Confieso que me sorprendió. Escuchar el discurso que nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, ha dirigido al mundo desde Copenhague me ha producido una intensa emoción. Tengo que reconocer en justicia que la alocución ha sido un acontecimiento
Toda la realidad de este socialismo falsario que se dice defensor de los desheredados, podría resumirse en el muy diferente trato que les ha dado en los últimos días a los agricultores, siempre los últimos, y a los de la zeja, artistas presuntos y millonarios verdaderos. Mientras Zapatero y su gobierno se esmeraban en satisfacer las demandas de sus apesebrados, hasta que la revolución de internet se les echó encima, con los pobres agricultores todo fueron desprecios. No se dignó ni a recibirlos en Moncloa.
Me crié en el cine. Primero me llevaban mi madre y su amor al cine en el cesto. Luego, me soltó por el pasillo y ejercí la impunidad de corretear arriba y abajo ante los seguros deseos de asesinato del resto de espectadores. Pero entonces todo era familiar, empezando por los propios cines, y siguiendo por la películas, en las que raramente ocurría algo que no pudiera ver un niño. Y, si ocurría, nos decían “tápate los ojos” y tú abrías los dedos y veías el beso encendido, la alcoba que se cerraba o el crimen con que comenzaban o culminaban las “pasiones humanas”.
Ha vuelto Laporta a señalar el verdadero Camino de Damasco del barcelonismo. Le han faltado segundos para sumarse al manifiesto nacional-catalanista a favor del Estatut que consagra a España como colonia catalana.
Menos mal que nuestros hijos ya no saben Historia. Es mejor que España ya no exista. Acaso fue, en efecto, un sueño, y nunca hayamos sido otra cosa que unos versos de Calderón. Quizás nunca salimos del siglo XVII, y el fantasma que recorría Europa no fuera el del comunismo, sino el de aquella España de Quevedo de la que sus versos tristes dan testimonio, pero que ya era un cadáver exquisito o un zombi desnutrido que se creyó imperio. “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados…”. Repasar nuestra historia es hoy un ejercicio abocado a la melancolía, esa que despiden todos los episodios del Alatriste de Pérez Reverte, porque Alatriste no es más que un español de hoy que recuerda haber sido. Al menos aquellos hombres tuvieron patria.
Leo con sorpresa la sorpresa que le producen a Bibianita los últimos datos sobre violencia en las parejas. Parejas del género humano, se entiende, puesto que soy un antiguo y sigo creyendo que los hombres y las mujeres somos del mismo género y esa es la raíz de nuestra igualdad y nuestra dignidad compartida. Anacronismos de Gran Torino. El caso es que el 40 por ciento de los agresores de mujeres son hombres de menos de 30 años.
Acababa de oír al portavoz del PP de Extremadura, José Antonio Monago, referirse al Taller de Introducción al Onanismo Placentero para Niños (y Niñas), afirmando, más o menos, que era un desvarío dedicar 14.000 euros a semejante chorrada en una comunidad con más de 100.000 parados.
Más allá incluso de ese SITEL por el que el Estado zapaterista va a grabarnos hasta los eructos (por no hablar de otros gases), si algo revela la intromisión creciente de los poderes públicos en nuestras vidas es esa amenaza de expropiación familiar que pesa sobre una pareja gitana de Orense. La expropiación de la que hablo, que cuenta con lamentables precedentes ante los que esta sociedad desarmada nunca ofreció la menor resistencia, consiste en la intervención de los servicios sociales del Gobierno gallego para internar, en un centro de menores, a un niño gitano de nueve años, arrebatándoselo a sus padres por el increíble delito de estar gordo.
Gallardón es un coche bomba del que periódicamente salen suicidas con cinturones explosivos dispuestos a volar el PP. Cada vez que algo o alguien suponen un obstáculo a su ambición, y la Moncloa se le aleja, Gallardón quema a lo bonzo a alguno de sus leales, que suele ser Manuel Cobo, y lo lanza contra su partido. A Gallardón le importa un capullo soberano lo que le pueda pasar a un PP en el que él no reine. Si no es suyo, que no sea para nadie. Sobre todo que no sea para Esperanza Aguirre, que no sólo se atrevió a disputarle Madrid, sino que se la ganó. Y Madrid es el mejor trampolín para la gloria.
El guiso de hoy no puede ser otro que las deliciosas patatas con chorizo a la riojana. A los aromas de pimiento gürtel, muy picadito, suspendidas sus filtraciones hasta que se aproximen las elecciones autonómicas, se han añadido esta última semana unas incesantes ristras de chorizos municipales, mayormente socialistas, solos o en compañía de otros, y un toque de sobrasada que podría usarse como novedad, siempre en cantidad mínima, tipo Unió Mallorquina, para darle al caldo una consistencia y un sabor inéditos. Luego están los chorizos catalanes, pero esos son de otra especie.
Corre la mierda por las calles de España como un río de lava. No es agua podrida, es la descomposición del Régimen que suelta un magma verde, un 'churrete' continuo de indecencia. El Gobierno que nos arruina dedica todas las armas del Estado a acabar con la oposición que debía sacarnos del desastre. La oposición que había de salvarnos no es capaz ni de salvarse a sí misma y una corte de capullos-loden, falsos chicos bien que se arrimaron a la política para medrar, han dejado al partido con más militantes de España convertido en el partido con más militontos, miliaturdidos, pobres, al ver lo que han hecho aquellos en quienes depositaron su honra.
La existencia de España es ya puro voluntarismo. Una ilusión. Dejamos su continuidad en manos de los dos únicos partidos a los que parecía importarles, y hoy los vemos disolverse en sus propios feudos: los señores de la guerra ya no temen al rey cuando el rey ha dejado de tener ejércitos, recaudadores, alguaciles, jueces. Las federaciones son ya más fuertes que la Federación, controlan prebendas, presupuestos, contratos. Pueden hasta endeudarse sin límites. Como el Estado. Como los pequeños estados que son. Eso es el poder. Lo otro es una foto, una rueda de prensa, un triste edificio de oficinas donde se ocupan algunas plantas, mientras los amos de las regiones controlan miles de metros cuadrados de oficinas. Y miles de metros cuadrados de cargos.
“El paro se come el ‘efecto Plan E’”, titulaba El País en su edición digital del pasado viernes. La información completa producía escalofríos. Desciende imparable la afiliación a la Seguridad Social, lo que, de seguir así, pondría en peligro todo nuestro sistema de protección social. Exactamente eso en lo que el Gobierno dice que se está gastando el dinero. El nuestro. El mismo con el que los socialistas catalanes pagan informes para controlar a los periodistas, y saber quién es afecto y quién no, en lugar de leer los periódicos.
Todo estaba en la foto. El desconcierto de una sociedad adulta que ha renunciado a educar en la plenitud de su sentido. Los complejos de la pequeña burguesía arribista, de derechas o de izquierdas, que confunde ser liberal de espíritu con malcriar a los hijos. Las contradicciones, que decíamos cuando aún coqueteábamos con el marxismo, de una izquierda pacata que cree que consentir a las chicas abortar sin conocimiento de los padres –y con conocimiento, también- la convierte en avanzada, mientras, eso sí, no las deja salir en la foto.
Lo que ha muerto es el respeto. La consideración del otro, su dignidad esencial, el primero de los derechos humanos contra la barbarie. El respeto antes lo enseñaban los padres desde su autoridad. Lo enseñaban los mayores en las calles desde su autoridad, y cuando nos llamaban la atención porque estábamos haciendo trastadas, salíamos zumbando en lugar de afrentarlos como ahora. Y lo enseñaban los maestros en la escuela y los profesores en los institutos y en las universidades, desde su autoridad: la de la experiencia, la del saber, la de la jerarquía social del mérito. Aún recuerdo la bronca que nos echó el gran García Berrio en primero de carrera por cierto apelotonamiento con las chicas a la entrada de clase. ¡Ah, si el bueno de don Antonio (fíjense, ‘don Antonio’, qué cosa tan antigua) se pasease hoy por la ESO!
Uno de los fenómenos que mejor revelan la inesperabilidad de la conducta humana reside, sin duda, en el hecho de que en España existan seguidores del F.C. Barcelona. En lo que el nacionalismo catalán llama España , una nación distinta a la suya, tal y como consagra el Estatut que Zapatero les regaló, y a la que pertenecemos todos los demás.
Hoy comienzo una nueva columna. Clausuro por un tiempo –todo es “provisional y limitado” cuando lo ignoramos- mis “Crónicas malabares”, que estuvieron conmigo y con ustedes durante casi veinte años, de Diario 16 a La Opinión (y desde hace casi cuatro años, en Periodista Digital), y que fueron de la voluntad radicalmente literaria de esperpento y astracán con que comenzaron, casi relatos, a la exigencia moral del alarido contra la impostura de este régimen minador de los años recientes.
“Harto ya de estar harto, ya me cansé…” de este desierto cansino de un gobierno felón, de estrellar las palabras en la mentira y la estupidez de un régimen que nos ha conducido al peor de los abismos: el de la aceptación silente de la ruina, el de la conformidad con el despeñamiento de la nación que fuimos.
Si el fútbol da la medida del bienestar y el progreso de una ciudad, y así fue siempre, el reciente ascenso del Caravaca a 2ª B supone el verdadero final de un siglo XX que nos desangró. Caravaca tenía en 1900 los mismos habitantes que un siglo después. Ya la creación de las provincias y la desaparición de la Encomienda de Santiago, que nos separaron administrativamente de nuestra región natural y de aquellos con los que habíamos compartido gobernación (Santiago de la Espada, Topares y María, las comarcas del sur de la actual provincia de Albacete, el Noreste de la de Granada), iniciaron una postergación que nos llevó desde los años treinta del pasado siglo a una fortísima e imparable emigración, dirigida a zonas muy diversas, desde la Argentina hasta Francia, Suiza o Alemania, en los años sesenta, pero sobre todo a esas Barcelonas, como decimos allí, Mallorca, Elche, Benidorm, Valencia… No hay prácticamente familia caravaqueña que no tenga algunos o muchos de sus miembros asentados en esa Cataluña para la que se dejaron la piel y que hoy les paga expulsando su lengua de la vida oficial, prohibiéndola en la enseñanza, ofendiendo los símbolos españoles, adoctrinándolos para que renuncien a su memoria y se asimilen al nuevo dios nacional-socialista de la Catalunya gran.
¿Oiga???? ¿Es ahí lo de la nueva masculinidad, digo masculinidaz? Es que estaba yo aquí con las empanadillas, y mientras se calentaba el aceite pos que no paraba de darle vueltas a la cabeza porque, así, a bote pronto, no sé yo si con las empanadillas es bastante para lo de la nueva masculinidaz, porque yo hago muchas cosas, pero es verdaz que planchar no plancho, es que mi madre me lo hacía, sabe usté, y claro, la culpa es de las madres, que nos querían y pos eso, que nos hacían las cosas y claro hemos salío mu cenutrios y no planchamos,
La llamada Ley contra la Violencia de Género introdujo en España una discriminación legal contra los hombres -toda "discriminación positiva" no es más que una discriminación contra los demás- por la cual un mismo delito tiene una consideración distinta según el sexo de quien lo cometa: si es un hombre el que agrede a una mujer, entonces se considera un delito y conduce directamente a la cárcel. Si es mujer la agresora, entonces sólo se trata de una falta y se salda con una multa.
Ha vuelto y ya tiemblan las hordas catalinas. Florentino Pérez supone la continuidad de aquel imperio que construyó Bernabéu porque es el único que ha sabido entender y adaptar al siglo XXI la esencia del fútbol que definió el gran don Santiago: que el fútbol es, como el cine, una fábrica de sueños, y el Real Madrid, su profeta.
Una muestra palmaria de las razones por las que Europa, la cansada, es hoy poco más que un elefante varado, la tuvimos unos días antes de las pasadas elecciones en las pistas de Roland Garros. Allí, el mejor tenista europeo y del mundo, Rafael Nadal, un joven de virtudes morales extraordinarias, que debieran constituirse en modelo revolucionario de la adormecida juventud europea, era abucheado y despreciado por la afición del país y la ciudad que son el corazón intelectual y sentimental de esta Europa mostrenca, prisionera de su pasado, rémora de sí misma, que no acertamos a enderezar y que ha acabado por desinteresarnos.
Mientras la derecha se distrae en las anécdotas, cae en los señuelos, divaga entre gripes y aviones, Zapatero sigue adelante con el proyecto que le ha guiado desde que fue elegido de chiripa secretario general del PSOE: adueñarse de las mentalidades, ponerlas al servicio del Partido-Estado, y refundar un nuevo capitalismo estatalizado con apariencia de democracia liberal, pero sustentado en los valores fundacionales del socialismo marxista: igualitarismo, resentimiento social como motor de la Historia, colectivismo, anulación del individuo y estatalización de la vida cotidiana, de las costumbres, de la moral.
Supongamos que no sabemos lo que es un ser humano. Supongamos que las hembras humanas sólo producen bichos, sobre todo si están fecundadas por nosotros y no, como en la pesadilla feminista (pesadilla para los machos a extinguir), por una nueva especie de hembras partenogenéticas. Supongamos que nadie sabe cuándo el bicho es ‘viable’ y se hace humano, pues antes era en la mili y ahora cada vez se retrasa más la edad. Supongamos que hay que reinaugurarlo todo y volver a escribir el Génesis y el Popol-Vuh, y regresar a los árboles, y volver a bajarnos, pero con lápiz, apuntando el momento exacto en que nos hicimos humanos a ver si reconocemos cómo y por qué. Supongamos que hay que deshacer cientos de miles de años o, al menos, desde que los malvados griegos nos hicieron creer que ser humano era creer en el ser humano, en su dignidad esencial, en su derecho a ser. Supongamos que sólo se sea humano según lo que se vote. Supongamos que el resto sean perros.
Tienen que cantarla con la música del “Y viva España” que inmortalizó entre nosotros Manolo Escobar, forofo barcelonista para deshueve general, y verán qué bonita queda. Sólo hay que sustituir “Y viva España”, en español, por “I puta Espanya”, en catalán, la hermosa oración que dejó para la historia el fallecido Rubianes, aquel bufón de señoritos de la izquierda fina que llamó muertos de hambre a todos los españoles y espetó lo de “que se metan España por el culo hasta que les estallen los cojones”, con el aplauso de la actual ministra de Defensa de España, Carme Chacón, y su inmarcesible “Rubianes somos todos”.
España se murió seguramente el día en que el patriotismo comenzó a ser considerado un adminículo reaccionario para ser suplantado por micropatriotismos regionales, es decir, reaccionarios, aureolados de progresismo. Ello suponía una curiosa inversión de lo mejor que hasta entonces habían hecho tanto España, con sus luces y sus sombras, en su deambular por la Historia, como la humanidad misma: caminar hacia el universalismo, hacia la consideración del mundo como patria común, nuestra raíz griega y romana, para cambiarlo por el regreso a la tribu, a lo pequeño, a las patrias jíbaras, a las fronteras, las lenguas como vías de incomunicación y los folklores como legitimación de las pequeñas dictaduras anunciadas. La misma palabra patria, aplicada a España, fue despreciada, confundiendo su utilización por el franquismo, con el patriotismo democrático de una nación que soñábamos abierta, libre, mejor, donde ya no fuera posible imponer a nadie más identidad que la del respeto a la ley y el derecho a discrepar de ella.
Este Moisés visionario nos lleva hacia el abismo de un Mar Rojo que se cerrará sobre nosotros. La casta de los elegidos, bajo las banderas que alguna vez defendieron la justicia, acompaña al profeta y excita al pueblo a seguirlo, aun con la miseria como único horizonte, porque Dios proveerá. Si ya una vez cayeron de los cielos el alimento y la lluvia, hoy de nuevo el pensamiento mágico-sindical, la izquierda instalada de los sacerdotes espera el maná sin hacer otra cosa que rezar por lo establecido, para que nada cambie, para que la riqueza surja de un nuevo Wall Street mulato donde los brokers y los brujos del marketing divino sabrán multiplicar los panes y los PC´s.
Están alumbrando una nueva nación, la Cataluña Imperial que nos absorberá a todos, y han enviado a Chaves por España a que nos ponga la epidural. Para que no nos duela. Chaves es el comadrón entre ZP y Montilla, el experto en realidades nacionales y partos de los montes. Otros lo llaman el Papamóvil, porque viene a predicar el amor, a dar abrazos antes de que Salgado le entregue a Cataluña cuanto pide.
Pierdan toda esperanza: voy a hablar de la crisis. Aunque no exactamente de los excesos y la incompetencia que nos han traído hasta aquí, sino de su representación, de su metáfora, que es siempre el modo en que mejor entendemos las cosas que el poder nos presenta oscuras y lejanas para poder estafarnos mejor. Y es que de estafas hablamos, de la inmensa soplapollez que, bajo múltiples etiquetas falsamente vanguardistas, se apoderó del arte durante el último tercio del siglo XX, hasta convertir en humo embotellado, en mierda de artista enlatada (literal), lo que había comenzado con el siglo como una apuesta radical, una búsqueda apasionada por encontrar lenguaje y respuestas a la crisis del hombre moderno, a su vaciamiento moral, a su desnuda desesperación.
Nos echarán de Europa. Vuelven a creer que somos un país de moscas y sol, de cunetas sucias y justicia silvestre, la España eterna que ha cambiado las sotanas negras por la coca blanca y la Inquisición por la corrupción. Una España afgana donde el Estado apenas existe más allá de Madrid, donde los Señores de la Guerra dominan sus regiones inaccesibles e imponen leyes ajenas a la civilización. Otra vez la España magrebí que alimentaron con sus prejuicios y sus deseos de revancha por los siglos imperiales. El fantasma de los Tercios está hoy compuesto por albañiles, carpinteros y fontaneros.
No aprenden. Parece que no les ha bastado con la lección que les han dado los gallegos, gentes profundamente amantes de sus lenguas, la gallega, mayoritaria en las aldeas y los pueblos, y el español, que conocen prácticamente todos y que es la lengua habitual en las ciudades. Hasta la irrupción del nacionalismo, propiciado por una Ley de Normalización Lingüística que Fraga le copió a Pujol –el PP siempre sembrando su ruina-, los gallegos vivieron con naturalidad en sus dos lenguas,
El próximo miércoles tendrá lugar una manifestación en Murcia, con gentes venidas de todo el Sureste, contra la reforma del Estatuto de Castilla-La Mancha que pretende acabar con el Trasvase Tajo-Segura. De ser así, no habrá agua ni para beber, más de cien mil hectáreas se desertizarán y se perderán miles de millones de euros y cientos de miles de puestos de trabajo.
Déjenme que hoy les hable de José Perona Sánchez, catedrático de Lengua de la Universidad de Murcia y uno de los más brillantes combatientes que nos quedaban contra la estupidez reinante en la enseñanza española. Con su muerte, acaecida el pasado martes, algunos perdemos algo fundamental, un amigo verdadero y generoso; pero España pierde una de las escasas inteligencias a contracorriente que quedaban en su gris y acobardada universidad. La cultura española está hoy un poco peor, pues un hombre como Perona es irrepetible. Fue, por ejemplo, además de ensayista e investigador, un articulista implacable, dueño de una lengua culta y acerada con la que hizo lo que muy pocos se atreven a hacer, y menos en los oasis autonómicos: devastar la inkultura, la tontería progre y aldeana, esa redundancia. En la foto de abajo aparece junto a Arturo Pérez Reverte, que le incluyó como personaje en su novela "La carta esférica", bajo el nombre de Néstor Perona. Las palabras que siguen han aparecido hoy en La Opinión de Murcia, en la sección "Obituario".
Si el socialismo sigue al frente del Gobierno, destruyendo España, en el futuro el río Segura no pasará de ser una charca de ficción. Seguramente harán de él un parque temático para educar en la ciudadanía sostenible a los niños autonomizados. Mientras las macrourbanizaciones de las llanuras del Guadiana, alimentadas con agua del Tajo, constituirán un símbolo egregio de la nueva nación manchego-socialista, la Cuenca del Segura será un modelo de imperio depredador que el buen zapaterismo aniquiló para gloria del progreso y otro mundo posible: el del Pocero.
Mientras los parados crecen, los rojos cazan. Aquí debería terminar este artículo. Si fuera un poema, ya estaría dicho todo. Hasta ahora nos faltaba la metáfora, el icono, la imagen, el retruécano con gorro tirolés que revelara para siempre la verdad de este socialismo de ojos fríos y revancha caliente, este partido Iznogud.
