6ª de San Isidro en Madrid. Llanto por dos magníficos toros de Núñez del Cuvillo
16.05.07 @ 05:25:39. Archivado en Toros, Crónicas
El más fácil y suave tercero de la muy bien presentada corrida se le escapó de cabo a rabo a El Capea que salió absolutamente derrotado cuando no desahuciado de su segunda y última tarde en esta feria. Y con el más encastado y por ello no tan fácil quinto, Curro Díaz (sustituto de Alejandro Talavante) anduvo por bajo de su excelso embestir aunque, de no haber pinchado ni matado tan garrafalmente, habría cortado una oreja pero no las dos como estaba obligado dadas sus circunstancias. Díaz tampoco pudo triunfar con el segundo que, posiblemente, hubiera sido otro toro estupendo de no haber sido picado tan alevosamente. Lástima porque, con ambas reses y quizá con las tres mencionadas, Morante podría haber armado un lío. Pero al de la Puebla le correspondió el peor lote y naufragó entre un quiero y no puedo, si bien dejó para el recuerdo un precioso quite por chicuelinas y fantástica revolera en el tercero.
Madrid. Plaza de Las Ventas. 15 de mayo de 2007. Sexta de feria. Tarde agradable sin gota de viento con lleno. Seis toros de Joaquín Núñez del Cuvillo, magníficamente presentadas y armadas en su vario y espectacular pelaje. Por su mejor juego, destacaron el tercer toro que embistió con muy noble y fija dulzura, y el más encastado quinto que asimismo resultó noble y de muy lago embestir, sobre todo por el lado derecho. También podría haber dado sobrado o al menos suficiente juego el segundo, pero se vino pronto abajo por causa del primer y demoledor puyazo que recibió. Menos propicios por quedarse cortos y echar la cara arriba por faltos de fuerza en distintos grados aunque también nobles, resultaron el que abrió plaza, el cuarto y el sexto que obedeció notablemente por el lado derecho. Morante de la Puebla (negro y plata): Estocada, silencio. Dos pinchazos y estocada trasera, pitos. Curro Díaz (celeste y oro): Dos pinchazos, otro hondo y tres descabellos, silencio. Pinchazo e infamante sartenazo, palmas. El Capea (grana y oro): Pinchazo y estocada trasera arriba, pitos tras ovación para el toro en su arrastre. Pinchazo hondo, silencio.
Llegado a Madrid esperanzado por ser esta sexta corrida de las que podían embestir pese a su tamaño y gran trapío – un encierro de verdadero lujo donde los haya el que trajo Núñez del Cuvillo –, deseando ver otra vez a Morante, este año en muy buen momento, y hasta al sustituto de Talavante, Curro Díaz, por ver si ratificaba su gran éxito en Las Ventas antes de la feria isidril, me incorporé al más largo serial de la temporada también dispuesto a soportarlo con paciencia y resignación franciscanas si las cosas seguían como previsiblemente sucedieron el la primera parte del ciclo. Rematadamente mal como de costumbre en esta plaza y feria cuando las corridas y los toreros que se anuncian en algunos carteles no pueden dar más de sí que el valor a cualquier costa o la consabida impotencia ante la nula colaboración de las reses. Mejor fue evitarse las cuatro primeras para encarar bien las que siguen, pensé. Pero…
Y mira que volvió a deslumbrarme el habitual gran ambiente previo al comienzo de las corridas en Madrid. Impresionante el gentío de toda condición en los alrededores de la plaza y en los pasillos interiores. Saludos por doquier. El inevitable gin-tonic y al tendido. Plácido y calmado ayer como el clima preveraniego, sin una gota de viento. Ideal y desde luego extraño en esta plaza casi siempre ventosa y vocinglera. ¡Qué milagro!, volví a decirme. ¿Sería para bien?
Pues no. Fue para mal y hasta para hacernos llorar de rabia contenida y esta vez no por la habitual y violenta intransigencia del sector de siempre, sino por la falta de competencia de dos de los actuantes aunque uno de ellos anduvo cerca del triunfo pero no del que debería haber logrado. Me refiero a Curro Díaz porque de Capeita mejor dejarlo para después y entonar con su tarde finalísima por no decir otra cosa peor. ¿Qué hubiera pasado de corresponderle a Morante de la Puebla los dos toros que les cayeron en suerte tanto a Díaz como a Capea? Y otra pregunta más morbosa aún ¿Y si le hubieran caído a Talavante?. Respuesta rápida: que habríamos salido de la plaza toreando.
Porque señores, digámoslo de una vez por todas. La corrida de Cuvillo fue, en su conjunto, una estupenda corrida. ¿O no? Escuché lo contrario por la tele en una repetición y me quedé estupefacto. Pero, ¡oigan!, que los toros de Cuvillo de Sevilla tuvieron suerte con los matadores y los buenos de ayer no. ¿O es que tuvo suerte el tercero con Capea? Y el segundo y el quinto con Díaz. Hubo que oírle también a éste en su declaración posterior. Que si “he perdido otra puerta grande si no llego a pinchar”, que “qué pena más grande”…
Menos lamentos y mejor lidiar. Curro Díaz permaneció impasible mientras su picador demolía al segundo toro, arruinado por ello y por tanto desperdiciado lamentablemente. Y con el quinto, ese extraordinario por encastado animal que trasmitió una barbaridad y que fue toro de cortijo precisamente por ello, Díaz, aunque lo toreó con honda gracia y a veces con mucho sentimiento en muletazos ayudados y en trincheras de bellísima factura que la plaza jaleó con esos olés tan secos y típicos de Las Ventas, se amontonó tanto y dio tan poco hueco al toro en las tandas sobre la mano derecha, se cansó tan pronto de intentar el natural y se fue tan rápidamente a cambiar la espada de madera por la de verdad, que dio impresión fatal de ese conformismo propio de quien no quiere o, mejor dicho, no puede ser torero caro. Pero, ¡hombre por Dios¡, que este toro era de dos orejas y de Puerta Grande en San Isidro con lo que eso supone. Nada que ver entonces con lo del otro día. Para matarle. Sobre todo cuando se aturdió al entrar a matar y lo hizo pinchando tras echarse descaradamente afuera y enterrar luego el acero en el chaleco del toro por la misma razón. ¿No era para llorar….?
Lo de Capea fue aún peor, mucho peor. Cuando se anunciaron los carteles de esta feria, se dijo que su inclusión en dos corridas y más concretamente en la de ayer, de superlujo por toros y compañeros, era un regalo que le quiso hacer su padrino de bautizo, José Antonio Chopera. Y vamos que lo fue. Calculo que, de haberle cortado las dos orejas que el tercer toro llevaba colgando desde que salió hasta que murió, al menos un millón de euros podría haber ganado Capea por el dichoso regalito porque, dado quien es, a ver quien se hubiera atrevido a no ponerle en su plaza en dos o tres vueltas seguidas por España, Francia y América si hubiera salido a hombros ayer.
Pues lo tuvo a huevo y tampoco fue capaz en esta maravillosa ocasión que, inapelablemente, se le fue. Como también debimos verle no tan evidenetemente crispado con el sexto toro, mejor de lo que en sus manos pareció, sobre todo por el pitón derecho. ¿Van a seguir diciendo que la culpa es de la prensa? Pero quienes de que cuantos criticamos el insólito caso de El Capea por su ya definitivamente demostrada incompetencia profesional no quisiéramos que hubiera salido rotundo triunfador? Yo, desde luego, habría dado lo que fuera por verle hecho una figura como lo fue su padre. Y lo que más lamento es que, de continuar empeñado en este imposible seguir y seguir contra viento y marea sin necesidad ni razón alguna, pueda amargarse la familia entera. No hay derecho. No señor. Eso aparte del vergonzoso dispendio que supone seguir quitando puestos a toreros bastante mejor dotados.
Respecto a Morante, lamentar también que no se apretara más los machos aunque, bien es cierto, que ninguno de sus dos toros fueron los que prefiere el gran artífice para torear mínimamente relajado. Arte que, en perfumadas gotas, solo tuvo ocasión de verter en el quite por chicuelinas y revolera que le hizo al tercer toro llamado “Pañoleto”. ¡Ay si le hubiera tocado a él¡
Adenda o cota para expertos en básculas. ¿Pesaban bastante más de lo que ponía en el cartel los toros de ayer? Porque, una de dos: o la báscula de Madrid pesa disminuyendo o las de provincias aumentando. A ojo, no cabe más que sospechar en ambas circunstancias. Y es que hay que acabar de una vez por todas con el dichoso cartel anunciador de los pesos de los toros que solo sirve para tapar excesos o para confundir defectos.
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José Antonio del Moral
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