¿Quién decidió que el ejercicio de la política se convirtiera en una fuente de privilegios? Recuerdo cuando en la Transición, aquella época ingenua en que creíamos que la democracia sería el reino de las ideas y la igualdad, discutíamos sobre si los cargos públicos debíar estar remunerados y cuánto. Hasta entonces, por ejemplo, los concejales y los alcaldes realizaban gratis su trabajo. Se decía que era porque sólo los caciques y los ricos se dedicaban a la política, y que si queríamos que el pueblo pudiera ejercer sus derechos y ser representante de los ciudadanos, había que recompensar ese trabajo, había que facilitar y hasta convertir en atractiva la acción política. Es decir, fue la igualdad, el afán igualitario, el que condujo a que los políticos hicieran de su desempeño un oficio.
Si hubo un español, fue Lope. En él se encuentra cuanto fuimos mientras fuimos algo. Y en la plenitud de su triunfo, aclamado, querido y amado, cuentan que la envidia lo devoraba. Quiso ser reconocido y admitido entre los poderosos, entre los dueños de la sangre, entre los cortesanos, los aristócratas, los alzados a la condición de semidioses bajo el sol de la Monarquía, y nunca lo consiguió. Era envidiado y envidioso, todo lo contrario de lo que nos había recomendado Fray Luis (“…ni envidiado ni envidioso”) algunos años antes, él, al que la “envidia y mentira” lo enviaron a la cárcel. Lope creyó que el mérito le llevaría hasta los Grandes, y los grandes en España siempre miran al mérito como a una cucaracha: es la cooptación, la pertenencia y el apoyo del clan lo que conduce en España al palacio cerrado de los elegidos.
Zapatero ha llamado a los pretorianos no sé muy bien si para que le defiendan o para defenderse de ellos. Hace muchos años que pedí que su guardia acabara con Zetalígula, y ese es, al fin, el resultado práctico del cambio de Gobierno y el ascenso a valido de Rubalcaba: que nos encontramos con un gobierno intervenido por su propia facción y ficción, que a ZP lo han secuestrado en la máquina del tiempo felipista y lo han desembarcado en aquellos años finales del GAL y la corrupción a los que quiso repudiar, entre aquellos veteranos a los que despreció, para que sepa y deguste que sin ellos no es nada, un fantoche que en una situación incomparablemente mejor que la que ellos se encontraron ha conducido a España a la ruina y al PSOE al ridículo.
Han decidido que vuelvan las mordazas. Lo que al algunos más nos irritaba del franquismo era su mojigatería, aquel puritanismo hipocritón que en nombre de Dios mataba la vida. Pero al menos aquellos curas creían en Dios. Y estos curas socialistas de hoy cambian de Dios hijo sin cambiar de Dios padre, el poder, y ya no creen ni en Zapatero, el robespierre meapilas, el mosquica muerta que hizo de la cobardía un ideal de conducta, bajo la que escondía las pulsiones totalitarias con las que la izquierda acaba siempre pretendiendo someter a los pueblos y perpetuarse como “clase gozante”.
Eso, el control de las sociedades, la imposición de una ideología que desarbole la libertad y envíe a los gulags, reales o morales, a los disidentes, es lo que se esconde tras la escandalera farisea
Yo quiero que Zapatero se quede, que se presente, que gane. Cinco años más con este prodigio de jeta (por eso pacta con los jetales, ¿o son jeltzales?) podrán dejar España en polvo, sin sentido, polvo será, mas polvo desguazado, y que me perdone don Francisco de Quevedo, pero nunca habremos visto tales maravillas. No le bastaba con darles naciones a cuantos se las pidieron, ni hasta el último euto que quedaba en la sentina, ahora les ha entregado el mar, la mar inmensa, convertida en jugosas parcelas. Coalición Canaria se va de la Moncloa llevándose el mar con ella, unas aguas territoriales en las que ya no podrá pescar ningún godo jediondo.
Cada día se parecen más a lo que recuerdo del franquismo, la excomunión de los discrepantes, la atribución de intenciones oscuras y 'subversivas' a cualquiera que criticara la infalibilidad del Caudillo o el encanallamiento que había ido floreciendo a su alrededor, recubierto siempre de 'ideales' y retórica obscenamente hueca. Se habían convertido ya en la carcasa de sí mismos, un decorado institucional que se caía a pedazos a la misma velocidad que el envejecimiento del General.
Y será porque buenas parte de los jerarcas del Régimen Socialista son descendientes de aquellos que medraron al amparo de Franco, pero sus gestos, sus conspitraciones permanentes, su uso de los medios bajo control, su intento de ordenar la vida y, sobre todo, su descalificación de cuantos manifiestan el rechazo a Zapatero bajo la especie de 'ultraderecha', recuerdan en todo a aquellos ultras recalcitrantes que llamaban 'rojo' a cualquier muchacho que se manifestara por la democracia.
En la huelga del 88, Madrid parecía la ciudad de Antonio López, una quietud de luz y cemento, una suerte de anticipación del silencio que sólo volvería a encontrar, un año después, en el agonizante y aplastado Berlín oriental anterior a la caída del Muro. Me acerqué hasta Sol. No hay huelga general en España sin Corte Inglés cerrado. El Felipe triunfante del referéndum OTAN, que nos había ganado, iba a sufrir ese día su primera gran derrota y seguramente la más dolorosa. El compañero Redondo, que le había cedido muchos años atrás el cargo de Secretario General del PSOE que terminaría por llevarle a la Moncloa y a crear un Régimen -ese a cuyos estertores asistimos gracias a la mano mórbida de otro socialista, ZP-, acababa de darle una lección de coraje, decencia y lealtad a unas siglas y a unas ideas que a él habían comenzado a marchársele por el sumidero casi desde su misma llegada al poder. Aquella fue una huelga histórica, un día que no olvidaremos los que lo vivimos, sin duda la última jornada que aún sabía a aquellas tantas en que habíamos corrido ante los 'grises' durante el último franquismo y la Transición. Ningún parecido con lo de ayer.
Las gloriosas organizaciones sindicales de esta hora de España, dirigidas con mano firme por Tojo y Méndez, e ideológicamente alimentadas por las productoras audiovisuales catalinas y chiquilicuatres del entorno de Buenafuente (catalanes son el guionista y los intérpretes de los vídeos neozafios de la UGT, y por eso el malvado jefecillo que aparece tiene siempre un forzadamente vulgar acento del sur, imágínense qué hubieran dicho si una productora ‘española’ le hubiera puesto acento catalán a una patochada semejante…) han puesto sus fuerzas al servicio de dos conquistas esenciales y ya próximas:
1º Hundir al movimiento histórico de representación y defensa de los asalariados, que ya no levantará cabeza ni se recuperará del fracaso de esta huelga general,
Al despertar supo que el dinosaurio todavía estaba ahí. Pero a diferencia del relato de Monterroso, lo que Castro no alcanzó a distinguir era si el dinosaurio era él o la Revolusión. Ese inmenso vestigio fósil de Cuenca, que revelaba la existencia de un tipo desconocido hasta entonces, con su joroba, sus alas, su condición carnívora, ¿de quién era metáfora? Acaso había llegado la hora de salvar la Revolusión apartándose de ella, negándola, antes de convertirse en la huella de piedra de sí mismo, como la sombra mordida de humedad y miseria en que habían convertido la Habana Vieja.
Se han ido abrazados a las cuerdas a la espera de que uno de los dos desfallezca y salve a su adversario. Todas las reacciones de los medios adictos pretenden ocultar el hecho esencial: que ninguno de los púgiles cree en la victoria, en el K.O. definitivo del otro. Y quizás ni siquiera lo busque.
La escena más emotiva que hemos podido ver en las celebraciones por el reciente Campeonato del Mundo de la Selección Española ha sido, al menos para mí, la de Álvaro, el niño-down de Vicente Del Bosque , abrazado a la Copa y festejando con todos los jugadores, como uno más, el éxito de España y de su padre. Estoy seguro de que cualquier persona que haya convivido con un niño down piensa lo mismo que yo. Pero, sobre todo, lo siente en su corazón, pues sabe que no hay personas en el mundo con una capacidad de dar afecto y despertarlo en los demás como los down.
La Constitución es hoy papel de liar y hace demasiado calor en esta Murcia africana. Sólo queda la cansera, esa fatiga del espíritu que siempre devoró a los hijos de España que se atrevieron a soñarla civilizada, democrática, libre de caciques y de fanáticos capaces de gritar ¡Vivan las caenas!, el lema que nuestro Fernando VII de bolsillo, el ZerPiente, ha recuperado para estos días aciagos. Trescientos años intentando dotarnos de un Estado moderno, que a nadie benefició tanto como a Cataluña, para regresar ahora a la España austriaca, la confederación de estados de la Monarquía Hispánica, la injusta unión en la que Castilla ponía el dinero y los soldados, y a la que entre Maragall , Rodríguez y su TC nos han devuelto.
Si hay algo que revele esa escisión sentimental y política en que vive la Cataluña moderna desde la Renaixença (el inicio cultural de lo que luego daría en separatismo político), esa esquizofrenia que los ha destruido a ellos y a nosotros, es el fútbol, su conversión en símbolo y ejército de la frustración nazional que ha caracterizado la trayectoria histórica de Cataluña. La selección nazional catalana ha sido siempre el F.C. Barcelona, de ahí el “mès que un club” (“El FC Barcelona es 'més que un club' en Catalunya, porque es la institución deportiva más representativa del país”, es lo que dice la página web del Barça sobre sí mismo) , y no la selección española, un equipo impuesto, según sus desvaríos míticos, reflejo de la colonización a que España ha sometido históricamente a la nación catalana y al que se ha obligado a acudir a los jugadores catalanes contra su voluntad. Por eso, nada más dañino para esa utilización del fútbol como arma sentimental del separatismo que los triunfos de la selección española, de la España cuyo nombre han sustituido, con la ayuda de nuestra sedicente izquierda, por el color de su uniforme para no ahondar en la llaga de ver a un equipo integrado mayoritariamente por catalanes representando al odiado opresor.
La tragedia de España no es que Cataluña quiera ser independiente, sino que no quiera serlo, ni lo haya querido en plenitud nunca. Escindida entre una masa indiferente y ajena (la mano esclava que usaron para enriquecerse, charnega y abstencionista), y el núcleo de fe de la casta dominante que hizo de la nazión imaginaria el filtro de su tiranía dulce, el catalanismo ha ido creciendo sobre la permanente frustración de quien vive en la doblez, de quien desea lo que sabe que no le conviene alcanzar.
La idea vendría a ser ésta: ahorrar es de derechas; gastar, de izquierdas. A partir de esta simpleza, empezarían los matices. La derecha limitaría el llamado gasto social (pensiones, sanidad, educación, subsidios varios), y reduciría el Estado, privatizando servicios y bajando los impuestos para dar oportunidades de negocio a la clase dominante a la que pertenece. Al contrario, la izquierda incrementaría el gasto social, subiría los impuestos y agigantaría el Estado, creando cada vez más nichos de compromiso público (lo que otros llaman el pesebre), extendiendo sus tentáculos y subvenciones a todos los ámbitos de la sociedad, ocupando crecientemente los espacios de libre iniciativa, e invirtiendo ingentes cantidades en aparatos ideológicos que convenzan al ciudadano de las ventajas de la estatalización, para ser guiados en la vida por el Estado Gran Hermano que les proveerá de cuanto necesiten.
Íbamos a fascinar al mundo. Otra vez la España carcomida de deudas, de hidalgos hipotecados y lazarillos en paro, la de los nuevos señores en sus carrozas audi municipales y tintadas, volvía a creerse la dueña de los mares simbólicos. Cuatrocientos años de derrotas serían, al fin, vengados, y nuestros once estilistas rojos, convertidos en ídolos contra la tristeza, pasearían sus naves victoriosas por los estadios del edén. España fatal y siempre ignorante de la fatalidad. España de los milagros, de la Providencia, convencida de nuevo de que los cielos del tiqui-taca la protegerían, que su solo nombre pondría en fuga a los ingleses, que ayer eran suizos. Pero sigue habiendo elementos. Y nosotros nunca los tuvimos en cuenta.
Preparan los alemanes la máquina de fabricar marcos –esa moneda a la que los demás llamamos euro- para salvarse de nuestra ruina. De momento nos sostienen de los pelos, pero si no aprendemos a nadar solos, terminarán por soltarnos. Entretanto, gastamos el dinero que no tenemos en entregárselo a una banca cuasi rota para que nos compre la deuda que necesitamos vender para darles el dinero a ellos. Al engendro le llaman FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria). Lo mejor es que es un fondo sin fondo y sin fondos. Detrás no hay nada. Ni industria ni productividad alguna. Sólo los sueños de grandeza de un tenor hueco que hasta hace un año se paseaba por el mundo, ufano y risueño, alardeando de nuestra fortaleza bancaria y de nuestro ‘sorpasso’ (adelantamiento) de economías como la francesa y la italiana. Acabamos de tener que soportar que il cavaliere Berlusconi se descojone de ZP y de la España que representa, le diga tonto delante del mundo y lo deje descompuesto frente a las cámaras y los micrófonos. España es hoy el payaso de Europa, otra vez la tribu de Caín incapaz de gobernarse a sí misma, hidalga y mísera.
Hay que echar pieles de cristiano a los leones de la clientela. En el pesebre braman porque van a reducirles las gollerías, y hay que calmar a los adeptos. Mientras el Imperio se hunde, vuelve el circo con más fuerza que nunca, y la arena se llena de Cristos, sotanas, cofias frescas de monja para entretener a los desesperados que creyeron en un PSOE socialdemócrata y europeo y se encontraron de nuevo con el anticlericalismo enmohecido, con el Frente Popular pasado por los espejos del Callejón del Gato y aliado con la carcundia nazionalista de cuantos odian a España.
Ha comenzado el espectáculo. Los que eran zapateristas hasta ayer, en el periodismo, en eso tan acuoso que se llama la cultura, en la política, en la empresa, el sindicalismo o la banca acaban de iniciar sus operaciones de abandono del barco, una defección de momento paulatina que con los días se hará desbandada, fuga, delirio, atropello. Los más listos, la gente de corcho, el aceite de la Historia, vadean ya los arroyos, rondan y zurean alrededor del marianismo, al que empiezan a encontrar progresista y moderno.
Han olido a muerto. Los moros, los mercados… y los catalanes. Ya no es el cadáver de Franco, como entonces, cuando Hassán y su Marcha Verde se quedaron con el Sahara, es el cadáver de España el que se expande por el ‘Zanatorio’ como una pasta viscosa y ya no verde, marrón, marroncilla, marroncica, de todos los tonos del marrón, una mancha que ha ido penetrándolo todo, las juntas, las esquinas, los armarios, los partidos, la Justicia, las instituciones, las empresas, la idea misma de una nación de todos. España es hoy un botín exhausto, una piel estirada bajo la que los huesos se han hecho ya arenilla, disolución sin memoria siquiera, un saco de excrementos deslizantes que fermenta y humea bajo las puertas anunciando su hedor.
Y sobre ese hedor, los nazionalistas catalanes publicaban el viernes un artículo firmado por 62 de sus principales columnistas, “El dilema espanyol”, en el que amenazan claramente con la secesión si lo que llaman Espanya –todos los demás-, y en nuestro nombre el Tribunal Consttitucional, no les concede lo que solicitan.
España está en quiebra y esto no ha hecho más que empezar. Y la ha quebrado él. Quienes planearon un cambio histórico sobre los cadáveres de 196 personas, quienes ejecutaron una venganza que apartara a España de la prosperidad y la destruyera, no pudieron encontrar un mejor intérprete que el sectario, rencoroso, embustero hasta el vómito e iluminado que pusieron al frente de la Nación. Su labor ha sido fructífera. Ha dilapidado la riqueza acumulada por varias generaciones, dedicando los ahorros de los españoles a alimentar a sus clientelas políticas y culturales y a la banca y los grandes capitales, que hasta ahora marchan indemnes en su responsabilidad y provisionados para sus riesgos con todo lo que nos han expoliado. Y con la esperanza.
El Partido Socialista de la Región de Murcia murió hace algunos años, para mayor precisión el día en que se derogó el Trasvase del Ebro con su asentimiento, su silencio, su obediencia culpable. Permanecía desde entonces en estado de embalsamamiento egipcio en un velatorio inacabable que llegaría a su fin, hace un par de semanas, con la votación socialista a favor de la eliminación también del Trasvase del Tajo, y las palabras de Barreda en las Cortes castellano-manchegas cachondeándose del socialismo murciano y de su líder, Pedro Saura. El Entierro tuvo lugar el día en que los muertos, en rueda de prensa en el Tanatorio, celebraron su éxito y se dirigieron desde allí mismo, en vuelo progresista, al Limbo de los inocentes.
Ya no vendrán a la Cibeles a ciscarse en España. Lo que el catalanismo tenía preparado con la excusa de su victoria en la Copa de Europa era tomar Madrid, la odiada, y convertirla en el escenario universal de la última y rediviva ‘venganza catalana’ con la que los nuevos almogávares barcelonistas culminarían estos años de hegemonía. Un milenio como segundones iba, al fin, a concluir con este triunfo simbólico en el que la Cataluña que nunca fue independiente, que no llegó ni a reino, que vivió siempre al rebufo del imperio carolingio, de Aragón o de Castilla, se alzaría como nueva potencia capaz de torear la Constitución, ordenar financiaciones y poner a los tribunales a su servicio, empezando por los árbitros. Hoy educan a sus niños en la mentira y les dicen que la Guerra Civil fue una guerra contra Cataluña. Su antifranquismo oculta en archivos cerrados las imágenes de Barcelona entera aplaudiendo a Franco. Su memoria histórica es puro embuste histórico, la ficción del pasado que alimentó siempre a los totalitarios de todo pelaje, nazis o comunistas. Nostalgia paradójica de un franquismo del que obtuvieron todos los privilegios, menos a Di Stéfano.
Hace un par de semanas que se ha hecho público un nuevo manifiesto contra las actuales leyes educativas socialistas, pero también con la intención, creo, de advertir al Partido Popular de cuáles habrían de ser las líneas maestras de una reforma del actual desastre, de modo que no se deje arrastrar por razones de táctica política a un pacto indeseable que limitara para siempre las reformas radicales que España necesita. Aunque limitado a la enseñanza secundaria, se trata, como podrán observar, de unas propuestas sensatísimas, de unos mínimos que debieran ser asumibles por cualquiera que en verdad persiguiera la mejora de la enseñanza española: devolver el protagonismo a los profesores y reducir a los pedagogos y didactas al ámbito del que nunca debieron salir, el de sus despachos teóricos y sus intrigas departamentales. Pero nuestra izquierda educativa ya se sabe que está presa de patas en su propia miel ideológica, y jamás reconocerá que sus errores están ahí precisamente, en la ideología, en los principios que implantaron en una enseñanza cuyos principales perjudicados han sido y son las clases trabajadoras y la enseñanza pública.
No habría enfrentamiento entre españoles si alguien gobernara en Madrid. No hace tantos años que se aprobaba un Plan Hidrológico Nacional con la aquiescencia de los regantes y de los gobiernos regionales, incluido el de Castilla-La Mancha. Hoy pareciera que eso no hubiera podido ocurrir nunca, o acaso en algún milenio olvidado. Entonces, aunque su líder lagarto ya maniobraba en la sombra, el Partido Socialista aún parecía poner eso que se llamaba antaño el bien común por encima de su estrategia partidista, al menos en las formas, y su propia tradición sobre el agua como propiedad nacional se imponía sobre las nuevas taifas.
Eso, y no otra cosa, es lo que ha venido a decir Mayor Oreja. Pero todas las plañideras de España se han echado al monte a verter ‘lágrimos’ como ríos, han rapado sus cabezas y se han azotado con racimos digitales las espaldas de plasma. La izquierda zapatera, que lo estaba esperando, porque así pueden volver a esgrimir su honor mancillado de señoritas con mechas calumniadas por la derechona. Y la derecha-centro-progresista-no-se-sabe-qué, porque las palabras de Mayor, diciendo lo que todo el mundo sospecha, la pone de nuevo sobre la pista de aquel partido que fue cuando se oponía al zapaterismo en algo más que la subida del IVA.
Nada más alentador que la existencia de reacción social contra la estupidez que nos ahoga. No todo está perdido si aún quedan voces como las de los jóvenes profesores (encabezados por el filólogo murciano David López Sandoval) que han redactado el “Manifiesto de maestros y profesores” que sigue a estas palabras introductorias. El original está en la página web ‘deseducativos.com’. Allí podrán leer, además, brillantísimos ‘post’ sobre la hartazón que han decidido mostrar ante la posibilidad de que el pacto educativo, del que tanto se habla estos días, pudiera terminar consolidando el equivocado sistema que ha arruinado nuestra enseñanza.
El fútbol es la infancia que perdimos. Por eso es más grande que la vida, porque es la única vida en plenitud que hemos conocido, la única perfecta, completa. El fútbol es la memoria de aquel paraíso donde sólo importaba el balón, el juego en el que alguna vez fuimos ángeles, aquel pase, aquel remate de cabeza, la gloria de una finta. Me desplomé el pasado miércoles cuando un joven croata nos dejaba otra vez sin Copa de Europa, nuestra copa. Hacía muchos años que no sentía un dolor casi físico, tan limpio y tan intenso, tan infantil, tan puro. No era el dolor adulto, inaplacable, que el deambular de los años nos ha ido infligiendo con la muerte de los que amábamos o la conciencia de nuestro acabamiento, ese dolor que se extiende y te acompaña para siempre y al que llamamos congoja.
Lo peor que le puede pasar a la Justicia es que se le llene de justicieros. Ningún otro síntoma revela con tanta claridad su esclerosis como la producción de héroes o bufones convertidos en carne mediática, jueces de la horca reencarnados o simples tontos con avaricia y ambiciones, tales como los que el sistema judicial español viene produciendo desde que dejó de ser independiente y se hizo felpudo político. Nada distinto, por otra parte, de lo que ha pasado en tantas facetas de la vida española que hoy purgamos. Una Justicia decente, eficaz, libre y justa, vaya, ha de ser como los árbitros: mejores cuanto menos conocidos.
Recién ha sido aprobada la nueva ley del aborto, a la que han bautizado como Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Sólo el nombre da para una tesis sobre cómo usar el lenguaje para encubrir la realidad, para distorsionarla. Llamar salud reproductiva a la eliminación del feto -que ya será legal hasta las 22 semanas, pues siempre se encontrará, como pasa con la actual ley, una justificación ‘sanitaria’- es, sencillamente, una indecencia no sólo moral, sino estrictamente lingüística.
Pasear por las calles de la Habana vieja es hacerlo sobre el cadáver de España. Carcomidos por la ruina, la humedad, el abandono, apenas sostenidos por vigas improvisadas, los palacios y las casas coloniales van siendo devorados por la soledad y la tristeza de unas calles semiinundadas, llenas de socavones, sucias y malolientes por las que los negros, los mulatos, los lavados sobreviven a su miseria. He visto la pobreza en muchos sitios, pero esto es otra cosa, un desmoronamiento, la extinción de un mundo, una memoria desconsolada de lo que algún día fue una de las ciudades más hermosas que los hombres jamás levantaron.
Los españoles se desperezan. Somos otra vez, a los ojos del mundo, un cuchitril de siesta y moscas, pícaros y caínes que pasean orgullosos y ridículos su eterna decadencia. Desde todas las tribunas y periódicos se hacen sonar los despertadores, las alarmas, sobre la modorra hispana. La Luz Que Reza y Engaña Hasta Al Rezar sigue administrando ingentes dosis de morfina de izquierdas. Nos ha arruinado, pero nunca nos faltó una canción de cuna, una mentira ubicua, un guiñol de rencor y barbitúricos.
