Eternos Sanfermines
04.07.08 @ 22:32:02. Archivado en Toros, Artículos
La primera vez que asistí a una corrida de toros en Pamplona fue en los Sanfermines de 1965. Hace, pues, 43 años. Con venti muy pocos de edad, entonces. Justo en el pináculo de mi primera juventud. Ya había visto algunas corridas anteriores a través de la incipiente Televisión Española y siempre con envidia porque, la verdad, me atrajeron mucho las fiestas de Pamplona que yo ya intuía me iban a encantar. Una fiesta sin igual, como dice la famosa canción. Continué viniendo después, aunque solo a las corridas de Antonio Ordóñez a quien seguí a casi todos las plazas donde toreó aquellos años de su triunfal reaparición, justo a los tres de retirarse en Lima, y cada vez que pude, que pudimos ir a muchas, porque lo hice junto a mi padre que era un aficionado como la copa de un pino.
Recuero muy bien que, en aquella primera tarde que yo ví a Ordóñez por vez primera en Pamplona, regaló un sobrero, pese a ser ya antirreglamentario, tras no haber tenido suerte con su lote; recuerdo también que se lo brindó a los de la Peña Oberena de la que era socio; y que cortó las dos orejas al toro, saliendo a hombros como otras muchas veces antes en esta plaza. Sin ir más lejos, en los Sanfermines del 68 cuando cortó el rabo a un toro de Fermín Bohórquez después del gran escándalo que se formó con Alfonso Navalón tras hacerle muy feas señas al rondeño durante su faena del primer toro, como diciéndole que podría torearlo él y Antonio se fue hacia la barrera sobre la que un par de policías trataban de impedir el salto del crítico mientras éste se dejaba sujetar haciendo el paripé de que no se lo estaban permitiendo. De risa y una lastima, porque luego me contó el propio Ordóñez que su intención
- si Navalón hubiera bajado al ruedo, que no bajó - era haberle pegado una manoletina en el momento de ofrecerle la muleta y la espada. Divertida anécdota, ¿no?
Pero mi padre nunca vino conmigo a Pamplona. Yo siempre fui solo porque sabía que allí me encontraría en completa libertad con muchos amigos - entonces empezó a serlo mi más fraternal y duradero, José Miguel Ibernia - y que conocería a otros nuevos. Pero desde que empecé a hacer crítica de toros de manera formal en Radio España de Madrid, el año 1973, aunque ya venía escribiendo de toros desde 1970 siendo yo Presidente la Peña Taurina Universitaria de Madrid, no he perdido ninguna feria de San Fermín, y ahí sigo. O sea que, en ésta de 2008, sumaré mis 35 completas. Una detrás de otra sin faltar a una sola. Ni siquiera a la más conflictiva y forzosamente interrumpida que partió por la mitad el ambiente absolutamente distendido que mantuvieron los sanfermines hasta ese año porque, desgraciadamente, se politizó bastante después aunque no como para salir corriendo y no volver. Fue lo que hicieron muchos que, a raíz de aquello, no regresaron nunca más. Y bien que lo sentimos después por algunos ausentes, varios de ellos ya en el otro barrio. Empezando por el mismísimo Antonio Ordóñez, con quien, ya retirado del toreo activo, coincidí en infinidad de almuerzos en El Marceliano, en muchas comidas en Las Pocholas, en cenas allí mismo, en infinidad de encierros, en no pocos bailes, y en inolvidables borracheras que, a veces, duraban tres días o cuatro seguidos con misas incluidas cuando el encuentro beateril caía en día festivo. Que de todo hubo en la viña sanferminera con el rondeño.
Por cierto que, a Ordóñez le encantaron más que a ningún otro torero los Sanfermines y hasta las solemnes misas cantadas del 7 de julio y del 14 en la capilla del Santico a las que le acompañé varias veces intentando que pareciera lo más sobrio posible. A mí, tanto o más que a él, me siguieron y me siguen gustando esas maravillosas misas en las que solo con escuchar la orquesta y la coral de Pamplona, se me ponen los pelos de punta. Como también la procesión de San Fermín y la del regreso de las autoridades acompañadas y, ¡de qué modo¡, por los compases del “Asombro de Damasco” que, en cada ocasión, repite La Pamplonesa hasta el punto de que, últimamente y cada año más, se me saltan las lágrimas de emoción y me siento tan pamplonica o más que los nativos de la ciudad.
