El burro y la noria del 23-F

Si tuviera su edad y a nadie más conmigo, seguramente haría como Larra, levantarme la tapa de los sesos. O huiría, como Gauguin, a algún paraíso donde no se viviera en permanente contienda, en permanente mentira, en permanente impostura. Allí escribiría versos sobre las flores y las muchachas hermosas, que fue lo que debí hacer siempre, y me olvidaría de España, el cáliz amargo de Vallejo, la pasión inútil de todos aquellos que la soñamos otra. España es un burro atado a una noria que vuelve siempre igual ante nosotros. Me hastía esa recurrencia de las celebraciones, cómo van releyéndolas cada año para construir ficciones e inventar heroísmos que nunca existieron.

La izquierda de hoy, la Ziquierda mercenaria que nos ha destruido, es particularmente vomitiva es sus mascaradas, en su eterno reverso estalinista que rehace la Historia para justificar el presente, este régimen de filigranas que mira al burro de España dar vueltas en vano eternamente, mientras ellos se sacian a la sombra de sus fastos.

Ha dicho Zapatero -que aún se sueña líder imperial, y al que sólo liquidarán las urnas, si lo hacen- que el 23-F, aquel golpe de muñecotes de feria y títeres de cachiporra (se podrían vender figuritas de Tejero junto a los toreros y las bailaoras para turistas), fue un ejemplo de “unidaZ y dignidaZ”. Si no fuera tan malvado, tan falso, habría que pensar que es tonto de capirote.

Hubo una gran «unidaZ», en efecto, y hasta una gran unanimidaZ: todo el mundo quería la cabeza del Bautista, de Adolfo Suárez, aquel músico de Bremen que los había engañado a todos para traer una democracia decente que ellos indecentaron al minuto siguiente de derrocarlo. Empezando por Su Católica Majestad, pasando por buena parte de la propia UCD, y acabando en AP y el PSOE, dispuestísimo a avalar un golpe blando que lo llevara al Gobierno y, desde allí, preparar su definitivo desembarco.

La parte más rancia del Ejército y las Fuerzas de Seguridad, que tanto odiaban a Suárez por sus cesiones al nacionalismo vasco –el mayor error de un hombre que no supo ver la naturaleza canallesca y traidora de un nacionalismo que siempre ha estado recogiendo las nueces del terror-, y que estaban siendo asesinados a cientos por la ETA en aquellos años, terminaron por ser instrumentos de la operación de degüello contra Suárez.

Y sus perdedores. Los tontos útiles, de los que sólo algunos pagaron: Tejero, la España que embiste, el militar equivocado de siglo, que se pasó de espadón y cortocircuitó el verdadero golpe civil-militar de Armada y los políticos; Milans, que sacó los tanques y al que, afortunadamente, le habían quitado el mando de la Brunete poco tiempo antes; y el propio Armada, que se pasó de listo y quiso ser el “elefante blanco” (geniales las crónicas de Martín Prieto sobre el juicio), cuando al parecer había más de uno o alguno más alto. Los peones y alguna cabeza para disimular.

Pero el resto, los agentes de la seguridad nacional, por ejemplo, que habían impulsado y jugado a estar en todos los golpes, esos salieron limpios, y hasta siguieron siendo premiados durante muchos años por órdenes de arriba. Y, por supuesto, los implicados en el llamado golpe civil no sólo salieron intactos, sino catapultados, convertidos en la clase definitiva de un Nuevo Régimen que consolidaba los privilegios vasco-navarros, abría el camino de la deriva y chantaje catalanistas y dejaba al Estado como botín en manos socialistas.

Aquel día del 23 de febrero de 1981 moría la España negra, la de los pronunciamientos y los fusilamientos. Pero nacía la España marrón, la de la corrupción y el saqueo que, con honrosas excepciones, ha terminado enfangada en sus propias heces. Todo lo que soñábamos los jóvenes de aquellos años se acabó también aquella noche: el fin del nepotismo y el caciquismo, la igualdad de oportunidades, el respeto al mérito sobre el que cada uno pudiera construir su vida.

Lo que vino fue la red mafiosa de las castas, la toma a saco de las nuevas comunidades, la justicia con las piernas partidas, las universides corrompidas que ocuparon tribus políticas y familias enteras a través de la cooptación y la endogamia, el arrasamiento de la enseñanza preuniversitaria, la compra de los sindicatos al peso, el desistimiento de la derecha, ese ácido de complicidades y omisiones que nos ha hundido a todos, pero sobre todos a los humildes, a esos que hoy se encuentran con el fin de la mentira sobre su angustia.

En cuanto a la “dignidaZ”, palabra que en su boca hiede, aquel día sólo la mostraron un militar franquista, Gutiérrez Mellado, que hizo frente de pie a los pistolones; un falangista, Suárez, que no arrodilló ante las metralletas la democracia que él había instituido y encarnaba; y un comunista, Carrillo, que siguió fumando. Es decir, sólo los que la habían traído defendieron la democracia. Porque la democracia fue un pacto entre esos tres hombres para dejar de matarnos, aunque el último de ellos haya terminado volviendo a sus orígenes sectarios y al rencor restablecido por Z.

Todos los demás, muchos de los cuales estaban en el golpe civil, acabaron arrastrando su “dignidaZ” por el polvo de las moquetas del Congreso. Incluido el mismo Bono que en la celebración del pasado miércoles lanzaba una épica soflama que parecía escrita para gritarla desde un caballo. La Hípica de Bono es la metáfora de este tiempo, del Régimen que salió de alli.

No sólo ellos reptaron esa noche. Los gobiernos autonómicos salieron cargando, entre ellos el de los socialistas murcianos, que huyeron a la huerta. Nadie defendió la dignidad, la democracia, la libertad. Nadie se quedó en sus puestos, salvo aquella junta de subsecretarios que dirigió lo que quedaba de Gobierno en España.

Tras el mensaje del Rey, me eché a la calle. Llevaba tres meses en Murcia, en un piso en la entonces incipiente Plaza Mayor. Tomé por Santa Teresa y me asomé a la Gran Vía. Había un coche de municipales. Ni un alma. Lo que recuerdo es un silencio zombi. Eso era España, la que dicen que se salvó del golpe. Lo que pasa es que eran muchos golpes.

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