divinamente y conocía a fondo la historia y la literatura española. Naturalmente recordaba las circunstancias del suicidio de Ángel Ganivet en noviembre del 1898. Le pregunté si en Riga se guardaba memoria. Ninguna, me contestó, fuera de unos pocos hispanistas. Y, sin embargo, Ganivet, del que muchos de nuestros estudiantes tienen, en el mejor de los casos, una vaga idea, fue altamente valorado como precursor o miembro de la generación del 98. Nuestra guía me recordó que Ángel Ganivet, bajo una fuerte depresión, se arrojó a las aguas heladas del río y cuando lo sacaron logró desembarazarse de quienes lo salvaban para lanzarse de nuevo a la muerte por ahogamiento o hipotermia.

MORIR TAN JOVEN (Ángel Ganivet)

Morir tan joven fue morir dos veces.
El cielo se cayó contra tu frente
hasta arrasar tus ojos de las aguas del Dvina.
Arrojarte a la indiferencia de la corriente gélida
fue como más morir.
Multiplicando
la muerte por el frío, buscabas desnacerte y redoblabas
tu furiosa querencia del vientre de la nada.
¿Qué cielo se te hundió para que dieras
tu espalda desdeñosa
a los que te sacaron
del agua helada y tu primera muerte?
¿Qué se rompió en tus manos, en tu pluma
que a tus papeles daban
tan pulcra equidistancia entre razón y fuego?
Tanta luz en tus letras, tanta
precisión en la palabra y tanta
tu pasión, tu lucidez de una España
que a la vez escribías y adorabas,
para entregarlo todo a un río extraño
y abandonar tus ojos, en las aguas abiertos
a la final ceguera...

Aquí, Ángel Ganivet, a la orilla del Dvina,
te diré que en Letonia ya nada te recuerda.
Riga vive sin ti. Corren las aguas
de un río ya ignorante de tu nombre.
El tiempo es más cruel en sus olvidos
cuando se aleja de la ajena muerte.

Vive tu muerte en paz, oh maestro olvidado.
Las aguas otras son, nietas de aquellas
en cuyo vientre navegó tu cuerpo,
al cuello dos suicidios
y veinte piedras-muertes más que te lastraron
de locura hasta el fondo.

Morir tan desterrado y en tan ajenas aguas,
tan lejos de la tierra y de los ríos,
carne y venas de una España dolida y requebrada,
fue morir de una furia que te estrelló en los brazos
engañosos del frío, de las brumas,
que te acostó en el pecho
del infinito desamparo.

(Riga, junio de 2005)

(De Apasionado adiós, Madrid, Vitruvio, 2013, p. 121-22).


Demagogos

13.07.17 | 07:00. Archivado en

Me encuentro con una famosa sentencia del mundo clásico, atribuida por algunos al trágico griego Eurípides (s. V a. C.), repetida en todo caso en textos de otros autores helénicos con distinta literalidad: “A quien los dioses quieren destruir lo enloquecen”. Instintivamente se me va la atención al panorama de nuestros políticos y nuestros partidos.

La afirmación contiene toda la carga del fatalismo que trataba de explicar la conducta errada de los seres humanos, empujados al mal, como juguetes, por el destino y los propios dioses. El cristianismo modificó muy considerablemente esta visión del hombre y lo considera libre frente a cualquier fuerza ciega superior. Pero ¿no es verdad que, en determinados comportamientos y expresiones de arrogancia y desmesura (“Hybris”), nuestros personajes públicos aparecen con frecuencia como enloquecidos y a punto de hundirse, ellos con sus proyectos?

No por casualidad doy con otra célebre frase, en este caso del poeta, historiador y político británico del s. XIX, Thomas B. Macaulay (1800 – 1859): “En cualquier época, los ejemplares más viles del género humano se dan entre los demagogos”. La demagogia, etimológicamente, tiene todo que ver con el arte de conducir, de dirigir a los pueblos. Ahora bien, cuando degenera en el arte de halagar los sentimientos elementales de los ciudadanos para conseguir o mantener el poder, la historia enseña que un hábil y apasionado hombre público, no especialmente dotado de racionalidad, puede seducir y arrastrar a un considerable número de partidarios. ¿Se entenderá así por qué, también en nuestros días, los más extraños experimentos políticos cuentan a veces con un cierto rebaño de seguidores?

El mundo está inventado hace muchos siglos. Algunos, recién nacidos a la vida pública, parecen tener la pretensión de estar estrenándolo. Les falta la memoria. ¿Admitirán un consejo? Recurran a la de sus mayores. Y, si la cultura no les ofende, acudan a las hemerotecas y a los libros.


