4ª de feria en Jerez. El primer gran turno de Morante supo a poco al final
13.05.07 @ 10:30:29. Archivado en Toros, Crónicas
La pareja aunque muy desigual corrida de Núñez del Cuvillo fue como una traca quemada al revés. Con el gran primer toro, el artista de la Puebla cuajó su acostumbrada gran faena de cada año en esta misma plaza – cortó dos orejas y salió a hombros – y, a partir de ahí, la tarde decayó irremisiblemente. Ni siquiera la esforzada que no bonita labor de Finito de Córdoba con el bravucón cuarto del que cortó una oreja logró levantar el progresivo desánimo de una jornada en la que José María Manzanares se llevó el peor lote aunque tampoco él anduvo fino ni en su mejor momento.
Plaza de toros de Jerez de la Frontera (Cádiz). 12 de mayo de 2007. Cuarta de feria. Tarde calurosa con tres cuartos de entrada. Seis toros de Núñez del Cuvillo muy bien presentados y de juego desigual. Por más completo, bravo y noble aunque algo débil tras lastimarse en la suerte de varas, destacó el primero. Los demás no tuvieron el mismo comportamiento ni de lejos aunque algunos se dejaron por uno de sus dos pitones como el mansito tercero por el lado derecho y el bravo cuarto por ese mismo pitón. Inválido el quinto y rajadísimo el sexto, la corrida tan bien iniciada, terminó completamente hundida. Finito de Córdoba (berenjena y oro): Estocada caída, ovación. Estoconazo muy trasero desprendido, oreja. Morante de la Puebla (negro y oro): Pinchazo arriba y estocada trasera desprendida, dos orejas. Salió a hombros. Tres pinchazos y estocada, silencio. José María Manzanares (azul pavo y oro): Estocada muy ladeada que escupe, pinchazo hondo y descabello, ovación. Pinchazo hondo y estocada, silencio. Magnífico a caballo, José Antonio Barroso que escuchó palmas por bulerías y muy bien en la brega y en palos Juan Montiel, Curro Javier y Juan José Trujillo.
Aunque a la mayoría de los espectadores nos entusiasmó el arranque de la tarde con un Morante tan valiente como sembrado, no faltaron quienes, luego contagiados por el peor desarrollo de la corrida, quisieron restar méritos al de la Puebla. “Ya no es quien era, ya no es el mismo, ya no es…” Yo creo que las muchas ganas y la exhibición de valentía que últimamente prodiga este singular toreo le están quitando su fama de artista excepcional, antes y como todos los toreros de su corte, muy irregular y pródigo en sus muchos rasgos de desgana y hasta en los petardos indisimulables. Pero este Morante de ahora, desde luego irreconocible en su indudable y permanente ilusión por triunfar casi a diario, es el caso más insólito que uno haya visto en su vida entre los toreros llamados de arte, uno de los cuales y quizá el más limitado aunque el más genial de todos, Rafael de Paula, apodera a su estrafalaria y personal manera al sujeto que en su día despreció por no considerarle de su misma alcurnia.
El Paula apoderado aparece en las plazas, muy bien comido, supongo que también mejor bebido y lujosamente fumando, mas con luengas barbas complacientes y canosas a lo Papá Noël en paro forzoso y, ayer, además tocado con sombrero de ala ancha, razón por la que muchos creyeron que en el burladero de mentores quien así se presentaba parecía un guiri allí colado de rondón. Y su torero, divertido con todo su entorno, imagino que con su famoso y pintoresco apoderado y consigo mismo. Porque hay que ver lo feliz que se le ve a Morante últimamente. Ayer llegó y se fue de la plaza en calesa tirada por un tronco de caballos y le vimos muy sonriente cuando salimos de la plaza mientras nosotros lo hacíamos con sabor agridulce y ya más cerca de la decepción que de la ilusión.
Hablo, como casi siempre en mis crónicas, sobre todo de sentimientos e impresiones porque, la verdad, salvo la gran faena de Morante en la apertura del festejo, de esta tarde no merece la pena entrar en demasiados detalles de cuanto aconteció después. De tal modo, dejemos constancia por delante de las firmísimas verónicas del artistazo, de unas medias insólitas en él, precisamente por ligarlas a cada lance anterior sin mover un milímetro los pies. Y de una faena de muleta tan valiente y firme como nutrida en la que hubo que extremar el temple para evitar que el toro perdiera las manos por haberse lastimado en un puyazo que recibió estrellado contra el peto al que llegó al relance. Tan abundante y larga fue la faena que a algunos hastió el “banquete” que terminó con un lujoso postre: tres naturales ligados sucesivamente y sin enmienda a sendos de pecho que supieron a gloria.
Gloria que no llegó después en ninguno de los cinco toros que quedaban por catar. Ni siquiera la muy esforzada labor de Finito con el bravo y violento cuarto con el que no logró evitar que se notaran más sus resortes técnicos que los estéticos. Toques demasiado fuertes en los cites, muñecazos para despedir al toro en cada pase aún más fuertes. Latigazos, en suma, más que muletazos. Y solo tres trincheras de tronío al final. Le dieron la oreja. Pero yo sigo esperando al Finito relajado que no acabo de ver.
Manzanares lo intentó con el complicado tercer toro sin llegar a mayores. El toro – aunque manso - pareció embestir noblemente por el lado derecho pero siempre metiéndose para dentro. Y como el torero también lo toreó metiendo la muleta para dentro en vez de llevarlo en línea, el conjunto de las tandas surgieron amontonadas y aceleradas. Además y tras comprobar que por el lado izquierdo no había nada que rascar, a José María le falló su infalible espada.
Y tras lo imposible de otra función feliz de Morante con el arruinado quinto, definitivamente feble tras otro inoportuno puyazo al relance, otra decepción con el sexto, el más manso y rajado de la corrida, con el que Manzanares solo pudo lucir cual débiles e intermitentes rayos del sol en medio de la niebla cuando se fue con el toro a donde siempre quiso irse, a tablas, y allí pudo estirarse por naturales de los que siempre huyó el animal. Así se fue muriendo esta corrida que había empezado tan bien y que para muchos terminó sin casi apenas recordar como se abrió.
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José Antonio del Moral
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