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José Avila Rojas: “Al que siempre le han pasado factura sus pasiones y, sobre todo, su exuberante corazón”

Permalink 14.07.09 @ 08:56:37. Archivado en Sobre el autor

Una enorme tristeza me embargó el pasado miércoles cuando supe que finalmente habías entrado en la cárcel. Es posible que hayas cometido graves errores en estos últimos años y que esos errores deban ser sancionables. No defiendo la impunidad ante la ley; quién la conculca debe sufrir el peso de la misma.

Pero defiendo a su vez que ésta se aplique en su justa medida y teniendo en cuenta todos los antecedentes y circunstancias. Aquel gran pensador que fue Alexis de Tocqueville ya decía en La Democracia en América: “No preconizo una determinada forma de gobierno, porque no soy de los que cree en la bondad absoluta de las leyes”.

Sé que cualquiera que hayan sido tus infracciones –por paradójico que pueda parecer y muchos no se lo crean- no eras del todo consciente de ellas. Nunca pensabas que tu actuación pudiera infringir realmente norma alguna, aunque las dificultades que sobre ti habían sobrevenido y tu obsesión por querer reconstruir tu gran empresa, te haya empujado a veces andar en el filo de la navaja.

En el fondo siempre has sido como un niño grande con un enorme corazón, que no preveía las consecuencias. Gustabas de las travesuras y creías poder hacer cuanto quisieras para calmar y colmar tus pasiones.

Trabajar y construir sin descanso, ha sido tu pasión y tu obsesión, desde que empezaste muy niño a ayudar a tu padre, aprendiste el oficio de albañil y luego el de constructor y promotor. Puede que tu gran error fuera haber ido a trabajar a Marbella, un mundo que en los últimos años se regía por otros cánones y estaba gobernado por una serie de personajes sin escrúpulos dispuestos a expoliar cuanto tocaban.

Por más que haya quién te incluye en ese mundo, tú no perteneces al mismo. No eres un especulador recién llegado y dispuesto a saquear cualquier patrimonio público o privado. Eres uno de los promotores que más viviendas y apartamentos ha construido en Andalucía en los últimos 40 años, -superan los cien mil-, uno de los que más riqueza ha generado y los que más empleo ha creado.

Pero tu imputación en el caso Malaya, todavía pendiente de resolución además, ha proyectado su fatal sombra sobre cualquier error o infracción que hayas cometido. Es como si hubieras quedado marcado y la cólera de los dioses se hubiera cebado sobre ti. Pero no mereces ser tratado con el mismo rasero que, quienes amparados tras el poder municipal, lo utilizaron en su propio beneficio y en prejuicio del interés común.

Llegaste a Marbella queriendo olvidar tu ciudad, donde difícilmente podías continuar. Tu situación financiera se había vuelto insostenible. Tuviste mala suerte, y también poca previsión. Te cortaron la financiación cuando se unieron en uno solo todos los grandes bancos hipotecarios públicos y resultó que tú eras el mayor “deudor” del país; porque precisamente eras uno de los mayores promotores.

Aún así seguiste adelante, no quisiste presentar suspensión de pagos, lo que habría hecho un empresario con menos corazón y pudor, y te habría aportado grandes beneficios. Sufriste lo indecible. Tu tenacidad y orgullo empresarial no te permitían otra opción. Desafortunadamente tuviste que hacer frente a unas deudas fiscales que quizás no se habrían generado, si hubieras sido mucho más ordenado. No pudiste liquidarlas y te embargaron casi la totalidad de tu patrimonio.

Al final has tenido que pagar enormes cantidades que se llevaron por delante casi todo lo que habías conseguido durante muchos años de denodados esfuerzos. Cualquiera que fueran tus dificultades, como el Ave Fénix te levantabas de tus cenizas.

En Marbella entraste en contacto en un mundo en el que necesitabas una coraza para protegerte, pero tú carecías de ella, dado que siempre has ido por el mundo a pecho descubierto, con la frente alta y la sonrisa en los labios. Solía decirse en esta ciudad que solo eras malo para tí mismo y que todo el que a tí se acercaba terminaba haciéndose rico a tu costa. Mucho había de verdad en ello.

Andabas siempre rodeado de decenas de proveedores, de corredores, de numerosas personas que querían venderte sus activos o sus fracasadas empresas para que solucionaras su difícil situación o hacer negocios a costa tuya.

Al final terminabas haciendo tuyos los problemas de los demás. Raro era el que te agradecía el favor, pero no parecía importarte. La alegría de tu alma era seguir trabajando, seguir construyendo, sin preocuparte del coste ni las consecuencias. Es verdad que a veces no eras demasiado escrupuloso en tus construcciones y promociones. Otras carecías del rigor en el acabado y la estética, y tuviste que hacer frente a algunas paralizaciones y sanciones administrativas que te supusieron múltiples problemas, pero al final conseguías superar cuantas dificultades surgían.

Estabas llegando al final de tu vida profesional y pensabas que quizás era el momento de gozar del descanso del guerrero. No te agradaba la idea, pero debías haberlo hecho, porque perteneces a otra época. No eras consciente que tu país, el nuestro, había cambiado; que ya no es aquel mundo creativo y casi idílico que tú soñabas y que uno idealiza cuando se afana por construir una gran empresa.

Nuestra sociedad ha perdido sensibilidad, se ha endurecido. Los excesos de las últimas décadas están propiciando la dureza actual. Estamos creando un mundo inquisitivo e inquisitorial, formalista y burocrático en el que parece que la corrupción y la sospecha son la norma, que no la excepción. Acabará por devorarnos o hundirnos, dado que en nada favorece a las fuerzas emprendedoras de la sociedad. No fuiste consciente Pepe Ávila, de que comportamientos que antaño podían ser permisibles o merecedores de leves sanciones, ahora podían ser castigados con extremada dureza.

Tampoco que este mundo es distinto, nuevo, y no tiene memoria. Nadie parece haber tenido en cuenta tu larga trayectoria y lo mucho que has aportado a esta sociedad. Los romanos solían desconfiar de las sociedades cuando estaban regidas por jóvenes y jóvenas recién llegados que solían ignorar la sabia experiencia y los logros que acumulaban los viejos senadores.

No me toca a mí, ni pretendo en ningún caso, analizar o examinar tu sentencia. Simplemente he querido recordar aquí hasta qué punto has sido y eres una de las personas más generosas que conozco y hasta qué punto has dedicado tu vida a crear riqueza, aunque al final hayas cometido graves errores.

Sé también que tienes una enorme fortaleza, y aunque el calvario que te queda por pasar puede hundir al más fuerte, estoy seguro de que superarás este trance. Has sufrido sanción legal, pero no creo que debas sufrir sanción social. Es importante que sepas que hay muchas personas que te quieren y no te olvidan.


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Comentarios:
Señor Paez quiero felicitar su articulo y el acierto con el que describe a D.Jose. Yo tengo el gran honor de conocerlo en persona y compartir mis dias con el y para el, me consta que ha trabajador y luchador pocos le hacen sombra. Lleva usted razon le pierde su pasion por el trabajo y el exceso de confianza que ha depositado en muchos que no merecen mencion.Gracias D.Jeronimo.
Enlace permanente Comentario por Francisco Javier Campos 12.09.10 @ 11:57

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