Con el mismo título de este 'post', el dibujante Jesús Ansebar acaba de sacar en Editorial Sekotia un entretenido y novedoso libro-tebeo sobre el inagotable ZP. ¿Qué vamos a hacer cuando se vaya? El juego que ha dado esta criatura, que ya suelta los embustes incluso confesando que lo son, su imaginería de maquiavelo de garrafa, sus acompañantes frikis, la cohorte de progres alabanciosos -o canonmamones y otros 'susos'-que ha conseguido reclutar, su peronismo final comprando votos a diestra y siniestra, no parece que sean repetibles. Por nuestro bien.
La Fiesta de las Cuadrillas de Barranda (Caravaca), de música tradicional campesina, es uno de los acontecimientos de cultura popular más limpios y auténticos que se conservan en España. Una herencia que las gentes de mi tierra han sabido conservar. Barranda es la pequeña capital de las aldeas que conforman el Campo de Caravaca, la ciudad de la Cruz, la mía, cabeza de un municipio de casi 850 km2. Si le sumamos los de la vecina Moratalla, nos encontramos con una extensión de casi 2.000 km2, equivalente a la provincia de Guipúzcoa, y una población que no llega a 35.000 personas. En el interior de la provincia de Murcia están algunos de los municipios más grandes de España, como tierras de frontera y repoblación tardía. A la vez pertenecemos a una enorme comarca natural que, si miran un mapa, destaca como el mayor espacio vacío de carreteras de toda España: no hay una sola nacional en todo aquel confín donde se unen las provincias de Almería, Granada, Albacete, Jaén y Murcia. Eso nos salvó y nos condenó. El siglo XX nos sangró inmisericorde con la emigración hacia una Cataluña que, favorecida por el franquismo, hoy sigue llorando para conservar sus privilegios, mientras nosotros no podemos quejarnos por unas infraestructuras que nunca tuvimos.
Mientras la riqueza dependa de una decisión administrativa, habrá corruptos. Sobre las mesas de alcaldes y concejales cuyo patrimonio cabía en una cartilla de ahorros, los comisionistas depositaban sacos de oro, mujeres de labios aceituna y un retiro de palmeras y daiquiris en el que a sus hijos no les faltaría de nada. Y todo por autorizar unos pocos de miles de chaletes en unas cosas que llamaban ‘resóh’
Así se titula uno de los más hermosos libros de Mario Vargas Llosa: "La verdad de las mentiras", un ensayo esencial sobre la naturaleza de las novelas, de las ficciones literarias, de su condición mentirosa, en tanto que fabulaciones, pero a la vez, y ahí su auténtico valor, de su recreación de la existencia, de su verdad mucho más verdadera que la de la propia vida. Lo que exige siempre, por supuesto, verosimilitud, la coherencia interior de un mundo inventado, sí, pero obligado a guardar unas reglas que hagan creíble esa invención. Toda obra de arte levanta una realidad cuyas proporciones han de ser establecidas pero también respetadas por su creador, de modo que se imponen como límites de la misma. Esa cohesión, esa correspondencia rigurosa y sostenida es lo que hace apasionante “El señor de los anillos” y un adefesio ridículo “El código Da Vinci”; es decir, lo que te arrastra a un universo imaginario o lo que te expulsa de una propuesta aparentemente más reconocible, más ‘figurativa’ o realista, y sin embargo por completo increíble. En fin, que “El señor de los anillos” es maravilloso para alimentar al niño que conservamos, mientras que el Código es una soplapollez para intelectuales del tipo Pepiño Blanco, que así se entrenan y recogen argumentos con que alimentar el nuevo doberman que han venido azuzando durante toda la legislatura: la Iglesia católica. A nuestro nuevo Nerón sonriente le vienen bien los circos con cristianos.
Miércoles, 30 de mayo
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez