El blog de Javier Orrico

Francesc Homs no quiere ser de este Estado

05.03.17 | 22:03. Archivado en Nacionalismo, España

Ante el tribunal que lo juzga, declaró hace unos días Francesc Homs, hoy senador, ayer consejero de Presidencia de la Comunidad Autónoma de Cataluña, que, si se le obliga a cumplir las leyes, no quiere ser de este Estado. Se refiere al Reino de España. Lo que no comprendo del todo es por qué no lo lleva a cabo. Bastaría con que renunciara a todos sus cargos públicos y a su nacionalidad, que supongo que es algo que se puede hacer.

Pero el Estado (parece mentira que el señor Homs parezca ignorarlo, cuando lleva toda su vida adulta viviendo del Estado) no es más que la estructura política e institucional que adoptan las naciones. Y que, a su vez, las definen. Las naciones modernas son construcciones legales, su sangre son las leyes, ya no la raza, ni el origen, ni siquiera la lengua, a salvo de que siempre debe haber una que permita la comunicación entre los ciudadanos de lenguas distintas y la igualdad efectiva, sobre todo cuando hay una lengua común y las demás se utilizan como elementos de exclusión y barreras alzadas para discriminar.

Lo que no podría el señor Homs es dejar de ser español, precisamente en el sentido en que el nacionalismo catalán sigue usando la palabra nación: en el sentido medieval, en el de nacer. La condición reaccionaria de nuestros nacionalismos, con la complicidad de la izquierda prediluviana, esa anomalía española, consiste en reivindicar, a casi tres siglos de la Ilustración y de las revoluciones francesa y americana, y a más de dos de la Constitución de Cádiz de 1812, la idea de nación del Antiguo Régimen, la de las sangres, las castas, los fueros y la desigualdad. Homs, para su desgracia, según él, nació en España, que es eso que está debajo de los Pirineos, y en cuyo devenir histórico han participado siempre, bajo distintas formas organizativas y de poder, los habitantes de la esquina noroeste. Es su idea de nación la que los hace más españoles que a nadie.

Por supuesto, en una nación democrática, y España lo es, con todos sus defectos (deberíamos recordar que el afán de perfección absoluta ha sido lo que ha llevado a las peores tiranías de la historia, y que la democracia no cambia nuestras imperfecciones, sólo las regula y modera), el señor Homs puede aspirar a cambiar el Estado, e incluso a crear un Estado nuevo y separado del que tenemos. No se le juzga por eso, sino por saltarse la ley para lograr ese fin. Y porque saltarse la ley nos conduce de nuevo a la selva y la violencia desatada. Yo también quiero poner urnas, señor Homs, para separarme de usted y de todo lo que usted representa. Pero, afortunadamente, vivo y acepto, porque soy demócrata, dentro de la estructura legal que me defiende de usted, que es la misma que lo defiende a usted de mí.

Le aseguro, sin embargo, que a mí tampoco me gusta este Estado. Porque no me gusta que, por haber nacido en una u otra parte, me correspondan menos derechos y un trato diferente al que se les otorga a todos aquellos que se declaran nacionalistas, y que parecen gozar de una naturaleza superior a la mía. No me gustan los privilegios fiscales de vascos y navarros. No me gusta, en absoluto, que los ciudadanos de regiones con dos lenguas puedan venir a trabajar a las regiones de lengua española, pero los monolingües no puedan ir allí. No me gusta no tener acceso a hospitales o instituciones educativas de cualquier lugar de España. No me gustan la prepotencia y el racismo con que los nacionalistas tratan y consideran a los demás españoles. No me gusta que un corrupto catalán resulte impune por el hecho de serlo y por estar negociando con un Estado, en efecto, débil y cobarde, bajo el permanente chantaje de la separación.

No me gusta usted, señor Homs, ni sus amiguetes, ni la corte esperpéntica, tan española, tan Viridiana, con que se presentan ante la justicia para intentar esquivarla. Pero me aguanto. Porque he elegido vivir en la civilización y en democracia, y no en la tiranía disfrazada de urnas que ustedes han construido en una parte de mi país, tan mía como suya. Y eso, señor Homs, el régimen corrupto y xenófobo que encarnan usted y los suyos, es lo que menos me gusta.


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