2ª del Corpus en Toledo. Al completo recital de Ponce, Manzanares respondió yéndose al Cielo
10.06.07 @ 09:31:54. Archivado en Toros, Crónicas
Grandioso espectáculo en la ciudad imperial con buen y variado ganado de El Ventorillo. Un Enrique Ponce pletórico frente a dos toros de muy distinta condición, perfecto y artista en su primero del que cortó una oreja y poderosísimo con el violento cuarto al que cortó dos; y un Manzanares superior con un segundo rajado del que cortó una oreja y realmente sublime frente al toro con más clase del envío al que cuajó la por ahora mejor faena de su vida: un inolvidable trasteo magníficamente estructurado que llevó a cabo con exquisito temple, elegante gusto, excepcional inspiración y marchamo de emperador del toreo. A éste ejemplar le pudo cortar un rabo de no haberle pinchado dos veces antes de recetar la estocada de la tarde, pese a lo cual cortó una oreja y salió a hombros en unión de Ponce, mientras Alejandro Talavante abandonó la plaza entre pitos tras una deplorable y más que preocupante actuación con un lote que, en sus torpes manos, pareció el menos posible.
Plaza de toros de Toledo. 9 de junio de 2007. Segunda de la feria del Corpus. Tarde en principio nublada y enseguida soleada con calor y más de tres cuartos de entrada. Seis toros de El Ventorrillo, bien presentada con tres toros bonitos y otros tres más cuajados y ofensivos. Dentro de su general nobleza en distintos grados de fuerza, dieron juego variado, destacando por su gran clase el quinto y por su violento embestir aunque tardeando el cuarto que resultó el más complicado. El primero, aunque obediente, apenas trasmitió y apretó mucho hacia las tablas. El segundo, asimismo dócil aunque se rajó a mitad de faena. Los corridos en tercer y sexto lugares parecieron peores por la pésima lidia que les dieron y el atolondramiento e inoperancia de su matador. Enrique Ponce (celeste y oro): Estoconazo algo caído, oreja y petición de otra. Estoconazo desprendido, dos orejas. José María Manzanares (amapola y oro): Buena estocada, oreja. Dos pinchazos y gran estocada, oreja. Alejandro Talavante (marino y oro): Dos pinchazos hondos en los bajos y un tercero echándose el toro, silencio tras algunos pitos. Diez pinchazos y descabello, dos avisos y pitos. Ponce y Manzanares salieron a hombros, el valenciano sobre las espaldas del empresario de la plaza México, Rabel Herrerías, que contemplaba la corrida desde un burladero del callejón. A caballo destacaron Chocolate y José Antonio Barroso. En la brega, Mariano de la Viña y Curro Javier. Y en palos, Antonio Tejero y Juan José Trujillo.
Enrique Ponce correspondió ayer con doble y pletórica demostración a la Medalla de Oro de las Bellas Artes que le ha sido concedida recientemente. Hasta parece mentira que, al cabo de los 18 años de alternativa y de permanencia en la cumbre, con todo hecho y ganado en el toreo, todavía sea capaz de entregarse en tan alto grado de ilusión por triunfar, derrochando valor, ciencia y esencia para aprovechar todas y cada una de las embestidas de sus toros. A los dos de ayer les exprimió como si fuera un torero en busca de contratos solo que con el conocimiento, la eficacia y el altísimo sentido de la lidia y del toreo que ya acumula como exclusivo tesoro después de matar más de 2000 toros en todas las plazas del mundo y triunfando de casi todas. Lidió a los dos que le correspondieron, ayudado por su estupenda cuadrilla, con la exactitud que suelen emplear para que ambas reses fueran aún mejores de lo que fueron como viene sucediendo y es norma de obligado cumplimento cada tarde que actúa el valenciano. Algo tan poco común que, precisamente por su frecuencia en los aciertos y hasta en ese poder torear al mismo tiempo con portentosa facilidad y natural estética, los públicos lo tomen como cosa normal y no como sucede con otros toreros menos regulares en el éxito. Que son tenidos como grandes por las pocas veces que sorprenden con sus obras esporádicas.
Con el primer toro de ayer, sin ir más lejos, la gente acogió con cierta frialdad la casi perfecta faena del valenciano y, quizá debido a ello, Ponce se empleó tan apasionadamente a fondo con el muy complicado cuarto. Un toro tan franco y pronto en su salida - Enrique le saludó con estupendos lances a la verónica - como remiso en su embestir tras el segundo tercio aunque, cada vez que acudió a las llamadas del torero, lo hizo con mucha violencia y hasta queriéndole coger al intentar ligarle el segundo muletazo, sobre todo por el lado derecho. Ligazón que aconteció emotiva y resuelta tras doblarse genuflexo con munumental poderío y gracias a la exacta distancia desde donde luegio le citó Enrique, a los precisos y contundentes toques que empleó en cada pase, y al temple con que condujo al toro en creciente acierto e intensidad para que, tanto con la mano derecha como varias otras veces al natural, la obra fuera alcanzando límites que, en principio, parecían imposibles de lograr hasta terminar con armoniosos y profundos ayudados por bajo y un abaniqueo marca de la casa.
Fue entonces cuando el público también se rindió con total entusiasmo y agradecimiento al gran torero y, aún más, cuando el toro rodó a sus pies tras la estocada que propinó algo caída, solicitando las dos orejas que le fueron concedidas de inmediato y no como la retrasada que cortó de su toro anterior.
Pero lo más grande de la tarde no terminó ahí porque, a ésta magistral lección del valenciano, respondió José María Manzanares, su más aventajado alumno, hasta convertirse en excepcional y distinguido profesor digno de ocupar muy pronto la cátedra que, sin duda, le aguarda en la Universidad Pontificia del Toreo. Ya con el segundo toro, el joven Manzanares había mostrado su incuestionable destreza y sus exquisitas maneras solo que, por muy rajado el animal a mitad de la preciosa faena, tuvo que aprovechar los viajes en huída del animal hacia las tablas para intercalar al paso los muletazos que prodigó tan inspirado como certero y templado en su forzosamente discontinua solución hasta matarlo con monumental estocada que, por sí misma, mereció la oreja que cortó.
No contento con esto y como Manzanares se encontró con un quinto toro superclase e inmediatamente dado cuenta de su extraordinario embestir, el alicantino desplegó cuanto sabe y lleva dentro desde que nació – le engendraron y parieron así - para construir la que quizá haya sido la mejor faena de su por ahora corta e intensa vida profesional. ¿Mejor que las mejores del año pasado en Alicante, en Huelva y en San Sebastián de los Reyes? ¿Mejor que la unánimemente premiada de la pasada feria de Sevilla? ¿Mejor, claro está, que la última en Madrid?. Mejor, infinitamente mejor. Porque en la de ayer, el más tierno de los grandes toreros – Jose Mari ya lo es por benditamente prematuro –, lejos de acelerar su respuesta al reto de quien tan grandemente había triunfado antes, se complació el torear absolutamente relajado, sosegado, tranquilo, más seguro de sí mismo que nunca y feliz hasta el punto de parecer que toreaba en el mismísimo Cielo rodeado de ángeles y en la cercana presencia de Dios.
Muchas veces me he referido al torear de Manzanares como catedralicio e imperial. Ayer lo fue como otras veces pero en el más sentido llegar a su exclusiva cúspide por tan mecido, aterciopelado, rítmico, dulce en acompañar yéndose con todo el cuerpo y girando con la cintura al compás de los viajes del toro que alargó hasta más allá de lo posible, airoso como las nubes rosas del atardecer, lentísimo hasta parar el tiempo, naturalmente quintaesenciado y divinamente colosal. Sus redondos eternos cosidos a los de pecho, sus ayudados, sus trincheras, sus líquidos naturales que vertió sucesivamente como si su muleta fuera, uno a uno, copas de más caro y burbujeante champagne servido en cristal de Bohemia, sus arrebatadores y perfumados cambios de mano – perfecto, inolvidable el que improvisó de la mano izquierda a la derecha – y todo ello concebido, diseñado, estructurado en la más sorprendente conjunción de alta escuela que nadie pueda imaginar, dejó a los espectadores boquiabiertos. De no haber pinchado dos veces antes de enterrar el acero en los mismísimos rublos con sensacional estocada, seguro que le habrían dado el rabo del toro. Pero no importaron sus fallos para conseguir la oreja que le abrió la puerta para salir a hombros junto a Ponce en medio del delirio general. Eso solo lo puede hacer un príncipe del toreo en trance de reinar.
Mucha pena me da tener que terminar esta crónica con la desentonadísima actuación de Alejandro Talavante a quien todos deseábamos ver en su mejor y más genial versión. No como anda últimamente. Ayer llegó a Toledo desde su inapelable derrota a manos de Castella en Granada para sufrir otra aún más lamentable y grave. La pésima lidia que tanto el matador como su cuadrilla dieron a sus dos toros, empeoró la condición de ambos. Y como el torero se mostró tan increíblemente triste, desilusionado, inútil, desdibujado e incapaz, lo que otras veces tanto nos ha convencido y arrebatado, resultó la más deprimente de las decepciones. No quiero ensañarme como podría adentrándome en sobrados argumentos. No quiero ni lo merece Talavante porque apenas lleva un cuarto de hora en esto y se le debe esperar. Pero sí recomendarle que corte su temporada cuanto antes, irse al campo para reflexionar, prepararse de nuevo a fondo, olvidar para siempre las idioteces que le hacen declarar sin pensar en el daño que le hacen, y volver a empezar como sabe y puede hacerlo desde su más original y natural concepto del toreo. Dilapidar su bien ganada fama como lo viene haciendo, puede ser fatal.
Comentarios:
Ademàs me alegrè muchisimo ver a josemari hacer este faenon de Toledo bajo la mirada del Maestro Ponce que, despùes de estar otra vez cumbre, estaba contento de ver a quien un dìa va a ceder su bien ganado trono.
Enhorabuena joseantonio para eternizar esos momentos sublimes!
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José Antonio del Moral
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