Jesús Mauleón, poeta y cura

Parábola del publicano crecido

23.02.17 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad,

Aquel hombre entró después de varios años en el templo. Nadie recuerda si la última vez había sido en un funeral, en una boda o en una Primera Comunión. Y ante la iglesia llena de conocidos y desconocidos, levantó los ojos al cielo y dijo:

Gracias, Señor, porque no soy como toda esta gente: beatos, meapilas, hipócritas... Vienen a misa todos los domingos y se tragan al año sacos de obleas en comuniones. No desaprovechan la ocasión de hablar con los curas y hacerles el rendibú. Andan metidos en grupitos y reuniones de tres al cuarto: que si el consejo de tal o de cual, que si liturgias y otras monsergas, que si Cáritas, que si el voluntariado de esto o de lo otro... Ganas de figurar. Al final, casi siempre los mismos. Y, lo peor de todo: se creen superiores a los demás. Aunque lo disimulen... Se pasan las horas amén, amén, del coro al caño y del caño al coro; pero luego, en la vida, son de largo los peores.

Yo, Señor, no me ando con estas zarandajas. Al pan pan y al vino vino. Voy siempre por derecho y a cara descubierta. A franco no me gana nadie. Algunos problemillas me han creado en el trabajo. Envidia pura. Los jefes no consienten debajo de ellos a quien hable claro y, si se descuidan, valga cien veces más que ellos. Por ahí anduvieron propagando de mí que había tenido alguna pequeña escaramuza extramatrimonial. No soy un santo. Soy un hombre normal. No mato, no robo, no le he hago mal a nadie.

Gracias, Señor, porque no soy como éstos. Si hoy he venido aquí, Tu sabes por qué. Hay cosas de cosas, y circunstancias que mandan, ¿qué te voy a decir que te coja de nuevas? Hace muchos años que, si no me obliga, no piso una iglesia. ¿Para qué? ¿No te digo que son los peores...? A un vejete rancio, santurrón y algo retorcido que prefiero no nombrar le oí una copla hipócrita que también repetía mi abuela:

En casa del rezador
no pongas el trigo al sol.
Y del que no reza nada,
ni el trigo ni la cebada”.

Encima se creen mejores que los demás. ¿No te digo...?


El parque que atraviesas

16.02.17 | 07:00. Archivado en Autor,

Lo vi muy viejecito, muy cercano a la muerte, agarrado, abrazado a la música.

El parque que atraviesas va cerrando los ojos,
las hojas de la fronda.
Cerca está ya la hora en que la noche
acueste para siempre la altura de los árboles.
Pero en tanto caminas
ves a ese viejecito recostado en el banco.
Baja también sus párpados, abrazando a su pecho
en su cassete romanzas de zarzuela.

Los ojos entornados, viejo su pelo blanco
como de nieve muerta, con devoción escucha
el ocaso de un coro y un aria de tenor
alta como los montes que al sol matan.
Tan embebido niega sus postrimerías
que igual te ignora a ti como a los gatos
que sin desmayo mayan y le rondan. “Prohibido
echarles de comer”. Y prohibido
abrir los ojos al besar la música.

Tú sigues caminando. Rozas
la balconada. Casi póstumo
te despide el paisaje: cielos, montes
y un recio caserío conturbando la vega.
“Nada de esto te daré
aunque te postres y me adores”.

Vuelves sobre tus pasos. Todavía el anciano
se anuda a la zarzuela con el último
hilito de su vida.
¿Duerme?
¿O es su postrer ensayo
del arte de morir?


quedas para contarlo y aun cantarlo, porque vivo
has cruzado hoy el parque.

(Agosto de 2008)

(De Apasionado adiós, Madrid, Vitruvio, 2013).


El viejo y el ocaso

09.02.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

El reino de los cielos se parece a un anciano que, después de una vida llena de trabajos y horas felices o adversas, luchaba por su bien y el de los suyos sin olvidar el de sus prójimos. Llegó a un punto en que advirtió que sus fuerzas decrecían y flaqueaban. Temblando salió a la puesta del sol. Hizo recuento de su vida, y oró: “Señor, Dios mío: siempre supe que el sol había de declinar. También mi vida, aunque el instinto irresistible que en mí pusiste me empujaba más a creer en la luz que en la oscuridad, en la vida que en la muerte. Gracias, Señor. Acuérdate de mí desde tu Reino. En tus manos, Padre, pongo mi vida y mi muerte. Pongo mi amor y mi esperanza”.

Cuando acabó la oración, el sol había culminado su ocaso.


El poeta cumple sus ochenta años

02.02.17 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad

Siéntate, escribe, canta, goza, inventa
un soneto sonoro y entonado
donde estén el presente y el pasado
de tu vida que hoy cumple los ochenta.

Tira de gratitud, mima y asienta
un segundo cuarteto esperanzado
en el que quede a muerte bien grabado
el afán de vivir que te alimenta.

Pasan los años, vuelan en huída,
pasa el tiempo y la edad, y ya en tu vida
casi anochece, el corazón alerta.

Con la esperanza en alto y encendida,
vayan tu fe y tu amor siempre en crecida,
que Dios te espera con su casa abierta.

(21 de diciembre de 2016)


Dede lo alto del Padre

26.01.17 | 07:00. Archivado en Familia, Espiritualidad

El reino de los cielos se parece también a una gran fiesta antigua en la plaza del pueblo. Los jóvenes, los niños, los mayores…, todos bailan al son de la banda de música que toca en el quiosco, justo en el centro de la plaza. Todos se visten de colores alegres. Hasta hay unos abuelos y abuelas que se marcan bailando un ritmo popular. Muchos les hacen corro y les aplauden.

Un niño chico palmea alegre sobre los hombros de su padre. No andan lejos su madre y su hermana mayor. El padre se mueve cautelosamente, guiado por la música, y el niño chico levanta los brazos y se deja llevar del ritmo que lo aúpa.

Es una mañana de sol. Todo en el pueblo resplandece. Nadie nombra a Dios, pero Dios está en el sol, en el pueblo, en la danza, en la música. Y el niño, que llama Padre a Dios cuando reza, alzado ahora sobre los hombros de su padre, se siente para siempre alto y feliz. Para siempre seguro.


Salmo responsorial del próximo domingo

19.01.17 | 07:00. Archivado en poesía, Oración,

Tiempos recios los que nos toca vivir. Guerras, terrorismo, grandes masas humanas de desplazados y de refugiados sin refugio, graves incertidumbres en la política internacional y algunas muy importantes en nuestra propia casa. Desigualdad y pobreza extrema de muchos cientos de millones de hermanos. Se añade a ello la ola de frío y de descreimiento en este viejo continente nuestro.

El miedo y la incertidumbre son como una ropa pegada a la historia del hombre. Nos da una respuesta de oración el autor del salmo bíblico, que libre y modestamente recreo.

EL SEÑOR ES MI LUZ
(Salmo 26)

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

La enfermedad, el paro,
la apretura económica,
el dolor y la angustia,
hasta la muerte misma
no podrán con nosotros.

Por más que el mundo entero
nos proponga otros dioses,
aunque se vuelva todo del revés
y de pronto aparezca
el mundo cielo abajo y tierra arriba,
aunque la fe nos llene de enemigos
poderosos y a muerte,
o de falsos amigos que nos vengan
a vendernos sus lotes placenteros
como dioses más ciertos y visibles:
lo tomamos con calma.

Si nos maltratan enconadamente
o nos toman por tontos o apocados
y si condescendientemente nos dedican
la conmiseración de una sonrisa,
no nos quitan la paz.

No nos consideramos
más puros que los otros
ni mejores que nadie,
pero sí bien seguros
de tener su verdad
y el valor de su brazo a nuestro alcance.

Aunque un ejército de ateos y descreídos o de falsos creyentes
acampe contra nosotros,
nuestro corazón no tiembla.

Aunque en nuestros días
no esté de moda pronunciar su nombre
y pudorosamente lo silencien
incluso
quienes lo reconocen como dueño,
nosotros lo invocamos
y qué amorosamente lo nombramos.

Una cosa pedimos al Señor
y la buscaremos
en casa y en la calle, día y noche,
siempre y en todas partes,
en los instantes todos y de todas
las maneras posibles:

habitar por siempre en su casa,
habitar en el mundo, que es su casa,
amarlo a todo trance y, ante todo,
en el templo del hombre que Él habita,

gozar de la dulzura del Señor,
de su paz, de su vida en nuestra vida,
de su energía para nuestra lucha,
tenerlo siempre aquí como una fiesta
y como una presencia que no falla.

Él nos protegerá en su tienda del mundo
mientras la vida en el peligro dura.

Él nos esconderá sin que metamos
la cabeza y los ojos bajo el ala
y, sin hurtarnos a la diaria lucha,
sabrá alzarnos seguros
a la roca feliz de su firmeza.

