El guiso de hoy no puede ser otro que las deliciosas patatas con chorizo a la riojana. A los aromas de pimiento gürtel, muy picadito, suspendidas sus filtraciones hasta que se aproximen las elecciones autonómicas, se han añadido esta última semana unas incesantes ristras de chorizos municipales, mayormente socialistas, solos o en compañía de otros, y un toque de sobrasada que podría usarse como novedad, siempre en cantidad mínima, tipo Unió Mallorquina, para darle al caldo una consistencia y un sabor inéditos. Luego están los chorizos catalanes, pero esos son de otra especie.
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Uno de los fenómenos que mejor revelan la inesperabilidad de la conducta humana reside, sin duda, en el hecho de que en España existan seguidores del F.C. Barcelona. En lo que el nacionalismo catalán llama España , una nación distinta a la suya, tal y como consagra el Estatut que Zapatero les regaló, y a la que pertenecemos todos los demás.
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Hoy comienzo una nueva columna. Clausuro por un tiempo –todo es “provisional y limitado” cuando lo ignoramos- mis “Crónicas malabares”, que estuvieron conmigo y con ustedes durante casi veinte años, de Diario 16 a La Opinión (y desde hace casi cuatro años, en Periodista Digital), y que fueron de la voluntad radicalmente literaria de esperpento y astracán con que comenzaron, casi relatos, a la exigencia moral del alarido contra la impostura de este régimen minador de los años recientes.
“Harto ya de estar harto, ya me cansé…” de este desierto cansino de un gobierno felón, de estrellar las palabras en la mentira y la estupidez de un régimen que nos ha conducido al peor de los abismos: el de la aceptación silente de la ruina, el de la conformidad con el despeñamiento de la nación que fuimos.
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Ha vuelto y ya tiemblan las hordas catalinas. Florentino Pérez supone la continuidad de aquel imperio que construyó Bernabéu porque es el único que ha sabido entender y adaptar al siglo XXI la esencia del fútbol que definió el gran don Santiago: que el fútbol es, como el cine, una fábrica de sueños, y el Real Madrid, su profeta.
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Una muestra palmaria de las razones por las que Europa, la cansada, es hoy poco más que un elefante varado, la tuvimos unos días antes de las pasadas elecciones en las pistas de Roland Garros. Allí, el mejor tenista europeo y del mundo, Rafael Nadal, un joven de virtudes morales extraordinarias, que debieran constituirse en modelo revolucionario de la adormecida juventud europea, era abucheado y despreciado por la afición del país y la ciudad que son el corazón intelectual y sentimental de esta Europa mostrenca, prisionera de su pasado, rémora de sí misma, que no acertamos a enderezar y que ha acabado por desinteresarnos.
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Tienen que cantarla con la música del “Y viva España” que inmortalizó entre nosotros Manolo Escobar, forofo barcelonista para deshueve general, y verán qué bonita queda. Sólo hay que sustituir “Y viva España”, en español, por “I puta Espanya”, en catalán, la hermosa oración que dejó para la historia el fallecido Rubianes, aquel bufón de señoritos de la izquierda fina que llamó muertos de hambre a todos los españoles y espetó lo de “que se metan España por el culo hasta que les estallen los cojones”, con el aplauso de la actual ministra de Defensa de España, Carme Chacón, y su inmarcesible “Rubianes somos todos”.
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España se murió seguramente el día en que el patriotismo comenzó a ser considerado un adminículo reaccionario para ser suplantado por micropatriotismos regionales, es decir, reaccionarios, aureolados de progresismo. Ello suponía una curiosa inversión de lo mejor que hasta entonces habían hecho tanto España, con sus luces y sus sombras, en su deambular por la Historia, como la humanidad misma: caminar hacia el universalismo, hacia la consideración del mundo como patria común, nuestra raíz griega y romana, para cambiarlo por el regreso a la tribu, a lo pequeño, a las patrias jíbaras, a las fronteras, las lenguas como vías de incomunicación y los folklores como legitimación de las pequeñas dictaduras anunciadas. La misma palabra patria, aplicada a España, fue despreciada, confundiendo su utilización por el franquismo, con el patriotismo democrático de una nación que soñábamos abierta, libre, mejor, donde ya no fuera posible imponer a nadie más identidad que la del respeto a la ley y el derecho a discrepar de ella.
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No aprenden. Parece que no les ha bastado con la lección que les han dado los gallegos, gentes profundamente amantes de sus lenguas, la gallega, mayoritaria en las aldeas y los pueblos, y el español, que conocen prácticamente todos y que es la lengua habitual en las ciudades. Hasta la irrupción del nacionalismo, propiciado por una Ley de Normalización Lingüística que Fraga le copió a Pujol –el PP siempre sembrando su ruina-, los gallegos vivieron con naturalidad en sus dos lenguas,
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Si el socialismo sigue al frente del Gobierno, destruyendo España, en el futuro el río Segura no pasará de ser una charca de ficción. Seguramente harán de él un parque temático para educar en la ciudadanía sostenible a los niños autonomizados. Mientras las macrourbanizaciones de las llanuras del Guadiana, alimentadas con agua del Tajo, constituirán un símbolo egregio de la nueva nación manchego-socialista, la Cuenca del Segura será un modelo de imperio depredador que el buen zapaterismo aniquiló para gloria del progreso y otro mundo posible: el del Pocero.
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Con la astucia que les caracteriza, en el Partido Popular han decidido autodestruirse, arruinando con ello las escasas posibilidade que tenían de expulsar a los Hermanos Dalton, José Luis y Alfredo, los hombres que no mentían nunca, del Palacio de la Moncloa. Esa flor de ambición y rencor que es Alberto Ruiz Gallardón, su odio de hermanastro postergado hacia quien cuenta con el apoyo mayoritario de su partido en Madrid, Esperanza Aguirre, frente al rechazo que siempre le han dedicado a él, constituía una baza, incluso demasiado fácil, para unos adversarios tan superiores tácticamente, tan capaces para manejar los tiempos y camuflar su radical incompetencia para gobernar bajo la estupidez para oponerse de una derecha política que siempre cae en las trampas que los zapateristas les tienden.
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Treinta años de Constitución después, no tenemos casi nada que celebrar. Buena parte de los asesinos -salvo la extrema derecha y sus batallones- siguen siendo los mismos: la extrema izquierda leninista y separatista que entonces nos dejaba casi cien muertos por año. Entonces, sin embargo, teníamos ilusión, la esperanza de levantar entre todos la democracia y la igualdad ante la ley, la justicia y la libertad. Y un Estado decente del que nadie se considerara dueño. Hoy los españoles hemos perdido la fe. El verdadero desencanto es este malestar descreído, la confirmación de que ya nadie piensa más que en su culo, de que el patriotismo que en aquellos días nos impulsaba (sí, patriotismo, amor a nuestro país, deseo de cambiarlo y mejorarlo) ha sido aplastado por estas castas políticas, empresariales y sindicales, intelectuales y hasta artísticas que han convertido al Estado en un botín, en una máquina de expoliación de los pocos que aún trabajan.
He leído estos días que el País Vasco está enfermo. Pero el País Vasco no es el enfermo, es la enfermedad. La nuestra.
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El ideal futbolístico de Javier Clemente consistiría, si pudiera, en colocar en el centro del campo a Van Damne, Terminator, Rambo y Steven Seagal. Para crear. En la defensa, tres centrales tipo Goicoechea, especialistas en desasnar maradonas. Y en la delantera, auténticos estilistas como Julio Salinas, o algún defensa central reciclado, alguien que pudiera recoger los balones lanzados desde la defensa, sin pasar por Rambo, hasta que pudiera llegar Steven Seagal a rematar. Su fútbol fue siempre una adaptación caricaturesca de todos los tópicos vascos,
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