Quién nos iba a decir, hace treinta años, cuando saltábamos por los bulevares de Madrid y pedíamos democracia delante de los caballos de los grises, que los muchachos del loden verde a los que llamábamos fachas, y de los que nos manteníamos alejados como de la peste en la universidad de entonces, acabarían gritando ¡Viva la libertad! delante de la vieja Dirección General de Seguridad franquista. Y que, mientras, aquellos a los que acompañábamos en el viaje y la lucha, la izquierda marxista, la que proponía una revolución para hacer a los hombres iguales y libres, terminaría aliada con los neonazis vascos y catalanes de la raza y la lengua para imponer en España un reich identitario donde los ricos expoliaran a los pobres.
Esas son realmente las dos Españas de hoy: la de quienes defienden la nación liberal de los ciudadanos –que fue siempre el ideal progresista-, regidos por la misma ley, soberanos en un país grande donde podamos movernos, comerciar, estudiar y vivir sin trabas, donde la riqueza, el agua y la libertad sean de todos; y la España de las castas y el Antiguo Régimen, de los feudos y los mojones fronterizos, de los señores y la sangre, de las lenguas que separan y excluyen, de los aranceles y las fiscalidades diferenciados, de los canallas que pactan con el terror y lo justifican y lo entienden y le ofrecen salidas. Zapatero -reencarnación de Fernando VII, el más desleal y cobarde de nuestros reyes, el que impidió el asentamiento de las libertades-nos ha devuelto doscientos años atrás, ha dado cuerda a los carlistas cuando estaban a punto de ser derrotados otra vez.
Y si hay un símbolo reciente del enorme cambio que ha sufrido nuestro país, desde aquellos días en que pedíamos libertad y amnistía también para la gente de ETA, una generosísima amnistía que han agradecido con ochocientos asesinatos posteriores, es sin duda la manifestación del pasado día 3 de diciembre en la Puerta del Sol de Madrid, donde la derecha española, antaño corporativista, caciquil, autoritaria y enemiga de la igualación que el Estado suponía para todo el territorio nacional, se ha consagrado como la única fuerza política defensora de los principios de la democracia liberal, ante la triste evidencia de una izquierda dedicada a sostener a quienes propugnan los privilegios y la desigualdad.
Una izquierda patética en su impostura, que ya no sabe cómo mentir para ocultar su carácter reaccionario, su anclaje en el pasado, su discapacidad, ágrafo presidente ZP, para superar el resentimiento y asumir la modernidad. Buscando un abismo ideológico que les dé sentido en un tiempo sin alpargatas, han terminado aliados con todo lo que pudiera suponerles coartada, barniz de progresía, diferencias con una derecha a la que han terminado por entregar en patrimonio todo aquello por lo que habíamos luchado. En su afán, han llegado incluso a manifestar simpatía por el islamismo, uno de los movimientos más antidemocráticos y sangrientos de la historia, frente a un cristianismo sin cuya defensa de la dignidad y la igualdad Europa nunca habría llegado a ser lo que es.
Y eso es lo que tienen que esconder. Seguir presentándose como adalides de la libertad, de la mano de sus mayores enemigos, les lleva a tener que manipular la verdad como hicieron siempre los totalitarismos. De ahí que no condenen los ataques a la libertad de expresión (yo no veo Telecinco, pero no pido que la cierren, ni siquiera pido que cierren el Avui, desde donde hace unos meses se amenazaba con tiros en las piernas a los firmantes del Manifiesto de intelectuales contra el nacionalismo obligatorio en Cataluña), entre otras cosas porque esos ataques provienen del mismo amontillado Gobierno de ZP. O que acusen de discurso del odio a quienes les denuncian los ‘convolutos’, el tres por ciento, el Carmelo y las condonaciones, ignorando el odio secular que los nacionalismos vienen alimentando contra todo lo que suponga España. (Lean “El oasis catalán”, de Josep Clemente, y se enterarán de lo que vale una senyera.) O que ahora que nos hemos hartado, y las ventas bajan, encima tengan la desfachatez de presentarse como las víctimas de lo que sembraron. Y, en fin, por no agotar, que quienes rompieron el Pacto Antiterrorista a traición, acusen de traidores a quienes fueron traicionados.
Pero de lo que ya no saben cómo esconderse, lo que ha dejado al descubierto su patética impostura, es de las declaraciones y el libro de Otegui, donde se da sanción a lo que algunos venimos denunciando desde hace mucho: que en Perpiñán se trazó una hoja de ruta, y que el triunfo de ZP, entonces imprevisible (si es que realmente la organización terrorista no había previsto el futuro, aunque no fuera ella su ejecutora), terminó poniendo delante de ETA y Carod la oportunidad histórica de acabar por fin con España, de cumplir un sueño que el rencor nacionalista siempre había considerado imposible.
Ya no lo era. Una tal mixtura de ambición y estupidez, en ZP y Maragall juntos, resultaba seguramente irrepetible. Si la tregua catalana de ETA significaba algo, además de abrir un segundo frente contra el Estado, era precisamente ‘el triunfo del diálogo’ para alcanzar la paz. Y ponerle a Zapatero eso delante era ponerle el espejo de la madre de Blancanieves, convencerlo de que el Estado plurinacional era la solución, que a los españoles, gracias a su carisma y su bella voz de tenor hueco, a su control de los medios, y mientras pudieran seguir comprando videogilipolleces en el prica, no les importaría en absoluto si España era una nación o una confederación de bandas del Empastre. Y que la Historia y hasta el Nobel de la Paz coronarían su éxito y lo harían Sultán de todas las Espainyas.
No contaron con que quedaran españoles. Y aquí nos tienen, oyendo a Juanito Valderrama y a Deep Purple, que eso era lo que soñábamos, mientras rogamos a los chicos del loden que no nos dejen del todo en manos de esta sarta de sectarios, de mentirosos con alevosía que quieren convencernos de que perseguir a la gente por hablar en español es la libertad.
Martes, 14 de febrero
Antonio Javier Vicente Gil
Miguel Barrachina
José Pómez
Juan Fernandez Krohn
Pedro Fernández Barbadillo
Paco Sande
Rufino Soriano Tena
Manuel Molares do Val
Vicente Torres
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Raúl González Zorrilla