CINEPAÑOL
09.06.08 @ 19:51:49. Archivado en España
Pasé mi infancia en un cine. En la fila cinco estaban reservadas nuestras butacas. A mi madre siempre le gustó el cine de cerca, y sus hijos acabamos con el mismo vicio. Eso fue siempre el cine para nosotros: no sólo un negocio familiar, sino un vicio, una pasión, un ritual que hizo de nuestras vidas, de nuestros sueños, el escenario universal donde nos visitaban Douglas , 'Jamestevar' o Wayne, Jean Gabin y Simone Signoret, Gassman y la Cardinale de mi corazón, Cyd Charisse y Ava Gardner, los atormentados personajes de Losey o la honestidad cabal de los de Ford. 
Hasta los dieciséis años, en que me marché a estudiar al País Vasco (supongo que por influencia de las películas del Oeste, mis favoritas, siempre soñé con ‘cabalgar’ hacia otras tierras), estuve viendo una película distinta cada día. Y, a veces, dos. Aquellas sesiones dobles del ‘Día del productor’ (tuvieron que pasar muchos años para que me enterara de que aquello del productor era el modo nacionalsindicalista de no decir obrero) y del ‘Día de la mujer’ (a las mujeres les costaba menos la entrada, discriminación positiva ¡como las de ZP!) resultaban absolutamente geniales, a cine lleno y gallinero salvaje, con unas broncas y unos pataleos fantásticos que se montaban cada vez que Eddie Constantine repartía mamporros entre los malos o Godzilla arrasaba Tokio y acudía el Ejército Imperial a combatir al monstruo.
Aunque los domingos y festivos abríamos también el Gran Vía, el cine en que me crié fue el Gran Teatro Cinema, en cuyo pasillo central aprendí a correr, arriba y abajo, sin parar, y que se llamaba así porque todos los lunes, coincidiendo con el día del mercado y el desplome de todo el campo de Caravaca hacia la ciudad, se programaba teatro: variedades, revista y hasta alta comedia, en tiempos en que la incultura era bastante más culta que ahora y se podía ganar dinero con funciones de Casona , Benavente o López Rubio. El Cinema encerraba los secretos de mi educación sentimental mucho más que cualquier otro lugar del mundo. A veces hasta pienso que me hice un poco más solitario porque era el único modo de poder ver las películas en paz: cuando iba con amigos era a meter follón y no había modo de enterarse de la ‘peli’. Y, también, porque el cine me forjó, porque me construí con esos relatos en que los hombres, solos, han de enfrentarse a un destino irremediable. Eso es siempre el cine de verdad. Lo que más tarde supe que nos venía de Grecia, pero que ya, hijos del siglo XX, a nosotros nos había llegado a través de Hawks, de Huston, de Ray. 
Y también eso es lo que hace muchos años que no nos da el cine español: grandeza, heroismo, generosidad. Su hundimiento no lo pararán ni con "cien canones por banda". Es un cine retestinado, acomplejado, falsamente progresista, rencoroso (histórico ha sido, en general, el ninguneo a Garci, o el dedicado en su día a "Hable con ella", la única película decente de Almodóvar de los últimos 20 años), fatuo y estafador en su desprecio al país real. Grandilocuente y vacío. Maniqueo hasta la náusea. Una mierda, vamos. Un cine que reniega del pueblo al que se dirige o que se lo inventa (como hace el manchego con las españolas, todas travestis), si es que se dirige a alguien más que a la comisión de amiguetes que les da la subvención. Un cine que insiste en presentar a España como un territorio oscuro, lleno de fascistas, anclado en la caspa, cuando la única caspa es la de su cochambroso manejo de la cámara, sus historias para iniciados y señoritos con coleta, sus ‘ambiciones de autor’, sus actores incomprensibles: todavía estoy preguntándome como pudo Miguel Albaladejo destruir aquella película con la genial Mariola Fuentes, poniéndole al lado a un Sergi López que no sabe ni hablar español.
En aquellos años de mi infancia, al menos se adaptaba a Unamuno o Galdós, a Valera o Clarín. Se intentaba un cine innovador y crítico, pero sin creerse dioses por encima del populacho. Nadie tan pueblo como Perico Beltrán y su muy buñuelesca y fantástica alianza con Fernán Gómez. Y estaban, además, Berlanga, Bardem, Sáenz de Heredia, Gil, el mejor Saura, Armiñán, Picazo, Forqué, Betriú...
Creo que el mejor cine español se hizo en los cincuenta (revisen, cuando puedan, las espléndidas películas de Ana Mariscal, o las policiacas del tiempo, o “Surcos”), pero hasta los setenta pudimos gozar de grandes filmes. Y, por supuesto, de una comedia a la española magnífica, emparentada con la mejor tradición de la italiana, que nos reflejaba con una sonrisa pero sin desprecio, y que la gente iba a ver porque en ella se veía. 
Ese es el cine sobre el que nuestros ‘intelectuales’ vomitan, mientras las únicas películas que aún les funcionan son las que beben de aquello. Si no dábamos para héroes, ni se pueden escribir amargas y excepcionales ‘Celestinas’ todos los martes, cuando menos que el costumbrismo estuviera hecho con un mínimo de gracia y de ternura. El día en que estos gilipollas vuelvan a reunir a Alexandre, Gómez Bur, Cassen, López Vázquez, Gracita Morales, Landa y Tony Leblanc, José Luis y Antonio Ozores, Sacristán, Maricarmen Prendes, Isabel Garcés o Pajares y Esteso robando el banco de Barcelona, que me avisen, que volveré a verles. Mientras lo que me ofrezcan sean los malafollas esos del Bardem y el Tosar, caras de vinagre y odio, que salen hasta en los sellos, me olviden. Y lo siento por Woody Allen, pues su última película es la primera de las suyas que no pienso ver. Tristemente, me siento mucho más cerca del oficial inglés de ‘Master and commander’ que de un cine español que parece cualquier cosa menos español.
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POR CIERTO: PELÍCULAS DE ANA MARISCAL ¿DÓNDE ENCONTRARLAS? ES COMPLETAMENTE IMPOSIBLE, NO LAS PASAN NI POR EL SATÉLITE.
Es de esas de reírse con lagrimas y todo
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Javier Orrico
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