Andan calificando de vendido, traidor y franquista al reciente alcalde de Lorca, Leoncio Collado, por el grave delito contra la memoria histórica de haber asistido a un homenaje a un cura fusilado por los republicanos en 1936. (Lo de “republicanos”, aplicado a la izquierda revolucionaria de aquellos días, es la primera de las falsedades que siempre nos contaron: a aquellos les importaba la República un soberano pijo y hubieran hecho de ella una tiranía de partido, como en el resto de repúblicas ‘socialistas’.)
El asunto ha tenido lugar en Doña Inés o La Paca o Coy, no me lo han concretado, pero al fin en una de las llamadas pedanías altas de Lorca. Conozco bastante esas tierras, lindantes con la mía, habitadas por gente muy noble y sencilla, campesina y secularmente olvidada. No me cabe duda de que el miserable asesinato de aquel cura, uno más entre los miles y miles de religiosos de todas clases, incluidas monjas y novicias que fueron víctimas de una barbarie que los gobiernos republicanos no quisieron impedir, no tuvo nada que ver con la inmensa mayoría de ese pueblo en cuyo nombre los peores ejercieron la venganza y el crimen sectario. Esos mismos ‘peores’, los herederos de la gentuza que aprovechó para soltar su odio, su puro resentimiento de fracasados, son los que hoy se declaran celadores de una memoria histórica que manchan, porque vuelven a falsearla, y porque la utilizan al servicio de un interés mezquinamente electoral.
Toda la legitimidad que ahora alegan los revisionistas de la era zapatera, había quedado quebrada desde el primer desmán consentido por una República que, al desentenderse de la suerte de todos los ciudadanos, fueran de la clase que fueran, y creyeran en lo que creyeran, comenzó a cavar su destino y a dar razones a quienes más tarde se revolverían contra ella. Fue su sectarismo lo que destruyó aquel proyecto de civilidad burguesa tan necesario para España. Fue aquel echarse en manos de quienes sólo aspiraban a construir el instrumento de una revancha lo que perdió a la República. (Como es ese mismo revanchismo lo que le está estallando al resentido ZP y echando por la borda la oportunidad histórica de acabar con ETA.) La legitimidad de aquella ilusión europeísta, alumbrada por la Generación de Ortega y Juan Ramón, había ido quedando hecha añicos entre el humo de los conventos arrasados, la revolución de Asturias, verdadero intento de golpe de Estado, la proclamación de independencia de Cataluña, y las amenazas cumplidas de la Pasionaria, un año después, en el mismísimo corazón del Congreso contra el jefe de la oposición, Calvo-Sotelo.
Seguir insistiendo en que nos creamos la misma historia maniquea de buenos y malos con que nos engañaron en nuestros años universitarios (fuimos educados en una historia ferozmente antifranquista), da una idea de la riqueza intelectual de estos memos históricos. Pero por si no han dado suficientes muestras de lo que proponen –que terminemos gritando ¡Viva el camarada Stalin!y que desaparezcan de las calles los nombres de los generales franquistas, pero que permanezcan los de Carrillo o Líster-, han llegado a acusar a Leoncio Collado de algo así como cómplice de los “caídos por Dios y por España”, dos cosas que a estos representantes de la concordia y la reconciliación les parecen detestables. Como si el pobre cura hubiera muerto por alguna otra razón que la de ser un humilde sacerdote de aldea, un hombre indefenso frente a las hordas de hijos de puta que en masa acudía a fusilar a inocentes, fueran Federico García Lorca o el primer católico que se les pusiera por delante. En un bando y en el otro. Y es que todos cayeron, en efecto, por Dios y por España. Los fusilados en Badajoz y los ejecutados, incluidos más de doscientos menores, en Paracuellos. Eso sería lo que habría que recordar y archivar hoy.
Y eso es todo lo que ha hecho Leoncio Collado: comportarse como un hombre decente y un alcalde de todos. Reconocer el error y el horror generalizados. Dar testimonio del deseo de que nunca vuelva a ocurrir algo así. Mostrar lo que debiera ser un socialista del siglo XXI, que es lo que muchos esperamos que vuelvan a ser los socialistas cuando se acabe este auténtico periodo negro, de insidias y mentiras, de la zapatera gobernación. Él, Leoncio Collado, alcalde de Lorca, es el único que ha servido a la memoria histórica, este ‘florescer’ de rojos antifranquistas de farolillo que jamás dieron la cara cuando otros la poníamos, y que hoy andan clamando venganza a ver si pueden borrar sus silencios de entonces. Seguramente sabe que a nadie se le habría ocurrido conmemorar, setenta años después, aquellos fusilamientos de 1936 contra los católicos, si a los suyos no les hubiera dado por querer ganar ahora una guerra que nunca deberían haber reavivado. Una infamia que se terminará volviendo contra ellos.
(Publicado en el nº 109 de Tribuna La Muralla)
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Suscribo todo lo que escribe Ud. excepto:
- La mención de Juan Ramón Jiménez. Fue su generación, es verdad, pero D. Juan Ramón tuvo una fama entre sus contemporáneos, y algunos de ellos interesados en enaltecerlo para que tuviera mayor poder como arma arrojadiza contra el "Régimen", como el caso de Neftalí Reyes, de hombre atravesado y lleno de envidia por todos sus colegas. Dicho esto,comprendo que un poeta como D. Javier Orrico pueda tenerle especial veneración. Pero yo me refería a algunos rasgos de su carácter.
- Quien dijo en la sesión parlamentaria algo aproximado a "este hombre ha hablado aquí por última vez", refiriéndose a D. José Calvo Sotelo, no fue Dolores Ibárruri sino Casares Quiroga,Presidente del Gobierno, lo cual es mucho peor. Y a estas alturas está claro que lo que decidió a muchos, entre ellos a Franco,a dar el paso de sumarse a la sublevación fue este asesinato de uno de los dos jefes de la oposición (aunque antes habían pasado por la casa de Gil Robles, sólo que...
Domingo, 19 de febrero
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