Todo estaba en la foto. El desconcierto de una sociedad adulta que ha renunciado a educar en la plenitud de su sentido. Los complejos de la pequeña burguesía arribista, de derechas o de izquierdas, que confunde ser liberal de espíritu con malcriar a los hijos. Las contradicciones, que decíamos cuando aún coqueteábamos con el marxismo, de una izquierda pacata que cree que consentir a las chicas abortar sin conocimiento de los padres –y con conocimiento, también- la convierte en avanzada, mientras, eso sí, no las deja salir en la foto.
Lo que ha muerto es el respeto. La consideración del otro, su dignidad esencial, el primero de los derechos humanos contra la barbarie. El respeto antes lo enseñaban los padres desde su autoridad. Lo enseñaban los mayores en las calles desde su autoridad, y cuando nos llamaban la atención porque estábamos haciendo trastadas, salíamos zumbando en lugar de afrentarlos como ahora. Y lo enseñaban los maestros en la escuela y los profesores en los institutos y en las universidades, desde su autoridad: la de la experiencia, la del saber, la de la jerarquía social del mérito. Aún recuerdo la bronca que nos echó el gran García Berrio en primero de carrera por cierto apelotonamiento con las chicas a la entrada de clase. ¡Ah, si el bueno de don Antonio (fíjense, ‘don Antonio’, qué cosa tan antigua) se pasease hoy por la ESO!
Uno de los fenómenos que mejor revelan la inesperabilidad de la conducta humana reside, sin duda, en el hecho de que en España existan seguidores del F.C. Barcelona. En lo que el nacionalismo catalán llama España , una nación distinta a la suya, tal y como consagra el Estatut que Zapatero les regaló, y a la que pertenecemos todos los demás.
Hoy comienzo una nueva columna. Clausuro por un tiempo –todo es “provisional y limitado” cuando lo ignoramos- mis “Crónicas malabares”, que estuvieron conmigo y con ustedes durante casi veinte años, de Diario 16 a La Opinión (y desde hace casi cuatro años, en Periodista Digital), y que fueron de la voluntad radicalmente literaria de esperpento y astracán con que comenzaron, casi relatos, a la exigencia moral del alarido contra la impostura de este régimen minador de los años recientes.
“Harto ya de estar harto, ya me cansé…” de este desierto cansino de un gobierno felón, de estrellar las palabras en la mentira y la estupidez de un régimen que nos ha conducido al peor de los abismos: el de la aceptación silente de la ruina, el de la conformidad con el despeñamiento de la nación que fuimos.
Jueves, 16 de febrero
Francisco Rubiales
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Juan Fernandez Krohn
Antonio Javier Vicente Gil
José Pómez
Carlos Ruiz Miguel
Pedro Fernández Barbadillo
Rufino Soriano Tena
Enrique Zubiaga
Vicente A. C. M.
Raúl González Zorrilla