3ª de San Antolín en Palencia. Por fin una tarde completa y divertida
04.09.07 @ 09:48:04. Archivado en Toros, Crónicas
Con los toros más nobles y más enteros de los Matilla, Enrique Ponce nos deleitó con una preciosa faena - pura filigrana -, El Juli resolvió la más importante y El Fandi alegró el ambiente con la incondicional entrega, la variedad y la espectacularidad que le caracterizan. El granadino salió a hombros (cortó tres orejas) aunque levemente herido por un puntazo en la pantorrilla. El valenciano debería haberle acompañado si la presidencia hubiera accedido a darle la segunda del cuarto, negada porque el animal tardó en doblar, lo que enfadó muchísimo al respetable.
Plaza de toros de Palencia. 3 de septiembre de 2007. Tarde agradable con viento durante la lidia del primer toro y dos tercios de entrada. Seis toros de los hierros de la familia Matilla, terciados y justos de trapío con el predominio de los nobles aunque sin fuerza. Por más enteros destacaron el segundo, el tercero – que fue el mejor – y el más soso cuarto. Al primero le faltó casta, el quinto se lastimó quedando inservible tras el volantín que se pegó y el sexto se avisó por el pitón izquierdo. Enrique Ponce (marfil y oro): Pinchazo y casi entera caída, leve petición y ovación. Estoconazo trasero y descabello, aviso y oreja con fortísima petición de la segunda y dos vueltas al ruedo clamorosas seguidas de bronca al palco. El Juli (prusia y oro): Pinchazo, estocada corta y descabello, oreja. Casi entera, ovación. El Fandi (corinto y oro): Gran estocada, dos orejas. Estoconazo desprendido, oreja. Salió a hombros.
Ayer nos desayunamos con otro sorprendente titular de prensa que se refería a la ausencia de José Tomás en la primera corrida de la feria de San Antolín sin decir nada de nada de lo que pasó y hoy con indecentes censuras en el portal que comanda la organización propagandística del caído genio de Galapagar por la decisión que habían tomado Enrique Ponce y El Juli de sustituir a los forzosamente ausentes, Manzanares y Cayetano. Y es que a la encomiable petición a ambas figuras por parte de la empresa palentina alertada por la sangría que estaba padeciendo la taquilla tras los últimos percances de los dos toreros más populares de la actualidad y como a pesar de la sustitución de lujo no se llenó la plaza, se ha respondido dando leña al mono, sin apuntar que quienes no quisieron estar en la plaza no eran aficionados sino simples e incondicionales fans del segundo encantador de serpientes de la presente temporada a los que la Fiesta y el toreo de los demás toreros les importan tres cominos.
Todo lo contrario. Porque lo verdaderamente importante fue que ambos maestros no solo accedieron al deseo de la empresa sin complejo alguno teniendo como tenían otra corrida en Palencia ya anunciada, sino que en la primera y, una vez en el ruedo, se comportaron toreramente hablando con la intachable profesionalidad que les caracteriza desde que están al frente de las tropas – muchos años ya – que es precisamente lo que les ha convertido en máximas figuras por encima de sus respectivas cualidades, virtudes, estilos y mayor o menor fuerza en las taquillas que, lógicamente, va decayendo. Esto es, resolver todas y cada una las papeletas que se presentan y dar la cara allá donde se les requiera. Sombrerazo, pues, para Ponce y El Juli por su indeclinable sentido de la responsabilidad y por el respeto que tienen a la profesión taurina. El que a ellos no les tienen, desde luego, los advenedizos ni los aprovechados que algún día habrá que desenmascarar.
Y ahora pasemos a la corrida que Matilla había preparado para que Cayetano lo pasara bien de haber venido. Pues que fue tal cual había pensado el joven y magnífico empresario-ganadero-apoderado. Lo más ideal posible para que los toreros se sintieran a gusto y para que el público lo pasara en grande que es lo que sucedió.
Y eso sin que la tarde empezara bien porque al primer torito le falto fuerza, casta y raza, lo que obligó a Ponce a espaciarse demasiado y a que dejara lo mejor de su primera faena para un tardío final. Cubierto el trámite y aproximadamente medidas por El Juli las condiciones que podrían tener los demás toros, enseguida cambió la cosa a mejor porque si de lo que se trataba era de que no había que pegarles casi nada en la suerte de veras, eso fue lo que a partir de ahí se hizo con las reses que faltaban por lidiar.
Sensacional y crecido anduvo Julián López con el segundo toro que lidió ahorrando embestidas para poder aprovecharlas mejor en una faena que siempre fue a más. Primero enganchando muy bien los muletazos y luego recreándose hasta complacerse en recetar un ramillete de roblesinas que ligó sin moverse. Lógico que la presidencia le concediera la oreja que pidió el público pese al pinchazo que precedió a la estocada corta y al descabello con que la ratificó. Con el quinto, por lastimarse el toro por el volantín que se pegó, no hubo más ocasión que intentar sostenerlo y despacharlo.
Hacía tiempo que no veía a El Fandi – no tuvo suerte alguna con los toros en Bilbao que fue la última – y la verdad es que no ha perdido ni un gramo en entusiasmo, valor, sentido del espectáculo, simpatía, conexión con los públicos y capacidad de llenar por completo el escenario con su incesante bullir en los tres tercios de la lidia que con el capote, en banderillas y con la espada alcanza grados de excepcional brillantez y regularidad. Recibos, galleos, quites, pares colosales y hasta siderales por la conjunción planetaria que logra al reunir cuando los ejecuta andado para tras mientras el toro se suma al viaje del torero milagrosamente imantado, y sus irreprochables estocadas que parten a los toros por la mitad.
El tercer toro fue el mejor de la corrida y la faena de muleta de El Fandi, siendo buena, no tuvo la clase que sacó su oponente. Pero sí todo lo demás. Como también su total entrega con el sexto tras mostrarse de nuevo pletórico con el capote y con las banderillas. Por el lado izquierdo se avisó el toro y por dos veces zarandeó a David Fandila, sufriendo un doloroso puntazo en la pantorrilla sin que ello le impidiera continuar y volver a volcarse en otra estocada. No desmereció El Fandi tras las actuaciones de los dos maestros sino que les complementó con su alegría y entusiasmo.
Muy difícil papeleta debió ser tras la obra de arte que protagonizó Enrique Ponce con el cuarto toro en una faena que el público contempló transfigurado como si de repente la lidia, aquí casi siempre ruidosa, se hubiera convertido en ópera. Pura quintaesencia a paso de ballet, medida soberana y elegantemente en tiepos y espacios, acompasada por el diestro a la pieza que la banda interpretó. Técnicamente, ésta inspiradísima faena se produjo gracias a la media distancia con que fue citado el animal en cada tanda y a la imperceptible madia altura con que condujo al toro para no obligaro demasiado, lo que compensó e incluso ocultó la sosería de un animal que no se hubiera prestado tanto a la hermosa danza del toreo si en vez de llevarlo con hilos de seda lo hubiera hecho con cual látigo, más violentamente. Poema amoroso que terminó con pases últimamente inventados o descubiertos por el gran torero: cambios de mano ligados a dosantinas, permaneciendo genuflexo. Por simple sentido de la comparación respecto a la menor calidad de lo acontecido anteriormente, resultó para la mayoría inexplicable que la presidencia no accediera a concederle la segunda oreja que fue pedida con general entusiasmo aún después del descabello que necesitó Ponce para que el toro doblara definitivamente como consecuencia de lo trasera que cayó la muy bien ejecutada estocada que amorcilló el burel. Aunque quizá la negativa del palco – dicen que fue el asesor quien decidió por ser defensor y acérrimo de una de las figuras ausentes – fue mejor para el torero, pues tuvo que dar dos vueltas al ruedo con tanto clamor como si hubiera cortado un rabo.
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José Antonio del Moral
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