3ª de feria en Sevilla. Brillante respuesta de Diego Ventura al incombustible Hermoso de Mendoza
15.04.07 @ 22:35:49. Archivado en Toros, Crónicas
Los dos debieron salir por la Puerta del Príncipe pero la presidencia se lo impidió al grandioso rejoneador navarro negándole la segunda oreja de su primer toro mientras no tuvo inconveniente en dársela al más joven pese a pinchar una entusiasta y original a labor en banderillas frente al sexto, el de más clase de la jornada. Aparte más o menos trofeos, ambos jinetes ofrecieron un gran espectáculo en el que la estupenda corrida de Fermín Bohórquez se prestó notablemente al lucimiento mientras que el hijo del ganadero, que abrió plaza, no tuvo su tarde más feliz y se fue de vacío.
Sevilla. Plaza de la Real Maestranza. 15 de abril de 2007. Tercera de feria. Tarde radiante y definitivamente primaveral con lleno total. Seis toros para rejones de Fermín Bohórquez, muy bien aunque desigualmente presentados y muy nobles en distintos grados de fuerza y de casta. Por su mayor clase, destacó el sexto. Fermín Borhóquez Domecq (de corto con chaquetilla azul acero): Pinchazo y otro en los bajos echándose el toro, silencio. Metisaca, pinchazo hondo y, pie a tierra, siete descabellos, aviso y silencio. Pablo Hermoso de Mendoza (de corto con chaquetilla cobalto): Rejonazo contrario, oreja y fortísima petición de la segunda con bonca al palco por no concederla. Medio rejonazo que se hundió de efectos fulminantes, oreja y petición de otra. Diego Ventura (de corto con chaquetilla azul marino): Rejonazo trasero desprendido, oreja. Pinchazo y rejonazo en lo alto, dos orejas. Salió a hombros por la Puerta del Príncipe y Hermoso por la llamada Principal o de cuadrillas.
Como saben mis lectores, las corridas de rejones no son mi fuerte. Tampoco mi pasión. Pero siempre que torea Pablo Hermoso de Mendoza en cualquiera de las muchas plazas y ferias que frecuento cada temporada, acudo ilusionado a verle sin importarme nada más y, claro está, para comprobar la persistencia de su magisterio impar y ese don de incombustibilidad que acompaña a las grandes figuras. Mendoza a caballo solo tiene parangón con Ponce a pie y ya va siendo hora del que el grandioso jinete bautice a uno de sus nuevos caballos con el nombre del también eterno valenciano. ¿No les parece?
Los adjetivos encomiables se agotan cada vez que pretendemos elogiar como se merece el genial centauro de Estella y en este instante de abrir el ordenador para comentar lo que ocurrió ayer en La Maestranza, me sucede lo mismo. Ya he dicho lo de maestro y lo de genial. Habrá que volver a utiliza lo de inconmensurable. O sea, lo no mensurable, lo inmedible e intratable. Soberbio otra vez más con su primer toro que cuajó de cabo a rabo, de principio a fin, desde la A hasta la Z volviendo locos los tendidos pero no al señor presidente que se empeñó en no darle la segunda oreja sin saber o, mejor dicho, intuyendo que luego sería muy difícil la repetición de lo que acababa de suceder.
Esa manía de los presidentes en medirse al principio de las corridas para que los trofeos no se le vayan de las manos, suele padecer luego de la injusticia y así ocurrió ayer. Porque luego de Hermoso, actuó el joven más ardiente y entusiasta entre los rejoneadores actuales, estuvo bien y en la misma línea argumental que su modelo, la gente también pidió la oreja, la concedió el usía y el dichoso término de la comparación fue inevitable. Infinitamente más redonda la obra del navarro y aunque los efluvios de espectacularidad de Diego Ventura al expresarse activo resultaron enormemente cautivadores, una actuación y otra no tuvieron mucho que ver, dicho sea en honor de la verdad.
Luego, el segundo toro de Hermoso se vino muy abajo en el tercio de banderillas, Pablo tuvo que recurrir a las piruetas para compensar la falta de brío de burel y el no haber alcanzado por ello el mismo gran nivel que acababa de lograr aunque sí andar, como siempre, por encima de las condiciones de su enemigo, y la oreja que le dieron – una y una sumaban solo dos – no fue suficiente medida para que el navarro pudiera salir a hombros por la Puerta del Príncipe. ¿Se dio cuenta, entonces, el señor presidente de por qué se equivocó?
Lo debió ver con más claridad cuando llegó el final de la lidia del sexto toro de Fermín Bohórquez, el mejor y con más clase del envío jerezano, y ante la brillantísima respuesta de Ventura a su maestro, no tuvo más remedio que permitir que el joven saliera por la mítica puerta pese al pinchazo que precedió al rejonazo con que mató a su oponente. Total, que el riguroso usía se ablandó.
Centrándonos en la realidad de lo acontecido y dejando aparte los caprichos presidenciales, constatemos la magnífica aunque todavía nerviosa actuación final del joven jinete – debería tomar una infusión de tila antes de cada actuación porque cualquier tarde puede darle un ataque -, sobre todo en los momentos que sobrecogieron a los espectadores que remataron la lidia de este magnífico animal. Cuado citando para un par de banderillas desde lejos, tuvo que avanzar y retroceder elegantemente al tiempo que llamar y llamar con la voz al toro hasta que éste se arrancó galopando hacia el caballo con esa fijeza que caracteriza a las mejores reses del encaste Murube-Urquijo y clavó al quiebro portentosamente a la vez que lanzaba su sombrero al viento. Y cuando inmediatamente después volvió a quebrar en otro alarde de pureza interpretativa no exenta de la efusiva personalidad de Ventura quien, para remachar el clavo, colocó finalmente un par a dos manos colosal.
Por delante de ambos triunfadores, naufragó un más soso que nunca Fermín Bohórquez. Con el primer toro se pasó en darle vueltas para fijarlo, se pasó en los rejones de castigo y el bicho se le vino completamente abajo. Y con el otro, aunque estuvo más entonado e ilusionado en agradar, falló estrepitosamente con los aceros. No fue por ello su tarde más feliz y mucho que los sentimos porque andar así al lado de los dos soberbios que alternaron con él, debió ser una dura experiencia.
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José Antonio del Moral
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