Domingo de Resurrección en Sevilla. Falla Zalduendo y el Cid corta una oreja de peso
23.03.08 @ 21:46:14. Archivado en Toros, Crónicas
El único trofeo de la esperada cita lo consiguió el de Salteras frente al segundo toro de Zalduendo, el único bueno de la tarde aunque no para tirar cohetes, de la desigualmente presentada y decepcionante corrida, gracias a una seria faena que remató muy bien con la espada. No llegó tanto al público su segunda labor frente al quinto que fue tan noble como flojo por lo que apenas trasmitió. Enrique Ponce anduvo con notables ganas y por encima de dos toros que no tuvieron ni un solo resquicio para el triunfo. Y Alejandro Talavante, con el lote medio, volvió a mostrarse sin plan ni concierto desilusionando a los que vinieron a verle con el recuerdo de sus actuaciones del pasado año en La Maestranza.
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 23 de marzo de 2007. Inauguración de la temporada. Tarde fría con lleno total. Seis toros de Zalduendo, bien aunque desigualmente presentados en diversidad de tipos y en general serios de cabeza. Salvo el segundo que dio buen juego para la muleta y quizá el quinto que tuvo clase aunque sin fuerza alguna, los demás decepcionaron grandemente. El primero se acostaba por los dos pitones y encima, sosamente, sin trasmitir el peligro que tuvo. El tercero, rajado a tablas y obediente al engaño en los terrenos de tablas, embistió con aburrida sosería. El cuarto tuvo temple pero se rajó en banderillas y definitivamente en la muleta. El quinto, noble como una yema de San Leandro pero sin fuerza ni energía para aguantar dos pases seguidos. Y el sexto, enrevesado por corto de viajes y muy desrazado, se defendió por arriba en cada embroque. Enrique Ponce (amapola y oro): Estocada desprendida, silencio tras leves palmas. Estocada corta, silencio. El Cid (marino y oro): Gran estocada, oreja. Estocada caída, leve petición y ovación. Alejandro Talavante (amapola y oro): Estocada y dos descabellos, silencio tras ligera división. Pinchazo y estocada, silencio. Destacaron en un par de banderillas cada uno, Alcalareño y José María Tejero. Y a caballo, Luís Alberto Parrón que colocó un gran puyazo al segundo toro.
Ayer me gustó mucho El Cid con su primer toro y me apresuro a decirlo porque a este animal le hizo lo que debe hacer este torero cada vez que tenga toro para ello: Torear con esa elegante y contundente sobriedad que le caracteriza basándose exclusivamente en lo que domina como pocos, el natural, el pase también natural con la derecha que esta vez recetó al final de su faena tras servirnos una abundante fuente de muletazos zurdos - por donde embistió más clara y largamente el toro -, y los cambiados de pecho o los asimismo cambiados de trinchera magníficamente ligados a los anteriores. O sea, la aristocracia del toreo con la muleta. Y como, además, mató como mandan los cánones, oreja al canto si bien ésta no se pidió con tanta pasión como otras que le han dado en Sevilla por faenas bastante peores. Sin irnos más lejos, las del año pasado en esta misma corrida del Domingo de Resurrección. Festividad casi siempre luminosa y calurosa pero que ayer, por madrugar tanto la Semana Santa, contemplamos pasando mucho frío en el siempre incomparable escenario de La Real Maestranza.
Frío que debió contagiar a los toros de Fernando Domecq quien no acertó a elegir lo mejor que había en su campo sino todo lo contrario. Imagino la decepción del propio ganadero en consonancia con la cara de disgusto que tenía Enrique Ponce tras matar a su segundo toro. Venía enrachado Enrique desde Arles y, !zás¡, dos toros de un amigo le impiden continuar sus hasta ayer memorables y celebrados éxitos. Pues no es para tanto, Enrique. El toreo es así y lo seguirá siendo. Sin embargo, como estábamos en La Maestranza, la mayoría del público entendió perfectamente por qué Ponce no logró triunfar. Y es que en esta plaza da gusto escuchar lo que comentan en voz baja las gentes que se sientan a tu lado. “Oiga, zeñó, que eze toro de Ponce se acuesta por los dos laos y encima tiene guasa”. Cosa que Ponce sabía de antemano. Incluso antes de intentar meter al bicho en cintura. Sin embargo, hasta que salió el cuarto, Enrique se quedó tan fresco. ¡Tenía tanta fe en su siguiente toro y en sí mismo…¡.
Lo demostró en la brega inicial y en cómo llevó Ponce al toro hacia el caballo. De maravilla. También en un bonito quite por delantales que el toro aceptó con mucho temple. Y, aún más, dando instrucciones muy precisas – en la Maestranza se oye todo - a sus peones aunque, quien se ocupó con el capote durante el tercio de banderillas, no logró colocar bien al bicho para esta suerte hasta que el maestro le dijo cómo hacerlo: “!Échale el capote muy adelante y llévalo para fuera, no para dentro, hombre, no para dentro¡”. Pero tras obedecer Antonio Tejero las instrucciones, ya imperiosas de su jefe y acertar, por fin, el animal se fue a tablas tras un par de banderillas y, desde este mismo y malhadado instante, se fueron acentuando progresivamente sus posibilidades. De cada pase que le pegó Ponce, el toro se fue de naja, mirando a Sebastopol, y hasta protestando por arriba. Ponce insistió tanto, varias veces con la derecha y al final, ya en tablas, con la izquierda, que algunos comenzaron a impacientarse – ¡eran los de Salteras, claro¡ - mientras la mayoría guardaba un respetuoso silencio. “¡Qué malage¡, sale un toro bueno y no le toca al que mejor lo podría haber cuajao”. Así es el toreo.
Quizá con el quinto, Ponce hubiera estado más sutil, maleable, o más mimoso que El Cid. Quizá le hubiera administrado mejor y le habría durado más. Quien sabe. El Cid, desde luego, le cuidó mucho en el caballo porque apenas sangró el bicho. Y lo toreó espléndidamente a la verónica. Y muy bien con la muleta, primero a media altura y luego quizá abusando en bajarle la mano aunque, cuando intentó coser los trincherazos a los redondos sin solución de continuidad, el toro no lo aceptó porque no tenía fuerza ni energía para aceptarlo y, desde ahí que, lo que parecía ir en pos de otra oreja, se vino abajo. Para colmo, una estocada caída enfrió aún más a los espectadores que como estaba ya de frío el borde del anochecer.
Lo de Alejandro Talavante, es ya más que alarmante. Con el bobalicón tercero se puso a hacer el tiovivo, dando vueltas y más vueltas sobre sus propios pies mientras pegaba sucesivos y clónicos banderazos como si fuera un poseso en plena hipnosis – quizá lo está más frecuentemente de lo que creemos - sin llevar nunca embebido a su oponente. Total, que aquello no le llegó a nadie. Y con el mucho peor sexto, que hasta lo brindó al público incomprensiblemente porque ni por asomo era toro de brindis, volvió a caer en lo de Valencia, asombrando a los sevillanos que, al verle tan perdido, no supieron explicarse por qué ni, por supuesto, qué es lo que le puede pasar a esta extraña criatura que visten de torero para que haga el ridículo. Mejor será que descanse y, luego, ya veremos.
Comentarios:
Alvaro acevedo un extraordinario crítico con mucho criterio taurinamente hablando. Un hombre equilibrado. Un abrazo para él.
Alvaro acevedo un extraordinario crítico con mucho criterio taurinamente hablando. Un hombre equilibrado. Un abrazo para él.
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José Antonio del Moral
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