(De Salmos de ayer y hoy, Estella, EVD, 2008).


Muerto se quedó en la acera

12.01.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad,

Nunca hizo dinero. Jamás tocó poder. Vivió embarcado sobre un mar de pobreza arrojando cables a quienes se hundían. Salvó a muchos. Amó a todos los que se ahogaban entre las olas. No tuvo tiempo para sí mismo. O lo tuvo todo, y como nadie, al regalárselo a los demás. Algunos lo admiraron. Otros lo llamaron ingenuo, blando, de puro bueno tonto… Su reino tampoco era de este mundo.

Aquella tarde salió de casa en busca de su gente. Un infarto lo abatió sobre la acera. Tenía su DNI, su edad, su nombre y apellidos. ¿Fama? Nuca la buscó ni se saludó con ella. Sólo lo conocían en el círculo más intimo de sus parientes y allegados. Recordando la famosa soleá de García Lorca ("Muerto se quedó en la calle..."), alguien podía haber escrito de él:

Muerto se quedó en la acera
herido de amor, herido.
Nadie sabía quién era.


El hombre que nació casi niño para siempre

05.01.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Los días de Navidad nos han podido servir para hacernos un poco más niños. ¿Por qué no, si el propio Hijo de Dios se hizo niño? A los mayores, que tenemos a menudo la tentación de ir de crecidos por el mundo, no nos vendría mal un baño de infancia. Bueno, la que pidió Jesús para entrar en el Reino de los Cielos. Y, según se mire, incluso, la que ayuda para ser más felices en la tierra.

El Reino de los cielos se parece a un hombre que nació casi niño para siempre. Creció algo más lento que los demás, y como perezoso. Le costó más tiempo romper a hablar. Y cuando fue un poco mayor, lo hacía más despacio y, a veces, se le enredaba una palabra, se frenaba en una frase y había que estar muy atento para entenderle bien. Pero miraba a todos con una mirada limpia, confiada, y su sonrisa se abría en más luz que la de cualquier otro ser humano.

Parecía tener las ideas algo más confusas que los otros, como si su cabeza estuviera rodeada o ligeramente atravesada por la niebla, o acariciada por ella. Mas su corazón le ardía cálido y luminoso, y se le iba y volaba a los demás como en una mañana de sol. Si recibía un gesto, un gramo de amor, su sonrisa, su gratitud se multiplicaban sin límites.

Decían que por causa de aquel hombre niño bajaba el arroyo de la montaña y pasaba al pie de su casa. Que por él iban las aguas frescas y claras. Pero él lo había conocido así desde su infancia y siempre creyó que era algo tan natural como los árboles vecinos o como las nubes, que a veces se quedaban quietas y suspendidas por encima del tejado.

Un día, le leyó su madre, ya casi anciana, en un librito pequeño: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.

-¿Has dicho en el Rrrreino... de los cielos..., mamá?

-Sí, hijo. En el Reino de los cielos...

El hombre todavía niño se le quedó mirando. Sonrió a su madre y le dijo:

-Me gusta, mamá... Me pido ese Rrrreino para siempre.

(Del libro en preparación Parábolas para sabios sin nombre).


Oración de Nochevieja

29.12.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Oración

Aquí estamos, Señor, como en vilo entre un año que viene y otro que se va, temblando y sacudidos por este implacable vendaval del tiempo que huye.

En los primeros instantes de 2017 acudimos a ti, que estás por encima del tiempo. Nos refugiamos en ti, que eres Padre de todo y de todos y vives desde siempre y para siempre, ajeno a la vejez, libre de cualquier sobresalto de nocheviejas y calendarios.

Pero a la vez, Señor estamos ciertos de que este tiempo fugitivo y provisional que nos das es, a su manera, moneda preciosa y adelanto de eternidad regalada.

Gracias, Señor, porque el 2016 nos ha dado la oportunidad de irnos comprando –bien barata, gratuita- tu eternidad y tu gloria.

Desde que en esta vida nuestra, tan precaria y en marcha, tu Hijo se hizo tiempo y acampó entre nosotros, nos crece y se nos aviva la esperanza, la indecible nostalgia de ser y de ser sin final…

Perdón, Señor por nuestros fallos, por nuestra pobreza en el año que acaba. Perdón por todos las trabas que hemos puesto a tu Reino que “no tendrá fin”.

Al comenzar el año, nos sale al paso la incertidumbre del futuro. Podemos sentir la curiosidad y aun la inquietud de quienes no somos dueños de nuestro propio destino. Lo ponemos en tus manos, completamente seguros de acogernos al único seguro.

Tuyo es nuestro Año Nuevo. Tuyos son, Señor, todos los hermanos que sufren entre nosotros, en tu Iglesia, en el mundo entero. Tuyas son las víctimas de la guerra, del terrorismo, del hambre, de todas las miserias que los hombres hemos amontonado en este mundo que pide a gritos la limpieza, la justicia y la paz.

Tuya es nuestra familia, nuestra salud, nuestro mínimo bienestar. Tuya nuestra lucha por la vida. Tuyo nuestro amor a la verdad, a la justicia, nuestro respeto a la vida. Tuya también nuestra pobreza, nuestra escasa capacidad, nuestros miedos, nuestra falta de fuerzas.

Tuyos nosotros para este año y para siempre.

Amén.

(De Cien oraciones para la familia, Madrid, San Pablo, 1995).


Rareza de villancicos

22.12.16 | 07:00. Archivado en poesía, Sociedad,

Los villancicos españoles más populares son bastante raros vistos desde otras latitudes y se mueven en una simpática, a veces irreverente bullanga, desconocida en los pueblos de Centroeuropa. Tienen a menudo más fiesta que profundidad, mezclan lo divino y lo humano, la Navidad con la Marimorena, los calzones roídos o robados de San José y los peces en el río bebiendo y bebiendo y volviendo a beber… En el “Dime, niño, de quién eres” se pone, muy teológicamente, en labios de Jesús: “Soy de la Virgen María / y del Espíritu santo”, y enseguida se entra en una grave afirmación sobre la muerte que nos aguarda a todos. Cosas del folklore. En otra pieza muy popular se hace una apelación directa a la borrachera y al exceso navideño. Contrastes llamativos que, sin teoría previa, canto o anoto en los siguientes versillos.

VAYA PUEBLO ESTE QUE CANTA

(Villancico)

Vaya pueblo este que canta
y canta la Navidad:
La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más
”.

Ellos piensan en marcharse
cuando Dios más cerca está.

Tampoco sobran razones
a un pueblo que en Navidad
pide la bota a María
y se quiere emborrachar.
¿Para llenar sus cabezas
de vino y oscuridad?

Y todo cuando la noche
más clara que nunca está.

Que nadie piense de oscuro
si oye en la noche sonar
“Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra al hombre paz”.


Poemas oración para la pausa del verano

11.08.16 | 07:00. Archivado en poesía, Oración

NOTA: Para la pausa de verano que hoy inicio, ofrezco aquí estos diez poemas. Ojalá ayuden algo a la oración de quienes, en vacaciones o en el trabajo, se asomen a ellos.

AL EMPRENDER UN VIAJE

En tu nombre, Señor,
queremos parir.
Que no olvidemos nunca
que vamos hacia ti.
Tú eres en nuestras vidas
el camino y el fin.
Danos hoy tu gracia
un viaje feliz.
Amén.

ORACIÓN DE LA MAÑANA

Gracias, Señor, por el día.
Gracias, Señor, por la luz.
Y gracias por la alegría
de que no nos faltas tú.
De nuevo a nuestra tarea
vamos contigo, Señor,
para que contigo sea
el mundo un poco mejor.
Amén.

DUELE LA TIERRA DE HERMOSA

¡Qué bello creaste el mundo,
mesa de ricos sabores!
Mas son las cosas mejores
cuando me saben a Ti.

Te buscaré en cada piedra,
en cada ave, en cada rosa.
Duele la tierra de hermosa
por tanta huella de Ti.

Duele tu cara en la cara
de cada pobre que pasa
sin pan, sin amor, sin casa,
y duele el dolor de ti.

Desde tu amor, cada día,
seguro a mi encuentro sales.
¡Oh, qué asedio de señales!
Todas me llevan a Ti…

SED DE DIOS

(Salmo 63)

Madrugamos por ti, Señor del día,
pues tú eres nuestro Dios, pura mañana.
Desde una tierra de mortal sequía
por ti suspira nuestra sed temprana.

Ansia de ti tenemos, agua pura,
inmenso amor, torrente deseado,
donde sanar la urgente quemadura
que marcaste de ti en nuestro costado.

Desde el amanecer nada anhelamos
como gozar la sombra de tu casa.
Arrebatados a tu encuentro vamos
desde una tierra que por ti se abrasa.

¡Oh Dios, cómo resuena tu latido
en la entraña del mundo, en su corteza!
¡Y cómo en el paisaje florecido
que vistes de verdad y de belleza!

Te alabaremos, Dios, toda la vida,
aquí o allí, velando o en el lecho,
desde el dolor de la amorosa herida
que tú clavaste a fuego en nuestro pecho.

Siempre eres nuestro auxilio. Nos sostienes
en la zozobra de las horas malas.
Seguros y colmados de tus bienes
cantamos a la sombra de tus alas.

DOS BENDICIONES DE LA MESA

1.Jesucristo, Rey de Vida

Jesucristo, Rey de Vida,
Tú que naciste en Belén,
bendícenos la comida
y danos tu gracia. Amén.
En tu mesa abastecida
te das sin mirar a quién.
Tu bondad está servida
y tu justicia también.
Sigue siendo el capitán
de la paz contra la guerra.
Colma de amor y de pan
a los pobres de la tierra.
Amén.

2.Te bendecimos, Señor

Te bendecimos, Señor,
que das el alma y la vida.
Gracias por los alimentos
y la buena compañía.
Siéntate aquí con nosotros,
que está la mesa servida.
Al hambriento dale pan
y al que está triste alegría.
Gracias por ser el mejor
Padre de nuestra familia.
Amén.

ALLÍ ESTÁS TÚ

Si subo a las montañas o si hojeo los libros,
si bajo a mi memoria o me interno en el bosque,
si me baño en el mar o si abro las ventanas
que dan sobre los hombres,
me topo con tu esfera
de tiempo transparente,
multiplico mis manos
al palparte en el día.

Si aliento, si me quejo, si llevo mi palabra
hacia algo dolorido,
allí estás Tú.

Si monto sobre los siete días de la semana,
si se me paran de tedio los lunes,
si se me caen de fatiga los martes,
si me trotan animosos los miércoles,
si se me quedan sin aliento los jueves,
si se me arrasan de lágrimas los viernes,
si se me desbocan de deseos los sábados,
si tal vez me relinchan de gozo los domingos,
allí, allí estás Tú.

En enero, en febrero, en la luz del verano,
en las cuatro estaciones, en los mil calendarios,
en los faros marinos, en los mapas sin límites,
tras la última lente de los mil telescopios,
allí estás Tú.

Cuandoquiera que ame, que recuerde, que gima,
comoquiera que grite, me levante o alumbre,
dondequiera que vuele, me desmaye o pregunte,
allí,
allí estás Tú.

COMO UN NIÑO

(Salmo 130)

Señor: soy como un niño en tu presencia.
Desnudo de arrogancia, chico y débil,
me abandono a tus brazos y al calor de tu pecho.
Haz de mí lo que quieras.

¿Podrá dejar de ser cuanto suceda
la ventura mejor
para ti y para mí
y una fiesta de amor tu voluntad divina?

Señor, mi corazón sí es ambicioso.
Pero, elevado el vuelo,
¿en qué riqueza habrá de descansar
mejor que en tu riqueza?

Mis pensamientos son desmesurados,
altaneros mis ojos;
¿mas dónde crecer más, ganar altura,
que refugiado en ti
y haciéndome pequeño?

A ti me acojo, oh Dios,
hacia tu corazón modero y guío
mi tropel de deseos.
Descanso bien seguro en tu presencia
como un niño en los brazos de su madre.

ORACIONES DE LA NOCHE

1.Te damos gracias, Señor

Te damos gracias, Señor.
por el día que se acaba,
por el paso de las horas
y por tu amor que no pasa.
Gracias por nuestro trabajo,
por el pan que no nos falta
y por tanta gente buena
que has puesto en nuestra jornada.
Gracias por ti y por nosotros,
por lo que nos quieres… Gracias
por ser de nuestra familia
y vivir en nuestra casa.
Perdona nuestros pecados.
Ponnos tu paz en el alma.
Ampáranos en el sueño
y guárdanos en tu gracia.

Gracias, Señor. Buenas noches.
Un abrazo. Hasta mañana.

2. Y ahora bendecid al Señor

(Salmo 134)

Y ahora bendecid al Señor,
los siervos del Señor,

las hijas y los hijos fatigados
de los trabajos y el afán del día.

Bendecid al Señor los que pasáis
la noche, el día, vuestra vida entera
en la presencia del Señor.