Durante treinta años hemos trabajado con denuedo para construir un país mediocre. Hoy no deberíamos quejarnos de una clase política y dirigente sin talento, sin imaginación, sin voluntad. No son más que el resultado de una sociedad que arrancó de cuajo el mérito desde casi su origen mismo. Soñábamos que al desaparecer el franquismo caería con él aquello que entonces llamábamos el enchufe, el nepotismo institucionalizado de un régimen de buenos y malos. ¡Qué fácil era residenciar en Franco todas nuestras miserias! No fue sino morirse y comenzamos una frenética carrera para legalizar y multiplicar exponencialmente ese mismo nepotismo, una generalizada corrupción en la promoción social que hoy ha estallado dejándonos inermes, incapaces de reaccionar ante una crisis que creemos ajena cuando no es sino nuestra propia crisis como nación.
Quiero hacerles partícipes de una grave preocupación que me aqueja desde hace ya algún tiempo. Intento escribir en serio, de rabia y oro, pero no lo consigo. No consigo tomarme en serio a España. Se me carga la mano sin que yo quiera hacia el astracán, la sal gorda. No alcanzo siquiera la ironía, sino sólo la burla, la chanza, la quevedesca exageración. Ver a mi país, ‘con quien tanto he amado’, hundiéndose en una crisis económica cuasi barroca y, sobre todo, en una desidia moral abotargante, ya no me produce más que risa. Debe de ser una reacción anticipatoria de algún delirio que me acecha irremediable.
Con la astucia que les caracteriza, en el Partido Popular han decidido autodestruirse, arruinando con ello las escasas posibilidade que tenían de expulsar a los Hermanos Dalton, José Luis y Alfredo, los hombres que no mentían nunca, del Palacio de la Moncloa. Esa flor de ambición y rencor que es Alberto Ruiz Gallardón, su odio de hermanastro postergado hacia quien cuenta con el apoyo mayoritario de su partido en Madrid, Esperanza Aguirre, frente al rechazo que siempre le han dedicado a él, constituía una baza, incluso demasiado fácil, para unos adversarios tan superiores tácticamente, tan capaces para manejar los tiempos y camuflar su radical incompetencia para gobernar bajo la estupidez para oponerse de una derecha política que siempre cae en las trampas que los zapateristas les tienden.
A la niña Alba, de seis años, le aplastó la cabeza estrellándola contra las paredes un tal Francisco Javier Pérez, pareja de su madre. Al menos así lo leí en su día, en el relato periodístico que apareció en las fechas de los sucesos, marzo de 2006, y que me recordó una escena de “Novecento” en la que el personaje de Donald Sutherland asesinaba a alguien de modo semejante. Previamente, y durante varios meses, la pequeña Alba había recibido palizas constantes (en una de ellas le habían roto ya un brazo), y castigos consistentes, por ejemplo, en obligarla a tragarse sus propios vómitos.
Ha llegado a Barcelona el autobús de los ateos. La Unión de Ateos y Librepensadores, cuya sola existencia contradice el objeto de la misma, ha lanzado en diversas ciudades del mundo una campaña de publicidad que propone dejar de creer en Dios para gozar de los placeres de la vida sin calentarse la cabeza. (Eso delata su ignorancia del verdadero placer, pues nada es comparable a la transgresión, al pecado. Ya lo decía Rasputín mientras se trajinaba a la Zarina.) En Cataluña, sin embargo, dado el hecho diferencial, tienen sus propios ateos, ‘Ateus de Catalunya’, que no creerán en Dios pero sí en Cataluña, y que son los que han sacado el autobús allí, sin librepensadores, que ya se les han ido todos con Boadella al exilio.
En mi casa nos educaron en un catolicismo sin aspavientos, razonable, vivido más hacia adentro que hacia su normalmente blanqueada ostentación. De alguna forma extraña en medio de un régimen confesional que se confundió con la parafernalia de la Iglesia, gracias al ejemplo de mis padres interiorizamos lo contrario: que la religión era un asunto íntimo y que la bondad y la decencia no había que andar exhibiéndolas como si se estuviera disputando con los demás la entrada al cielo.
Miércoles, 30 de mayo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez