13ª de San Isidro en Madrid. Inapelable cátedra de El Juli, majestuoso Manzanares y bien aunque por bajo de sus toros Uceda Leal
23.05.07 @ 22:38:10. Archivado en Toros, Crónicas, Política
Tras cuajar dos actuaciones distintas a la par que magistrales (monumental e indiscutible la primera y de irreprochable técnica la segunda pese a la artificial polémica que le montaron los del 7), Julián López Escobar salió a hombros con sobrados merecimientos pese a que no más de treinta espectadores del sector contestatario secundados por un arbitrario presidente que debería ser destituido de inmediato intentaron impedirlo. Cortó una oreja de cada uno de sus toros aunque debieron ser tres si contamos la muy pedida segunda de su primero que le robó el palco en intolerable atraco por lo que el gran torero tuvo que dar dos clamorosas vueltas al ruedo. Con el sexto, el más encastado de la estupenda corrida de Victoriano del Río, José María Manzanares llevó a cabo una faena marca de su casa por majestuosa y progresivamente lograda en su marchamo imperial que, de haberla clausurado con la magnífica estocada que propinó a su primer toro (el menos proclive del encierro), también hubiera merecido una segunda oreja. No obstante, logró un trofeo de mucho peso y gran calado. Incomparable al casi regalado apéndice que logró el aquí siempre favorecido y perdonado Uceda Leal del muy noble toro que abrió plaza al que toreó con tanta e intermitente hondura como con equívoca estrategia por no saberlo administrar. Por las mismas razones, tampoco anduvo fino Uceda con el peor cuarto aunque mató pronto y bien a los dos en tarde de magníficas estocadas.
Madrid. Plaza de Las Ventas. 23 de mayo de 2007. Decimotercera de feria. Tarde nublada con amenaza de lluvia por fortuna no consumada y lleno. Seis toros de los dos hierros de Victoriano del Río, muy bien presentados pese al lo que el cuarto se salio del resto en lo que se refiere a tipo. Muy nobles en distintos grados de bravura y de fuerza, muy escasa la del tercero. Por más encastado y fuerte, destacó el último que en varas resultó bravucón. José Ignacio Uceda Leal (celeste y oro): Buena estocada algo caída, oreja. Buena estocada, ovación. El Juli (grana y oro): Gran estocada, oreja con fortísima petición de otra, dos vueltas al ruedo clamorosas y monumental bronca al palco por no conceder el segundo trofeo. Pinchazo arriba y gran estocada, oreja. Salió a hombros entre el regocijo de la mayoría y el berrinche de los que habían intentado impedirlo. José María Manzanares (turquesa y oro): Excelente estocada, palmitas. Estocada caída de buena ejecución, oreja. A caballo destacaron Israel de Pedro y José Antonio Barroso. En la brega, Curro Javier. Y en palos, Juan José Trujillo.
Hacía mucho tiempo que en la plaza de Las Ventas de Madrid no se veía una corrida tan redonda o casi redonda de esas aquí olvidadas en las que triunfaban los tres espadas aunque en la de ayer solamente uno de los participantes salió a hombros por la ansiada puerta grande. El Juli fue quien lo consiguió y ello por su empeño en lograrlo y por el ferviente deseo de la mayoría del público, que no por cuantos intentaron impedirlo. Por cierto, no más de los treinta que aún quedan vivos aunque ciertamente alicaídos entre los tristemente conocidos como reventadores de máximas figuras, situados en el famoso tendido del 7 y aledaños con la complicidad de un presidente que por lo visto comulga con las mismas ideas de los vocingleros y que, a preguntas de los reporteros una vez concluido el festejo, explicó su intolerable actitud diciendo que no quiso darle a El Juli la segunda oreja de su primer toro porque descubrió que la gente quería dársela de antemano.
Pero hombre, ¡por Dios¡ ¿cómo pudo adivinar este señor si las intenciones de 22.970 personas eran preconcebidas o no? Para preconcebidas las suyas y las de los treinta de marras que no cesaron de gritar contra El Juli mientras duró su magnífica faena. Todo lo contrario de cómo se habían comportado antes con Uceda Leal a pesar de que el toro que abrió plaza se le fue sin aprovechar del todo, simple y llanamente porque lo toreó tan hundido desde el principio que el muy noble aunque blando animal no pudo aguantarlo y se acabó antes de la cuenta sin que tan equivocada estrategia le impidiera cortar la primera oreja de la tarde que nadie osó protestar por absolutamente merecida aunque el toro, en mejores manos, hubiera sido de dos.
Claro que, después, cuando los reventadores consiguieron su torpe e incalificable propósito y el presidente se negó cerrilmente a dar dos orejas a El Juli, la situación no pudo ser más ridícula. ¿Cómo se había podido igualar en trofeos la faenita de Uceda con el faenón de El Juli?. Si el usía tuviera un mínimo de dignidad, tendría que haber dimitido de su cargo al final de la corrida y, de no hacerlo, debería haber sido destituido fulminantemente. Y no lo digo porque tenga nada en contra de este señor al que ni conozco. Lo digo por lo absolutamente perjudicial que resulta contradecir la categoría de una obra realmente maestra como las muy pocas que hemos podido disfrutar últimamente en esta plaza.
