1ª de San Fermín en Pamplona. El mexicano Payo confirma sus excepcionales cualidades y Rubén Pinar cuaja una poderosa faena al mejor novillo de la tarde
05.07.08 @ 23:33:20. Archivado en Toros, Crónicas
Ambos salieron a hombros. El Payo por cortar una oreja a su noble aunque enseguida apagado primero y otra que debieron ser dos al cuarto con el que, tras corregir todos los defectos que tuvo, toreó con exquisito gusto y galanura en una faena que fue a más. Pinar mostró su habitual disposición con el segundo al que pinchó, y anduvo soberbio con el estupendo quinto que fue el único enterizo y el mejor con diferencia del envío. José Manuel Más se fue de vacío con el lote menos lucido por más flojo aunque anduvo con ganas pero sin saberse templar ni matar con prontitud ni acierto. La novillada de Miranda de Pericalvo, desigualmente presentada con tres muy terciados y otros tantos con cuajo, salvo el buen quinto, no dio el juego acostumbrado en los anteriores festejos de inauguración ferial.
Pamplona. Plaza Monumental. Sábado 5 de julio de 2008. Primera de feria. Tarde progresivamente fresca con dos tercios largos de entrada. Seis novillos de Miranda de Pericalvo. Los tres primeros flacones y sin cuajo ni cara salvo el que hizo de primero que sí la tuvo. Los tres tan nobles como mansos, flojos y desrazados. Bastante más cuajados y bien puestos de pitones los de la segunda parte, sobre todo el sexto que tuvo hechuras de toro. De estos tres, salvo el quinto, que fue el más fuerte y el que duró más, los otros dejaron que desear aunque el que hizo de cuarto mejoró mucho gracias al temple y al sitio su matador, resultando el peor con mucho del encierro el sexto por no parar de defenderse y no pasar. Octavio García El Payo (lirio y oro): Estocada en el rincón, oreja. Buena estocada, oreja y fuerte petición de la segunda que, inexplicablemente, no concedió la presidencia por lo que fue protestada tras la vuelta al ruedo del matador. Rubén Pinar (malva y oro): Dos pinchazos y estocada tendida, ovación. Estoconazo contrario de efectos fulminantes, dos orejas. José Manuel Más (verde botella y oro): Pinchazo y estocada desprendida, silencio. Dos pinchazos y estocada, silencio. El Payo y Rubén Pinar salieron a hombros. De las cuadrillas, Alberto Martínez destacó en la brega.
Aunque la primera corrida o, mejor dicho, el ya acostumbrado aperitivo novilleril de los Sanfermines empezó bien con el mexicano El Payo quien, con un animalito muy venido a menos, fue capaz de ir a más confirmando tanto con su sedeño y calmoso capote como con su sabia muleta que manejó acertadamente y con sus naturales clase y temple que ya nos llamaron la atención en su triunfal actuación en Madrid de la que resultó cogido, la verdad es que se nos vino un poco abajo la moral con los dos novillos que siguieron, hasta el punto de tener que escuchar no pocos comentarios de los espectadores que teníamos al dado que se quejaron, con razón, tanto de la poca por no decir nula presencia de los novillos como del pobrísimo juego que dieron por evidentemente faltos de fuerza y de casta. Todos mansearon más de la cuenta y los dos primeros pasaron a banderillas sin apenas poderles castigar desde el caballo. En estos casos y por mucha categoría que tenga la plaza de Pamplona, resulta ridículo obligar a que tomen el segundo puyazo unas reses que salieron de los chiqueros con apariencia de “picadas”.
Pero la decoración cambió radicalmente en la segunda parte de la novillada y no solo por la más seria presencia de los ejemplares que fueron saliendo después, sino sobre todo por la completísima labor que, tanto en la lidia como en el toreo más lucido de capa y de muleta, llevó a cabo El Payo, autor de una faena precozmente magistral. Propia de elegido. Pues primero tuvo que “hacer”, reconstruir y mejorar hasta convertir las embestidas cortas e incómodas por lo mucho que empezó a defenderse el cuatro novillo y, una vez, logrado, torear como los propios ángeles, con tanta firmeza e intensidad en la ligazón de los pases como clase en su siempre naturalísima y elegante expresión. Podríamos estar, como ya dije cuando le vimos en la pasada feria de San Isidro, ante una próxima figura del toreo que, por primera vez desde hace muchos años, nos llega de México aunque sea aquí, en España y para su fortuna, en donde se está cuajando Octavio García. El Payo, además, y por si alguien muestra suspicacias al respecto de su futuro, tiene valor sobrado y ya probado. Ese valor que no se nota. El valor que permite pensar en décimas de segundo lo que hay que hacerles a los toros para poderlos torear con tranquilidad, con limpieza y con arte. Es decir, que resuelve y de qué modo, señores.
El otro motivo de satisfacción tras el disgusto aunque ya con el gratísimo sabor que nos había dejado El Payo, nos vino por la creciente calidad del quinto novillo y por lo muy bien que supo aprovecharlo Rubén Pinar, como acostumbra tan capaz pese a no estar agraciado por el arte como el mexicano. Sin embargo, la enrazada determinación de Rubén y su precisión técnica como muletero, quedaron puestas de manifiesto con la contundencia de quien tiene muy claro que quiere ser gente en el toreo y, además, tiene toda la pinta de que lo va a ser. Ya con su anterior oponente, había estado por encima de sus febles e inermitentes condiciones aunque no lo mató pronto ni bien. Pero al quinto se tiró con la espada como un jabato y le enterró el acero hasta las cintas, rodando de inmediato el animal y sin puntilla. La viva emoción de esta espectacular estocada y quizá las protestas que la presidencia había recibido tras negarse a conceder la segunda oreja al mexicano, debieron convencer al presidente para no hacer lo mismo con Pinar aunque, en mi opinión, a ambos les debió dar las dos orejas de sus segundos novillos porque, si buena y hasta redonda fue la faena de Pinar, más meritoria por todo había sido la de El Payo. ¿O no?
Apenas nada que decir, finalmente, de José Manuel Más que corrió con la más fea aunque, pese a tan mala suerte, tampoco él anduvo fino ni espabilado pasando con más pena que gloria en una tarde que sus dos compañeros compitieron en quites con tanta variedad como con torerísimas ganas de pelea y se llevaron a la gente de calle con sus faenas y estocadas más felices. Tan felices como vimos, asimismo encantado, a Manuel Caballero en su estreno como comentarista de televisión aunque yo tenga que decirle aquello de “¿tu también, Manolito, hijo mío?”
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José Antonio del Moral
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