6ª de Fallas en Valencia. Tarde infame, imposible peor
15.03.07 @ 00:44:39. Archivado en Toros, Crónicas
Muy mediocre la corrida de El Torero aunque con tres toros francamente manejables. Inseguro por todavía falto de sitio Serafín Marín. Sin suerte alguna con sus toros Serranito. Y fatal con el mejor lote Juan Ávila que dio un recital de ventajismo y de bastedad de formas pese a la oreja que cortó del tercer toro. Podría haber cortado otra del sexto de no haberlo pinchado y hasta hubiera salido a hombros sin más merecimiento que el entusiasmo de un público tan ignorante como desconocedor.
Valencia. Plaza de la calle Xátiva. 14 de marzo de 2007. Sexta de feria. Tarde fresca con casi dos tercios de entrada. Seis toros de El Torero (Salvador Domecq), bien aunque desigualmente presentados y en su mayoría deslucidos por faltos de raza y de clase. Por manejables destacaron el tercero, el cuarto y el sexto. Los demás, infumables. Serafín Marín (verde doncella y oro): Pinchazo hondo y estocada, silencio. Estocada corta trasera tendida, petición menor y vuelta por su cuenta. Serranito (blanco y oro): Estocada baja y seis descabellos, silencio. Estocada caída perpendicular que escupe y dos descabellos, aviso y silencio. Juan Ávila (grana y oro): Pinchazo y estoconazo trasero, oreja. Tres pinchazos y estocada, aviso y silencio.
La muy larga duración de festejo y lo aburrido que resultó impone brevedad en su relato. No merece la pena detenerse en muchos detalles porque se pegaron centenares de mantazos sin el más mínimo interés ni concierto alguno. Hubo algunos toros que merecieron ser toreados formalmente o al menos con mayor atención de los espadas en hacer las cosas medianamente bien pero ni lo intentaron. Salvo Serranito en sus lances de recibo al quinto, no se toreó en el sentido más fiel a la palabra. Malas colocaciones en los cites desde las afueras, poco por no decir ningún sentido del temple y pésimos cuando no sucios remates. Violencia y velocidad interpretativa a raudales, enganchones continuos y trapazos por doquier. Pero a la mayoría del público asistente no le pareció importar nada de esto. Les bastó la aparente voluntad de trabajar o de cumplir el expediente de los toreros sin entrar en más detenimientos que el hecho de andar por allí haciendo como que toreaban.
En función del material que tuvieron enfrente, el catalán Serafín Marín no pareció estar recuperado anímicamente tras sus percances de la pasada temporada con los dos toros de su lote que podemos calificar de medio. Ni los mejores, ni los peores. Dos toros con los que el propio Marín en mejor momento podría haber estado bastante mejor. Dubitativo, ligero de pies, inseguro, sin sitio en definitiva, anduvo por bajo de sus dos enemigos, si bien debo reconocer sus deseos de agradar a sabiendas d que no podía ser quien no hace mucho fue. Sobre todo al final de su faena al cuarto cuando el toro se le fue a tablas y allí consiguió ligar un par de ramilletes de muletazos por alto, poniendo de su parte a todos los que estaban por encima de donde estaba él.
Con los dos toros peores, el segundo sacó genio y el manso quinto se vino abajo en el último tercio tras una salida intentando y logrando saltar al callejón dos veces – único momento regocijante de la tarde –, quien más podría haber estado como sabe con mejor ganado, Serranito, se estrelló por completo. Lamentable.
Y finalmente, el único relativo y desde luego injusto triunfador de la infausta jornada y el más joven de la terna, Juan Ávila, que dio un recital de bastedad de formas y de recursos para torear con todas las ventajas habidas y por haber pese a que sus dos toros, tercero y sexto, fueron los más claros y fáciles de la corrida. Aceleradísimo anduvo con el más encastado que mató primero, y sin cruzarse ni una sola vez con el muy noble que cerró la tarde. Se eternizó en sus prolijas labores, además, y al final muchos espectadores abandonaron la plaza al ver como Ávila insistía e insistía en prolongar su espantosa faena al sexto y no poder aguantar en sus localidades ni un minuto más mientras el matador no se decidía a terminar de una vez, cosa que logró de varias agresiones.
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José Antonio del Moral
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