9ª de San Isidro en Madrid. Por fin se coronó Sebastián Castella en Las Ventas
18.05.07 @ 22:36:30. Archivado en Toros, Crónicas
Salió a hombros en loor de multitudes tras cortar las dos orejas del sexto toro de la tarde, el más entero y el único encastado de una imponente y muy noble aunque, por desgracia, también muy blanda corrida de Valdefresno de la que, hasta salir éste del gran triunfo, sobresalieron por mejores el primero y el tercero, los dos que en gran parte desperdició Miguel Abellán quien, finalmente, se fue de vacío en su accidental mano a mano con el matador francés. Castella perdió otra oreja por fallar estrepitosamente a espadas después de inventarse una primera faena de angustiosa cercanía metido entre los pitones del feble segundo que antes había herido gravemente a Miguel Ángel Perera, cogido al intervenir en un temerario quite por gaoneras. Ni el de Beziers ni el madrileño se encontraron a gusto ni acertados con sus otros toros (cuarto y quinto), los más deslucidos del envió salmantino.
Madrid. Plaza de Las Ventas. 18 de mayo de 2007. Novena de feria. Tarde muy calurosa con lleno total. Seis toros de Valdefresno, muy bien presentados en el tipo de su encaste, Atanasio Fernández, y de juego también característico al de su procedencia, muy nobles aunque en su mayoría mansotes y escasos de fuerza. Por más enteros, destacaron el soso primero, el mejor tercero y sobre todo el sexto que además fue bravo y encastado. Miguel Abellán (palo de rosa y oro): Pinchazo en el brazuelo y sartenazo en el costillar, pitos. Estocada muy trasera, murga al corresponder a la tibia ovación de la mayoría. Pinchazo, estocada atravesada y cinco descabellos, silencio. Sebastián Castella (marino y oro): Pinchazo arriba, otro hondo sin soltar, tres feos pinchazos más y descabello, aviso y leves palmas. Estocada baja trasera, silencio. Gran estocada, dos orejas y salida a hombros por la Puerta Grande. Miguel Ángel Perera (añil y oro), resultó gravemente herido de cornada en los gemelos de la pierna derecha por sobrepasarse en un quite por gaoneras en el segundo toro, siendo conducido a la enfermería donde fue intervenido. En la brega y en palos destacó Curro Molina sobre el resto de las cuadrillas.
Desde antes de iniciarse la corrida, en el ambiente y por los comentarios que se hacían sin cesar, se notaba que la gente estaba deseando, runruneando, suspirando por ver a Sebastián Castella y, aún más, porque triunfara grandemente en su primera corrida de esta feria. Tantas veces le habían negado la puerta grande en esta plaza, que casi todo el mundo se mostraba de acuerdo en afirmarlo. “Hoy será, seguro. Hoy sí que le sacaremos a hombros”. Hasta este grado se había ganado tanta y tan general confianza Sebastián. Un torero de allende lo Pirineos, desde luego, pero también un torero de acá. Nacido en Beziers, sí, pero criado en Sevilla, ciudad que también ama Castella como algo propio. Lo mismo que amó el toreo casi desde que nació hasta el punto de abandonar su hogar para dedicarse por entero a la profesión más difícil y más bonita del mundo.
Bien. Pues tras muchos años de lucha y, sobre todo, de impresionante sacrificio e infinita paciencia, ayer pudo lograr por fin Castella su coronación como máxima figura en la plaza más trascendental del mundo, Las Ventas de Madrid. Y mira que también ayer se hizo de rogar el gran triunfo porque no le llegó hasta el final de la corrida, con el sexto toro de Valdefresno, curiosamente llamado Lironcito, el mismo nombre que tenía aquel ya famoso e histórico toro con el que Enrique Ponce se consagró en Madrid hace ya muchos, demasiados años. Y eso a pesar de que en el sorteo, este nuevo Lironcito no le había correspondido a Castella, sino a Miguel Ángel Perera.
Pero los manes del destino, la casualidad o lo que fuera quisieron que este toro le correspondiera finalmente a Sebastián porque Perera cayó herido por el segundo toro de la tarde. Un noble aunque muy débil animal con el que el de Badajoz quiso demostrar que también él venía a por todas y, por ello, resultó cogió antes de lo debido, con un toro que no iba a ser suyo, y desde luego por extremar la cercanía en las gaoneras de su quiete hasta más allá de lo racional. De tal modo, lo que tantas otras veces le había costado a Castella tener que esperar en la cama hasta que le llegara otra ocasión, le sucedió a Perera para darle la muy esperada y máxima oportunidad a su ya reconocido y definitivamente maduro compañero y maestro. Precisamente por eso - creo -, brindó Castella a Perera la gran faena que cuajó al sexto. Todo un detalle que deseo no quede en saco roto por lo que simboliza respecto a la grandeza de espíritu del gran torero galo y, sobre todo, para que conste en los anales de la historia profesional de ambos. Como asimismo deseo muy sinceramente que un día no lejano, a Perera también le llegue la ocasión que busca y tanto está tardando - como a casi todos - y que cuando le alcance no sea a costa de la sangre de otro compañero ni de la suya propia, sino que le venga en situación normal.
Bien, muy bien anduvo Castella con su primer toro al que recibió por templadas y ajustadas verónicas y luego toreó muy metido en los terrenos del animal con tanto temple como fuera posible imprimir en este angustioso lugar porque, de otra manera, no hubiera sido posible lograr una faena a la que debemos calificar de “inventada” por lo casi imposible de crear, dadas las prácticamente agotadas embestidas de un toro tan noble como finalmente venido por completo abajo. Pero quizá por esto mismo pinchó en su primer intento de entrarlo a matar y lo que hubiera sido una primera oreja quedó en simple y tibia ovación por las muchas – demasiadas – veces que volvió a pinchar Sebastián.
Desesperadamente flojos los imponentes y nobles toros de Valdefresno, desaprovechados en gran parte por torearlos periféricamente y sin el más mínimo sentimiento ni fibra Miguel Abellán – se le escaparon al menos una oreja del sosito primero y otra del bastante mejor tercero -, impreciso o quizá demasiado empeñoso Castella con el cuarto que derribó en varas y llegó a la muleta renqueando ostensiblemente sin que ello alertara al matador, dispuesto a meterlo en cintura sin pensar en que tantos y tan seguidos muletazos no serían bien admitidos por el animal, deslucidos a la par el aún peor quinto y de nuevo desdibujado y sin ningún celo Abellán, la tarde se estaba yendo y yendo sin que ninguno de los dos espadas supuestamente enfrentados en un mano a mano accidental triunfase, salió al ruedo Lironcito.
Y, como hemos dicho, con este Lironcito, más fuerte, más bravo, más encastado también y, tan noble como sus hermanos aunque algo tardo en sus arrancadas, llegó por fin la coronación del matador francés. Importante y magistral por fácil y ya sabio, sin necesidad de extremar su impar valor más de lo imprescindible y sin que se notara nunca el esfuerzo – Castella es de los poquísimos que no alteran el gesto ni le cambia el color del rostro sea cual sea la situación en que se vea metido – sucedió la gran faena de muleta que, para mayor singularidad y esperanza en el futuro, no fue la mejor que Sebastián ha hecho ni que puede o podrá hacer, sino una gran faena digamos normal dentro de su excepcionalidad porque torear como toreó no es cosa que cualquiera pueda hacer.
Estatuarios impolutos sin mover un músculo. Trinchera ligada al de pecho. Redondos soberanos. Naturales a la cada cual más largo y debidamente cosidos a sendos de pecho. Más redondos redondísimos. Aún mejores los naturales de la segunda parte de la obra. Y un festín de quietud y de máxima cercanía en varios intentos más entre circulares invertidos y pases cambiados que, sin solución de continuidad, condujeron a la gran estocada con que está vez sí, mató al animal que también tardó en doblar sin que tal tardanza limitara lo más mínimo el entusiasmo y la general alegría del público que, por fin también, gozó tanto o más que el protagonista con su obra históricamente cenital. Enhorabuena y que dure el mandato. ¡Vive la France!. ¡Viva España¡. ¡Viva nuestra Fiesta por ti también Castella universal¡.
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José Antonio del Moral
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