Gallardón es un coche bomba del que periódicamente salen suicidas con cinturones explosivos dispuestos a volar el PP. Cada vez que algo o alguien suponen un obstáculo a su ambición, y la Moncloa se le aleja, Gallardón quema a lo bonzo a alguno de sus leales, que suele ser Manuel Cobo, y lo lanza contra su partido. A Gallardón le importa un capullo soberano lo que le pueda pasar a un PP en el que él no reine. Si no es suyo, que no sea para nadie. Sobre todo que no sea para Esperanza Aguirre, que no sólo se atrevió a disputarle Madrid, sino que se la ganó. Y Madrid es el mejor trampolín para la gloria.
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Todo estaba en la foto. El desconcierto de una sociedad adulta que ha renunciado a educar en la plenitud de su sentido. Los complejos de la pequeña burguesía arribista, de derechas o de izquierdas, que confunde ser liberal de espíritu con malcriar a los hijos. Las contradicciones, que decíamos cuando aún coqueteábamos con el marxismo, de una izquierda pacata que cree que consentir a las chicas abortar sin conocimiento de los padres –y con conocimiento, también- la convierte en avanzada, mientras, eso sí, no las deja salir en la foto.
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Lo que ha muerto es el respeto. La consideración del otro, su dignidad esencial, el primero de los derechos humanos contra la barbarie. El respeto antes lo enseñaban los padres desde su autoridad. Lo enseñaban los mayores en las calles desde su autoridad, y cuando nos llamaban la atención porque estábamos haciendo trastadas, salíamos zumbando en lugar de afrentarlos como ahora. Y lo enseñaban los maestros en la escuela y los profesores en los institutos y en las universidades, desde su autoridad: la de la experiencia, la del saber, la de la jerarquía social del mérito. Aún recuerdo la bronca que nos echó el gran García Berrio en primero de carrera por cierto apelotonamiento con las chicas a la entrada de clase. ¡Ah, si el bueno de don Antonio (fíjense, ‘don Antonio’, qué cosa tan antigua) se pasease hoy por la ESO!
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Si el fútbol da la medida del bienestar y el progreso de una ciudad, y así fue siempre, el reciente ascenso del Caravaca a 2ª B supone el verdadero final de un siglo XX que nos desangró. Caravaca tenía en 1900 los mismos habitantes que un siglo después. Ya la creación de las provincias y la desaparición de la Encomienda de Santiago, que nos separaron administrativamente de nuestra región natural y de aquellos con los que habíamos compartido gobernación (Santiago de la Espada, Topares y María, las comarcas del sur de la actual provincia de Albacete, el Noreste de la de Granada), iniciaron una postergación que nos llevó desde los años treinta del pasado siglo a una fortísima e imparable emigración, dirigida a zonas muy diversas, desde la Argentina hasta Francia, Suiza o Alemania, en los años sesenta, pero sobre todo a esas Barcelonas, como decimos allí, Mallorca, Elche, Benidorm, Valencia… No hay prácticamente familia caravaqueña que no tenga algunos o muchos de sus miembros asentados en esa Cataluña para la que se dejaron la piel y que hoy les paga expulsando su lengua de la vida oficial, prohibiéndola en la enseñanza, ofendiendo los símbolos españoles, adoctrinándolos para que renuncien a su memoria y se asimilen al nuevo dios nacional-socialista de la Catalunya gran.
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Están alumbrando una nueva nación, la Cataluña Imperial que nos absorberá a todos, y han enviado a Chaves por España a que nos ponga la epidural. Para que no nos duela. Chaves es el comadrón entre ZP y Montilla, el experto en realidades nacionales y partos de los montes. Otros lo llaman el Papamóvil, porque viene a predicar el amor, a dar abrazos antes de que Salgado le entregue a Cataluña cuanto pide.
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Pierdan toda esperanza: voy a hablar de la crisis. Aunque no exactamente de los excesos y la incompetencia que nos han traído hasta aquí, sino de su representación, de su metáfora, que es siempre el modo en que mejor entendemos las cosas que el poder nos presenta oscuras y lejanas para poder estafarnos mejor. Y es que de estafas hablamos, de la inmensa soplapollez que, bajo múltiples etiquetas falsamente vanguardistas, se apoderó del arte durante el último tercio del siglo XX, hasta convertir en humo embotellado, en mierda de artista enlatada (literal), lo que había comenzado con el siglo como una apuesta radical, una búsqueda apasionada por encontrar lenguaje y respuestas a la crisis del hombre moderno, a su vaciamiento moral, a su desnuda desesperación.
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El próximo miércoles tendrá lugar una manifestación en Murcia, con gentes venidas de todo el Sureste, contra la reforma del Estatuto de Castilla-La Mancha que pretende acabar con el Trasvase Tajo-Segura. De ser así, no habrá agua ni para beber, más de cien mil hectáreas se desertizarán y se perderán miles de millones de euros y cientos de miles de puestos de trabajo.
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Déjenme que hoy les hable de José Perona Sánchez, catedrático de Lengua de la Universidad de Murcia y uno de los más brillantes combatientes que nos quedaban contra la estupidez reinante en la enseñanza española. Con su muerte, acaecida el pasado martes, algunos perdemos algo fundamental, un amigo verdadero y generoso; pero España pierde una de las escasas inteligencias a contracorriente que quedaban en su gris y acobardada universidad. La cultura española está hoy un poco peor, pues un hombre como Perona es irrepetible. Fue, por ejemplo, además de ensayista e investigador, un articulista implacable, dueño de una lengua culta y acerada con la que hizo lo que muy pocos se atreven a hacer, y menos en los oasis autonómicos: devastar la inkultura, la tontería progre y aldeana, esa redundancia. En la foto de abajo aparece junto a Arturo Pérez Reverte, que le incluyó como personaje en su novela "La carta esférica", bajo el nombre de Néstor Perona. Las palabras que siguen han aparecido hoy en La Opinión de Murcia, en la sección "Obituario".
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Si el socialismo sigue al frente del Gobierno, destruyendo España, en el futuro el río Segura no pasará de ser una charca de ficción. Seguramente harán de él un parque temático para educar en la ciudadanía sostenible a los niños autonomizados. Mientras las macrourbanizaciones de las llanuras del Guadiana, alimentadas con agua del Tajo, constituirán un símbolo egregio de la nueva nación manchego-socialista, la Cuenca del Segura será un modelo de imperio depredador que el buen zapaterismo aniquiló para gloria del progreso y otro mundo posible: el del Pocero.
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Treinta años de Constitución después, no tenemos casi nada que celebrar. Buena parte de los asesinos -salvo la extrema derecha y sus batallones- siguen siendo los mismos: la extrema izquierda leninista y separatista que entonces nos dejaba casi cien muertos por año. Entonces, sin embargo, teníamos ilusión, la esperanza de levantar entre todos la democracia y la igualdad ante la ley, la justicia y la libertad. Y un Estado decente del que nadie se considerara dueño. Hoy los españoles hemos perdido la fe. El verdadero desencanto es este malestar descreído, la confirmación de que ya nadie piensa más que en su culo, de que el patriotismo que en aquellos días nos impulsaba (sí, patriotismo, amor a nuestro país, deseo de cambiarlo y mejorarlo) ha sido aplastado por estas castas políticas, empresariales y sindicales, intelectuales y hasta artísticas que han convertido al Estado en un botín, en una máquina de expoliación de los pocos que aún trabajan.
He leído estos días que el País Vasco está enfermo. Pero el País Vasco no es el enfermo, es la enfermedad. La nuestra.
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El ideal futbolístico de Javier Clemente consistiría, si pudiera, en colocar en el centro del campo a Van Damne, Terminator, Rambo y Steven Seagal. Para crear. En la defensa, tres centrales tipo Goicoechea, especialistas en desasnar maradonas. Y en la delantera, auténticos estilistas como Julio Salinas, o algún defensa central reciclado, alguien que pudiera recoger los balones lanzados desde la defensa, sin pasar por Rambo, hasta que pudiera llegar Steven Seagal a rematar. Su fútbol fue siempre una adaptación caricaturesca de todos los tópicos vascos,
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Con la paciencia y la tenacidad silenciosa de un miniaturista, y la doblez sibilina de un Fouché, Zapatero va encajando las piezas de ese puzzle que hace varios años llamé Zetapaña, la España diseñada en el Pacto del Tinell. Lo que allí se prefiguró fue -para recordatorio de quienes desearían que la crisis nos conduzca a una amnesia general-, ni más ni menos, una España con un núcleo central de regiones llamemos españolas, destinadas a permanecer como meros mercados cautivos de aquellas otras que fueran afectas o hubieran sabido dotarse de partidos-chantaje, las cuales sostendrían al Gobierno central a cambio de la consolidación de sus privilegios. Es un diseño medieval, feudal, más que propiamente confederal, en el que un ‘Primus inter pares’, el primero entre sus iguales (de ahí la escenografía de la Conferencia de Presidentes), el rey ZP, se apoyaría en sus caciques, duques y condes, según su categoría, y a cambio les concedería fueros e impuestos.
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