En la huelga del 88, Madrid parecía la ciudad de Antonio López, una quietud de luz y cemento, una suerte de anticipación del silencio que sólo volvería a encontrar, un año después, en el agonizante y aplastado Berlín oriental anterior a la caída del Muro. Me acerqué hasta Sol. No hay huelga general en España sin Corte Inglés cerrado. El Felipe triunfante del referéndum OTAN, que nos había ganado, iba a sufrir ese día su primera gran derrota y seguramente la más dolorosa. El compañero Redondo, que le había cedido muchos años atrás el cargo de Secretario General del PSOE que terminaría por llevarle a la Moncloa y a crear un Régimen -ese a cuyos estertores asistimos gracias a la mano mórbida de otro socialista, ZP-, acababa de darle una lección de coraje, decencia y lealtad a unas siglas y a unas ideas que a él habían comenzado a marchársele por el sumidero casi desde su misma llegada al poder. Aquella fue una huelga histórica, un día que no olvidaremos los que lo vivimos, sin duda la última jornada que aún sabía a aquellas tantas en que habíamos corrido ante los 'grises' durante el último franquismo y la Transición. Ningún parecido con lo de ayer.
Las gloriosas organizaciones sindicales de esta hora de España, dirigidas con mano firme por Tojo y Méndez, e ideológicamente alimentadas por las productoras audiovisuales catalinas y chiquilicuatres del entorno de Buenafuente (catalanes son el guionista y los intérpretes de los vídeos neozafios de la UGT, y por eso el malvado jefecillo que aparece tiene siempre un forzadamente vulgar acento del sur, imágínense qué hubieran dicho si una productora ‘española’ le hubiera puesto acento catalán a una patochada semejante…) han puesto sus fuerzas al servicio de dos conquistas esenciales y ya próximas:
1º Hundir al movimiento histórico de representación y defensa de los asalariados, que ya no levantará cabeza ni se recuperará del fracaso de esta huelga general,
Al despertar supo que el dinosaurio todavía estaba ahí. Pero a diferencia del relato de Monterroso, lo que Castro no alcanzó a distinguir era si el dinosaurio era él o la Revolusión. Ese inmenso vestigio fósil de Cuenca, que revelaba la existencia de un tipo desconocido hasta entonces, con su joroba, sus alas, su condición carnívora, ¿de quién era metáfora? Acaso había llegado la hora de salvar la Revolusión apartándose de ella, negándola, antes de convertirse en la huella de piedra de sí mismo, como la sombra mordida de humedad y miseria en que habían convertido la Habana Vieja.
Se han ido abrazados a las cuerdas a la espera de que uno de los dos desfallezca y salve a su adversario. Todas las reacciones de los medios adictos pretenden ocultar el hecho esencial: que ninguno de los púgiles cree en la victoria, en el K.O. definitivo del otro. Y quizás ni siquiera lo busque.
Miércoles, 30 de mayo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez