Eso, y no otra cosa, es lo que ha venido a decir Mayor Oreja. Pero todas las plañideras de España se han echado al monte a verter ‘lágrimos’ como ríos, han rapado sus cabezas y se han azotado con racimos digitales las espaldas de plasma. La izquierda zapatera, que lo estaba esperando, porque así pueden volver a esgrimir su honor mancillado de señoritas con mechas calumniadas por la derechona. Y la derecha-centro-progresista-no-se-sabe-qué, porque las palabras de Mayor, diciendo lo que todo el mundo sospecha, la pone de nuevo sobre la pista de aquel partido que fue cuando se oponía al zapaterismo en algo más que la subida del IVA.
Nada más alentador que la existencia de reacción social contra la estupidez que nos ahoga. No todo está perdido si aún quedan voces como las de los jóvenes profesores (encabezados por el filólogo murciano David López Sandoval) que han redactado el “Manifiesto de maestros y profesores” que sigue a estas palabras introductorias. El original está en la página web ‘deseducativos.com’. Allí podrán leer, además, brillantísimos ‘post’ sobre la hartazón que han decidido mostrar ante la posibilidad de que el pacto educativo, del que tanto se habla estos días, pudiera terminar consolidando el equivocado sistema que ha arruinado nuestra enseñanza.
El fútbol es la infancia que perdimos. Por eso es más grande que la vida, porque es la única vida en plenitud que hemos conocido, la única perfecta, completa. El fútbol es la memoria de aquel paraíso donde sólo importaba el balón, el juego en el que alguna vez fuimos ángeles, aquel pase, aquel remate de cabeza, la gloria de una finta. Me desplomé el pasado miércoles cuando un joven croata nos dejaba otra vez sin Copa de Europa, nuestra copa. Hacía muchos años que no sentía un dolor casi físico, tan limpio y tan intenso, tan infantil, tan puro. No era el dolor adulto, inaplacable, que el deambular de los años nos ha ido infligiendo con la muerte de los que amábamos o la conciencia de nuestro acabamiento, ese dolor que se extiende y te acompaña para siempre y al que llamamos congoja.
Lo peor que le puede pasar a la Justicia es que se le llene de justicieros. Ningún otro síntoma revela con tanta claridad su esclerosis como la producción de héroes o bufones convertidos en carne mediática, jueces de la horca reencarnados o simples tontos con avaricia y ambiciones, tales como los que el sistema judicial español viene produciendo desde que dejó de ser independiente y se hizo felpudo político. Nada distinto, por otra parte, de lo que ha pasado en tantas facetas de la vida española que hoy purgamos. Una Justicia decente, eficaz, libre y justa, vaya, ha de ser como los árbitros: mejores cuanto menos conocidos.
Recién ha sido aprobada la nueva ley del aborto, a la que han bautizado como Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Sólo el nombre da para una tesis sobre cómo usar el lenguaje para encubrir la realidad, para distorsionarla. Llamar salud reproductiva a la eliminación del feto -que ya será legal hasta las 22 semanas, pues siempre se encontrará, como pasa con la actual ley, una justificación ‘sanitaria’- es, sencillamente, una indecencia no sólo moral, sino estrictamente lingüística.
Jueves, 16 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo