12ª de feria en Sevilla. Heroíca, enrazada, torerísima, inolvidable despedida de César Rinón en La Maestranza
24.04.07 @ 21:58:46. Archivado en Toros, Crónicas
Cortó las dos orejas de un bravísimo y encastado sobrero de Torrestrella tras cuajarle una gran faena en dos partes, emocionante aunque equívoca la primera e infinitamente mejor la segunda que reinició tras sufrir un descomunal revolcón que por poco se lo lleva al otro mundo. Maltrecho por el palizón, se negó a pasar a la enfermería y armó un lío de los grandes, rematando su labor con un pinchazo y una sensacional estocada en la suerte de recibir. La plaza puesta en pie le tributó un rendido homenaje que el gran torero colombiano recibió en los medios tras pasear los trofeos en vuelta apoteósica. Estos fueron el toro y el acontecimiento de la tarde porque los tres primeros, muy terciados, adolecieron por completo de casta y de fuerza, el cuarto de los titulares fue devuelto, el quinto resultó tan dócil y soso como falto de la más mínima transmisión, y el sexto, aunque también noble, se vino abajo mediada la faena de Salvador Cortés que no supo cogerle el aire. En contraste con la motiva actuación de Rincón, Enrique Ponce se inventó una faena de total exactitud, temple milimétrico y exquisito gusto que fue contemplada con deleite pero sin calor.
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 24 de abril de 2007. Decimosegunda de feria. Tarde bochornosa con lleno total. Siete toros de Torrestrella, incluido el sobrero que reemplazó al cuarto, devuelto por demasiado blando. Desigualmente presentados en tres y tres. Descastados y sin apenas fuerza los muy terciados tres primeros. Con mucho más cuajo los de la segunda parte, destacó por muy bravo y encastado el imponente cuarto. Suave aunque sin ninguna codicia ni humillar el basto quinto, y en principio muy noble y alegre el más bonito sexto aunque se vino abajo a mitad de faena. César Rincón (marino y oro): Estocada desprendida, silencio. Pinchazo y gran estocada, ambas en la suerte de recibir, dos orejas con vuelta apoteósica. Pasó a la enfermería donde le atendieron de contusiones varias. Enrique Ponce (grana y oro): Pinchazo y estocada trasera, silencio. Estocada tendida levantando al toro el puntillero antes de tardar en doblar definitivamente, ligera petición y gran ovación. Salvador Cortes (salmón y oro): Estoconazo desprendido, silencio. Estocada desprendida, palmas. Bien en la brega y en palos Manuel Montoya y Mariano de la Viña. También destacaron en banderillas los hermanos Tejero y Luís Mariscal que escuchó música al parear al sexto toro.
En esta feria estamos saliendo a acontecimiento casi diario y ayer le correspondió protagonizarlo a César Rincón quien, como todo el mundo sabía, en esta corrida se despedía de la plaza de la Real Maestranza de Sevilla como matador de toros. Lo consiguió haciendo el más alto de los honores a tan importante ocasión y en su propósito hasta se jugó la vida porque en la cogida que sufrió el propio torero tuvo parte de culpa aunque, una vez repuesto del terrible susto, fue cuando César llevó a cabo una segunda parte de faena realmente colosal.
Iba mal, muy mal la tarde que, hasta la salida del sobrero que sustituyo al muy flojo cuarto, había transcurrido en medio de la general decepción por culpa del muy descastado juego de las primeras reses. Muy débil el que abrió plaza, Rincón no pudo lucirse lo más mínimo. Manso y rajadísimo el segundo, Ponce apenas logró apuntar unos delantales en un quite al que siguió otro absolutamente inoportuno de Salvador Cortés porque en ese momento el toro ya estaba prácticamente agotado, como quedó acreditado en un trasteo que, apenas iniciado, no pudo tener más desarrollo que el breve intento de Ponce en meter en la muleta por redondos al manso e inmediatamente comprobar que ya no había nada que hacer. Rebrincado en los embroques el tercero, Salvador Cortés pareció un naufrago a la deriva y sin control cuando intentó una faena de imposible solución. Y la gente, como es natural, empezó a hartarse hasta el punto pedir la devolución del cuarto que, por lo que hizo de salida, llevaba las mismas o peores trazas de sus hermanos.
Y así llegamos hasta la salida del sobrero, un toro realmente extraordinario que podrá puntuar entre los más bravos y encastados de esta feria. Tan bravo fue, que embistió y hasta murió volando con las cuatro patas en el aire en la última acometida de su vida, con la que acabó César Rincón en la suerte de recibir tras un primer intento en el que pinchó. Esa magnífica estocada que quedará en la memoria de los que la vimos para siempre, fue el colofón de una faena también memorable que tuvo dos partes forzadas por la tremenda cogida que sufrió Rincón cuando, citando desde la media distancia para dar un natural con la mano muy adelantada aunque sin estar bien colocado por descruzado, el toro le vio y se fue para él como un disparo, dramático instante en el que casi todos creímos que el torero había resultado gravemente herido.
Tras buenos lances a la verónica en el recibo con el capote en los que el toro cantó las virtudes que le adornaban y un largo aunque algo inquietante tercio de varas, el toro galopó en banderillas y llegó a la muleta para cantarlo en latín. Advertido Rincón, brindó la faena a su apoderado, Luís Manuel Lozano, y buscando lograrla dando mucha distancia a su oponente en los primeros tramos tal y como le gusta hacerlo al colombiano tras tantear por bajo al animal, dio comienzo el trasteo propiamente dicho sobre la mano derecha con la que logró una segunda tanda meritísima por la gran velocidad con que seguía embistiendo el burel. Incomodado por tan desbordante brío, cambió de mano Cesar y cuando se disponía a recetar el quinto natural, se produjo el tremendo percance.
Todos al quite y antes que nadie Ponce que intentó convencer repetidamente a Cesar para que se fuera a la enfermería asustado por el mal estado físico de su compañero que llevaba la cara ensangrentada, afortunadamente era la del toro no la del torero quien, aunque apenas podía andar ni sostenerse en pié, se desprendió raudo de cuantos le asistían en un arranque de raza incuestionable. Y de nuevo dispuesto al combate, reinició la faena increíblemente más entregado que antes y también mucho más despierto y oportuno porque en cuanto hizo no solo se colocó perfectamente sino que toreó como hacía tiempo no le veíamos, enormemente bien, como en sus mejores tiempos. Sobre todo en una última tanda sobre la mano derecha que enardeció los tendidos.
Rendido el toro a los pies del matador y entregados los tendidos como correspondía a la ocasión, Cesar Rincón pudo disfrutar del homenaje de los aficionados sevillanos, supongo que tan henchido de emoción y gratitud como todos y cada uno de los doce mil espectadores que le aplaudimos en pie en una de las ovaciones más grandes que uno haya vivido en esta plaza. ¡Enhorabuena torerazo y ojala que en cada una de las despedidas que te aguardan por toda España y por la Francia taurina, logres acumular parecidos honores sin que sufras ningún percance y que Dios te bendiga para siempre!.
Enrique Ponce, después, tuvo un toro absolutamente opuesto al anterior de César Rincón. Muy noble pero sin el más mínimo celo ni brío. Tan apagado llegó a la muleta tras la suerte de varas y el otra vez inoportuno quite que le hizo Cortés, que nadie salvo el propio Ponce apostó por una faena lucida. Poco a poco, exacto en las distancias, en los cites, en los toques y milimétrico en el temple que extremó despaciosamente, Ponce fue extrayendo muy tranquilo y elegante, muletazo a muletazo, hasta conseguir hilvanar varias tandas de ligazón inverosímil y bellísimo trazado aunque sin querer forzar nunca la máquina, dando siempre espacio y hueco al toro, a sabiendas de que si lo hubiera hecho más apretado y para dentro, el animal se le habría parado por completo. De ahí la lección que el público contempló con deleite mientras pudimos escuchar como Ponce le hablaba al toro – “aguanta un poquito por favor”, y sonaban los lentos compases de un dulce pasodoble a tono con la perfecta obra del valenciano.
Un espadazo arriba y tendido no fue determinante porque aunque el toro dobló, el puntillero lo levantó, teniendo que esperar Ponce dos minutos más para que se echara definitivamente, lo que enfrió el ambiente e impidió el triunfo del torero que se retiró al callejón visiblemente disgustado.¿Disgustado por qué, Enrique?. Tú ya no necesitas nada más porque ya estás en la historia del toreo con letras de oro y lo que tendrías que hacer es dejarlo para siempre. No vaya a ocurrir que… Y, además, así dejarías tranquilos a los que siguen negándote el pan y la sal, permanentemente enojados porque tu, Enrique, eres quien más disgustos ha dado a los partidarios acérrimos de otros toreros. Partidarios, no lo olvides, que son tus más sangrantes víctimas y por eso te odiarán mientras vivan. ¡Qué pobres diablos¡.
El último capitulo a cargo de Salvador Cortes fue de trámite y otra vez decepcionante porque el toro valió la pena y Cortés no supo aprovecharlo. Destemplado y torpe, el noble animal se vino abajo antes de la cuenta y no hubo nada más. Rincón se había marchado ya de la plaza o permanecía reposando en la enfermería – no lo sé – y no pudo recibir el segundo y definitivo homenaje que sin duda el público se quedó con ganas de tributarle.
Comentarios:
"Recibió al sobrero con muy buenos lances y media verónica. Comenzó la faena en el centro del ruedo sobre la mano derecha, desde largo, y cuajó cuatro muletazos y el de pecho, profundos y rematados. Continuó con la diestra aunque se quedaba fuera de cacho al segundo muletazo con evidente peligro. La primera por naturales, largos y bien finalizados aunque se dejó ver demasiado hasta que el animal lo prendió de mala manera. Lo había visto en el segundo pase al quedar descolocado, por lo que quedó un hueco entre su cuerpo y la muleta, por donde arremetió la res. Se levantó conmocionado pero no permitió que se lo llevaran a la enfermería. Prosiguió por ambos pitones, ya mejor situado y con el engaño adelantado; logró los mejores pases de toda la faena, ceñidos y rematados. Pinchó en la suerte de recibir y colocó una gran estocada, entrando de la misma forma."
"Al quinto, soso y sin humillar, lo saludó con lances muy templados. Dirigió la lidia de forma magistral y la faena de muleta no lo fue menos. El toro no humillaba y era necesario que pasara sin forzarlo, es decir, a media altura, una de las acciones más difíciles del toreo puesto que hay que coordinar muy bien la distancia para no salir desairado del lance. Tras las dos primeras series diestras, una por naturales muy elaborados, cruzados, en la media distancia y el engaño siempre a la vista del animal. Los muletazos diestros finales, incluidas las trincheras, de maestro. Faena de torero cumbre, inteligente y valiente. Sin ademanes ni falsas alegrías, Ponce dio una lección de lo que es el arte de torear. Lo malo es que lleva muchos años."
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José Antonio del Moral
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