2ª de feria en Jerez. A Cayetano se las ponen como a Fernando VII
02.05.08 @ 09:27:26. Archivado en Toros, Crónicas
Tras dejar escapar el mejor toro de la bonita aunque ínfima, floja y descastadísima corrida de Juan Pedro Domecq, le regalaron las dos orejas del aborregado, bobalicón y rajado sexto al que toreó aliviándose y sin poderle ligar más de dos pases seguidos hasta matar de estocada caída al hilo de las tablas. Increíblemente, salió a hombros entre el estupor de los aficionados que, ya fuera de la plaza, se mostraron en desacuerdo con lo sucedido. El Cid, que abrió el cartel, pareció una sombra de sí mismo frente a dos reses sin resuello, mientras que a José María Manzanares, la misma señora presidenta que luego obró el injustísimo dispendio, le negó la oreja del segundo pese a que su faena fue bastante mejor que la del favorecido y se negó a devolver a los corrales el muy protestado por evidentemente derrengado quinto con el que el alicantino nada pudo hacer sino matarlo.
Plaza de toros de Jerez de la Frontera (Cádiz). 1 de mayo de 2008. Segunda de feria. Tarde medio calurosa con tres cuartos de entrada. Seis toros de Juan Pedro Domecq de bonita lámina aunque con muy justito trapío por la escasez de sus cornamentas. Salvo el tercero, que resultó excelente para la muleta, una sucesión de animales flojos y descastadísimos entre los que solo se mantuvo medio vivo el nobilísimo y bobalicón sexto que terminó rajado. El quinto salió derrengado y debió ser devuelto a los corrales sin contemplaciones. El Cid (palo de rosa y azabache): Pinchazo hondo sin soltar y estocada trasera, palmas con saludos. Estocada, silencio tras pitos al toro en su arrastre. José María Manzanares (amapola y oro): Estocada caída, petición desatendida por insuficiente y gran ovación con bronca al palco por no conceder el trofeo. Estoconazo caído, silencio. Ovación tras pitos al toro en su arrastre. Cayetano Rivera Ordóñez (blanco y azabache): Tres pinchazos y estocada muy trasera, aviso y palmas con saludos. Estoconazo caído trasero, dos orejas. La segunda, absolutamente inmerecida. Salió a hombros entre general indiferencia.
Sabido es que al Rey Fernando VII, aficionado al billar aunque muy mal jugador, los que le acompañaban en el juego solían aprovechar los descuidos del monarca para colocarle o moverle las bolas de modo que siempre creyera que quien ganaba era él. Así ocurrió ayer en Jerez. Como casi siempre y por desgracia con Cayetano.
En mi particular opinión, los triunfos que se alcanzan por razones extrañas o añadidas a la lidia y al toreo en sí mismos considerados, bien sean debidos a la fama que se goza por el favoritismo exacerbado de los medios o por las preferencias incondicionales y alocadas de sus fans, no tienen más validez que poder contabilizarlos en las estadísticas aunque algunos profesionales y, no digamos, la prensa adicta o domesticada y, últimamente, la llamada del corazón los utilicen para que quien los logra continúe instalado en el machito y ellos sigan encantados con el falso brillo de la por ellos fabricada estrella.
Tal y como digo, resultó el éxito logrado ayer por el famosísimo y adorado Cayetano cuando, tras matar al sexto toro de Juan Pedro Domecq que había resultado tan bobalicón como descastado, todos los que habían acudido a la plaza para verle triunfar a él – que no a los otros dos que le acompañaron en el cartel cual simples comparsas –, se liaron la manta a la cabeza sin entrar en más consideraciones que volcarse con quien les había concitado y empezaron a pedir a gritos que se le concediera una segunda oreja, accediendo de inmediato una señora presidenta, imagino que también subyugada por la planta del galán aunque, en su obligada misión, fue muy injusta al concederla. Sobre todo porque antes se había negado a dar un solo trofeo a José María Manzanares que había estado por encima y, desde luego, bastante mejor que Cayetano con el segundo toro, por cierto un animal mucho peor que el del dispendio; como asimismo, la misma señora que ayer ocupó el palco se negó a devolver a los corrales al evidentemente derrengado quinto que no hubo por donde cogerlo porque, desde que salió hasta que murió, apenas pudo mantenerse en pie.
