El blog de Javier Orrico

Reconstruir el Estado

05.12.18 | 10:48. Archivado en Nacionalismo, España, Enseñanza

España nunca ha tenido un Estado. No, al menos, en el sentido francés, el que surge después de la Revolución de 1789. Un estado en el que la soberanía resida en los ciudadanos, iguales y libres, y en la Ley (recordemos que en francés légalité y l’égalité, legalidad e igualdad, son homófonos), y no ya en los territorios -claustros de privilegios caciquiles y feudales- o en el espadón de turno. Frente a quienes sostienen que España sólo es un Estado poblado de nacioncitas de baja estofa, visión que defienden los usufructuarios del poder en esas tribus, la tragedia de España ha sido siempre su incapacidad para dotarse de un Estado. La verdadera nación sin Estado es España.

Ni siquiera Franco, con su ejército vencedor ocupando el país durante cuarenta años, se sustrajo a la necesidad de pagar favores a los requetés, y mantuvo la excepcionalidad foral en Álava y Navarra, además de beneficiar, como siempre, a vascos y catalanes. Cosas que hoy se ignoran, ocultas bajo las mentiras del nacionalismo, porque hoy ya se ignora todo, gracias, precisamente, a un sistema de enseñanza absurdo y desguazado, concebido para servir a la analfabetización de los españoles sobre su propio país y el beneficio de las castas regionales.

Ahora parece que se abre un debate sobre la necesidad de recuperar para el Estado las competencias educativas. A lo que se opone la delirante izquierda española, que debería ser la que impulsara esa recuperación.

Es de pura lógica que a Podemos, como fuerza leninista, el desguace del Estado le resulte un objetivo necesario, pues la estrategia es que sólo sobre la destrucción pueden edificarse el hombre nuevo y el Estado totalitario que lo imponga. Pero que el PSOE, heredero, se pretende, del progresismo jacobino español, haya renunciado a instaurar lo más progresista que hemos intentado históricamente los españoles, un Estado que nos garantizara la libertad y la igualdad, es un desvarío que sólo se entiende por la catadura moral y el nivel intelectual de los máximos dirigentes del socialismo en este siglo desdichado.

Hace veintiocho años, desde que hacíamos en Diario 16 los Cuadernos de Educación, que denuncio la nefasta ley que fue y es la LOGSE. Y los parches y desatinos que la siguieron, el último de ellos la LOMCE. Y ya no creo en nada ni en nadie. Casi un tercio de siglo y no ha habido quien se enfrentara de verdad a ese engendro, que no sólo ha hundido el nivel de instrucción de nuestros jóvenes, sino que ha sido el instrumento esencial para la ruptura sentimental de España, el aumento de la desigualdad, la entronización de la falsedad histórica y lingüística, el adoctrinamiento y la tribalización de la cultura. Fue esa ley socialista la que entregó hasta el 45% de los programas a las autonomías desleales, lo que ahora vuelve con el Gobierno multipartito. Y a partir de ahí, el delirio, que, además, se extiende.

Las soluciones existen, y son relativamente sencillas, aunque pasan por un imposible: el acuerdo entre el PSOE y el centro-derecha para rehacer una situación que nos lleva, sin remedio, a la desmembración de España, si es que no estamos ya en ella. Se trata, en primer lugar, de derogar la LOGSE, pero de verdad (lo que quiere ‘Fake Sánchez’, es lo contrario, empeorarla a través de la nueva ley que ya tienen preparada). Eliminar la cesión de los programas a las autonomías. Y recuperar la condición nacional de los cuerpos de profesores: oposiciones únicas e iguales para todos sin trabas lingüísticas.

La única lengua oficial de España es el español y, para espantar fantasmas y embustes sueltos, habrá que recordar que el primer régimen que la oficializó en su Constitución fue la II República. Otra cosa es que las lenguas vernáculas se estudien y se puedan usar libremente, pero nunca a la fuerza. Traslados únicos y nacionales: que un español pueda volver a ejercer su profesión en España. Que volvamos a mezclarnos, que salgamos del aldeanismo autonómico. Y selectividad y reválidas iguales para todos. Como en Francia: el mismo día y a la misma hora. Y en veinte años, el separatismo habría vuelto a su nivel natural: cuatro y Puigdemont. En Bruselas.

(Publicado en La Opinión de Murcia el 30/11/2018).


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