9ª de feria en Sevilla. Tres versiones del valor: Magistral el de Castella, todavía gélido Perera, y Talavante del cero al clamor
22.04.07 @ 00:08:34. Archivado en Toros, Crónicas
El gran torero galo cortó una valiosa oreja del noble aunque blando primer toro de la corrida de Torrealta. Y el más nuevo de los extremeños hasta pudo cortar las dos del sexto de no haber pinchado una faena de su especialísima cosecha que caló a la vez que sorprendió enormemente tras su pésima por torpe labor con el tercer toro, diametralmente opuesto al último que fue, con mucha diferencia, el mejor del serísimo encierro, por lo demás agresivo y deslucido. Con el lote menos propicio, Miguel Ángel Perera se fue decepcionado y de vacío.
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 21 de abril de 2007. Novena de feria. Tarde nublada e intermitentemente lluviosa con lleno total. Cinco toros de Torrealta, muy agresivos y astifinos en su diferente aunque seria y cuajada tipología. Salvo el que abrió plaza, que resultó tan noble como blando, y el bravo y muy noble por los dos pitones sexto, con notables dificultades por su genio en distintos grados de manejabilidad. Nula la del cuarto que fue el peor de los lidiados. Por devolución del quinto tras lastimarse en su primer encuentro con el caballo, se lidió un también serio y agresivo sobrero de Zalduendo, noble aunque tan blando que se paró enseguida. Sebastián Castella (lila y oro): Estocada caída, oreja y petición de otra. Estocada baja trasera algo atravesada, silencio. Miguel Ángel Perera (esmeralda y oro): Estocada desprendida, ovación tras injustos pitos. Pinchazo hondo trasero, silencio tras algunas palmas. Alejandro Talavante (berenjena y oro): Pinchazo, estocada y dos descabellos, aviso y palmas. Tres pinchazos, estocada y descabello, enorme ovación y salida de la plaza en medio de un clamor. Destacó tanto en la brega como en palos Curro Molina.
Llovió mucho aunque mansa e intermitentemente como cuando en el norte cae el famoso sirimiri. Pero no estorbó demasiado a los espectadores que estábamos en los tendidos y solo un poquito a los toreros aunque alguno se resbaló. De ahí que a medida que avanzó la tarde, todos decidieron descalzarse, como si estuvieran rezando en una húmeda mezquita.
Y la corrida empezó bien, yo diría que muy bien con un bonito primer toro que hizo honor a sus buenas hechuras aunque, desde el principio, blandeó. Otro torero que no fuera Sebastián Castella, que fue a quien le correspondió, no habría puesto tanta atención en medirle al mínimo su castigo en varas. Y gracias a ello, gracias a la excelente y magistral lidia que le dio Castella, el toro llegó enorme a la muleta, con fijeza y con clase suficientes que permitieron explayarse por todo lo alto al matador galo. Ya en maestro seguro - y certero - sin abandonar su reconocida valentía que este año, primero de su nuevo estado, no se nota tanto porque, como es lógico y natural, ha decidido y decidido bien no contrariar la razón ni prodigarse en las locuras ni en los suicidios gratuitos. Que ahora hay que torear mucho y ganar un dineral. Cortó la obra en el momento que había que cortarla porque el toro ya no podía con su alma y tan solo lo caída que le quedó la espada debió ser el motivo al que se agarró la presidencia para que solo cortara una oreja. Una oreja que, tras lo que vino después y de haber hecho Castella frente al cuarto toro lo mismo que le hizo al primero, seguro que habrían sido dos.
Y es que enseguida se torció la corrida, definitivamente la más seria y agresiva de las que llevamos vista en esta feria. Y encastada en su mayor parte también aunque con esa casta que linda con el genio. El segundo toro apretó mucho para los adentros y Miguel Ángel Perera no se pudo estirar con el capote como en principio pretendió. Para él, ésta corrida era una prueba muy dura dado que tenía que competir desde su innegable valentía con otros dos famosos por valientes aunque de distinta condición. Castella ya había resuelto su primer combate desde su nuevo grado de profesor emérito. Pero detrás iría uno de esos genios del valor que una veces parecen tenerlo alocado y otras controlado y hasta sideral. Y para colmo el toro que, brusco aunque incipientemente francote, no acabó de romper a mejor. La firmeza y el aguante de Perera quedaron patentes. Y también su fe en sí mismo. Pero no tanto su sentido del temple. Demasiados enganchones propiciaron que lo que pareció iba a ir a mejor fue a peor. La insistencia realmente meritoria de Perera en conseguir hacerse con el toro no fue entendida por algunos y la impaciencia de parte de la plaza manifestada con injustos e inoportunos pitos, dejó a Perera en mala situación.
