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Ibn Jaldún: Auge y decadencia de los Imperios

Permalink 30.05.06 @ 11:21:29. Archivado en Islam

“Decaen los imperios, se desmedran las razas, los fuertes se debilitan y la hermosura perece entre arrugas y canas. Más no suspende la vida su eterna función, y con las causas que descienden hacia la vejez, se cruzan los caminos de la juventud que van hacia arriba. Siempre hay imperios potentes, razas vigorosas, ideales y bellezas de original frescura; que junto al sumidero de la muerte están los manantiales del nacer continuo y fecundo...”.

Benito Pérez Galdós, Aita Tetuan

Fue sin duda el siglo XIV una mala época para la humanidad. Hubo muchos años de angustia, de incertidumbre y dolor en el que no parecía que existiera futuro alguno.

Violentas crisis sacudieron los territorios que rodeaban el mar Mediterráneo, tanto a nivel interno -en el marco de los imperios o los reinos existentes o en formación- como a nivel internacional entre los diferentes poderes existentes.

No fueron cuatro, sino siete, como ha dicho la escritora e historiadora norteamericana Barbara Tuchman en su libro Un espejo lejano, los jinetes del Apocalipsis: plagas, guerras, bandidajes, mal gobierno, exacciones desorbitadas, insurrecciones y guerras religiosas.

En alguna medida se parece a los momentos que estamos viviendo en la actualidad. Los diferentes países se encontraban en un profundo proceso de transformación y durante este siglo se van a producir una serie de hechos relevantes que van a alterar el mapa político conformando el devenir histórico posterior.

En Oriente, el avance de las hordas mongolas en los siglos XII y XIII provoca importantes movimientos migratorios de las tribus turco-otomanas que ocupan las tierras de Anatolia y amenazan el poder del imperio bizantino. En los inicios del siglo XIII las tropas que formaban lo que se llamó “la Cuarta cruzada” arrasaron Constantinopla, que nunca se recuperó de esta destrucción.

El saqueo de esta ciudad supuso para la civilización –ha dicho algún autor- una pérdida mayor que la destrucción de Roma en el siglo V y en todo caso el Imperio Bizantino nunca recobró ni su antigua fuerza ni tampoco la mayor parte de sus posesiones, quedando realmente mutilado y debilitado ante los embates otomanos.

Curiosamente Venecia, uno de los Estados que más había aportado al desarrollo y al progreso del Mediterráneo, liderada por la ambición del su dogo Enrique Dándolo -octogenario y casi ciego- sería la artífice principal de la destrucción de Constantinopla y, en el fondo, del Imperio Bizantino.

Gracias en parte a ello los Otomanos consiguieron consolidar su imperio en las grandes planicies de Anatolia y se convirtieron en el único poder, con una política y unos objetivos concretos, que poseía la fuerza militar suficiente y la necesaria autoridad para controlar un extenso territorio.

Posteriormente avanzaron hacia los Balcanes, cruzando a Europa por el Estrecho de Dardanelos y dominaron los principados europeos de Macedonia, Albania y gran parte de las tierras Balcánicas. Este avance coincidió con un periodo de fragmentación política en la zona y con la división que supuso el acendrado odio que los griegos ortodoxos mantenían a cualquier integración o avance de la influencia del cristianismo “latino” en la región.

Constantinopla se convirtió en una isla en mar otomano. A pesar de sus reiteradas peticiones de auxilio al resto de la cristiandad, no consiguió la ayuda necesaria –sí había logrado años antes lo contrario- y quedó a merced de los otomanos.

Aunque el avance turco se detuvo a finales del siglo XIV y principios del XV como consecuencia del ascenso del imperio mongol de Tamerlán, -que brilló durante algunos años con luz propia y destruyó Damasco el año 1401, a donde fue el propio Ibn Jaldún para entrevistarse con Tamerlán en un intento fallido para que este no saqueara la ciudad-, nada pudo impedir algunos años después el posterior avance de los turcos otomanos.

Al morir Tamerlán su reino desapareció casi con la misma rapidez que había nacido y los Otomanos consiguieron apoderarse de Constantinopla el año 1453. Durante los tres siglos posteriores los turcos serían el mayor poder territorial y militar del Mediterráneo. Acabarían con el reino Mameluco en Egipto y dominarían la mayor parte de los territorios de Oriente Medio y parte del norte de África.

En el otro confín del Mediterráneo se producía una situación político militar que podemos considerar como el reverso de la medalla. Los reinos cristianos en la Península Ibérica iban consolidando su poder. A mediados del siglo XIII, Fernando III el Santo se apodera de Córdoba y Sevilla, quedando como reino musulmán en España, únicamente el reino nazarí de Granada, que ocuparía una pequeña extensión de territorio en la Andalucía oriental, con su capital Granada.

El reino nazarí se convirtió en un reino a merced de los avances cristianos, y al mismo tiempo lugar de refugio y sede de los españoles musulmanes que allí se radicaron ante el avance de la “reconquista cristiana”. Fue también antesala de la emigración de los musulmanes españoles hacia el Magreb.

En aquella época, coincidiendo con el declive del imperio almohade después de su derrota en la batalla de Las Navas de Tolosa en 1212, comenzó una importante emigración de las élites andalusíes hacia el Magreb, y muy concretamente hacia Túnez. Abu Zakariya, el último gobernador almohade de Sevilla, consolidó la dinastía Hafsí que gobernaría Túnez durante varios siglos. En estos años también emigró a Túnez la familia de I. Jaldún, quién nació en esta ciudad el año 1332.

El reino nazarita pudo mantenerse en el poder gracias a los conflictos que se dieron entre los reinos castellanos, asus luchas para consolidar las diferentes dinastías, y también por el apoyo que recibió de la dinastía Merinida que dominó, después del hundimiento almohade, el reino de Marruecos, estableciendo su capital en la ciudad de Fez.

En el siglo XIV Fez y Granada serían reinos políticamente frágiles e inestables, pero cultos y brillantes, habiendo creado una arquitectura que ha permanecido como quinta esencia de la exquisitez hispano-magrebí. Durante años estos dos reinos fueron hogar político y cultural de algunos de los más brillantes intelectuales magrebíes de la época, como Ibn Jaldún, Ibn al-Jatib, Ibn Marzuq.

Siguieron estos autores los vaivenes del poder. Ibn Jaldún vivió en Fez y terminó pasando al reino de Granada gracias a su amistad con Ibn al-Jatib. De Granada, como emisario de la corte nazarita, se entrevistó en Sevilla con el rey Pedro I y finalmente volvió a Granada y luego al Magreb. Ibn al-Jatib se convierte en emigrado político en Fez, donde finalmente las intrigas políticas acabaron con su vida.

Y es que en aquella época el Magreb, después del periodo de esplendor y unidad –no exento de conflictos- que había supuesto la dinastía almohade, se había fragmentado y, como dice la profesora Halima Ferhat, había entrado en un periodo de conflictos, “las guerras intermagrebíes son más largas y devastadoras que las que hacen contra los reinos cristianos”.

En el mundo cristiano se dan también profundas disensiones y luchas entre aspirantes al trono y los reinos existentes, si bien había comenzado todo un proceso de consolidación de los Estados cristianos, que no se produjo en el mundo árabe musulmán y que permitirá el posterior despegue económico, militar y tecnológico del mundo occidental.

Los reinos castellanos dominan la zona del Estrecho de Gibraltar, región que desde el siglo VIII estaba en poder de los musulmanes. Surge así la posibilidad de que los reinos emergentes castellanos y portugueses se planteen una futura expansión hacia el sur.

La conquista de Ceuta por los portugueses en el año 1415, y del reino de Granada por los castellanos significaría, a partir de finales del siglo XV e inicios del XVI que el mundo dejara de ser mediterráneo para comenzar a proyectarse en el Atlántico.

La expansión marítima portuguesa hacia el sur de África y su llegada a Asia, después de rodear el cabo Buena Esperanza y el “descubrimiento” de América supondrá un punto de inflexión de la historia de la humanidad.

El Atlántico, que no el Mediterráneo, será en los siglos posteriores el centro neurálgico de la historia europea.

No sería correcto entender todo este mundo de avances y retrocesos, de desarrollos culturales y de intercambios humanos, económicos y sociales, únicamente como un mundo enfrentado entre cristianos y musulmanes. Los turcos se aliaron con frecuencia con los griegos ortodoxos y los principados balcánicos, mientras que el reino nazarí oscilaba entre sus alianzas con los reyes cristianos o con sus ambiguas relaciones con el reino meríní de Fez.

Era ya un mundo globalizado donde las relaciones se daban entre los más distintos Estados y reinos incluso los más lejanos. Significativos son los viajes de Marco Polo que van a conectar el mundo europeo y sobre todo las grandes ciudades comerciales italianas con la lejana China.

Ibn Battuta, tangerino, recorrerá todo el mundo musulmán, incluida Persia y las lejanas tierras caucásicas, el mameluco Baybars envía una delegación a la corte de Castilla, el rey de Malí irá hasta La Meca, en su famosa expendición cargado de oro, del que se apropiarán los comerciantes de El Cairo, y Ruy González de Clavijo, embajador castellano, llegará hasta Samarcanda.

Y es que más allá de los conflictos, las relaciones comerciales iban tejiendo una tupida red que va a unir los continentes, los diferentes Estados y reinos. La vitalidad mediterránea se centrará en el comercio, en las universidades y en la consolidación de un poder político, más allá de la influencia y control religioso.

Venecia y Génova por una parte van a liderar la gran expansión comercial del Mediterráneo europeo en su relación con Oriente, a la que se une la Corona de Aragón que comienza su expansión en el Mediterráneo dominando la isla de Sicilia y posteriormente comerciando con el Magreb. El Egipto Mameluco dominará las relaciones comerciales con África y el mundo asiático.

Al mismo tiempo, grandes transformaciones van a afectar tanto a Oriente como a Occidente. Una de las peculiaridades de las primeras décadas del siglo XIV, a diferencia de lo que sucediera algunos siglos después, es que no existe ningún poder hegemónico.

Había una serie de sistemas o subsistemas políticos, económicos y sociales relacionados entre sí. El Cairo unía Oriente Medio con China y la India y también con las tierras del Sudán. Las ciudades italianas emergían como grandes y productivos centros comerciales.

Quizás una característica específica de los comerciales occidentales estribaba en su expansión, su dinamismo, visitando otras áreas pertenecientes a distintas civilizaciones, mientras que para los musulmanes la Europa cristiana se consideraba como un mundo ajeno, poco desarrollado, al que no se prestaba gran consideración.

Puede que incluso el mundo musulmán, se encontrara durante gran parte de este siglo en una posición de predominio económico y cultural en relación con la Europa cristiana, aunque en estos territorios se estaba produciendo una efervescencia política y social que transformaría rápidamente Europa.

Algunas grandes conmociones afectaron al desarrollo de los países y los distintos reinos e Imperios. Las invasiones mongolas con Tamerlán y las Cruzadas, habían fragmentado las grandes rutas comerciales orientales. La Peste Negra, que no distinguió fronteras ni credos, asoló y diezmó la población del mundo mediterráneo en una y otra orilla.

A su vez se fueron produciendo profundos cambios en las estructuras económicas, culturales, intelectuales y sociales en la Europa cristiana y también importantes innovaciones tecnológicas e intelectuales. Se consolidó la diferenciación entre los estudios religiosos y las humanidades.

No había razones concretas ni “necesidades históricas inherentes” para saber como evolucionarían los sistemas, de hecho la evolución en los siglos XV y XVI, podía haber sido, teniendo en cuenta la situación del siglo XIV, distinta a como fue.

