8ª de San Fermín en Pamplona. Castella pincha una gran faena y Jesulín dos lecciones de temple
12.07.07 @ 22:30:58. Archivado en Toros, Crónicas
El de Ubrique, que se despidió de la afición pamplonica, pudo haber salido a hombros, lo mismo que el diestro francés quien, tras andar desdibujado con su primer toro – una ruina como los de la primera mitad de la corrida del Marqués de Domecq – cuajó una memorable actuación por valiente y magníficamente ligada frente al toro más serio y astifino de la feria, mientras Talavante, que no había andado mal con su primero, pegó un petardo con el imponente y bravo sexto.
Plaza Monumental de Pamplona. 12 de julio de 2007. Octava de feria. Tarde por fin radiante y calurosa con el llenazo habitual. Siete toros del Marqués de Domecq incluido el sobrero que reemplazó al primero, devuelto por romperse una mano nada más salir. Casi todos adolecieron de fuerza y de raza, sobre todo los de la primera mitad, si bien el que abrió plaza y el tercero resultaron nobles. También el más cuajado cuarto, el impresionante quinto que fue el mejor y el asimismo serio sexto, el más bravo del envío además de haber herido gravamente a cinco corredores del encierro mañanero. Jesulín de Ubrique (mandarina y plata): Dos pinchazos y casi entera caída tendida, aviso y silencio. Tres pinchazos y descabello, aviso y gran ovación. Sebastián Castella (añil y oro): Pinchazo, estocada baja y seis descabellos, aviso y silencio tras leve división. Dos pinchazos hondos caídos y descabello, aviso y gran ovación. Alejandro Talavante (malva y oro): Media estocada, ovación. Tres pinchazos y descabello, silencio. Muy bien en la brega y en palos, Curro Molina. Y en pares sueltos, Pablo Delgado y El Niño de Leganés.
Hasta que salió el cuarto toro, la corrida iba cuesta abajo si bien, Jesulín, había sido el que más destacó de la terna. De primeras por su habilidad y listeza al marcharse bajo las peñas de sol para brindarles su primera faena, lo que acalló como por encanto la canción que estaban coreando los del graderío alto, hasta entonces ajenos por completo a lo que había hecho el torero de Ubrique. Allí mismo, a pleno sol y junto a las tablas, que era el sito donde el toro - rajado desde mucho antes - embistió más cómodamente aunque también un tanto mortecino en sus soso aunque dócil ir y venir, Jesulín nos ofreció una primera lección de exquisito temple que, lamentablemente, emborronó con la espada. Iba a ser el mal sino de una jornada en la que los tres matadores fallaron con los aceros en cinco de los seis astados. De lo contrario, se habrían cortado cuatro orejas y de las merecidas.
Porque Jesulín, que volvió a dar otra exhibición de temple con el más serio y muy noble cuarto al que toreó como si lo estuviera haciendo de salón en uno de los prados de su famosa finca, “Ambiciones”, volvió a pinchar, perdiendo una segura oreja que sumada a la que, posiblemente, también había perdido antes, se quedó con las ganas de cerrar su vida torera en Pamplona saliendo a hombros de la plaza. El público, no obstante y aunque no había prestado demasiado calor a la excelente faena que cuajó el gaditano, le obligó a salir para corresponder a una cariñosísima ovación de despedida. Bonito detalle en medio de la aquí acostumbrada e incesante jarana.
Decía que uno de los seis toros fue el único que murió de una sola estocada y éste fue el tercero que correspondió a Alejandro Talavante. Firme como en su primera corrida lo toreó Alejandro aunque un tanto por las afueras y en esa media altura que, esta vez, requería la debilidad del toro aunque, la verdad, sin llegar al público por la sosería del animal y la poca pasión que le echó el torero a su fluctuante empeño. La verdad es que a la gente le agradó Talavante con este toro pero sin arrebatos de ninguna especie. Le quedaba otro toro y, hasta que salió el quinto, muchos esperaron el campanazo del extremeño, sobre todo tras el fiasco que sufrimos con un pésimo segundo del Marqués con el que Castella anduvo extrañamente desdibujado y hasta torpe porque incluso fue desarmado tres veces en su nada interesante faena.
El quinto fue un toro de enorme seriedad. Alto, hondo, larguísimo y muy agresivamente armado con astifinos pitones. Un toro para asustar al más pintado pero no a Sebastián Castella que, enseguida apercibido de que metía la cara e iba largo pese a su debilidad, lo toreó a placer, ajustado y templadísimo, en cuatro lances, media y tres revoleras que pusieron la plaza boca abajo. Se mascaba el faenón y, desde luego que llegó, aunque tras un sensacional tercio de banderillas protagonizado por Curro Molina y Pablo Delgado que fue como una feliz y emocionante premonición de lo que llegó de las manos del gran torero francés. Sin duda y hasta ayer, la faena de la feria. Basada en la mano derecha, pitón por donde con más profundidad embistió este quinto como también lado por el que Castella se hartó de torear y de ligar tandas soberanas que ligó a larguísimos pases de pecho, recetados sin enmienda. Como también los naturales aunque por ese pitón empezó a defenderse y a puntear el toro por arriba y no todos los muletazos resultaron limpios aunque siempre emocionantes por lo quieto que los dio el torero y lo muy cerca que se pasó los pitones. Un festín de circulares seguido de varias manoletinas en las que los pitones del toro rozaron la pechera de la chaquetilla de Castella, dejó la cosa para que, a poco que la espada hubiera sido efectiva, las dos orejas habrían sido pedidas con clamor y concedidas con todo merecimiento. Pero Castella pinchó y el gran triunfo quedó en fuerte ovación.
Tan fuerte como el compromiso que tuvo que afrontar Talavante con el sexto y también impotentísimo ejemplar que, además de muy bravo en el caballo – derribó espectacularmente al equino y al picador en un primer encuentro en toriles tras llegar violentamente al relance de un capotazo inoportuno –, se fue arriba y siguió siendo bravo en la muleta. Ocasión que ni pintada para haber dado la réplica al francés. Pero en vez de réplica, Talavante presentó su rendición. Un tanto desconcertado e imagino que también víctima de lo que acababa de hacer Castella – cuando alguien torea tan quieto, tan cerca, tan despacio, tan reunido y despreciando cualquier percance, los demás se acomplejan y hasta se asustan - no se produjo el “si tu bueno, yo mejor”, sino un descalabro inapelable. Derrota, pues, en toda regla de Talavante a manos de su gran rival – Castella lo está siendo de toda la cabeza del escalafón -y las apuestas que se habían hecho a favor del extremeño, a la baja y a la espera de un nuevo enfrentamiento que a partir de lo de ayer no será ya tan morboso ni tan interesante.
Comentarios:
En su quinto toro, dio como siempre una lección de valor (verdaderamente suicida), quietud y temple. Un gran torero y un gran profesional.
Una figura del torero tiene que tener técnica, estética y emoción (el público tiene que captar el peligro en las gradas. Todas esas condiciones las reune Castella.
Ponce, por ejemplo, un magnífico torero, es tan perfecto que no trasmite peligro a las gradas. Es decir, le falta la tercera condición.
Echarlo a pelear con los que comandan el escalafón desde hace años con tan escaso bagaje y falata de recursos técnicos esuna temeridad.
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José Antonio del Moral
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