El anuncio de Feijóo de que no atendería los compromisos adquiridos con Galicia Bilingüe durante la campaña que lo llevó a la Presidencia de la Xunta, quizás sirva para iluminar uno de los debates recurrentes en la vida política española: el de cómo habría de hacer oposición el PP para derrotar al PSOE. La cuestión reaparece estos días en la plenitud del desastre de la Zapatera Gobernación, ante la cual, sin embargo, como han puesto de relieve las últimas encuestas, no se produce un ascenso aplastante de su única alternativa, el PP. Es decir, del único partido que puede sacarnos de esto y cuya obligación es intentarlo.
Incomprensiblemente, los hombres se transmitieron conocimientos durante cientos de miles de años. Aprendieron a bajar del árbol, se irguieron, descubrieron el fuego, la rueda, la imprenta, el ordenador y la sopa de cocido. Y todo eso fue el resultado de un larguísimo proceso por el que los saberes se iban haciendo posibles unos a otros, modificando el mundo y a nosotros mismos. De modo misterioso, todo esto se hizo sin pedagogos, a la brava, sin más ‘ciencia’ del aprendizaje que la tradición misma, el respeto a una herencia que traía consigo el conocimiento y los métodos por los que habíamos sido capaces de llegar al mismo. Una barbaridad que hasta nos llevó a la Luna y al avión a chorro.
Creo que fue en tiempos de la Primera Cruzada, hará mil años, más o menos, cuando empecé a oír hablar del Arco Mediterráneo, de la necesidad de unirlo por ferrocarril, de crear infraestructuras que permitieran desarrollar y aprovechar sus sinergias, etc. Esto de la sinergia quiere decir, en español, que una determinada colaboración es beneficiosa, aunque las primeras veces que lo escuché me sonaba a como se queda uno después de un agitado encuentro sexual, lo que si se piensa bien, es una sinergia. Así son los lenguajes de los tecnócratas, cotos tribales que producen un vértigo erudito, un reconocimiento sacerdotal. Desde luego, al menos en los últimos veinte años serán ochocientos mil los encuentros de ‘expertos’ alrededor del Arco, ese mismo que nuestros ínclitos gobernantes siguen pasándose por el arco, y cuya última edición ha tenido lugar recientemente en Murcia.
No sé si Dios existe, pero existe la Cruz y está en el Castillo. Esa es, ahora que acaba de inaugurarse nuestro nuevo Año Santo(1), la más honda de las certezas de la mayor parte de los caravaqueños, no sólo una fe en sus varias formas posibles, sino algo más, un sentimiento de protección, de amparo, que sólo puede ser correspondido con la veneración, con la responsabilidad de su custodia. Por eso, quienes la robaron en la noche del 13 al 14 de febrero de 1934 sabían que el único modo de apoderarse de la ciudad era destruir su vinculación con la Cruz.
Sin esperanza, con convencimiento, como nos enseñó el poeta. Sin esperanza, porque el año promete ser la cansina reiteración de lo que fue el 2009, un goteo de parados y corderos que asisten indiferentes, inermes, extrañamente abotargados, al despliegue de infinita impostura con que se nos dirige a la ruina. Sin esperanza ante el reino de las mentiras con que el Régimen (del Rey abajo, todos, del Rey arriba, el Rey), sus fantoches, sus instituciones cooptadas y pastoreadas, sus sindicatos de nomenklatura y tripa, sus partidos truhanizados, sostienen la estructura corroída de una Constitución que nació para la concordia y la igualdad y que traicionan cada día que el sol sale.
Lunes, 13 de febrero
Pedro Fernández Barbadillo
Antonio Javier Vicente Gil
Raúl González Zorrilla
Toni García Arias
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Miguel Torres Galera
Vicente A. C. M.
Juan Fernandez Krohn
Francisco Rubiales
Enrique Zubiaga
Graciano Palomo