Levantad vuestras manos hacia Él
en el santuario familiar del mundo,
en vuestra propia casa,
y bendecid sin pausa al Señor.

Trabajando, comiendo o descansando
bendecid al Señor, en la certeza
de que en la vida y en la misma muerte
somos hijos queridos del Señor.

¡Qué paz y qué sueño profundo
mientras la sombra del Señor vigila!

El Señor te bendiga desde Sión,
y desde aquí, desde la cabecera de tu cama.

Tu sueño vele en el amor de Padre.
Rendido de cansancio,
encomienda tu espíritu al Señor
y duerme en paz, bien seguro en sus brazos.


Reza y calla el papa en Auschwitz

04.08.16 | 07:00. Archivado en poesía, Iglesia,

Reza y calla el papa en Auschwitz. No me importa volver a recordarlo aquí con el poema que escribí tras mi visita a aquellos espacios innombrables, malditos.

A veces un viaje puede llevarte a las tinieblas. La historia de la humanidad, aun la más reciente, guarda rincones oscuros donde se casan y cohabitan el hedor y la muerte. Viajar a Polonia y no ver Auschwitz es no haber estado en ese bello país ni haber conocido una de las páginas más negras de su atormentada historia y de la reciente historia del pueblo judío y de Europa. El campo de concentración nazi queda aún en pie con todo el horror de sus recuerdos.

Este pobre poeta se detuvo también y rezó en la celda del mártir Maximiliano Kolbe. Vio allí la placa que recordaba su muerte elegida al intercambiarse en la diezma con un esposo y padre de familia. Más tarde, en Czestochowa, vio se fotografía de presidiario, en taje de rayas, como retablo del altar dedicado a su memoria.

El poeta recorrió los barracones y reparó en los restos que se muestran tras las vitrinas. Pero su dolor le crece cuando contempla la serie de fotografías de los prisioneros que cuelgan en una de las paredes. Son fotos de carné, para el registro oficioso de los burócratas del crimen. Son fotos iguales y diferentes en las que cada uno abre los ojos desorbitados y mira como puede a su desolación y a su propia muerte cercana.

AUSCHWITZ

Son pozos y pezuñas del recuerdo, y tantos
que apestan salas lúgubres, barrados barracones,
sótanos del hedor (...).

Al visitante se le irguió el asombro
ante el pelo arrancado a los cautivos,
olió el aire ya parado en el tiempo.
Cómo hubiera besado uno por uno
los cacharros humildes que tocaron sus manos;
hubiera recompuesto, relimpiado
y vuelto transparentes
las arrancadas gafas que los dejaron ciegos.
Tanta presencia aún, tanto dolido bulto
para la vista, el olor y el tacto
hacen vivo el tormento, nueva la llamarada.
Fuera perdura, truena
alzado el paredón, crepita y se remuerde
la conciencia del horno crematorio.

Pero ¿dónde están ellos?,
¿dónde sus limpios huesos?,
¿dónde el olor de holocausto de su carne abrasada?,
¿qué ciega dirección señalaron los vientos
que barrieron gimiendo sus cenizas?

Ellos están aquí. Y no están.
Está el olor. Está el horror... Y están también sus ojos.
Fijos están mirando como entonces
cuando el esbirro los enfrentó a la cámara,
con látigo de flash y fogonazo dijo: “Ábrelos bien, esclavo”.
Y de ahí ahora esta inmóvil colección onírica
de los ojos sin órbitas, abiertos para siempre.

Hay ojos tristes, como ya caídos
hasta el último agujero de la muerte.
Y hay ojos asombrados como soles de espanto.
Ojos abiertos en retadora furia
que acaso sólo pudo estallar un instante
convertido por la fotografía
en adelanto de la furia eterna.
En otros ojos cae la luz en la fatiga
de un astro que va muerto hacia el ocaso.
Pero todos los ojos
ciegan de dignidad a quien los mira
y juntos forman
una constelación acusadora, altiva,
vía de luz para la noche caminante del hombre.
Aún se pregunta el visitante
cómo la obcecación de los verdugos
les pudo perdonar estos ojos
dejar en ellos, en mirada póstuma,
este cielo de soles que en las tinieblas deja
el espacio glacial de quienes pretendieron
exterminar la luz, romper sus huesos, descoyuntar
la ternura del alba.

Queda el horror. Quedan también los ojos.

(Julio 2004)

(Obra poética, p. 550).


Lunes, 27 de febrero

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Febrero 2017
LMXJVSD
<<  <   >  >>
  12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
2728