Pasear por las calles de la Habana vieja es hacerlo sobre el cadáver de España. Carcomidos por la ruina, la humedad, el abandono, apenas sostenidos por vigas improvisadas, los palacios y las casas coloniales van siendo devorados por la soledad y la tristeza de unas calles semiinundadas, llenas de socavones, sucias y malolientes por las que los negros, los mulatos, los lavados sobreviven a su miseria. He visto la pobreza en muchos sitios, pero esto es otra cosa, un desmoronamiento, la extinción de un mundo, una memoria desconsolada de lo que algún día fue una de las ciudades más hermosas que los hombres jamás levantaron.
Los españoles se desperezan. Somos otra vez, a los ojos del mundo, un cuchitril de siesta y moscas, pícaros y caínes que pasean orgullosos y ridículos su eterna decadencia. Desde todas las tribunas y periódicos se hacen sonar los despertadores, las alarmas, sobre la modorra hispana. La Luz Que Reza y Engaña Hasta Al Rezar sigue administrando ingentes dosis de morfina de izquierdas. Nos ha arruinado, pero nunca nos faltó una canción de cuna, una mentira ubicua, un guiñol de rencor y barbitúricos.
El anuncio de Feijóo de que no atendería los compromisos adquiridos con Galicia Bilingüe durante la campaña que lo llevó a la Presidencia de la Xunta, quizás sirva para iluminar uno de los debates recurrentes en la vida política española: el de cómo habría de hacer oposición el PP para derrotar al PSOE. La cuestión reaparece estos días en la plenitud del desastre de la Zapatera Gobernación, ante la cual, sin embargo, como han puesto de relieve las últimas encuestas, no se produce un ascenso aplastante de su única alternativa, el PP. Es decir, del único partido que puede sacarnos de esto y cuya obligación es intentarlo.
Incomprensiblemente, los hombres se transmitieron conocimientos durante cientos de miles de años. Aprendieron a bajar del árbol, se irguieron, descubrieron el fuego, la rueda, la imprenta, el ordenador y la sopa de cocido. Y todo eso fue el resultado de un larguísimo proceso por el que los saberes se iban haciendo posibles unos a otros, modificando el mundo y a nosotros mismos. De modo misterioso, todo esto se hizo sin pedagogos, a la brava, sin más ‘ciencia’ del aprendizaje que la tradición misma, el respeto a una herencia que traía consigo el conocimiento y los métodos por los que habíamos sido capaces de llegar al mismo. Una barbaridad que hasta nos llevó a la Luna y al avión a chorro.
Jueves, 16 de febrero
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla
Pedro Rizo