Dicen que es verídico, que un "piadoso" forajido colgó en su guarida un crucifijo monumental, robado en una iglesia. Para no sentirse interpelado por la imagen la rodeo con una vieja canana y dos pistolas. Así convirtió al cristo en su colega, su cercano reflejo. Al fin y al cabo también él era un perseguido. De esa manera nació el insólito "cristo de las pistolas" a la lumbre de la tergiversada piedad de un bandido.
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo