El si lo sé no vengo del día de San Fernando en Aranjuez
31.05.07 @ 08:47:44. Archivado en Toros, Crónicas
Con la impagable colaboración de El Juli al que no le acompañó la suerte con dos animales sin resuello y en compañía de un Alejandro Talavante alicaído por falto de sitio por no estar recuperado totalmente de la cornada que sufrió hace días, prosiguieron los entrenamientos formales de Cayetano frente a ganado a modo. Vestido de blanco y en medio de una catarata de piropos de las muchas mujeres que acudieron a verle, cortó una oreja de regalo del último toro de Juan Pedro Domecq, el más entero y encastado del envío, con el que mostró su todavía escaso oficio y evidente falta de recursos.
Despachemos en pocas líneas y sin entrar en demasiados detalles lo acontecido ayer en la tradicional corrida del día de San Fernando en Aranjuez. Con aparente casi lleno y los tendidos de sombra atiborrados de damas y de seguidores incondicionales, hizo su estelar presentación el famosísimo Cayetano que hizo el paseo escoltado nada menos que por El Juli y Alejandro Talavante que actuaron de colaboradores y cómplices de tronío en estos digamos entrenamientos del adorado torero con precios de corrida de lujo.
Para la ocasión, toreros caros y ganado con renombre aunque imagino elegidos entre lo más económico de la camada dada su ínfima por inofensiva presencia y pobre juego. Tanto fue así que El Juli, notoriamente contrariado, no logró dar ni una vuelta al ruedo por la debilidad de sus oponentes, uno de ellos lidiado como sobrero tras ser devuelto por muy flojo el que salió en cuarto lugar. Más aparente y con más trapío que sus hermano este jabonero típico de lo que queda de Veragua en la casa, se pegó un inesperado volantín al salir de una media verónica de El Juli y allí se acabó prácticamente el pasodoble de su embestir aunque El Juli, al menos, pudo entrarlo a matar con evidente destreza y contundencia.
Mucho más enteros resultaron los dos toros que le correspondieron a Talavante pero, para nuestra desgracia y la del propio matado pacense, le vimos en estado de nula gracia y tristón por alicaído y sin sitio, creo que por no estar completamente recuperado anímicamente de la cornada que sufrió hace días. Nada que ver este Talavante de ayer en Aranjuez con el que tanto hemos admirado en las Fallas y en la pasada Feria de Sevilla.
Como tampoco tuvo que ver el impresionante Cayetano de Jerez con el de Córdoba y el de ayer en Aranjuez. A medida que le veo más, comprendo mejor su falta de seguridad en sí mismo, las torpezas que comete y la enorme desigualdad que manifiesta como interprete del mejor toreo que, sin duda, le gustaría plasmar en cada una de sus actuaciones. Y es que una cosa es torear a un toro ideal como fue el de Juan Pedro de Jerez y otra a los de ayer. Un primero tan pequeño que parecía de esos de vitrina que venden en las tiendas de souvenir y para colmo inválido; y otro un poco más cuajado que resultó noble y mucho más encastado que el resto de los lidiados aunque también le faltaron las fueras, razón por la que en ocasiones se defendió punteando por arriba en los remates y se enfadó sacando genio cada vez que enganchó los engaños por falta de temple.
Casi nunca bien colocado Cayetano e impreciso en el templar, sus intentos - casi todos frustrados - con el capote y su muy desigual faena de muleta en la que los mejores detalles o fogonazos del impar estilo que a veces le distingue quedaron eclipsados por un quehacer sin plan ni sentido. Ni, sobre todo, la debida limpieza que terminó en plan efectista con rodillazos y desplantes para recalentar el festivo ambiente enfriado por momentos hasta entrar a matar dejando en espadazo muy trasero y caído que necesitó del descabello, pese a lo cual se le pidió una oreja concedida, por cierto, entre socarronas risotadas de los tres señores que ocupaban el palco presidencial como si estuvieran allí de pura broma. ¡Pues qué bien¡ A mi me sigue preocupando mucho esta manera de llevar a un torero dotado de tantas virtudes y me preocupa aún más porque le llevan como si no las tuviera y todo fuera puro cuento. Y menos mal que, al salir de la plaza, nos enteramos de que en Las Ventas a la gente le había vuelto a crecer la barba por el consabido aburrimiento.
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José Antonio del Moral
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