Con la astucia que les caracteriza, en el Partido Popular han decidido autodestruirse, arruinando con ello las escasas posibilidade que tenían de expulsar a los Hermanos Dalton, José Luis y Alfredo, los hombres que no mentían nunca, del Palacio de la Moncloa. Esa flor de ambición y rencor que es Alberto Ruiz Gallardón, su odio de hermanastro postergado hacia quien cuenta con el apoyo mayoritario de su partido en Madrid, Esperanza Aguirre, frente al rechazo que siempre le han dedicado a él, constituía una baza, incluso demasiado fácil, para unos adversarios tan superiores tácticamente, tan capaces para manejar los tiempos y camuflar su radical incompetencia para gobernar bajo la estupidez para oponerse de una derecha política que siempre cae en las trampas que los zapateristas les tienden.
A la niña Alba, de seis años, le aplastó la cabeza estrellándola contra las paredes un tal Francisco Javier Pérez, pareja de su madre. Al menos así lo leí en su día, en el relato periodístico que apareció en las fechas de los sucesos, marzo de 2006, y que me recordó una escena de “Novecento” en la que el personaje de Donald Sutherland asesinaba a alguien de modo semejante. Previamente, y durante varios meses, la pequeña Alba había recibido palizas constantes (en una de ellas le habían roto ya un brazo), y castigos consistentes, por ejemplo, en obligarla a tragarse sus propios vómitos.
Ha llegado a Barcelona el autobús de los ateos. La Unión de Ateos y Librepensadores, cuya sola existencia contradice el objeto de la misma, ha lanzado en diversas ciudades del mundo una campaña de publicidad que propone dejar de creer en Dios para gozar de los placeres de la vida sin calentarse la cabeza. (Eso delata su ignorancia del verdadero placer, pues nada es comparable a la transgresión, al pecado. Ya lo decía Rasputín mientras se trajinaba a la Zarina.) En Cataluña, sin embargo, dado el hecho diferencial, tienen sus propios ateos, ‘Ateus de Catalunya’, que no creerán en Dios pero sí en Cataluña, y que son los que han sacado el autobús allí, sin librepensadores, que ya se les han ido todos con Boadella al exilio.
En mi casa nos educaron en un catolicismo sin aspavientos, razonable, vivido más hacia adentro que hacia su normalmente blanqueada ostentación. De alguna forma extraña en medio de un régimen confesional que se confundió con la parafernalia de la Iglesia, gracias al ejemplo de mis padres interiorizamos lo contrario: que la religión era un asunto íntimo y que la bondad y la decencia no había que andar exhibiéndolas como si se estuviera disputando con los demás la entrada al cielo.
Miércoles, 30 de mayo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez