Jesús Mauleón, poeta y cura

Muerto se quedó en la acera

12.01.17 | 07:00. Archivado en Sociedad, Espiritualidad,

Nunca hizo dinero. Jamás tocó poder. Vivió embarcado sobre un mar de pobreza arrojando cables a quienes se hundían. Salvó a muchos. Amó a todos los que se ahogaban entre las olas. No tuvo tiempo para sí mismo. O lo tuvo todo, y como nadie, al regalárselo a los demás. Algunos lo admiraron. Otros lo llamaron ingenuo, blando, de puro bueno tonto… Su reino tampoco era de este mundo.

Aquella tarde salió de casa en busca de su gente. Un infarto lo abatió sobre la acera. Tenía su DNI, su edad, su nombre y apellidos. ¿Fama? Nuca la buscó ni se saludó con ella. Sólo lo conocían en el círculo más intimo de sus parientes y allegados. Recordando la famosa soleá de García Lorca ("Muerto se quedó en la calle..."), alguien podía haber escrito de él:

Muerto se quedó en la acera
herido de amor, herido.
Nadie sabía quién era.


El hombre que nació casi niño para siempre

05.01.17 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Los días de Navidad nos han podido servir para hacernos un poco más niños. ¿Por qué no, si el propio Hijo de Dios se hizo niño? A los mayores, que tenemos a menudo la tentación de ir de crecidos por el mundo, no nos vendría mal un baño de infancia. Bueno, la que pidió Jesús para entrar en el Reino de los Cielos. Y, según se mire, incluso, la que ayuda para ser más felices en la tierra.

El Reino de los cielos se parece a un hombre que nació casi niño para siempre. Creció algo más lento que los demás, y como perezoso. Le costó más tiempo romper a hablar. Y cuando fue un poco mayor, lo hacía más despacio y, a veces, se le enredaba una palabra, se frenaba en una frase y había que estar muy atento para entenderle bien. Pero miraba a todos con una mirada limpia, confiada, y su sonrisa se abría en más luz que la de cualquier otro ser humano.

Parecía tener las ideas algo más confusas que los otros, como si su cabeza estuviera rodeada o ligeramente atravesada por la niebla, o acariciada por ella. Mas su corazón le ardía cálido y luminoso, y se le iba y volaba a los demás como en una mañana de sol. Si recibía un gesto, un gramo de amor, su sonrisa, su gratitud se multiplicaban sin límites.

Decían que por causa de aquel hombre niño bajaba el arroyo de la montaña y pasaba al pie de su casa. Que por él iban las aguas frescas y claras. Pero él lo había conocido así desde su infancia y siempre creyó que era algo tan natural como los árboles vecinos o como las nubes, que a veces se quedaban quietas y suspendidas por encima del tejado.

Un día, le leyó su madre, ya casi anciana, en un librito pequeño: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los cielos”.

-¿Has dicho en el Rrrreino... de los cielos..., mamá?

-Sí, hijo. En el Reino de los cielos...

El hombre todavía niño se le quedó mirando. Sonrió a su madre y le dijo:

-Me gusta, mamá... Me pido ese Rrrreino para siempre.

(Del libro en preparación Parábolas para sabios sin nombre).


Oración de Nochevieja

29.12.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Oración

Aquí estamos, Señor, como en vilo entre un año que viene y otro que se va, temblando y sacudidos por este implacable vendaval del tiempo que huye.

En los primeros instantes de 2017 acudimos a ti, que estás por encima del tiempo. Nos refugiamos en ti, que eres Padre de todo y de todos y vives desde siempre y para siempre, ajeno a la vejez, libre de cualquier sobresalto de nocheviejas y calendarios.

Pero a la vez, Señor estamos ciertos de que este tiempo fugitivo y provisional que nos das es, a su manera, moneda preciosa y adelanto de eternidad regalada.

Gracias, Señor, porque el 2016 nos ha dado la oportunidad de irnos comprando –bien barata, gratuita- tu eternidad y tu gloria.

Desde que en esta vida nuestra, tan precaria y en marcha, tu Hijo se hizo tiempo y acampó entre nosotros, nos crece y se nos aviva la esperanza, la indecible nostalgia de ser y de ser sin final…

Perdón, Señor por nuestros fallos, por nuestra pobreza en el año que acaba. Perdón por todos las trabas que hemos puesto a tu Reino que “no tendrá fin”.

Al comenzar el año, nos sale al paso la incertidumbre del futuro. Podemos sentir la curiosidad y aun la inquietud de quienes no somos dueños de nuestro propio destino. Lo ponemos en tus manos, completamente seguros de acogernos al único seguro.

Tuyo es nuestro Año Nuevo. Tuyos son, Señor, todos los hermanos que sufren entre nosotros, en tu Iglesia, en el mundo entero. Tuyas son las víctimas de la guerra, del terrorismo, del hambre, de todas las miserias que los hombres hemos amontonado en este mundo que pide a gritos la limpieza, la justicia y la paz.

Tuya es nuestra familia, nuestra salud, nuestro mínimo bienestar. Tuya nuestra lucha por la vida. Tuyo nuestro amor a la verdad, a la justicia, nuestro respeto a la vida. Tuya también nuestra pobreza, nuestra escasa capacidad, nuestros miedos, nuestra falta de fuerzas.

Tuyos nosotros para este año y para siempre.

Amén.

(De Cien oraciones para la familia, Madrid, San Pablo, 1995).


Rareza de villancicos

22.12.16 | 07:00. Archivado en poesía, Sociedad,

Los villancicos españoles más populares son bastante raros vistos desde otras latitudes y se mueven en una simpática, a veces irreverente bullanga, desconocida en los pueblos de Centroeuropa. Tienen a menudo más fiesta que profundidad, mezclan lo divino y lo humano, la Navidad con la Marimorena, los calzones roídos o robados de San José y los peces en el río bebiendo y bebiendo y volviendo a beber… En el “Dime, niño, de quién eres” se pone, muy teológicamente, en labios de Jesús: “Soy de la Virgen María / y del Espíritu santo”, y enseguida se entra en una grave afirmación sobre la muerte que nos aguarda a todos. Cosas del folklore. En otra pieza muy popular se hace una apelación directa a la borrachera y al exceso navideño. Contrastes llamativos que, sin teoría previa, canto o anoto en los siguientes versillos.

VAYA PUEBLO ESTE QUE CANTA

(Villancico)

Vaya pueblo este que canta
y canta la Navidad:
La Nochebuena se viene,
la Nochebuena se va,
y nosotros nos iremos
y no volveremos más
”.

Ellos piensan en marcharse
cuando Dios más cerca está.

Tampoco sobran razones
a un pueblo que en Navidad
pide la bota a María
y se quiere emborrachar.
¿Para llenar sus cabezas
de vino y oscuridad?

Y todo cuando la noche
más clara que nunca está.

Que nadie piense de oscuro
si oye en la noche sonar
“Gloria a Dios en las alturas
y en la tierra al hombre paz”.


Poemas oración para la pausa del verano

11.08.16 | 07:00. Archivado en poesía, Oración

NOTA: Para la pausa de verano que hoy inicio, ofrezco aquí estos diez poemas. Ojalá ayuden algo a la oración de quienes, en vacaciones o en el trabajo, se asomen a ellos.

AL EMPRENDER UN VIAJE

En tu nombre, Señor,
queremos parir.
Que no olvidemos nunca
que vamos hacia ti.
Tú eres en nuestras vidas
el camino y el fin.
Danos hoy tu gracia
un viaje feliz.
Amén.

ORACIÓN DE LA MAÑANA

Gracias, Señor, por el día.
Gracias, Señor, por la luz.
Y gracias por la alegría
de que no nos faltas tú.
De nuevo a nuestra tarea
vamos contigo, Señor,
para que contigo sea
el mundo un poco mejor.
Amén.

DUELE LA TIERRA DE HERMOSA

¡Qué bello creaste el mundo,
mesa de ricos sabores!
Mas son las cosas mejores
cuando me saben a Ti.

Te buscaré en cada piedra,
en cada ave, en cada rosa.
Duele la tierra de hermosa
por tanta huella de Ti.

Duele tu cara en la cara
de cada pobre que pasa
sin pan, sin amor, sin casa,
y duele el dolor de ti.

Desde tu amor, cada día,
seguro a mi encuentro sales.
¡Oh, qué asedio de señales!
Todas me llevan a Ti…

SED DE DIOS

(Salmo 63)

Madrugamos por ti, Señor del día,
pues tú eres nuestro Dios, pura mañana.
Desde una tierra de mortal sequía
por ti suspira nuestra sed temprana.

Ansia de ti tenemos, agua pura,
inmenso amor, torrente deseado,
donde sanar la urgente quemadura
que marcaste de ti en nuestro costado.

Desde el amanecer nada anhelamos
como gozar la sombra de tu casa.
Arrebatados a tu encuentro vamos
desde una tierra que por ti se abrasa.

¡Oh Dios, cómo resuena tu latido
en la entraña del mundo, en su corteza!
¡Y cómo en el paisaje florecido
que vistes de verdad y de belleza!

Te alabaremos, Dios, toda la vida,
aquí o allí, velando o en el lecho,
desde el dolor de la amorosa herida
que tú clavaste a fuego en nuestro pecho.

Siempre eres nuestro auxilio. Nos sostienes
en la zozobra de las horas malas.
Seguros y colmados de tus bienes
cantamos a la sombra de tus alas.

DOS BENDICIONES DE LA MESA

1.Jesucristo, Rey de Vida

Jesucristo, Rey de Vida,
Tú que naciste en Belén,
bendícenos la comida
y danos tu gracia. Amén.
En tu mesa abastecida
te das sin mirar a quién.
Tu bondad está servida
y tu justicia también.
Sigue siendo el capitán
de la paz contra la guerra.
Colma de amor y de pan
a los pobres de la tierra.
Amén.

2.Te bendecimos, Señor

Te bendecimos, Señor,
que das el alma y la vida.
Gracias por los alimentos
y la buena compañía.
Siéntate aquí con nosotros,
que está la mesa servida.
Al hambriento dale pan
y al que está triste alegría.
Gracias por ser el mejor
Padre de nuestra familia.
Amén.

ALLÍ ESTÁS TÚ

Si subo a las montañas o si hojeo los libros,
si bajo a mi memoria o me interno en el bosque,
si me baño en el mar o si abro las ventanas
que dan sobre los hombres,
me topo con tu esfera
de tiempo transparente,
multiplico mis manos
al palparte en el día.

Si aliento, si me quejo, si llevo mi palabra
hacia algo dolorido,
allí estás Tú.

Si monto sobre los siete días de la semana,
si se me paran de tedio los lunes,
si se me caen de fatiga los martes,
si me trotan animosos los miércoles,
si se me quedan sin aliento los jueves,
si se me arrasan de lágrimas los viernes,
si se me desbocan de deseos los sábados,
si tal vez me relinchan de gozo los domingos,
allí, allí estás Tú.

En enero, en febrero, en la luz del verano,
en las cuatro estaciones, en los mil calendarios,
en los faros marinos, en los mapas sin límites,
tras la última lente de los mil telescopios,
allí estás Tú.

Cuandoquiera que ame, que recuerde, que gima,
comoquiera que grite, me levante o alumbre,
dondequiera que vuele, me desmaye o pregunte,
allí,
allí estás Tú.

COMO UN NIÑO

(Salmo 130)

Señor: soy como un niño en tu presencia.
Desnudo de arrogancia, chico y débil,
me abandono a tus brazos y al calor de tu pecho.
Haz de mí lo que quieras.

¿Podrá dejar de ser cuanto suceda
la ventura mejor
para ti y para mí
y una fiesta de amor tu voluntad divina?

Señor, mi corazón sí es ambicioso.
Pero, elevado el vuelo,
¿en qué riqueza habrá de descansar
mejor que en tu riqueza?

Mis pensamientos son desmesurados,
altaneros mis ojos;
¿mas dónde crecer más, ganar altura,
que refugiado en ti
y haciéndome pequeño?

A ti me acojo, oh Dios,
hacia tu corazón modero y guío
mi tropel de deseos.
Descanso bien seguro en tu presencia
como un niño en los brazos de su madre.

ORACIONES DE LA NOCHE

1.Te damos gracias, Señor

Te damos gracias, Señor.
por el día que se acaba,
por el paso de las horas
y por tu amor que no pasa.
Gracias por nuestro trabajo,
por el pan que no nos falta
y por tanta gente buena
que has puesto en nuestra jornada.
Gracias por ti y por nosotros,
por lo que nos quieres… Gracias
por ser de nuestra familia
y vivir en nuestra casa.
Perdona nuestros pecados.
Ponnos tu paz en el alma.
Ampáranos en el sueño
y guárdanos en tu gracia.

Gracias, Señor. Buenas noches.
Un abrazo. Hasta mañana.

2. Y ahora bendecid al Señor

(Salmo 134)

Y ahora bendecid al Señor,
los siervos del Señor,

las hijas y los hijos fatigados
de los trabajos y el afán del día.

Bendecid al Señor los que pasáis
la noche, el día, vuestra vida entera
en la presencia del Señor.

Levantad vuestras manos hacia Él
en el santuario familiar del mundo,
en vuestra propia casa,
y bendecid sin pausa al Señor.

Trabajando, comiendo o descansando
bendecid al Señor, en la certeza
de que en la vida y en la misma muerte
somos hijos queridos del Señor.

¡Qué paz y qué sueño profundo
mientras la sombra del Señor vigila!

El Señor te bendiga desde Sión,
y desde aquí, desde la cabecera de tu cama.

Tu sueño vele en el amor de Padre.
Rendido de cansancio,
encomienda tu espíritu al Señor
y duerme en paz, bien seguro en sus brazos.


Reza y calla el papa en Auschwitz

04.08.16 | 07:00. Archivado en poesía, Iglesia,

Reza y calla el papa en Auschwitz. No me importa volver a recordarlo aquí con el poema que escribí tras mi visita a aquellos espacios innombrables, malditos.

A veces un viaje puede llevarte a las tinieblas. La historia de la humanidad, aun la más reciente, guarda rincones oscuros donde se casan y cohabitan el hedor y la muerte. Viajar a Polonia y no ver Auschwitz es no haber estado en ese bello país ni haber conocido una de las páginas más negras de su atormentada historia y de la reciente historia del pueblo judío y de Europa. El campo de concentración nazi queda aún en pie con todo el horror de sus recuerdos.

Este pobre poeta se detuvo también y rezó en la celda del mártir Maximiliano Kolbe. Vio allí la placa que recordaba su muerte elegida al intercambiarse en la diezma con un esposo y padre de familia. Más tarde, en Czestochowa, vio se fotografía de presidiario, en taje de rayas, como retablo del altar dedicado a su memoria.

El poeta recorrió los barracones y reparó en los restos que se muestran tras las vitrinas. Pero su dolor le crece cuando contempla la serie de fotografías de los prisioneros que cuelgan en una de las paredes. Son fotos de carné, para el registro oficioso de los burócratas del crimen. Son fotos iguales y diferentes en las que cada uno abre los ojos desorbitados y mira como puede a su desolación y a su propia muerte cercana.

AUSCHWITZ

Son pozos y pezuñas del recuerdo, y tantos
que apestan salas lúgubres, barrados barracones,
sótanos del hedor (...).

Al visitante se le irguió el asombro
ante el pelo arrancado a los cautivos,
olió el aire ya parado en el tiempo.
Cómo hubiera besado uno por uno
los cacharros humildes que tocaron sus manos;
hubiera recompuesto, relimpiado
y vuelto transparentes
las arrancadas gafas que los dejaron ciegos.
Tanta presencia aún, tanto dolido bulto
para la vista, el olor y el tacto
hacen vivo el tormento, nueva la llamarada.
Fuera perdura, truena
alzado el paredón, crepita y se remuerde
la conciencia del horno crematorio.

Pero ¿dónde están ellos?,
¿dónde sus limpios huesos?,
¿dónde el olor de holocausto de su carne abrasada?,
¿qué ciega dirección señalaron los vientos
que barrieron gimiendo sus cenizas?

Ellos están aquí. Y no están.
Está el olor. Está el horror... Y están también sus ojos.
Fijos están mirando como entonces
cuando el esbirro los enfrentó a la cámara,
con látigo de flash y fogonazo dijo: “Ábrelos bien, esclavo”.
Y de ahí ahora esta inmóvil colección onírica
de los ojos sin órbitas, abiertos para siempre.

Hay ojos tristes, como ya caídos
hasta el último agujero de la muerte.
Y hay ojos asombrados como soles de espanto.
Ojos abiertos en retadora furia
que acaso sólo pudo estallar un instante
convertido por la fotografía
en adelanto de la furia eterna.
En otros ojos cae la luz en la fatiga
de un astro que va muerto hacia el ocaso.
Pero todos los ojos
ciegan de dignidad a quien los mira
y juntos forman
una constelación acusadora, altiva,
vía de luz para la noche caminante del hombre.
Aún se pregunta el visitante
cómo la obcecación de los verdugos
les pudo perdonar estos ojos
dejar en ellos, en mirada póstuma,
este cielo de soles que en las tinieblas deja
el espacio glacial de quienes pretendieron
exterminar la luz, romper sus huesos, descoyuntar
la ternura del alba.

Queda el horror. Quedan también los ojos.

(Julio 2004)

(Obra poética, p. 550).


La calidad de nuestros políticos: ¿Como la sociedad de la que proceden?

28.07.16 | 07:00. Archivado en Sociedad,

Cuando se afirma la escasa calidad de no pocos políticos, se dice y se escribe que nuestros representantes son como la sociedad de la que proceden. ¿De dónde nace semejante superchería? Cómo me gustaría saber si tan sobado tópico se sostiene. Pero me inclino a creer que, al menos en determinados momentos históricos, incluido el actual, es una afirmación más que gratuita. Me temo que no pocos políticos estén muy por debajo de aquellos a quienes representan. Por cierto, quienes representan al pueblo y cobran del pueblo para que trabajen por el bien común ¿no tienen un deber de ejemplaridad?

Evidentemente entre los ciudadanos hay, por decirlo a lo llano, de todo. Pero la vida nos enseña a conocer nuestros límites y a adaptarnos a ellos. El problema y el espectáculo están servidos cuando alguien sin preparación, con una inteligencia a ojos vistas limitada, con escaso sentido de la palabra comprometida, desde una autoestima manifiestamente superior a sus capacidades, con una ambición ciega y fuera de todo sentido, se empeña en jugar al propio interés o al de su partido y olvida que el pueblo soberano lo elige y le paga para que sirva a los intereses comunes.

El problema añadido es que mientras la inmensa mayoría de los ciudadanos viven en el anonimato de sus pequeñas comunidades o de sus barrios urbanos, los políticos se exponen continuamente en la pasarela pública mostrando su escasez de talla e incluso sus clamorosas limitaciones personales.

Conocemos a tanta gente buena, sensata, normal, que quizá no fueron buenos estudiantes ni especialmente dotados para los estudios académicos, pero con otros talentos y valores que los hacen excelentes padres de familia, pacíficos vecinos, aplicados trabajadores, creadores a veces de pequeñas empresas familiares, gente sana y benéfica que no miente ni trampea, ni se arroga superioridad sobre nadie, que no muerde ni odia a muerte a sus competidores… Gente a la que le gusta decir siempre lo que piensa y lo que tiene por mejor y más noble… Gente, en suma…, que no valdría para la política, aunque conozca en su cercanía a algunos que, quizá con menos méritos profesionales y aun académicos, se lanzaron a vivir de ella.

¿Son los políticos, como la sociedad de la que proceden? ¿Todos o la mayoría de los políticos? ¿De dónde ha salido semejante superchería? Pregunten, pregunten al pueblo que en las elecciones los contrata como trabajadores eventuales, les paga su sueldo y asiste atónito al espectáculo.


¿De qué te quejas si te asiste el aire?

21.07.16 | 07:00. Archivado en poesía, Espiritualidad,

En medio de la vorágine de estos días, con atentados, golpes y contragolpes de estado, Brexit, circo de incertidumbres políticas en el interior, me aparto un instante del mundo y escribo este sencillo poema con Dios al fondo y a la vista.

No me quejo de nada. ¿Qué derecho tengo a ello? Me ha dado Dios muchas, muchas cosas a partir de la vida. Incluida esta obligada y feliz manía de trabajar con las palabras e intentar hacer saltar en ellas un punto de belleza. Se me reveló en la adolescencia y se resiste a morir del todo en la vejez.

¿De qué te quejas si te asiste el aire
y cómo sonreír no has olvidado?
Aún tienes luz y voz, miras, caminas,
es aún tuyo
el don de amanecer
dueño de tus palabras.
De vez en cuando
te apoya aún el bastón de un buen poema
o, al menos,
es bueno para ti, como una medicina
que te anima y entona
este frágil tesoro de tus años.

¿Qué más puedes pedir si Dios está contigo,
poderoso, invisible,
y te regala sin alarde alguno
su amor de cada día, su belleza?


No entiende a los políticos

11.07.16 | 07:00. Archivado en Sociedad,

No entiende a los políticos. O a gran parte de ellos. Sabe que son necesarios, que siempre han existido y tienen que existir. Piensa, sin embargo, que no son éstos que conocemos, y sólo éstos, los que tienen que existir. Piensa a veces que la selección que los partidos hacen de sus miembros da con unos sujetos que parecen como cazados a lazo. Dicho de otro modo, no son siempre lo mejor de cada casa, ni de su gremio profesional –suponiendo que hayan desarrollado una profesión y hayan pertenecido a un gremio-, ni lo mejor del territorio de donde salieron.

Pero el ingenuo tampoco se entiende a sí mismo. Se considera un individuo de ánimo quizá poco resuelto, incapaz de ocupar un cargo público –un servicio- de alguna responsabilidad. Tampoco entiende a tantos y tantos ciudadanos buenos, prudentes, honrados, muchos excelentes profesionales con altas capacidades para el estudio e incluso para la acción, que, aun invitados por los partidos, o no se ven atraídos por la política o huyen de ella como de la peste.

Por eso, y por tantas cosas más que el ingenuo seguramente desconoce, le llaman tanto la atención, en el escaparate de las magistraturas ciudadanas, personajes ineptos, toscos, torpemente ambiciosos, fáciles a la ocultación y a la mentira, afirmadores rotundos de su verdad interesada, miserables cuando se trata de enjuiciar las actuaciones y aun el derecho a existir del adversario.

El ingenuo no entiende a los políticos. No entiende la política. Ni entiende por qué tiene que presentársele la política a diario, o casi a diario, en tan feo espectáculo.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p. 137-138).


San Fermín, "que todo lo ve", en la calle

07.07.16 | 07:00. Archivado en Iglesia, Sociedad,

Escribo desde mi Pamplona, a 7 de julio. Y puedo decir que estos días, aquí, pasa de todo. O de casi todo. En mis viajes fuera de España me ha ocurrido repetidamente la misma experiencia. Si me preguntan “de dónde eres”, yo –con el nombre de mi pueblo, Arróniz, en el corazón- respondo que de Pamplona. A la gran mayoría de foráneos no les suena. Trato de aproximarme. Norte de España... Nada. Límite con Francia..., junto a los Prineos... Nada. País Vasco, o junto al País Vasco... Nada. Digo por fin: esa ciudad donde los toros corren detrás de los mozos por la calle... No falla. Todo el mundo lo ha visto. Algunos exclaman: “¡Brutal!”, “¡Horrible!”, o una expresión similar, cada cual en su propio idioma. Cientos y cientos de millones de telespectadores han visto y ven cada año imágenes del encierro.

Pero, dejando esa privativa rareza nuestra que sobrecoge a medio mundo, hoy, fiesta del santo, antes de la misa con coro y orquesta en la iglesia de San Lorenzo, hay un acto entrañable que los extranjeros no tienen por qué conocer. Es la procesión multitudinaria con la imagen del santo por el casco viejo de la ciudad. Somos como todo el mundo. Hemos metido a san Fermín en las fiestas del verano como lo hacen todos los pueblos y ciudades de tradición católica con sus Vírgenes y sus santos. Sabia astucia la de esta Iglesia de tantos siglos: ligar la necesidad y la legitimidad de la fiesta a las más básicas creencias. ¿Ha perdido actualidad semejante criterio? Cualquiera que llegue hoy a la procesión de San Fermín, se convencerá de que el acierto, con todos los peros y los contras que se quiera, sigue vivo y pujante.

A las diez saldrá la procesión de la capilla del santo. Desfile en la frescura en sombras de la calle Mayor. Cada año es más alto el número de los que participan. Hay que ir con alguna hora de adelanto para ver pasar la comitiva desde un lugar estratégico. Va san Fermín muy alto sobre el amor de las cabezas; los mozos y las mozas de blanco, la banda de la ciudad de gala, gigantes y cabezudos, txistus, gaitas, rojos arzobispales, jotas, pendones, danzas... Y, como un florón sonoro, las formas todas de la música.

No me resisto a reproducir unos breves fragmentos de mi “Oración para la calle”, escrita para este paso del programa sanferminero:

“Salve, Fermín, obispo, pastor de frescas sombras en la calle Mayor. Salve, mártir de las flores rojas, que empuñas el báculo para guiar el rebaño de los navarros festivos. Tuyo el cruento clamor de los claveles, tuyo el murmullo de la calle, tuya la delgadez del txistu, la danza lenta y la humildad de los gigantes; tuyo, Fermín, el reino de esta paz mañanera, tuyo el honor y la gloria del verano (...).

“Si a tu paso de doblan los talles de las mozas y al pie de tus claveles enrojecen los cuellos, en ti el poder, en ti la roja luz de tus heridas famosas, de ti el temblor que hierve en las gargantas cuando gritan que vivas (...).

“Ea, pues, Fermín, abogado nuestro, muestra tu luz de patria a quienes tercamente nos negamos a ver en este sol de julio una luz desterrada. Muestra tu luz de cielo y la verdad terrestre de tu sangre encendida...”.

La oración continúa en el tono vibrante de la devoción y la fiesta. Oración desde lo particular, pero dentro de la fe universal. Junto con todos los creyentes que, en medio de no pocas contradicciones y en el entrecruce de algunas confusas fronteras, aún saben unir la fiesta con sus más hondas raíces de fe.