Continúo, por ello, instalándome muy pronto en Pamplona, antes del 5 de julio, para ir calentando poco a poco mis motores – los míos, ya de un 600 - por lo que, el plan de resistencia que utilizo desde hace tiempo y que recomiendo a quienes pretendan permanecer relativamente frescos los 10 días, es dormir tres veces cada jornada y ducharse otras tantas. Más tarde de las dos de la noche, nunca, y dormir hasta a las 7 de la mañana para ver el encierro donde toque porque, desde hace muchos años, ya no puedo ni debo correrlo. Primera siestecita después de ir al Baile de la Alpargata en el Casino y de almorzar luego en la calle, magras con tomate y un par de huevos fritos con su correspondiente clarete. Fugaz visita al apartado en donde cada vez hay más gente y ya no tiene nada que ver con lo que fue. Aperitivo que suelo – solía porque tampoco éste bar es lo que fue hasta hace nada - disfrutar en el Noé. Comida donde caiga que, si voy en compañía de confianza, suelo hacer en el Amóstegui sin que falten ocasiones para ir a Rodero, o a Josetxo, que últimamente son los restaurantes más tranquilos entre los mejores, una vez desaparecido el de las Pocholas de donde, durante muchos años, solamente salíamos tres o cuatro veces para comer o cenar en el también desdichadamente desaparecido Mauleón y siempre regañados por Rosalía que no podía ni imaginar comiéramos en otro sitio que no fuera en su casa. Y tras comer, segunda siesta y a los toros para, enseguida, escribir y salir a cenar con más amigos y con los que se vayan añadiendo. Y encantado cada vez que fuimos y vamos al hotel Maisonave donde tantos años viví muy bien alimentado por la excelente cocina que mantuvo el inolvidable don Eliseo Alemán Oricaín y ahora por su hijo Pachi cada vez que voy a su nuevo “penthouse”, fantástico lugar en donde cené por última vez con el inolvidable ex–novillero norteamericano que, en sus años mozos, solía entrenar con el mexicano Luís Procura, Charles Patrick Stanlan, hasta que le lo llevaron sus botes de “heineken”.
Pero ya que hablo de amigos, entre los que ya no están con nosotros y los que quedan para mayor felicidad de los que seguimos vivos, quiero recordar con mucho cariño y añoranza a quien me hizo “entrar” y descubrir los más lujosos lugares y, para muchos, todavía secretos “momenticos” de los Sanfermines gracias a la gran amistad que nos unió pese a nuestra diferencia de edad. El inolvidable e inigualable Ignacio Usechi – quede claro que me refiero a don Ignacio Usechi Ocón, impar caballero, y no al anterior presidente del Club Taurino – que, durante años, fue rector magnífico de la Comisión Taurina de la MECA quien me distinguió con su afabilísimo trato y desprendida hospitalidad. Aún recuerdo las comidas que nos servía la fiel Felisa en su piso cerca de Las Pocholas después de tomar allí lo que él llamaba un “calmante vitaminado”, o sea, un copazo hasta los mismos bordes de fino Laína aunque yo prefería siempre el famoso coktail del champán de la casa. Don Ignacio fue quien me presentó a “Jesusito de mi vida”, que así llamo yo al mejor amigo – al cabo del tiempo como si fuéramos hermanos – que mantengo en Pamplona, Jesús Fernández-Lerga Garralda, aunque la primera vez que nos vimos no fue en un San Fermín, sino en la feria del Pilar de Zaragoza en donde coincidimos todos muchísimos años y, más particularmente, en el castillo-palacio del también inolvidable amigo Javier de Silva y Azlor de Aragón, Conde de la Unión, ordoñista de hueso colorado, como Ignacio Usechi y un servidor. Chipi, que así llamábamos al Conde, fue el más ferviente seguidor de Ordóñez mientras estuvo en activo y su más fiel e íntimo amigo.
Daría para un libro de tomo y lomo – el que más pronto que tarde escribiré sobre mis 50 años viendo toros desde unas circunstancias que reconozco privilegiadas – todo lo que yo he vivido con Ignacio Usechi y con el Conde. Y no solo en Pamplona. Como también daría más lugar del que dispongo en este artículo para contar con detalle lo que hemos hecho y lo que nos hemos divertido sin descanso junto a otros grandes amigos que, gracias a Ignacio Usechi y a Jesús, conocí: “El Ñoño” Salinas y José María Marco quienes, desde hace varios años, comandan la nave taurina de los Sanfermines, aunque a éstos no tengo más remedio que tratarles con prudente distancia por ser yo un crítico rabiosamente independiente y, por tanto, habitualmente molesto, y ellos, al fin y al cabo responsables de la organización de las corridas aunque nunca nos faltan ocasiones para disfrutar juntos e intercambiar sinceras opiniones sobre la feria cada vez más fecunda en lo económico por los llenazos que, toree quien toree, se repiten cada tarde. Vamos, igual que en la de San Isidro en Madrid, solo que en el “Foro” quienes se llevan la pasta es La Comunidad y la empresa de turno, y en Pamplona los asilados en la admirable Casa de Misericordia. Notabilísima diferencia que ablanda mis enfados con quienes conozco desde que éramos jovencísimos y no es cosa de que echemos a perder lo que nos une.