Era un mundo en continuo movimiento, de avances y retrocesos, de intercambios. De este siglo, de como fue, es de lo que habla esta Exposición, que hemos titulado Ibn Jaldún. El Mediterráneo en el siglo XIV: Auge y declive de los imperios. Como hilo conductor hemos escogido la vida y la obra de Ibn Jaldún, este gran pensador musulmán, que nació en Túnez y murió en El Cairo el año 1406.

Hemos querido también hablar de las grandes civilizaciones que rodeaban el Mediterráneo, hablar de sus relaciones humanas, sociales, económicas y culturales. Se suele normalmente describir estos dos mundos como algo separado, como civilizaciones en conflicto, siempre enfrentadas y no relacionadas.

Pensamos que más allá de los conflictos hubo numerosas interrelaciones y que no se puede explicar la una sin la otra, que ambas se interrelacionaron en múltiples aspectos en su devenir histórico. Por ello en esta exposición se narra la historia de Egipto, de Argelia, de Túnez, de Marruecos, pero también de España, de los reinos castellanos, del reino de Aragón, de las Islas del Mediterráneo, de Francia, de las ciudades italianas, del Imperio Otomano, ya también de Marco Polo, de Ibn Battuta, de Dante, de Petrarca, del Arcipreste de Hita, y como no, de Ibn Jaldún, de su vida, su obra, su periplo, en definitiva, del mundo en el que vivió, tal como lo describe Albert Hourani en su Historia de los árabes:

“Era un mundo colmado de recordatorios de la fragilidad de los esfuerzos humanos. Su propia carrera reveló cuán inestables eran las alianzas de intereses en que las dinastías se apoyaban para mantener su poder; el encuentro con Timur frente a Damasco demostró de qué modo el surgimiento de un nuevo poder podía afectar la vida de las ciudades y los pueblos. Fuera de la ciudad, el orden era precario: el emisario de los gobernantes podía ser despojado, y un cortesano que había perdido el favor real podía buscar refugio más allá del ámbito del control urbano.

El hecho de que sus padres muriesen a causa de la peste, y sus hijos en un naufragio, le enseñó una lección acerca de la impotencia del hombre en manos del destino. Sin embargo, algo era estable, o parecía serlo.

Un mundo en que una familia del sur de Arabia podía trasladarse a España y, seis siglos después, regresar a un lugar próximo al de su origen, y todavía encontrarse en un entorno conocido, poseía una unidad que trascendía las divisiones del tiempo y el espacio; la lengua árabe podía abrir la puerta a los cargos y a la influencia de un extremo al otro de ese mundo; una suma de conocimientos, transmitida a lo largo de los siglos por una sucesión conocida de maestros, preservaba una comunidad moral incluso cuando los gobernantes cambiaban; los lugares de peregrinación, La Meca y Jerusalén, eran polos invariables del mundo humano, incluso si el poder se desplazaba de una ciudad a otra; y la creencia en un Dios que había creado y sostenía el mundo podía conferir sentido a los golpes del destino”.

La muestra quiere hablar de la vida, de la época, en general, no olvidando que la realidad es una mezcla de componentes trágicos, irracionales, pero también de racionalidad, generosidad, creatividad y progreso. En el fondo, a pesar del pesimismo que a veces puede embargarnos cuando se conoce en profundidad la historia, quizás nos puede tranquilizar, hoy día, saber que la especie humana ha sobrevivido a enormes conflictos y tragedias, como fue en líneas generales este siglo XIV.

La exposición tiene como propósito tratar de explicar cómo ese siglo al final fue también el germen y el inicio de épocas de grandes avances de la humanidad. Queremos descubrir el esplendor de al-Andalus y de la corte sevillana, y lo que significaron las grandes revoluciones creadoras que se produjeron en los países mediterráneos, y de la evolución comercial, política, intelectual y filosófica que iba a dar lugar al Renacimiento y a la expansión europea y española en el Atlántico.


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