Si eres una persona sensible

30.06.16 | 07:00. Archivado en Espiritualidad

Si eres una persona sensible y no aciertas a hacerte el duro, si a veces te domina la compasión y te anuda la garganta el sufrimiento ajeno, si no sabes dominar un dolor para pasar sin transición al siguiente punto de tu agenda, si a veces te traiciona la ternura ante la debilidad o la belleza y tienes que parpadear para espantar las lágrimas, si piensas repetidamente las palabras que has de decir en la visita a una persona relativamente importante, si te llena de alegría el saludo de un niño desconocido, si te espanta que alguien de bien pueda temblar en tu presencia, si preferirías que te rompieran los dientes antes de traicionar a un amigo, si no eres capaz de callar cuando la sinrazón o el desbarajuste piden la voz y el grito, si no puedes decir cuando el sentimiento y la razón piden el no, si no has aprendido a halagar, a mentir, a callar, a esperar la ocasión, si eres tan torpe que te atas como con cien maromas a la palabra dada, si tiemblas ante la sola idea de ser cruel con un indefenso, si nada te daría tanta vergüenza como que te pillaran en manifiesta ingratitud, si prefieres la paz contigo mismo a la mayor fortuna, si no te encandila el brillo del dinero ni remueve tu libido el cuerpo del poder..., tú nunca serás importante.

Si no sabes ser frío, si no aciertas a ahogar tus emociones antes de que aparezcan, si no has aprendido a no mover un músculo ante el suceso atroz o repugnante, si eres incapaz de aplazar tus reacciones hasta el momento oportuno, si no eres paciente ante lo que no admite espera, si a tus años no has aprendido a ser calculador y a ponderar las ventajas de anularte a ti mismo, si supera tus fuerzas violentar tu conciencia para subir dos peldaños en la escalera establecida, si la arbitrariedad te subleva, si no te da todo igual cuando proviene del jefe ni encuentras todo bien cuando lo hace quien manda, si te aferras a tu idea del bien y del mal, de lo bello y lo honesto, si te metes hasta el cuello en las causas perdidas, si casi cada día te ves nadar contra corriente..., con toda probabilidad, para muchos, nunca serás alguien importante. Nunca. Pero serás tú. Tú mismo. Y eso te sentará pero que muy bien… Y te sabrá a gloria.


No me tomen muy en serio

23.06.16 | 07:00. Archivado en Sociedad,

No me tomen muy en serio. Ni siquiera cuando, como hoy, hago una especie de elogio de la risa. En la España crispada ante las inminentes segundas elecciones, se cruzan toda clase de venablos de pasión, ambición, sinrazón y odio. Reír, cuando se renuncia a llorar, puede ser una buena terapia. Y no sólo en circunstancias excepcionales de la patria, sino en las numerosas trampas que nos pone la vida.

REÍR

Y después de todo, ¿por qué te asombras aún? Bien es verdad que al hombre que lo sea el asombro no lo abandonará mientras viva. Pero siempre hay grados, y amplia y diversa es la capacidad de encaje y de respuesta (…)

¿Por qué te sigues perturbando por las cosas que ya te sorprendían y perturbaban en tu juventud? Relájate siquiera hoy, oh ingenuo. Ríete. Carcajéate. Ríete del mundo. Y ríete de ti mismo, oh eterno aprendiz de la vida. ¿A qué ese tozudo afán de tomarte a los humanos tan en serio? ¿A qué ese ceño cerrado que te aprieta y te paraliza la risa?

Vivir es también reír, oh tardo principiante. En trance está siempre de hundirse en la catástrofe una vida sin risa. Reír... ¿Sólo soñar? No, no, también reír... ¡Viva el humor como una joya de oro en la oreja de un mundo siempre imperfecto!

Si Dios mira a la bola de esta tierra, no podrá menos de reírse con la risa primera y creadora. Dios es humor, y como el mundo de los hombres siempre ha sido un circo, tú no debes asistir a él con ese semblante adusto. Ríe. Ríete del mundo. Ríete de ti mismo, ya que a veces te ves representando en la misma farándula. Haz hoy, por lo menos, una pausa relajada arrellanado en esa butaca desde la que contemplas el abigarrado espectáculo.

(De Elogio de la ingenuidad, Madrid, Nueva Utopía, 2007, p. 31).


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