12ª y última de Fallas. Ponce y Manzanares pinchan las dos faenas más toreras y enjundiosas
19.03.07 @ 21:10:02. Archivado en Toros, Crónicas
De haber matado bien, ambos podrían haber salido a hombros. Sobre todo Ponce a quien la presidencia le negó una oreja pedida con clamor. La repentina cicatería del palco después de tanto trofeo regalado por faenas vulgares e infinitamente peores que la del gran torero de Chiva, la extrema debilidad de los toros de Román Sorando y el vendaval que se desató mediado el festejo fueron las circunstancias más negativas de la última corrida de la feria en la que tomó la alternativa el diestro local, David Esteve, que dejó escapar al mejor toro de la tarde, un extraordinario sobrero de Nuñez del Cuvillo.
Valencia. Plaza de la calle Xátiva. 19 de marzo de 2006. Decimosegunda y última de feria. Tarde progresivamente nublada y fría con incomodísimo vendaval racheado desatado inoportunamente tras la lidia del tercer toro. Solo se lidiaron cuatro terciados de la ganadería anunciada, Román Sorando, por devolución de los dos primeros, prácticamente inválidos. El que abrió plaza fue reemplazado por un estupendo y bonito sobrero de Núñez del Cuvillo, a la postre el mejor toro con mucho de la tarde. Y el segundo por otro bonito sobrero de Martelilla, tan débil o más que el devuelto y por ello de imposible lucimiento. Quinto y sexto sacaron problemas en gran parte por culpa del vendaval. Enrique Ponce (grana y oro): Pinchazo hondo y descabello, silencio. Pinchazo, estoconazo trasero y descabello, petición sobrada de oreja y gran ovación con posterior bronca a la presidencia por no conceder el trofeo. José María Manzanares (almirante y oro): Cuatro pinchazos y un quinto muy hondo, gran ovación. Estoconazo trasero desprendido, petición insuficiente y ovación. Tomó la alternativa David Esteve (blanco y oro): Dos pinchazos y estocada trasera, vuelta al ruedo. Dos pinchazos y media estocada, palmas. Finalizado el paseíllo, se guardó un minuto de silencio en homenaje del Doctor José María Aragón, queridísimo cirujano jefe de la plaza fallecido hace meses. Ponce brindó su segundo toro a su viuda que ocupaba una barrera en medio de una gran ovación.
Aunque la última corrida de la feria no pudo empezar más decepcionante con los dos primeros toros devueltos por inválidos, un magnífico sobrero lamentablemente desaprovechado por otro vulgarísimo espada levantino que Ponce doctoró imagino que más para no abrir él la lidia por delante que por merecimientos profesionales del aspirante – estamos más que hartos de alternativas sin interés ni más futuro que servir de comodín de los empresarios o apoderados en turno dispuestos a protegerles o apoyarles - pudimos gozar inmediatamente después con la dos faenas más toreras de la feria a cargo de José María Manzanares con el tercer toro y de Enrique Ponce con el cuarto. Estas dos reses de Sorando resultaron más enterizas que las anteriores y aunque a la de Manzanares le faltó repetir las embestidas y durante la faena de Ponce molestó mucho al vendaval que irrumpió repentinamente, la abismal diferencia de conceptos entre el que acababa de mostrar Esteve y los de Ponce y Manzanares nos devolvieron a la más jubilosa de las realidades del toreo cuando este se hace desde lo que debe ser: El valor y la técnica como soportes de los sentimientos y del arte. Lo que es torear, lo que nos ilusiona, lo que nos enardece, lo que nos obliga a seguir adelante.
Ponce buscaba su segunda salida por la puerta grande en esta feria y tras no poder dar un solo pase a su primer toro por derrumbarse cada vez que intentó pasarlo de muleta, se esmeró con el más entero y noble cuarto y vaya que se esmeró, incluso a pesar del viento que le obligó a interrumpir su obra tres veces y a buscar de continuo terrenos donde no soplara. Derrochó Enrique raza, casta, pasión, inspiración y otra vez surgió el milagro de su inalcanzable regularidad. Esa permanencia en el éxito que le mantiene en el pináculo más alto del toreo mundial desde hace dieciséis años.
La gran faena de Ponce, sobre ambas manos, cargando la suerte en cada muletazo a cada cual más hondo, más templado y adobada con extraordinarios pases de pecho, cambios de mano, pases de la firma, trincheras, desplante final de rodillas dando la espalda al toro y un precioso abaniqueo de postre, fue como una revelación que enardeció a los tendidos. ¡Qué diferencia más grande hay en el sentir y hasta en el gritar olés del público cuando se torea con tanto dominio y regusto que cuando se hace mecánicamente y sin que el torero se emocione ni se sienta porque de la vulgaridad no pueden saltar al tendido mas que ecos de simple trabajo sin alma que le sostenga.
De ahí que a la gente no le importaran el pinchazo previo a la estocada de Ponce ni el descabello que siguió para demandar una oreja que el palco se negó a conceder. Negativa desde luego explicable si no fuera por las varias orejas que se han dado en esta misma feria sin tanto merecimiento. Es igual. Ponce había dejado su sello de gran figura inagotable y de indiscutible triunfador del ciclo, digan lo que digan ahora los jurados.
Como también José María Manzanares con el toro tercero, para dar una nueva prueba de lo bien que sabe torear. Mecido, acompasado, lentísimo, saboreando cada lance – precioso su quite por chicuelinas de inspiración paterna – o cada muletazo. Faena esta del joven artista, de progresiva verdad más porque al principio le faltó quizá dar ese paso más que hay que dar tras cada pase cuando los toros se muestran remisos, pero mediado el trasteo en adelante, con dos circulares invertidos que duraron una eternidad que ligó a dos de pecho largos como un río en los que se juntaron la destreza y el arte en grado superlativo y la gente bramó hasta esperar que aquello terminara con una estocada de las que prodiga el alicantino. Pero por entrar a matar primero sin que el toro estuviera debidamente cuadrado y por preferir la suerte natural a la contraria, se repitieron los pinchazos y el triunfo se esfumó que no el aroma que dejó Josemari esparcido por el ruedo.
Después de torear Ponce al cuarto toro apenas nada nos pudo interesar porque con el viento que soplaba violentamente, no hubo modo de torear como es debido. No obstante, a Manzanares se le agradeció mucho el tremendo esfuerzo que hizo y ya no tanto a David Esteve su segundo e infructuoso intento con un toro mucho peor que con el que se acababa de doctorar. Una pena de chico.
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José Antonio del Moral
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