Tanto es así que, al llegar Eugenio Salinas y José María Marco a la presidencia de la Comisión Taurina, no nos pareció conveniente que se cumplieran los deseos de Ignacio Usechi en nombrarme jurado de los Premios Taurinos pese a la orden que, en su día, dio para que así fuera al también amigo, Ignacio Cía, tal y como me dijo éste en una carta que, por cierto, guardo y que en su día publicaré, en la que me anunciaba el nombramiento, justo para un año después, para ocupar el puesto que dejaría libre el gran crítico José María del Rey “Selipe”, a punto de jubilarse. Pero tal propósito de Ignacio Usechi quedó en agua de borrajas al vetarme Vicente Zabala, padre del actual, que amenazó con abandonar el Jurado si yo era admitido, y el entonces Presidente, José María de Andrés, tragó con tan intolerable imposición. El disgusto que sufrí, una de las primeras cornadas profesionales de las muchas que he recibido y sigo recibiendo porque ya tengo más que Diego Puerta, me duró mucho tiempo. Pero, completamente libre ya, como los pájaros, y alejado del tinglado taurino aunque nunca dejé ni dejaré de escribir lo que me dé la gana, mejor que así fuese porque, si ahora mismo fuera yo miembro de ese Jurado, muchos años armaría la de San Quintín y ya no está uno para esos trotes.
En Pamplona, aparte todos los miembros de la muy querida y ejemplar familia Moreno – y, enhorabuena por su remozado hotel La Perla de la Plaza del Castillo -, hay cinco clases de aficionados. Los tradicionalistas – muchos hasta siguen acompañando a los alguaciles, a las mulillas y a la banda La Pamplonesa en su diario recorrido hasta la plaza antes de cada corrida – que suelen manifestarse taurinamente hablando entre Pinto y Valdemoro, o sea, bien por lo equilibrados y entre los que destaca por su impresionante saber de toros el gran aficionado y escritor taurino madrileño, Domingo Delgado de la Cámara. Los recalcitrantes y/o furibundos toristas y reglamentaristas a ultranza con sus contradicciones a cuestas porque, aunque prefieren las fieras corrupias a los toros bravos y nobles, todos son muy partidarios de toreros que, ni en pintura, se ponen delante de una res como Dios manda (hago un paréntesis para decir que a Rafeél Paula lo trajeron a Pamplona una sola vez a los Sanfermines para que al menos pudieran verlo los paisanos en un festival ya que solo había toreado una vez fuera de la feria, y que los todavía impenitentes adoradores de José Tomás, continúan enfebrecidos pese a cómo el de Galapagar huyó despavorido de Pamplona con tal de no torear un corridón del Capea que tenía que haber matado aquí con Enrique Ponce, habitualmente despreciado por los subsodichos.
Item más: Los que no se limitan a ver toros en Pamplona y, además, saben verdaderamente del tema que son ya muy pocos porque cada año faltan más. El público en general de cambiante aluvión, habitual hoy en día en todas partes. Y, por supuesto, el selecto grupo de grandes aficionados extranjeros – sobre todo franceses, ingleses, americanos y, en menor medida, italianos, alemanes y suecos –, entre los que debo destacar al ya difunto y más grande entre los grandes aficionados galos, Carlos Fortier, que me parece estoy viéndole entrar en el inevitable hotel Yoldi acompañado por su en cada San Fermín y en otras muchas ferias “escudero”, el popular “ayuda” de Lerma, “Santitos”, quien a tantos nos buscó tantas cosas, incluso las más inconfesables; o a la también ya en el Cielo, la insustituible e irrepetible Alicia Hall (“¡Como Diego no hay ninguno¡”); o a los viejos corredores, Noel Chandler y Joe Distler “El Divino Príncipe de Manhattan” y, desde hace una par de años, “Le emper du Champs Elise”, ambos herederos directos del gran Matt Carney, el heroico ex–marine y primer corredor norteamericano que llegó a la “divinidad” tras coronarse como tal en la calle de la Estafeta; o al competentísimo y sapientísimo londinense, Michael Wigram; y a los eternos presidentes del Club Taurino of London, sir Ivan and miss Mary Mosley; o al entrañable matrimonio, Judy y Michael Cotino que, este año, por desgracia, no vendrán; o a Larry Belcher y a su esposa Ana, también cada año navarricos hasta las cachas.
