11ª de feria en Sevilla. Morante y Talavante compiten a tope, conmueven al público, y se desbordan el palco y la feria
23.04.07 @ 23:47:23. Archivado en Toros, Crónicas
Feria que se pone al rojo vivo como hacía muchos años no sucedía. Independientemente de la excesiva por desproporcionada concesión de algunos trofeos – sobraron la oreja de Talavante en su primer toro y la segunda que le dieron a Morante del quinto - la tarde resultó realmente extraordinaria y emocionantísima tanto por la genial e inspirada aunque imperfecta faena del gran artista de la Puebla del Río, como la que el extremeño cuajó de menos a muy más por sublimes naturales con el sexto toro del que cortó merecidos y dobles apéndices tras matarlo pronto y bien, lo que le permitió salir a hombros por la Puerta del Príncipe. A la bien presentada y muy noble corrida de Núñez del Cuvillo le faltó fuerza, sobre todo a los toros de Jesulín de Ubrique que no pudo despedirse de Sevilla como pretendía aunque lo intentó infructuosamente.
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 23 de abril de 2007. Undécima de feria. Tarde veraniega con lleno absoluto. Siete toros de Joaquín Núñez del Cuvillo, incluido el sobrero que reemplazó al quinto, devuelto precipitadamente por embestir descoordinado tras pegarse un fuerte golpe al rematar en tablas y tardar luego en regresar a los corrales, ya evidentemente repuesto. Todos bien presentados, muy armados y, salvo el agresivo y áspero segundo que resultó imposible, bravos y nobles en distintos grados de fuerza, muy escasa en líneas generales. Sobre todo el cuarto, que se vino pronto abajo. Por su mayor clase y fijeza, destacaron el quinto y el sexto que tuvo un pitón izquierdo de revolución. Jesulín de Ubrique (añil y oro): sartenazo, silencio tras algunos pitos. Metisaca en los costillares y descabello, silencio. Morante de la Puebla (crema y oro con remates negros): Estocada trasera muy caída a paso de banderillas, bronca. Estocada trasera caída, dos orejas que el presidente concedió sacando al tiempo los dos pañuelos en gesto sin disimulos partidista. Alejandro Talavante (malva y oro): Casi entera trasera atravesada y descabello, oreja. Estocada, dos orejas. Salió a hombros por la Puerta del Príncipe.
Se disparó la feria de Sevilla como hacía tiempo no sucedía y lo cierto es que, tras el intolerable nubarrón de anteayer, los tendidos maestrantes y cuantos pudieron presenciar la décima corrida por televisión, lo pasamos en grande gracias al enfrentamiento que protagonizaron Morante de la Puebla y Alejandro Talavante. Dos toreros completamente diferentes aunque ambos geniales desde sus respectivos estilos y personalidades. Ello por encima de todo porque lo que debería imperar en cualquier corrida son la emoción y los sentimientos de los toreros, a su vez transmitidos a los receptivos espectadores. Tanto fue así ayer, que a casi nadie importaron las faltas y carencias que acontecieron en las dos faenas que ambos diestros llevaron a cabo frente a los dos últimos toros de la tarde. En Morante de la Puebla, ya es sabido, hasta la arruga es bella. Y Alejandro Talavante es unos de esos poquísimos toreros capaces de poner las plazas del revés con tan sólo cuatro muletazos. Pero claro, con ser maravilloso todo esto, una cosa es la emoción y hasta la conmoción que esta clase de toreros suelen provocar en los públicos cuando están en vena - y en lo que juegan muchos otros factores y antecedentes - y otra el análisis sosegado de lo que ocurra en realidad durante la lidia en función de las condiciones del toro que cada cual tenga delante. Cuestión de obligado cumplimiento para los aficionados entendidos, para la presidencia del festejo sobre todo y, no digamos, para cuantos tenemos luego que contar y discernir lo que haya sucedido.
Y es que todas las corridas tienen dos argumentos. El técnico y el dramático. En el que se refiere a la parte técnica de ayer hubo de todo e incluso cosas criticables en los momentos más celebrados. Pero en la parte dramática, fue tanto lo que ocurrió y en instantes tan sorprendente, que sólo recuerdo de lo sucedido tuvo sobrado interés y, para muchos, argumento más que suficiente para dar rienda suela a la pasión. ¡Ah, la pasión¡, sirena del mundo, capaz de lograrlo todo. Lo soñado, lo imposible, lo inalcanzable, hasta lo irrazonable. Compartamos pues la incandescente pasión que tanto Morante como Talavante nos hicieron sentir por la sencilla razón de que ellos dos también actuaron y compitieron rotunda y apasionadamente. Porque nada fue de mentira sino totalmente verdad. Los dos se la jugaron a cara de perro y en tal desprendimiento radicó la locura que produjeron en el público y hasta en el palco presidencial.
Aparte la desgraciada actuación de Jesulín en trance de despedirse de la afición de Sevilla con muy mala suerte – templado como siempre aunque algo frío con su primer toro que fue bueno aunque algo soso sin más, y muy poco que hacer frente al enseguida apagadísimo cuarto – sucedió que Morante no quiso ver ni en pintura al muy agresivo y endemoniado segundo toro y la gente se metió mucho con él, dejando la bronca que le dedicaron como primera nota negativa para el torero de la Puebla, a su vez en trance de la ya imperiosa necesidad que tenía de triunfar por todo lo alto en su Maestranza después de varios años ausente o sin éxitos.
Y tercer acto como antecedente. Un buen toro que en parte se le escapó a Talavante porque, en medio de los lances que pegó y de los muchísimos pases que compusieron su nutrida y abultada faena de muleta, solo algunos tuvieron su mejor sello. Precisamente en los que adelantó el engaño y bajó la mano corriendo el brazo como sabe, lentamente y mayestático. En todo lo demás, en la mayoría de los muletazos, como uno más, corriente y moliente. Y el espadazo, muy trasero y atravesado. En definitiva, una actuación de vuelta al ruedo por ser vos quien sois y punto. Pero como Talavante tiene ya a la gente metida en su talego, una suficiente petición de oreja obligó al presidente a concederla. El diestro, la paseó después sin fuerza.
Llegó después la segunda ocasión para Morante que estaba en el callejón hecho un manojo de nervios, francamente molesto, hasta desencajado. Porque además de su obligación en resolver el reto que aún tenía pendiente, un inoportuno y al final sucio quite que acabada de hacer en el toro de Jesulín a sabiendas de que al animal apenas le quedaban fuerzas, le habían supuesto más pitos de la gente, apenas paliados por las palmas de sus incondicionales. Total, que Morante estaba lo que se dice a revienta calderas y deseando sacarse la espina como nunca.
En ese estado cruzó la plaza para recibir al quinto toro a porta gayola. Todavía dura el murmullo que provocó este gesto de quien nunca, que yo sepa, lo había hecho en su vida. Y lo consumó, aunque tuvo que tirarse a la arena para que el toro no se lo llevara por delante. Inmediatamente en pie y arrancado como nunca le habíamos visto, se lió a dar verónicas tan sentidas como veloces mientras la plaza empezó a rugir. Rugidos que se repitieron en un posterior quite por especialísimos delantales y, de ahí en adelante, la progresiva, la entrecortada porque el toro escarbaba o se detenía, la inspiradísima y genial faena que a todos nos puso los vellos de punta.
Inconmensurable – por tanto no medible, ni predecible, ni siquiera concebible – y a pesar de las imperfecciones que jalonaron el genial trasteo que se tradujeron en no pocos pases enganchados en los remates porque el que toro, tan noble como débil, echó la cara arriba al final de los embroques, Morante se complació en un variada sinfonía que, ora citando desde lejos, ora desde cerca, una veces arrebujado con el toro, otras displicente, las más sumido en el embrujo del más hermoso barroco toreo que se pueda imaginar, otras viniéndose gachón, otras yéndose encantado, nos volvió locos a todos. Difícil, muy difícil resulta describir tantas sensaciones artísticas acumuladas en tan solo diez minutos. Y si a lo creado por Morante se añadió la música y el marco incomparable en su bellísima anochecida, ¿Qué importó, pues, que la espada quedara baja? Importó inmediatamente después,¡vaya si importó¡.
Importó porque como no podía ser de otra manera, Talavante también salió a por todas y, aunque tardó en ser él mismo en su mejor versión con el sexto toro, llegó un momento en el que, con la izquierda, acabó con el cuadro por naturales. Fue cuando el toro se vino abajo y en cada pase tuvo Talavante que imantar a su enemigo con la ya famosa sutilidad de su exclusiva muleta, definitivamente descolgado su brazo izquierdo que deslizó larga y mansamente hasta rizar el rizo en trayectoria curva de círculos completos. Y no en solo en un par de tandas, sino en varias. Y después, con la derecha, de igual guisa. Y para rematar, un festín de ayudados por bajo y por alto ceñidísimos, colosales. Y la plaza volvió a estallar hasta la extenuación y el regocijo incontenibles. Una estocada hasta las cintas y, en su caso, insólitamente colocada en lo alto, subrayaron la también inolvidable obra y, claro estuvo, las dos orejas de toda ley fueron hasta sus manos y, consecuentemente, su primera salida a hombros por la Puerta del Príncipe que, nada más de llegar a Sevilla, sitúan a Talavante entre uno de sus toreros predilectos.
¡Señores, cómo está el patio¡. Lo de El Cid, lo de José María Manzanares, lo de Alejandro Talavante, lo de Morante y lo que falta porque varios toreros más tendrán que hablar y responder. Y es que el "pescado" se ha puesto más caro que nunca. ¡Viva la Fiesta!.
Comentarios:
!! GRANDE MORANTE !!.
( por supuesto también son grandes otros muchos toreros, pero Morante es distinto )
Que el arte no empieza y acaba en Sevilla...
Viva la Fiesta!!!
Aunque Morante antes toreaba con más naturalidad, sin menos escorzos y sin forzar tanto la figura.Tiene el toreo dentro de sí, le fluye por las venas.No necesita eso para llegar a la gente.
Me quedo con la innata clase y descomunal empaque de Manzanares y los increibles naturales de Talavante.
No se olvide de Castella en su primero del sabado....que si llega a ser el tercero, ejem ejem. Aunque para mí la Feria la están gobernando el maestro de la Puebla y mi paisano Manzanares.
En cuanto a la primera oreja de Talavante, no solo me pareció justa sino que tambien se lo pareció al público de la Maestranza que era a quien se lo tenía que parecer.
De acuerdo en que, a pesar de todo, la segunda oreja de Morante, sobró y eso que a mí también me puso los pelos de punta.
Inmenso el mérito de Talavante en la faena al sexto. Consiguió meter en el zurrón a un público que solo tenía ojos para Morante.
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José Antonio del Moral
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