18ª de San Isidro en Madrid. Magníficos novillos de La Quinta y tres novilleros del montón
29.05.07 @ 07:46:45. Archivado en Toros, Crónicas
Incluido el más puesto y dispuesto de la terna y único triunfador del festejo, José María Lázaro, que tuvo un lote de cuatro orejas pero solo fue capaz de cortar una del sexto, un ejemplar de verdadera revolución. Benjamín Gómez con un primer toro soso y un cuarto nobilísimo pareció la nada revuelta con menos y Miguel Ángel Cañas un pisto sin tomate tras contemplar impasible como sus picadores masacraban en el caballo a los dos de su lote.
Madrid. Plaza de Las Ventas. 28 de mayo de 2007. Decimoctava de feria. Tarde fresca con viento y casi lleno. Seis novillos desigualmente presentados en tres y tres. Muy cuajados los de la segunda mitad que exhibieron pesos y hechuras de toros en contraste con los más terciados y cómodos de cuerna que abrieron el festejo. Todos muy nobles en distintos grados de bravura y de fuerza. El que abrió plaza fue el menos proclive por su sosería. Y el desmereció el mejor por más bravo y completo el último. Segundo y quinto se vinieron abajo por excesivamente castigados en varas tras su estupendo comportamiento de salida. Y el cuarto, aunque blando, embistió con mucha clase. Todos salvo el primero fueron muy aplaudidos en el arrastre. Benjamín Gómez (rosa y oro): Pinchazo y estocada de rápidos efectos, silencio. Estocada y dos descabellos, silencio. Miguel Ángel Cañas (lila y oro): Seis pinchazos y dos descabellos, aviso y silencio tras algunos pitos. Pinchazo, otro hondo y estocada, silencio. José María Lázaro (salmón y oro): Pinchazo, otro hondo y buena estocada, aviso y ovación. Estocada, oreja. Bien en palos Juan Carlos Porras y David Adalid. Los tres novilleros brindaron la muerte de sus segundos novillos a la Infanta Elena que ocupaba una barrera de sombra cercana a las puertas de chiqueros.
Cada vez que se celebra en Madrid una novillada como la de ayer, pienso en qué ocurriría si en vez de ser lidiada por los novilleros que en gran medida la desaprovecharon hubiera caído en las manos de las figuras más destacadas de la actualidad. Imaginen lo que hubieran hecho con estos mismos novillos Enrique Ponce, El Juli, Morante de la Puebla, Sebastián Castella, Alejandro Talavante, José María Manzanares, El Cid, El Fandi, e incluso todos los demás de la segunda división. Pues que cualquiera de ellos les hubieran cortado al menos nueve o diez orejas. Cantidad de orejas que, a estos mismos o parecidos novillos, solían cortar en Madrid las figuras de hace cincuenta o sesenta años. ¿O es que los toros que entonces mataban Manolete, Luís Miguel Dominguín, Antonio Bienvenida, Pepe Luís y Manolo Vázquez, Antonio Ordóñez, etc, etc, etc… no eran como los estupendos novillos de La Quinta de ayer? Exactamente iguales. De tal modo, da que pensar a donde hemos llegado con el torancón actual. Todo lo serio e imponente que se quiera, pero en absoluto proclive al mayor brillo del espectáculo ni por supuesto al resultado, en la mayoría de las corridas de hoy aburrido en las plazas donde se exige esta clase de ganado digamos moderno cuando no elefantiásico.
Donde las dan las toman y en cuanto se refiere a la mayoría de los novilleros actuales, ya vimos – y sufrimos – lo que pasó con Benjamín Gómez, Miguel Ángel Cañas y José María Lázaro. Que parecían veteranos ricos en estado de pronto retiro en vez de ansiosos chavales dispuestos a dejarse matar con tal de triunfar como fuera y como fuese. Ahora casi todos saben torear con esa nefasta técnica que enseguida les enseñan en las escuelas taurinas y que consiste en aprender todo lo que hay que hacer para que los animales no te cojan nunca. En ese aprendizaje es donde precisamente radica el gran problema. Que de arrimarse, poco. Que de entregarse por completo, menos. Y que casi todos parecen cortados por el mismo patrón.
La extrema vulgaridad se hizo presente con Benjamín Gómez tanto con el soso primer novillo como, para mayor dolor, con el estupendo cuarto que dejó escapar por lo mucho que tardó en cogerle la medida y cuando la cogió ya estaba casi acabado el animal. Por cierto que, tanto Benjamín como sus dos colegas se equivocaron de medio a medio en la elección de los terrenos donde plantearon sus faenas. En vez de quedarse donde brindaron a la Infanta Elena que es donde se arremolinaban los papelillos que los mozos de espada suelen echar para averiguan donde molesta menos el viento, ordenaron a los peones que les llevaran los novillos hasta el lado opuesto, donde precisamente más molestaba. ¡Inaudito¡. Y además nadie les advirtió de tan garrafal equivocación. ¡Qué cosas¡ Cuando Gómez terminó con su cuarto novillo de estocada y dos descabellos, un señor de Alameda de la Sagra que estaba a mi lado dijo: “Este no es ná revuelto con nada”. Pues eso.
Miguel Ángel Cañas dejó que sus picadores se ensañaran tanto con sus bravos novillos en sendos puyazos que los animales lo acusaron. ¡Vaya que lo acusaron¡ El segundo tardeando una barbaridad. Y el cuarto parándose antes de la cuenta. Cañas, salvo en el rasgo de valor que mostró en las dos largas de rodillas que se marcó en el recibo del cuarto, no destacó especialmente en nada. Pegó pases todo lo corrientes y molientes que se pueda imaginar y punto. Uno más del montón. Y el mismo señor de que estaba a mi lado, apostilló: “Y este, un pisto sin tomate”.
El más puesto y dispuesto de la terna, el más cuajado y también el más fornido y a punto de tomar la alterativa, José María Lázaro, fue el más favorecido por la suerte. Dos novillos de cuatro orejas. Dos novillos para cantarlos en latín y armar un lío tremendo. Sobre todo el sexto que fue de revolución. Al tercero, de haberlo matado pronto y bien, podría haberle cortado una oreja muy justita. Y al sexto, pese a matarlo como Dios manda, una sola en vez de las dos y en provincias hasta el rabo que el magnífico animal llevaba colgando desde que salió hasta que murió.
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José Antonio del Moral
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