Así como a la inagotable e incomparable trotamundos y donante universal, la Presidenta del New York City Club Taurino, Lore Monnig, que vale por cien mil mujeres juntas y, lo que te rondaré, morena rubia. Mas, cómo no recordar a la pareja de grandes actores alemanes, Federico y Nancy Gaetner que se hicieron seguidores y luego amigos de Ordóñez tras pasar tres días y tres noches sin dormir en la puerta del Yoldi esperando a que les recibiera el maestro y con quienes tantas tardes fuimos a los toros bailando por las calles de Pamplona mientras nos animaba la famosa banda “Los Calientes” de Dax a los compases se su “!Ay que bonitas son las flores en el campo¡”. También a Bill Law y su Valery, tan ordoñistas en la salud y en las enfermedades de los tres y luego tan asquerousamente antoñetistas y, finalmente, extenuados aunque permanentemente julioaparicistas. Y para finalizar esta larga lista en la que, si pusiera a todos no tendrá fin, recordar a mis maravillosos y más entrañables amigos, Oliver Baratchart y Marc Lavíe, quienes todos los años todavía se dan su vuelta por San Fermín, aunque no así el más elegante y gran escritor de los críticos bilbaínos con quien tantos buenos momentos de cotilleo fino y no tan fino compartí paseando cada noche por las murallas de la vieja Pamplona, Alfonso Carlos Saiz de Valdivielso, ilustre donde los haya. Y a más y más, a los dos políticos con quienes más he disfrutado en muchos Sanfermines y, ambos, desde sus respectivas ideologías, modelos en honestidad a carta cabal y grandes señores de los pies a la cabeza. Me refiero a Juan Antonio Gómez Angulo y al pamplonica José Antonio Asiaín, con quien compartí varias tertulias matinales en la COPE de Navarra y de quien recibí durante años los bocadillos más sabrosos que jamás me dieron en la plaza para merendar que preparaba su esposa.
¡Ay las meriendas de Pamplona¡. Recordar también las que yo mismo preparaba para la corrida de 14 de julio a base de toda clase de exquisiteces – con Miuras en el ruedo casi siempre – en las barreras que tantos años compartí con Jesús Fernández-Lerga y con Carmela, la simpatiquísima esposa de José María Marco, bien escoltados por la entera y querida familia del sin par matrimonio. Durante la lidia del último toro y, como no podíamos comer más ni beber tanto, las bandejas y las botellas de champán corrían de mano en mano desde el callejón a las filas más altas del tendido bajo. ¡Qué lujo¡.
Y punto y a parte para los milaneses, Elio Garbieri y Carlo Crosta, que empezaron viniendo juntos y, tras pelearse, cada uno con su peña, resultando yo favorecido porque, además de seguir siendo gran amigo de ambos, gracias precisamente a Carlo me integré en la que ha sido mi pandilla más divertida durante muchos años seguidos hasta que no pudimos más por tanta y tan seguida juerga: Toda la cuadrilla de la librería El Parnasillo con Lola Aldave como jefa y patrona del grupo que todavía apadrina a nuestro muy querido Barquerito y a mí mismo, su seguro servidor. Sobre todo a raíz de recibir Ignacio Álvarez Vara aquella terrible cornada por un toro del Marqués de Domecq - ¡a tal señor, tal honor¡ - en plena Cuesta de Santo Domingo, y de pasar dos meses de paradisíaca recuperación en El Aguirre – otra de nuestras citas inevitables - donde el gran crítico fue inmediatamente canonizado como santo súbito y así continúa “San Nacho”, en loor de santidad y permanentemente agasajado por todo Dios, y presto a confesar cual pater noster a quien se presta y se atreve. Se lo merece el Barquero. Como finalmente merece un especial recuerdo el inenarrable Miguel Criado “El Potra”, el hombre que más hizo reír y, al mismo tiempo, llorar a todo el toreo mientras vivió y el responsable de que los Sanfermines hayan crecido taurinamente más y más hasta grados hace cincuenta años absolutamente insospechados.
¿Cómo no van a ser eternos los Sanfermines con tantas y tan grandes gentes que siguen y seguiremos todos siendo fieles a la cita más deseada y ansiada del año, por haber permanecido siempre unidos, como si perteneciéramos a la misma familia, gracias a que, de una manera u otra, nos juntó el compartido afecto por estas fiestas. Por eso serán por siempre eternos, e inmortales. Porque, yo al menos y, aunque muchos amigos falten ya, por desgracia, o prefieren alejarse por pura precaución o cautela para conservar la salud, los llevo y los llevaré a todos en lo más hondo de mi corazón con tanto amor como el que tengo y tendré mientras viva a Pamplona y a su fiesta sin igual.
Comentarios:
José Antonio nos descubrió lo mejor de San Fermín ( que es decir lo mejor del mundo)
VIVA SAN FERMÍN!!
VIVA ESPAÑA!!
Un abrazo
Con buen tiempo, ganas y mejor compañia pueden ser las mjeores fiestas del panorama nacional. ¡Viva San Fermin!
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José Antonio del Moral
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