Que alguien tan importante como el presidente de una plaza de toros como la de Madrid ose poner límites a lo excepcional, ataca directamente al corazón del toreo, a la historia del coso y a lo que se ve venir en cuanto a que faenas como las de El Juli de ayer y la que cuajó José María Manzanares al sexto toro, sumadas a las que en esta misma feria ha llevado a cabo Sebastián Castella, son la prueba más evidente de que la regeneración del mejor ambiente de Las Ventas - perdido durante tantos años por culpa de tanto reventador a las ordenes de algunos periodistas tan desaprensivos como equivocados y de no pocos presidentes aturdidos e incompetentes - ya es imparable por mucho que irrite a los que, desesperadamente, intentan sostener lo insostenible.
Pero vayamos al grano más glorioso de lo que aconteció por gracia de la estupenda corrida de Victoriano del Río – todavía alguno debe estar tomando tila por el berrinche que le debe haber provocado tan inobjetable éxito del ganadero – y por obra de dos toreros sencillamente extraordinarios. Maestro de maestros sin máculas ni el menor reproche, El Juli. Grandioso como intérprete del toreo eterno, José María Manzanares. Loor para ambos espadas, que ayer cada uno en sus respectivas categorías y circunstancias, dieron de sí lo que se espera de ellos y pusieron la feria aún más al rojo vivo de lo que ya estaba por fortuna para todos.
Y es que El Juli vino a triunfar por lo grande y no solo porque ello siempre ha sido el norte y la guía de su excepcional carrera, sino porque en su Madrid le habían hecho ya tantas jugarretas y el formidable reto de Castella le ha motivado tanto, que no le cabía más en su cabeza que contestar inapelablemente. Y así, inapelable e incontestable tanto por lo magistral que supuso su doble actuación frente e dos toros diferentes como por cómo toreó despacio hasta el no va más en cuanto a temple se refiere, pudimos disfrutar a la vez que El Juli disfrutó con sus propias obras.
Excepcional lidiador, en su saber administrar el castigo en varas del segundo toro que, si duró tanto como duró, fue por la exacta y más conveniente estrategia con que El Juli lo planteó todo. No atacar de entrada, sino acariciar sin molestar para que el animal no se cansara sino que también disfrutara con las caricias de su matador. Porque eso fue lo que le hizo El Juli con su capote y con su muleta. Llevarle y llevarle acariciado para, una vez completamente seducido, llevar a cabo ese toreo ligado, quintaesenciado y lentísimo que solamente los grandes son capaces de hacer sin solución de continuidad hasta lograr la absoluta perfección. Y ¡qué estocada¡ señores, a tono con todo lo anterior. Y la inmensa mayoría de los presentes, también a la altura del acontecimiento porque las dos vueltas al ruedo que obligaron dar a El Juli fueron más clamorosas que si le hubieran dado un rabo.
En otro tono menos brillante ni tan luminoso pero no menos importante, El Juli repitió triunfo con el quinto toro, bastante peor que su anterior oponente, a base de técnica propia de laboratorio de altos vuelos científicos, los propios y exclusivos de un Nóbel del toreo. Pues otra vez surgió el exacto y magistral lidiador. Y luego el grandioso muletero capaz de inventar viajes donde apenas no existían y hasta de convertir el agua en vino como atinado prestidigitador. La oreja que no hubo más remedio que darle por pura aplicación del reglamento, sumada la que ya había conquistado, dieron paso a lo que en justicia había merecido Julián. Al fin poder salir a hombros por esa puerta que tantas otras veces se le negó por mala suerte o por notorias injusticias. ¡Enhorabuena, maestro¡.
Y enhorabuena también para José María Manzanares que ayer buscó su más particular y preciada gloria y la encontró crecido con el sexto y más encastado toro de la tarde. No fácil de torear por demasiado pegajoso y eso que le había picado muy bien José Antonio Barroso. No con tanto daño como a su anterior toro que apenas llegó con resuello al último tercio y no hubo más que apuntes de lo que vino después aunque en el arranque de la gran faena, entre lo que el toro repetía sin dejar respirar al torero y lo que a éste tanto urgía llevado por su juvenil ardor, las dos primeras tandas con la derecha se produjeron algo amontonadas por no perder los pasos necesarios para que el toro tuviera hueco para embestir mejor.
Pero no los magnos y señoriales doblones de apertura, como tampoco todo lo demás que Manzanares llevó a cabo desde la pureza de su majestuoso estilo y de su imperial y principesco empaque digno de un rey del toreo que pronto lo será. Lástima que su en muy bien ejecutado volapié se le cayera algo la espada porque, de haberlo matado como al tercer toro, también esta faena debería haber sido premiada con dobles apéndices. No importó demasiado porque lo que trascendió fue cómo y por qué Madrid descubrió del joven Manzanares, que va para grandiosa figura tanto o más importante que su señor padre a quien, desde estas páginas, felicito y envío un gran abrazo.
Comentarios:
Manzanares estuvo bien, con ese fallo que apunta al torear por el pitón derecho a su segundo, y es que el toro cuando repetía a veces le ganaba la acción y se venía por dentro, pero no por que esa fuera su condición sino por falta de mando, pero es evidente que ha mejorado mucho, antes cuando un toro le repetía le quitaba la muleta de la cara y se la colocaba detrás de la cadera.
El presidente al calabozo.
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José Antonio del Moral
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