La escena más emotiva que hemos podido ver en las celebraciones por el reciente Campeonato del Mundo de la Selección Española ha sido, al menos para mí, la de Álvaro, el niño-down de Vicente Del Bosque , abrazado a la Copa y festejando con todos los jugadores, como uno más, el éxito de España y de su padre. Estoy seguro de que cualquier persona que haya convivido con un niño down piensa lo mismo que yo. Pero, sobre todo, lo siente en su corazón, pues sabe que no hay personas en el mundo con una capacidad de dar afecto y despertarlo en los demás como los down.
La Constitución es hoy papel de liar y hace demasiado calor en esta Murcia africana. Sólo queda la cansera, esa fatiga del espíritu que siempre devoró a los hijos de España que se atrevieron a soñarla civilizada, democrática, libre de caciques y de fanáticos capaces de gritar ¡Vivan las caenas!, el lema que nuestro Fernando VII de bolsillo, el ZerPiente, ha recuperado para estos días aciagos. Trescientos años intentando dotarnos de un Estado moderno, que a nadie benefició tanto como a Cataluña, para regresar ahora a la España austriaca, la confederación de estados de la Monarquía Hispánica, la injusta unión en la que Castilla ponía el dinero y los soldados, y a la que entre Maragall , Rodríguez y su TC nos han devuelto.
Si hay algo que revele esa escisión sentimental y política en que vive la Cataluña moderna desde la Renaixença (el inicio cultural de lo que luego daría en separatismo político), esa esquizofrenia que los ha destruido a ellos y a nosotros, es el fútbol, su conversión en símbolo y ejército de la frustración nazional que ha caracterizado la trayectoria histórica de Cataluña. La selección nazional catalana ha sido siempre el F.C. Barcelona, de ahí el “mès que un club” (“El FC Barcelona es 'més que un club' en Catalunya, porque es la institución deportiva más representativa del país”, es lo que dice la página web del Barça sobre sí mismo) , y no la selección española, un equipo impuesto, según sus desvaríos míticos, reflejo de la colonización a que España ha sometido históricamente a la nación catalana y al que se ha obligado a acudir a los jugadores catalanes contra su voluntad. Por eso, nada más dañino para esa utilización del fútbol como arma sentimental del separatismo que los triunfos de la selección española, de la España cuyo nombre han sustituido, con la ayuda de nuestra sedicente izquierda, por el color de su uniforme para no ahondar en la llaga de ver a un equipo integrado mayoritariamente por catalanes representando al odiado opresor.
La tragedia de España no es que Cataluña quiera ser independiente, sino que no quiera serlo, ni lo haya querido en plenitud nunca. Escindida entre una masa indiferente y ajena (la mano esclava que usaron para enriquecerse, charnega y abstencionista), y el núcleo de fe de la casta dominante que hizo de la nazión imaginaria el filtro de su tiranía dulce, el catalanismo ha ido creciendo sobre la permanente frustración de quien vive en la doblez, de quien desea lo que sabe que no le conviene alcanzar.
Miércoles, 30 de mayo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez