Sobre la presentación de José Tomás en Guadalajara (México). UN SAINETE LLAMADO DESVERGÜENZA
19.11.07 @ 08:08:19. Archivado en Toros, Crónicas
Por su interés y dada la indiscutible competencia y la absoluta independencia de nuestro amigo y compañero Franscisco Baruqui, desde hace más de treinta años crítico titular en el prestigioso diario tapatío, "El Informador", reproducimos integramente su crónica aparecida hoy, 19 de noviembre de 2007, sobre la presentación de José Tomás en la plaza de El Progeso, tenida por la más seria y exigente de todo México.
UN SAINETE LLAMADO DESVERGÜENZA
Guadalajara, México. Domingo 18 de noviembre. No… Lo de ayer no merece una crónica formal. Y no la merece porque a la postre la informalidad campeó en un fracaso anunciado. Nunca antes se había cobrado por las entradas lo que se cobró; auténticamente de abuso aunque, sobre el papel, el cartel se antojaba interesante por los toreros, que por los “toros…”. Ya lo de Bernardo de Quirós presagiaba fracaso y desde su presentación cuando los veedores tomasistas seleccionaron en la dehesa reses que serían rechazadas -¿cómo estarían éstas cuando las aceptadas fueron lo que fueron? - , y todavía el sábado había danza de corrales sin saberse con qué ganado se contaría, lo que señala que el “reglamento” taurino vale menos que el papel de letrina. Y las “autoridades”, comparsas ramplonas de pacotilla al servicio del fraude, autorizando lo que autorizó para esquilmar al cliente que hizo una estupenda entrada, pasados los tres cuartos, para hacerlo víctima de un abuso escudado en la figura española -- a la que he visto triunfar en las mismas Ventas de Madrid con señores toros con toda la barba -- pero que desde su retorno hace unos meses atrás solo ha salido con ganado festivalero carente de seriedad y categoría.
Y lo de ayer… Lo de ayer es la clara manifestación de lo que yo llamo: “Un sainete llamado desvergüenza”, dado que todos lo que intervinieron como protagonistas - entiéndase, “ganadero”, empresa, toreros y administraciones teniendo como paleros al juez, el asesor y veterinarios -, han propiciado un espectáculo bochornoso con diez lagartijas panteoneras y corniausentes que fueron el desfile de mansedumbre más nefasto dándose al traste con una función atractiva cuando los promotores y el criador, arrodillándose a la administración del “starlett” ibérico, dejaron de mandar en su campo y en su plaza, poniendo a lo que se dio como un burda parodia caricaturesca de lo que la real fiesta de toros debe ser. Así…
Así, fue un festival de luces. Mofa al extremo. Y hablar de grandeza, de señorío, de galanura y de tronío es llana y simplemente reducción a timo. Improvisación, falta de capacidad, falta de profesionalismo y total, radical y absoluta falta de vergüenza. Triste que todavía ya entrado el siglo veintiuno vengan expediciones a cambiar espejitos por oro… Triste que un público entusiasta y vehemente que se retrató en taquilla para hacer el entradón que hizo y al alto, muy alto, altísimo valor de los boletos, haya sido fraudeado como se le fraudeó.
Diez “ejemplares” entre toretes, novillotes y algún sobrero con el mínimo decoro provenientes entre lidia ordinaria y sobreros, ¡fíjese usted amigo lector aficionado!, de Bernardo de Quirós uno; seis más de Peñalva, como segundo hierro del mismo ganadero, que por lo mismo mandó desecho de cerrado, uno de Pepe Garfias, otro más de El Junco, el único con presencia de toro, corraleado y con peligro, y otro más de Montecristo que cerró la tarde, fue la “materia prima”. Con trote cochinero todos, que no con el tranco y galope del bravo, por lo que fue máxima exposición en carencia de láminas, dada la fealdad de sus hechuras, como la mansedumbre y descastamiento, faltos de fuerza, que varios rodaron por la arena, desesperantes para un cónclave que se desahogó gritando de todo en contra del ganadero, de la empresa y del juez, cuando los recordatorios familiares en prosa becqueriana de la filigrana literaria más pura haciendo remembranzas alusivas a las progenitoras de los citados, inundaban el aire escuchándose desde los tendidos.
Hacía tiempo, mucho tiempo, que en Guadalajara, plaza que se ha ostentado como la reserva de pureza y autenticidad del espectáculo, no se daba una función tan decadente, - reflejo fiel de cómo está la fiesta actual en México -, echando del coso a un público que ha pasado de incauto burlado a beligerante rechazador e inconforme. ¿Qué quedó para el recuerdo?
Un maestro que desborda torería del más alto quilataje como lo es César Rincón, que en su primero enseñó cómo hay que caminarle al toro que, claro y doblón, se dejó meter mano bordándosele la verónica cadenciosa, rítmica y mandona, templada y larga de quiebre, acompañamiento y estética, rematando con recorte para escultura escuchando la ovación, para con la muleta verse dominador y rebozándose en series con ayudados con la diestra y al natural con la de cobrar relajado, a su gusto, y rematando con sendos de pecho para el batir de palmas. Una pena que pinchó para cobrar luego una estocada entera de soberbia ejecución saliendo hasta el centro del platillo a recibir la ovación.
Con su segundo, una mierdecilla que para nada valía estuvo en torero despenando con brevedad y oyendo aplausos. Grato recuerdo deja el maestro colombiano, confiando que regrese a principios del venidero año a despedirse de la afición tapatía como verdaderamente lo merece. Como lo merecen, que sí, el torero y la afición con ganado de primera.
La expectación era José Tomás, que miraría como de salida se le tira un espontáneo que toreó por alto con la consabida confusión y hasta el permiso para volver al tendido devolviéndosele muleta y ayudado y… Y qué curioso que las dos reses más protestadas, que fueron devueltas, fueron precisamente las del de Galapagar, llevando a la postre en el pecado la penitencia al pechar con el sobrero de Garfias, mansurrón, bobalicón y descastado, con el que destacó en verónicas generosas, fueron siete y remate, como en quite por gaoneras sembrando las zapatillas y una faena que fue leve muestra de sus innegables condiciones de su muy personal expresión artística fincadas en el valor a tope, el quiebro de cintura acompañando con profundidad y la elasticidad de sus muñecas brillando en series con la diestra y la zurda, aunque rompiendo tres muletas casi seguidamente, por los trompicones continuos que sufrió faltándole temple, siendo alcanzado llevándose una voltereta debajo de mi barrera desde donde vimos como el pitón por su punta lo enganchó sin encarnar pero, por como lo aprecié, no dudaría que llevara una cornada interna. Faena larguísima que terminó de estocada media trasera recibiendo un aviso para salir al tercio. Y con el otro…
Con el otro de El Junco, avispado y con jiribillas, de auténtico desecho, andar para acá, para allá, sin trazo ni plan dejando ver que, con cornudos así, se mira impotente y carente de recursos y de mando, para despenar de tres cuartos perdiendo el engaño cuando la gente empezaba a salirse.
Viendo a Fernando Ochoa recordaba sus inicios como un torero con planta y empaque que mucho hacía prometer. Luego de cambio de guías y contrastando con la expresión de novillero, ahora anda destemplado con la capa y, si bien empeñoso con la muleta, se tira a la ventaja y al alivio ya que abusa del pico dejando pasar un tren entre él y su engaño. El tercero era un manso huidizo tras el que había que ir para acosarlo logrando algunos buenos pases por abajo entre algún desarme y acabar de bajonazo y descabello al primer golpe.
Con su segundo anduvo tan tesonero como vulgar acusando lo mismo que en su primero en una labor más larga que la cuaresma, recibiendo un aviso sin todavía entrar a matar lo que hizo pinchando y con entera que bastó.
Tenía deseos de volver a ver a Omar Villaseñor que sigue con la misma enjundia de su comienzo pero progresando poco con el capote al lancear a la verónica ya que nunca se acomodó, haciéndose jalear con un quite por ceñidas gaoneras. Con la zarga, voluntarioso y pasado perdiendo la medida de su faena y despenando con sartenazo en el chaleco, saliéndose desde perfilarse y buscando con alevosía los blandos. Con el último de Montecristo, tan intrascendente como descastado y manso que cerró festejo, ya en la oscuridad de la noche y la concurrencia tomando las salidas, Omar con deseos pero sin lucimiento mayor.
Así pues, una corrida de “impresentables…” Que impresentables fueron el criador y sus reses, la promoción, las administraciones taurinas, las autoridades municipales con el juez y su séquito de compinches… Cuánta ineptitud… Cuánto cinismo… Cuánta cara dura... Ingredientes, que sí, para una burla que acabó en “El Sainete de la desvergüenza…”
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José Antonio del Moral
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