Nada que ver este triunfo de Cayetano con el legítimo que consiguió hace dos años en esta misma plaza y feria cuando cuajó una gran faena a un bravo y, desde luego, más serio ejemplar de la misma ganadería de Juan Pedro. Pero por lo sucedido ayer, tanto con este torero como con el José Tomás de ahora en cada tarde que le vemos, uno por rompedor de corazones y otro por enfermizamente idolatrado, parece que les vale todo, hagan lo que hagan y toreen lo que toreen. ¿O es que a Cayetano también hay que darle las orejas solo por ser vos quien sois y por lo bonito que sois tras pegar varios lances genuflexo largando tela, pero que mucha tela, un galleo por deslavazadas regerinas, luego un buen ramillete por verónicas más ajustadas en el quite que, ésto sí, fue lo mejor que hizo, y después una sucesión de prestosos y empacados unipases que recetó por las afueras que apenas pudo ligar porque el toro no tenía casta ni fuerza para soportarlo mas que desde la periferia y, finalmente, una estocada trasera y caída aunque efectiva?
Esto es una vergüenza de la que, por supuesto, el torero no tiene toda la culpa porque, ¿qué hacer él?, ¿rechazar el regalito? Una vergüenza que debería pagar con su inmediata destitución una arbitraria presidenta que, visto lo visto, debió actuar más por sus gustos personales que por lo que tendría que observar por respeto a la plaza donde ejerce la mayor autoridad y, sobre todo, por el sentido de la equidad que está obligada a mantener con todos los toreros, sean agraciados o no lo sean o le gusten más o menos a ella.
Con ser injusto y cabreante lo que acabo de relatar, no fue lo peor de esta segunda corrida de la feria de Jerez. Lo peor, lo más preocupante, fue el comportamiento de las reses de Juan Pedro que, tras lo de Sevilla, sufrió otro descalabro en su ilustre y bella ciudad. Como asimismo preocupante fue que el único toro que verdaderamente embistió y se movió con suficiente brío y casta – el tercero – fue calamitosamente desperdiciado por el mismo Cayetano. Y es que no solo lo lidiaron fatalmente, pese a lo cual continuó embistiendo el muy noble animal, sobre todo por el pitón derecho, sino que en la faena volvimos a comprobar lo todavía impreciso y técnicamente incapaz que parece seguir mostrándose el torero de cara a las difíciles empresas que le aguardan inmediata e inquietantemente.
Solo por dejarse ir ese toro con el que podría haber salvado la tarde y, de paso, salvarse a él, Cayetano no debería – eso espero – mostrarse satisfecho y aún menos quienes dirigen su carrera, como tampoco sus incondicionales seguidores. Porque, aparte de reconocer una vez más que le siguen adornando la planta que tiene, su natural empaque y los rasgos de gitanería en sus maneras que, de vez en vez e inevitablemente, le brotan desde dentro de su alma de artista, la lidia y el toreo son, además, otras muchas cosas que hay que sacarlas para adelante a base de persistir en el esfuerzo y en el sacrificio. Nada fácil a su edad ni desde la privilegiada posición social que viene disfrutando con cuantisos réditos. Pero imprescindibles si de verdad quiere ser quien se propone.
Por lo que respecta a El Cid y a José María Manzanares decir que, aparte la mala suerte de ambos, no deberían prestarse a ser comparsas de estos toreros eminentemente mediáticos porque llevan todas las de perder aunque a cada uno le paguen lo suyo. Yo, desde luego, si fuera figura del toreo como los son ellos y, no digamos, los Ponce, Juli... etc, no torearía ni una sola corrida en la que participen Cayetano y, aún menos, José Tomás. Con ganado generalmente disminuido en todos los aspectos que estos voluntariamente dagnificados siempre les vienen chicos, y con un público volcado de antemano con los dos idolatrados espadas mencionados, no hay manera de que en estas corridas haya un mínimo de equilibrio y de justicia equitativa. Con su pan se lo coman, entonces, si persisten en dejarse avasallar y hasta anular por las olas de la moda. Modas que, aunque pasarán pronto, les dañan y de qué modo cada vez que cometen el pecado de compartir mesa y mantel en sus convites.
Comentarios:
Decirle que por esa faena estábamos esperando volverle a ver a torear en Jerez y no por la influencia mediática de algunos de sus famosos seguidores, sino porque nos hizo vibrar con un concepto profundo del toreo, cosa que no se puede decir del hijo de Manzanares, ni el año pasado en esta feria ni éste.
Por cierto memorable tarde aquella y memorable su artículo.
NO SE PUEDE TRATAR A JOSÉ TOMÁS COMO SI NO HUBIERA VENIDO A CONFIRMAR A MADRID. VIVA EL TOREO Y VIVA ESPAÑA. O MEJOR,,OJALÁ PUEDAN VIVIR MUCHO TIEMPO.
Don Alejandro, no sea malicioso. Aunque usted llame José Antonio a Stradivarius para hacer ver que, quien asi firma, soy yo, no es verdad. J A del Moral.
Los becerros salen para todos, pero el único que llena es José Tomás, ahí está la diferencia.
Que cegera más torpe la de Alejandro y todos los conmilitones de la tomatosis.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
José Antonio del Moral
autor
Contacto