Tal y como le sucedió a Talavante con el tercer toro con el que se la jugó sin lograr acoplarse una sola vez por esa manera de torear que tiene en su peor versión. Cites por las afueras con la mano retrasada y la muleta tomada como una bayeta de fregar que en el emboque resulta casi siempre prendida y arrugada, mientras su permanente quietud de pies asusta al personal hasta que llega el ¡ay¡ de la inevitable cogida, momento en que el valor más suicida del torero queda al desnudo y lo que ha hecho mal resulta tapado por el kamikace al borde del abismo. Puede que eso guste a algunos. A mi, absolutamente nada porque eso es torear a merced del animal. El cero de Talavante.
La guasa del cuarto toro y lo muy a menos del sobrero de Zalduendo que hizo de quinto, tampoco resolvió el corpus central de la corrida. Más valor consciente de Castella, fantástico por tranquilo y seguro en su arranque de faena por estuarios colosales dignos de cartel, una firma templadísima y el desdén. Pero ahí acabó la cosa porque el toro se negó después, se paró. Y dos parados nunca llegan a entenderse. La sirena de una ambulancia rasgó el ya cansado ambiente y la corrida siguió.
Para mal con el quinto devuelto tras derribar al caballo y lastimarse, supongo por romanear en demasía. Y un muy caro sobrero de Zalduendo que tampoco ayudó para que el gélido valor de Perera se trocara en caluroso. Tras un talegazo inesperado al salir de un pase de pecho, el toro se vino rápidamente a menos y el pasodoble se estropeó del todo para Miguel Ángel, notoriamente decepcionado por su pésima suerte en tan delicada situación.
Pero de repente, la luz de la mejor bravura, de la mejor nobleza y de la más clara fijeza del sexto nos devolvió a la perdida ilusión. ¡Ahora os vais a enterar como torea Talavante en su mejor versión¡. Aunque tardó un poquito en cogerle el aire al toro, enseguida cautivó por como adelantando la mano en el primer pase de cada tanda, esta pareció constreñida en un solo e interminable muletazo aunque en realidad fueron cuatro, cinco, seis seguidos sin moverse un milímetro de donde los empezó. Y así primero con la mano derecha y luego con la izquierda hasta que con un natural en círculo eterno puso la plaza materialmente boca abajo.
La ascética personalidad de Talavante y su manera de torear tan recosido y recogido consigo mismo, y siempre pegado al toro como si estuvieran fundidos en una sola pieza de dos, volvieron locos los tendidos maestrantes. Ya estaba el lío formado y aunque, en mi opinión, no totalmente aprovechado el magnífico animal – uno ha visto a Talavante varias veces aún mejor – solo faltaba que acertara a matar a la primera para que se armara la revolución. Pero pinchó. Como tantas veces, pinchó. Y se fue al garete el follón que muchos de sus partidarios traían preparado. No la sorpresiva admiración de los que nunca le habían visto bien. No obstante, la apuesta a medias resuelta así por Talavante, tuvo sus efectos en los comentarios posteriores al festejo. Todo el mundo quiere volver e verle, meter sus dedos en la llaga que dejó sangrando y a ver si en la próxima mata mejor.
Comentarios:
A Talavante en su primero lo vi mal, esos toques por fuera tan burdos que en numerosas ocasiones le dejaban al descubierto al abrirle "la ventana" descaradamente, de ahí los revolcones y el estar en numerosas ocasiones, como bien dice, a merced del toro. En su segundo, otro con las orejas volanderas, no alcanzó a estar a la altu...
Por cierto, se le "olvidó" en su crónica el contar como durante la faena del sexto se escuchó en la Maestranza el grito de ¡TORERO, TORERO!, ¿No le pareció importante?
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José Antonio del Moral
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