Adulación

06.07.17 | 07:00. Archivado en Sociedad,

Antes y después de llegar a sus siempre relativas alturas, más de cuatro le oyeron chancear sobre la adulación. Parecía conocer bien la teoría sobre el arte del halago y citaba algún escritor autorizado de la antigüedad y el testimonio de un famoso personaje del momento.

Pero él no se libró de esta plaga placentera. ¿Tan arduo es el ejercicio del poder? ¿Tan arraigada puede llegar a estar en quienes mandan la necesidad del halago? ¿Tan candorosa o tan espesa llegó a tornarse la mente de quien hasta entonces pasaba por hombre avisado? ¿Tan laborioso es para algunos gobernar sin el aplauso cerrado?

Nuestro personaje fue empujando y alejando de sí a quienes se inclinaban al discernimiento y la crítica incómoda hasta quedarse con un grupo de embelesados incondicionales. Y como el embeleso del adulador es difícil de soportar en silencio, los homúnculos hallaban con frecuencia la ocasión de proclamar ante el mundo los motivos de su éxtasis y pregonar sin pudor las glorias del egregio. Nada importaba que los juegos y los fuegos, que los perfumes de incensario produjeran en los demás una mezcla de atufamiento y afrenta, acaso sólo recias somatizaciones de un sentimiento de vergüenza ajena.

¿Era una suerte de ingenuidad la que guiaba al aupado mandatario? ¿Guiaba parecida ingenuidad, aunque de polo opuesto, a sus turiferarios entusiastas?

Son preguntas de ingenuo. Pues, por lo visto y oído, la adulación, en determinadas circunstancias, sabe aportar refinados o torpes placeres al que la recibe e incomparables delicias a quienes la practican. Y a los aduladores más reflexivos y menos embotados aceptar la odiosidad y hasta la indecencia de una sumisión degradante puede reportarles sabrosas ventajas.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p.155-56).


Oración desde la utopía

29.06.17 | 07:00. Archivado en Oración

A veces, Señor, nos deprime la certeza de que las cosas no van demasiado bien en nuestra tierra. ¡Era tan hermoso soñar con un país renovado donde las palabras libertad, justicia, solidaridad, trabajo para todos, derechos humanos de los más débiles, fueran monedas de ley en curso franco! ¡Era tan bella la utopía que hizo luchar a tantos, y tanto derroche de ensueño y generosidad produjo! Pero las torpezas, la desilusión y algunas formas cobardes de retirar el hombro parecen haberse extendido más de lo que conviene a un país sano y próspero. ¡Deprimen tanto las noticias políticas y sociales que los medios de comunicación nos vomitan cada día! ¡Qué lejos están las cosas de la visión ideal de cualquier paraíso! Parece como si en nuestra tierra ninguna fuerza pudiera surgir frente a lo inamovible de ciertas maldiciones históricas y culturales…

Pero no permitas, Señor, que cunda entre nosotros el fatalismo o un cobarde desánimo. Que ninguno de tus hijos renunciemos a la lucha noble y nos abandonemos a la falsa resignación.

Hermosa es, en efecto, la utopía. Nadie la vivió y la predicó con tanta radicalidad, nadie la presentó tan fascinadoramente como tu hijo Jesús. Pero contra la utopía combaten, además de la debilidad, la torcida ambición, la rapacidad corrupta, la mentira, la osadía y picaresca alabadas como virtud, el resentimiento, la envidia y el odio. El odio casi como motor de la vida pública. Lacras todas ellas firmemente arraigadas en algunas taras de nuestra vida en común.

Los políticos son seres humanos. Sus servicios se quedan siempre por debajo de sus promesas. Algunos son hasta demasiado humanos… Tú eres, Señor, el único que no decepciona.”Sólo tú eres santo, sólo tú Señor, sólo tú altísimo”. En los otros se mezcla a menudo la trampa y el cartón, la apariencia, la imagen,las estrategias ocultas, las segundas intenciones, los secretos afanes no confesados. O incluso los torpemente confesados…

Con todo, aunque el bien y el mal se amalgaman tan clamorosamente en la vida pública, no nos dejes caer en la amargura ni en la pasividad. Ayúdanos, Señor, a los creyentes a no encerrarnos en el pietismo o en una mal entendida trascendencia. Ayúdanos a no dejar el mundo en manos de los atrevidos, de los maniobreros o de los corruptos. Ayúdanos a comprometernos y a “mojarnos” en la vida pública y en el servicio ciudadano.

La utopía nos hace soñar en una democracia ideal, aunque también sabemos que la democracia ideal no existe, y que a la real, a la que tenemos hay que limpiarle la roña cada día con la ilusión y el esfuerzo. Y también sabemos que tú sigues siendo mejor, más firme y seguro, más justo y misericordioso que la mejor democracia.

Ampáranos, Señor, ahora y siempre. Ampara a nuestra tierra y a tus hijos.

Amén.


No es de este mundo

22.06.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad,

Cuando salieron los médicos, entré en aquella habitación del hospital.

La paciente –perdóneseme la ingenua redundancia- padecía. Padecía indeciblemente, desde hacía muchos años, una enfermedad que la roía por dentro y la empujaba poco a poco hacia la muerte. Una de esas enfermedades que desgarran más y más cada día y señalan indefectiblemente un punto final.

La paciente me recibió con una sonrisa. O no me sonrió a mí, pues su sonrisa era suya y de siempre. Hubiera sonreído del mismo modo ante cualquier visitante querido o cercano. Incluso en la soledad de su cama cuando nadie la observara. Llevaba más de veinte años sonriendo, especialmente desde el día en que sus huesos -todo su cuerpo retorcido- se contrajeron o se desencajaron y se dejó caer por primera vez sobre la silla de ruedas.

¿Se redobló quizá su sonrisa al percatarse de mi presencia? La saludé con afecto por su nombre. Eran días de Semana Santa, Jesús ante Pilato, recordé, “¿luego tú eres rey?”. Ella adivinó mi intención y respondió sin dejar de sonreír: “Tú lo has dicho… Aquí, donde me ves, soy reina del dolor… Mi reino tampoco es de este mundo”.

-Bueno, tú reinas ya -añadí algo confuso.
-Reino, sufro, espero, amo… A menudo, sin querer, también lloro.

Pero ahora no lloraba. Su sonrisa agrandaba y redondeaba su cara, ya algo deforme, angulosos su mentón, sus maxilares.

Le tomé la mano huesuda, que ella apretó contra la mía.

-Qué cerca estás del reino de Dios –le dije estremecido.

(De Parábolas para sabios sin nombre).


Procesión del Corpus

15.06.17 | 07:00. Archivado en poesía, Oración,

Vas por mi calle, Jesucristo amigo,
que por amor te hiciste sacramento
y te levantas como monumento
alto y callado de la vid y el trigo.

Entra en mi casa, Jesucristo amigo,
que si ofreces tu cáliz al sediento
y tu pan al cansado y al hambriento,
divinamente cenaré contigo.

Pondré la mesa yo, tú el Pan y el Vino.
La vida pondrás tú que da la vida.
Añadirás tu luz, tu amor, tu gloria.

Unido en ti, por ti, casi divino
gracias a ti y a tu inmortal comida,
será una historia eterna nuestra historia.

(Fiesta del Corpus, 29 de mayo de 2016).


El odio hacia dentro

08.06.17 | 07:00. Archivado en Sociedad,

Una institución o grupo de servicio ciudadano o partido político o banda legal se especializó en el encono, en el odio a los rivales. La saña, los insultos, los roces del insulto, la calumnia rebozada o directa, generalmente impune, eran armas, filos, estiletes, balas asesinas a la tetilla del adversario. Pero, de pronto, o tal vez de siempre, se hizo verdad la sospecha de que el odio masivo y sin norma se vuelve ciego, o nació ya sin ojos y, de pronto, o de siempre, aparecieron en el interior de la banda las pujas, las negras ambiciones, y todo el mundo pudo comprobar que la discordia y el odio empieza o termina por confundir enemigos, y aquella institución o grupo de servicio ciudadano o partido político acabó “como unos zorros” (perdón por la injuria a los astutos cánidos), en unas luchas intestinas, de tripas, de desgobierno digestivo total, de oscuros apretones con un final inacabable en el último tramo del recorrido rectal.

Así se hizo patente una vez más que el odio, que es ciego y no ve, palpa lo suficiente para transformar en exterminables enemigos a los propios hermanos.

¿Otra imagen del Reino de la Tierra? Otra imagen sin luz, o con muy escasa luz. Reconocible.

(De Parábolas para sabios sin nombre, en preparación).


Ante una talla mariana del s. XV

25.05.17 | 07:00. Archivado en poesía, Oración,

En torno a la Ascensión del Señor y en mayo,
no nos parece ajeno ofrecer este homenaje,
humilde y cariñoso, a su Madre.

Pequeñita eres, María,
pero madre y bella.
Se mueve tu Hijo en tu regazo
de derecha a izquierda,
mas está bien segura entre tus brazos
su figura traviesa.
Pero es tu risa la que me enamora
porque es tan suave y no cesa.
Te hizo así el escultor
pequeñita y risueña
según cánones góticos de moda,
de humor y gracia llena.
Te miro y te remiro, tú me vuelves
más pequeñas las penas
mientras sigues riéndote
con tu sonrisa abierta.
De mí puedes reírte. Te proclamo
del humor, del amor, de la sonrisa Reina.

(Septiembre de 2016).


Oración a la Virgen en mayo

18.05.17 | 07:00. Archivado en Oración,

En este mes de mayo, Virgen María, te ofrecemos flores. Pero tú eres mejor que todas las flores. Eres hermosa, Madre, y perfumada de Dios. Eres virginal y fresca como flor que nunca se marchita. Te invocamos como “rosa mística”, a ti, mujer bien real, que tienes toda la fragancia de la bondad y la belleza.

Al mes de mayo le llamábamos y le llamamos el mes tuyo o el mes de las flores. Era y es el mes del amor y los piropos dirigidos a ti. Si te decimos reina, madre, virgen, rosa y azucena, estrella del mar, aurora, guía del alma, celestial princesa, purísima doncella, tú te sonríes… Tú, que eres experta en escuchar piropos… Nuestros piropos no son nada en comparación con los que un día, según Lucas, te dijeron de parte de Dios y por boca de arcángel: “Llena de gracia", “el Señor está contigo”, “bendita entre las mujeres”. Piropos tan increíbles –y más viniendo de quien venían- que te azaraste y te pusiste colorada, y te preguntabas “qué saludo era aquél”…

Virgen María, Virgen de mayo y de todos los meses, Madre de Dios y de los hombres, madre nuestra: tú que supiste lo que es vivir en familia, quédate siempre en nuestra casa como “flor de flores”, perfume celestial, presencia protectora… Quédate como garantía de vida, como toque y caricia de dulzura, como adelanto de esperanza.

Nosotros poca cosa podemos ofrecerte en este mes de mayo. Pero te lo entregamos todo. Te ofrecemos “desde este día, alma, vida y corazón”. Lleva tú nuestra ofrenda a tu hijo Jesús, nuestra hermano, el Hijo de Dios Salvador. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios, para que nos parezcamos a ti y vivamos como tú, y así seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

(De Cien oraciones de la familia, Madrid, San Pablo,1995),


¿El éxito?

11.05.17 | 07:00. Archivado en

Si como han recordado algunas mentes lúcidas el éxito consiste en la felicidad, habrá que reconocer que todos fracasamos parcialmente. O al revés, que todos somos, en desigual reparto, parcialmente favorecidos por el éxito. Igual el hombre o la mujer de talento y audacia encaramados muy altos en la cucaña del poder o de la fama que el ciudadano gris como la tierra situado en un círculo que no va mucho más allá de las relaciones y los afectos familiares.

Si la felicidad completa no existe en este mundo, el éxito completo tampoco. Las gentes sencillas se dan fácilmente a la admiración de los grandes personajes, hoy tan visibles y televisibles en el salón o en la cocina de nuestras casas. Y las gentes sencillas, si se poseen a sí mismas en el sereno equilibrio y se relacionan armónicamente con su entorno, no suelen ser del todo conscientes ni del éxito que alcanzan ni de lo mucho que tienen de admirables. Son algo así como la moza doblemente hermosa, por su belleza excepcional y porque la ignora o porque se conduce de modo natural como si la ignorase. El éxito de estas personas puede ser mucho más cumplido que el del hombre público, zarandeado tal vez por sus propias contradicciones y vapuleado sin piedad por un escuadrón de rivales o enemigos encarnizados. En tales refriegas se ve con frecuencia forzado a mostrar al mundo la cara más fea de sí mismo.

El ciudadano anónimo tiene a su alcance disfrutar sin sobresaltos de los placeres más sencillos y naturales de la vida: los hijos y la vida familiar sin drásticas amputaciones, el paseo en solitario entre la muchedumbre urbana o en la naturaleza acogedora, la charla sin prisa con los que se quiere, la comida y la fiesta sin el tiempo amenazado, el encuentro en la soledad consigo mismo, el libro amigo, el tiempo en general, el tiempo gratuito que hace placentera la buena salud, el aire y el sol, el vaso de agua con sed o la palabra amiga oída o pronunciada.

¿Son más felices, tienen más éxito los encumbrados que los rasos y anónimos? La felicidad no se puede medir por varas o por metros como la tela o la altura de los edificios. Por otra parte, la ambición que lleva a algunos a renunciar a las pequeñas satisfacciones del vivir cotidiano o a limitarlas al extremo por entregarse a más grandes empresas obedece a un impulso de la naturaleza y constituye un requisito necesario para que los pueblos y la historia avancen. Pero la respuesta que se da a tal impulso no garantiza segura ni necesariamente, menos aún de manera exclusiva, ni la felicidad ni el éxito personal de sus protagonistas.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p.163).


Sábado, 15 de diciembre

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